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¿Y en dónde se supone que voy a vivir?

02 Sep, 2016 Etiquetas: , ,

La complicada búsqueda de un departamento detonó en quien esto escribe una reflexión que va de la ironía a la culpa y, de fondo, a una crítica al sistema económico y laboral en el que vivimos: ¿Podemos aspirar a vivir dignamente o es que estamos exigiendo demasiado?

TEXTO: ANDRÉS BORCHÁCALAS 

Voy en la página veinticinco de una infinidad. Los anuncios y el scrolling no se acaban nunca. Cada que avanzo a la página se le agrega otra veintena o treintena de anuncios inmobiliarios. Ya quité todos los filtros con los que empecé mi búsqueda hace varios meses: ahora sólo me importa encontrar un departamento en la ciudad que no me quede demasiado lejos.

La zona es lo de menos; lo que me preocupa es el precio pues resulta que no me alcanza para vivir en un lugar donde quepan mis pocos muebles y yo. O sí, pero está por completo fuera de mi presupuesto. Cuatro mil pesos. Claro, podría aumentarlo a cinco, seis o incluso siete mil, pero eso implicaría dejar de lado el tremendo [¡y excedido!] lujo de ahorrar cuatro mil al mes, por si sucede algo, lo que sea. Pero no, soy demasiado vanidoso y prefiero dividir mi salario mensual, después de impuestos, en tres partes iguales [otra desmedida comodidad]: renta, ahorro y gasto corriente. Sin embargo, el mercado mobiliario se pone duro, y no me da tregua.

Primero me dice que va, que ahorre lo que quiera, pero que me vaya a vivir a un lugar más o menos a veinte kilómetros de mi trabajo [pon o quita cuatro kilómetros y dos o tres avenidas intransitables]. Ahí sí encontraré ese departamento donde pueda tener un refrigerador, mi lavadora, mi cama, una mesa para comer, los pocos libros que tengo y el escritorio, donde a veces trabajo también, desde casa, en mis cosas [porque llevo una vida llena privilegios y glamour donde puedo dedicar mi tiempo de ocio a proyectos personales, como escribir]. Pero veinte kilómetros en bicicleta es una procesión de, al menos, hora y media, sin contar el enorme acopio de valentía que requiere cruzar periférico u otras tres vialidades más sin infraestructura clara. Y claro, esto es necedad mía de no querer usar el confiabilísimo sistema de transporte público de la ciudad con sus excelentes conductores al frente de rutas de microbuses; los funcionales y cómodos camiones del metrobús ni el puntualísimo sistema de metro. La culpa es mía por no querer gastar veinticinco pesos diarios para ir a ganarme el pan [y mi cambio para el transporte público] o en comprar un carro a crédito, con el dinero que no tengo, para deshacerme de la prestación del ahorro. El egoísmo es mío.

El mercado mobiliario se pone duro, y no me da tregua.

Al menos tendré un espacio propio que disfrutar en las seis o siete horas para dormir, porque el resto del tiempo lo gastaré en la oficina o en el tráfico. Quien sabe: quizá un día llegue antes de lo pensado y tenga tiempo también de lavar mi ropa y preparar con calma mi comida de la semana.

Entonces, como no estoy dispuesto a ceder mis pocas horas ociosas, le contesto que no, que no me pienso ir a ningún lado que esté más allá de diez kilómetros de la oficina, y el mercado me dice que vale, pero que entonces pague más, o pida menos. ¿Qué me cuesta no ahorrar y vivir al día? Al fin y al cabo estoy bien asegurado con el IMSS, por si me enfermo. Aunque la última vez que fui con una infección en las anginas apenas si me mandaron un antihistamínico y paracetamol. Quizá tampoco necesite dinero ahorrado por si hay alguna emergencia en la vida, como una llanta ponchada o accidente en la bicicleta, algún zapato roto u otra prenda que necesite cambiar; arreglar algún desperfecto mobiliario o cambiar el celular desechable. Obvio, ni pensar más a futuro, como en comprar mi propio departamento. Para qué, si cuando termine de reunir el dinero para hacerlo ya estaré a punto de morir.

Tampoco es que necesite el dinero en caso de que algún día quiera ser transgresor y tomar una o dos semanas de vacaciones para descansar de las otras cincuenta o cincuentaiún de trabajo al año. Por supuesto que no pienso en que tal vez necesite el dinero ahorrado por si acaso se le ocurre a mi empleador despedirme un día. Eso nunca pasa, y si sucede, encontrar trabajo es facilísimo. Aunque mis amigos digan que no, estoy seguro de que ellos no han encontrado un trabajo estable en varios años de búsqueda porque sé que son flojos y cínicos. ¿Qué no ven cuánto se enaltece uno trabajando nueve horas en una oficina para hacer ricos a los empresarios? [Encontrar trabajo es tan fácil como meterse a las bolsas de trabajo por internet y ver la impresionante y justa oferta laboral.].

Ellos son muy exigentes: quieren un salario mayor a ocho mil pesos después de impuestos, además de un horario de trabajo menor a diez horas, y todos sabemos que eso es una exigencia ridícula. Yo tuve la enormísima suerte de encontrar un empleador dadivoso que se dignó a tomarme bajo su manto con este salario que me da para tantos excesos y tiempo tan holgado, siempre. Un trabajo que conseguí por pura suerte porque, en realidad, soy uno de los tantos ingenieros y científicos duros de mi edad que saben algo de temas editoriales, intersección muy común. Quizá les falte iniciativa, ser más agresivos, mandar tres currículos a cada empresa que solicitan empleo. Más es mejor, es lo que he aprendido en la oficina. Sobre todo cuando se trata de dar horas de trabajo.

No, dejar de ahorrar quizá no sea la mejor opción, aunque me daría la libertad de vivir en un radio menor de mi trabajo, y tener más tiempo para estar en casa. Pero soy conservador y fatalista, entonces me gusta estar preparado para la adversidad.

Entonces leo una oferta de departamento: un baño, una recámara, cocineta. Quizá no necesite espacio para un estudio. ¿Cómo puede ocurrírseme separar mi lugar de trabajo del lugar donde como o duermo? Quizá con un biombo pueda mantener mi terquedad intacta si la estancia es amplia. Abro el enlace y veo las fotos. Una cueva tiene más luz, y la cocineta apenas puede llamarse así: un cubículo con una tarja que comparte el espacio con el calentador de agua. Paso al siguiente anuncio, con la misma descripción: a todas luces se ve, por el baño, que al arquitecto le gusta ahorrar agua: el escusado está casi abajo de la regadera, así uno caga mientras se talla. Muy, muy ecológico, pero demasiado transgresor para mi espíritu conservador.

Más es mejor, es lo que he aprendido en la oficina. Sobre todo cuando se trata de dar horas de trabajo.

Por fin encuentro uno que no parece ser guarida de secuestrador y que está dentro del rango de todas mis extremas exigencias. Busco el número en la página, marco, pero el celular no quiere conectar. Guardo la página para después. No debe confiarse uno y hay que abrirse a varias opciones.

Marco tres opciones más antes de detenerme: ya llegué a las ofertas que vi hace dos días, sin éxito. En uno de los teléfonos tampoco me contestan. En otro me dicen que ya se rentó el departamento antes de colgarme presurosamente. Pero en el tercero tengo algo de suerte: un departamento relativamente iluminado, se ve algo amplio, aunque un poco fuera de mi presupuesto. De cualquier modo agendo una cita que, cuando voy, no cuaja. En parte porque a mí no me termina de gustar el departamento [demasiado ruido en la calle,  la cocina no se puede llamar tal, los clósets están derruidos, el departamento no era como en las fotos] o simplemente porque el arrendador me vio cara de ser un mocoso irresponsable. De cualquier manera, la búsqueda sigue.

_____

Quizá la culpa sea mía por esperar demasiado de un departamento. Quizá deba conformarme con no ahorrar dinero y derrocharlo en una renta o en dejar las comodidades de lado. Es muy posible que la culpa sea mía por no haber perseguido esa jugosa carrera de ingeniero que prometía tanto después de haberme titulado. Es muy claro: hay profesiones dignas y profesiones para morirse de hambre, y yo decidí cambiar una por la otra, vivir en el lado salvaje, porque la gente que hace trabajos de humanidades o sociales no merecen vivir bien. Aunque no puedo quejarme, dirán algunos. No me muero de hambre, tengo un lugar donde dormir, un trabajo que al menos paga la renta compartida con mi hermana; mi rutina incluye tiempos de ocio, mi salario paga algunas clases, comidas fuera de casa, uno que otro cine casual, aunque al final de la quincena sufra por efectivo. Tengo una lavadora que, aparentemente, es el nuevo estatus quo, la manera de saber que uno no está jodido, sino que pertenece a la élite de la sociedad. En los banquetes de los empresarios es lo primero que preguntan a los asistentes: «¿Tiene usted una lavadora?» ¿Qué quejas puedo tener si uno de mis requisitos de departamento es que quepa la mía?

Claro que, cuando sea viejo me arrepentiré, porque lo más probable es que no tenga que comer. Entonces sí, necesitaré la caridad de una de esas ricas personas con lavadora para que me regalen la caja. Así podré armar mi nueva casa en algún camellón de la ciudad, porque es claro que no tendré dinero para mi retiro: mi sueldo jamás habrá sido suficiente para aportar voluntariamente diecisiete por ciento de mi salario y vivir, según los organismos internacionales, de mi pensión, asumiendo que, aunque lo lograra, no hubiera una depreciación de los fondos de retiro, o un mal manejo de las administradoras a manos de particulares, los siempre amables particulares. El caso es que, de un modo u otro no tendré con qué vivir, porque la elección era morirme de hambre en mis veinte o morirme de hambre a los setenta. El problema es que yo no quiero vivir hambreado, y a diferencia de lo digan los medios, sí me gustaría tener una casa propia, para no tener que sufrir de la incesante búsqueda de departamentos ni las excesivas rentas por lugares pequeños.

Y resulta que para todos es claro, menos para mi generación, que la culpa de nuestra situación carente de prestaciones y sueldos dignos es de los que trabajamos. Nosotros nos metimos en este problema enorme de que todos quieren jóvenes de veinte años con seis años de experiencia, pero nadie quiere entrenar a los recién egresados de las carreras, «porque luego se van a otras empresas, ¿y quién nos regresa el tiempo invertido?» Eso sí, cuando logras llegar a un trabajo donde la paga al menos te da para las comidas diarias, no falta que te recuerden, si se digna uno a levantar la voz para pedir más dinero o exigir sus derechos laborales, que hay una horda de gente desesperada por tu trabajo, tan desesperada y hambrienta que no les importaría cobrar la mitad por tu puesto. Es obvio que la culpa es de ellos [de nosotros]: para qué comen, para qué no desean mejores puestos y oportunidades, por qué no le echan ganitas, para qué no son emprendedores, si «las oportunidades sobran». Por supuesto que es nuestra bronca porque no nos quedamos esas seis horas más [sin pago extra, por supuesto, ¿dónde quedó el orgullo corporativo?] cuando nos los piden, cuando las fechas planeadas por los directivos [que obviamente, tan exentos de culpa, no van los fines de semana que «amablemente» nos piden ir] no se cumplen. Por supuesto, también, somos nosotros los que deben hacerse responsables cuando los proyectos fallan, porque no dimos todo nuestro empeño, porque no logramos cubrir la carga de trabajo de dos o tres personas en dos y media jornadas laborales diarias.

Hay una horda de gente desesperada por tu trabajo, tan desesperada y hambrienta que no les importaría cobrar la mitad por tu puesto.

También tendremos la culpa del envejecimiento de la población, porque no tendremos hijos. Claro, deberíamos tener dos hijos, y mantenerlos con el mismo sueldo que no alcanza para mantener a una persona, en un departamento que no es nuestro, sin manera de garantizarles salud o estabilidad económica. Quizá incluso necesitemos sacarlos a trabajar porque no nos alcanza la quincena. Quizá ni siquiera valga la pena armar una de esas familias tradicionales.

Y, sin embargo, de lo que sí me siento culpable es de sufrir, cómodamente, en un trabajo que sí me da de comer; de lloriquear mientras en la calle un cojo me pide ayuda para arreglar su andadera rota; de enojarme por no haber recibido una beca para estudiar un máster mientras hay jóvenes que deben abandonar la secundaria para mantener a su familia. Me siento culpable porque tengo la sensación de que apoyo a ese sistema que no sólo me jode a mí, sino se los chinga a ellos; culpable de pensar «al menos no estoy tan jodido, al menos la tuve fácil». Me siento culpable porque no estoy haciendo nada para luchar contra esta cultura económica, porque no estoy organizando a nadie para resistir, por tener miedo a gritar «¡Basta!», y pedir un trato justo y digno. Porque no se trata de si somos una generación chillona o malcriada, sino de que somos una generación sin futuro, porque no tenemos manera de construir uno; que no es que seamos flojos, sino que no tenemos esperanza de que las cosas mejoren algún día; que no es que creamos que tenemos derecho a estar al mando, sino que sólo queremos tener vidas dignas.

 

Imagen de portada: Las máquinas para vivir by Juan Pablo Castiblanco. Flickr-[CC BY 2.0]


Andrés Borchácalas
Andrés Borchácalas
Del autor se dice que borchacalea en los sueños ajenos hasta cansarlos.



  • Zeruel

    Y si sabemos todo ello de lo que nos sentimos culpables que estamos haciendo para remediarlo??? Creo es es más cómodo seguir y tratar de encajar en el sistema que buscar una verdadera solución o cambio

    • Andrés Borchácalas Sierra

      Gracias por tu comentario, Zeruel. Estoy de acuerdo contigo en que es necesario hacer algo para resolver el problema y no sólo hablar. Por eso me parece importante que comentemos un poco de cómo podemos resolver aquello que nos desagrada del mundo.

      Primero me parece necesario expresar aquello que nos incomoda, enoja, entristece o causa algún malestar. Sólo enunciarlo, pues primero debemos explorar eso que nos parece que está mal, verle la cara, ponerse al tú por tú con ello. Hay que tener cuidado, también, de no fiscalizar el tono de quienes también lo hacen, pues su modo de expresarse, aunque pueda no gustarnos, seguramente tiene validez. Y si no, hay que saber identificar por qué no. De cualquier modo, no se debe minimizar las denuncias de los otros, pues es posible que, por no cuadrar sus formas con las nuestras, nos perdamos de un buen diálogo, quizá incluso de conocer a un aliado.

      Después, cuando ya tenemos bien identificado qué es lo que nos hace sentir mal, o con lo que no estamos de acuerdo, debemos buscar, muy a conciencia, cuáles son sus causas. Esto, por supuesto, es una labor titánica, pues en problemas políticos, sociales, económicos, ecológicos, y todos los -icos que te imagines, hay un entretejido en el cuál es bien difícil perderse. Por eso hay que identificar bien, a veces mediante una catarsis, qué es lo que nos parece más malo, y qué debe resolverse (o estamos en posibilidad de resolver).

      Como podrás imaginarte, este segundo paso de informarse es lento, y requiere un trabajo extenso de crítica y autocrítica (¿Estaré en lo correcto?, ¿No estaré perdiendo algo de vista?, ¿Este artículo me parece cuerdo porque está bien argumentado o porque se inclina a mis creencias? y muchas otras preguntas surgen en este paso), pero es imposible saltárselo si uno quiere en realidad proponer una solución. Porque uno no sólo puede dar soluciones así como así, con juicios rápidos desde la comodidad de nuestro celular en las redes sociales, como bien dices tú. Las buenas soluciones se piensan antes, y se refinan, muchas veces, escuchando las quejas de los otros, los análisis sesudos, y a los que tienen algo que comentar: jamás se sabe de dónde vendrá la información que nos hacía falta.

      Por mi parte, te aseguro que estoy buscando soluciones, pero aún no son buenas soluciones, pues aún me encuentro en ese segundo paso de investigación y refinamiento. Espero tú también lo estés y en algún momento tenga oportunidad de leer tus denuncias y propuestas, lejos de la comodidad.

      Andrés Borchácalas Sierra

      • Andrés Borchácalas Sierra

        Fe de erratas:
        Donde dice “es bien difícil perderse” debe decir “en bien fácil”. Una disculpa.


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