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En la milpa

18 Jun, 2017 Etiquetas: , ,

Mercedes amaba su milpa, como al oasis que le daba alimento a ella y a sus hijos; por eso a Raymundo, el más pequeño de sus retoños, trataba de enseñarle su valor y la importancia de su defensa ante quienes querían despojarlos.

TEXTO: CÉSAR PALMA / ILUSTRACIONES: SARA CASTRO BARRAGÁN

Caminaban sobre los límites de la tierra de Mercedes, en la parte poniente, la que colindaba con las tierras de los Hernández, tierras treinta veces más extensas que las de doña Meche. Tierras que parecían no ser suficientes para aquella familia, que se empeñaba en robar de a poco, aunque fueran diez centímetros, parte del terreno de la viuda. Pero Mercedes nunca se dejó, iba a cosechar el maíz y a cerciorarse que los Hernández no estuvieran invadiendo su propiedad de alguna manera. Ella conocía todas las mañas: clavar postes, dejar maderas o basura, abrir una zanja, cualquier objeto era un intruso que Mercedes y Raymundo quitaban del camino. El pequeño caminaba por todo el perímetro junto con su madre hasta tener la certeza de que su pequeña propiedad estaba segura. Era una tarea difícil porque para llegar hasta la milpa tenían que cruzar varios cientos de metros que pertenecían a otras familias. El terreno de Meche era uno de los más pequeños en comparación a las hectáreas de otras estirpes acaudaladas que rodeaban el suyo. Ella no iba a permitir ningún robo. Aquellos metros de tierra los habían cultivado durante generaciones su madre y su abuela. La Revolución no se los quitó, a pesar de que tampoco les dio nada. Ese pequeño cuadrante les dio maíz cuando no había nada qué comer. De ese maíz hicieron tortillas que acompañaron las papas cocidas durante la hambruna. Era el terreno que le daría al pequeño Raymundo.

Casi todos los días, después de regresar del mercado, fuera época de cosecha o no, caminaban hasta la milpa. Raymundo no iba con la mayor disposición, cuando se quedaba en casa, sus hermanos mayores acompañaban a Meche. El más pequeño de la familia se animaba a caminar hasta la milpa cuando el sol todavía estaba lejos de su puesta; de no ser así, se escondía en la casa, lloraba, gritaba o fingía algún dolor. No le gustaba ir durante la obscuridad, el miedo lo consumía, le hacía llorar, le quitaba la respiración y le hacía orinar; su gesto se descomponía de la misma manera que su delgado cuerpo cuando escuchaba un ruido. Aunque fuera de la mano de su madre él se jalaba y trataba de huir. Mercedes no lo dejaba, le gritaba que se calmara, que no pasaría nada. Un par de ocasiones fue tanta la desesperación que le propinó dos cachetadas a Raymundo. El niño dejó de llorar, pero sus sentidos lo seguían traicionando: escuchaba todos los ruidos, veía animales, personas y monstruos en todas las proyecciones de las sombras, sentía por todo su cuerpo el soplo del viento. Luego su madre se arrepentía por el golpe y se ponía de rodillas para abrazarlo, limpiarle las lágrimas y decirle que nada le iba a pasar. No tengas miedo, no hay nada, no existe nada más allá, no le tengas miedo a eso, no le temas a la muerte ni a los muertos, ten miedo de los vivos, le decía. Raymundo se calmaba un poco, pero seguía aterrorizado. Sólo le quedaba aferrarse a su madre, apresurar las tareas pendientes y dejar ese lugar.

_____

En una ocasión Meche regresó fúrica del mercado, una compañera de ventas del sitio donde trabajaba vendiendo nopales, aguacates y algunas hierbas le contó que vio a los Hernández, al hijo grande, dando vueltas por la pequeña milpa. Meche apenas prestando atención a los detalles, pero muy bien al apellido Hernández, no se concentró en todo el día. Muchas ideas se venían a su cabeza: la sonrisa socarrona de Julio Hernández, jefe de familia; un hombre despreciable para Meche, tosco y abusivo. Julio una vez se apareció alcoholizado en el mercado y cayó sobre su mercancía y vomitó sobre ella todo el ron que había estado bebiendo; no le pagó y la policía, donde trabajan sus sobrinos, sólo intervinieron para decirle que ella se había colocado en un lugar prohibido, que no podían hacer nada por sus hierbas ni por sus aguacates.

Meche nunca había respetado a los Hernández, ni se intimidaba como la mayoría de las familias del pueblo sí lo hacía. El puro apellido le calentaba el humor. Pensó: qué tiene que andar ahí parado Julio [el hijo grande] entre semana en la milpa. Apenas si van unas veces al mes, menos Julio que no sabe nada sobre el campo, pues siempre se dedicó al estudio y es el abogado de la familia. Cuando los Hernández van a la milpa es para pasar el día, los domingos, o después de una fiesta grande. Sino es eso, no van a pararse en la milpa, para eso tienen peones, razonó Mercedes.

Meche llegó lo más rápido que pudo a su casa. Sólo encontró a Raymundo en el patio jugando con un bote. Le preguntó por sus hermanos, pero él dijo que se habían salido desde hace un tiempo y no habían regresado. Meche sin preguntar nada más le dijo a su hijo:

―¡Vamos Mundo, vamos a la milpa, acompáñame! ―exigió la mujer con la voz impostada.

―No mamá. No voy. Estoy jugando.

―Vas a ir, vente, vamos. No te puedes quedar aquí solo. ¡Acompáñame!

―¡No mamita, no quiero ir! ¡Ya está de noche, mejor espera a uno de mis hermanos, ellos te van a acompañar! Ya vienen.

―¡Vamos rápido, tengo que ver quién está allá en la milpa!

―Pues quien esté, no me importa. Ya está de noche.

―Ándale, vamos, Mundo. Te lo pido por favor, sino vas a ir a fuerzas.

―¡Que no! Ya estás vieja y no me vas a poder llevar a fuerzas.

―¡Cómo chingados no! ―Mercedes tomó a Raymundo por el antebrazo y lo llevó a rastras.

El pequeño Raymundo fue arrastrado por toda la terracería. Sus rodillas comenzaron a sangrar hasta que decidió ponerse de pie y caminar al ritmo de su madre. Mercedes ni siquiera volteó a mirar a su hijo, estaba concentrada y cada vez más enojada conforme se acercaban a la milpa. Raymundo podía sentir cómo palpitaba la mano sudorosa de su madre, pero la fuerza era inmensa como para zafarse y huir. Mercedes continuaba con su marcha intensa sobre las irregularidades del terreno; las piedrecillas salían disparadas con la misma fuerza que eran pisadas. Raymundo arrastraba sus pies sin tiempo para recuperar la siguiente pisada con mejor equilibrio.

Cuando llegaron a la zona más frondosa, el sendero sobre el que caminaron comenzó a ser sofocado por decenas de árboles ―capulines, pinos, encinos y cedros―; el horizonte se perdió ante los árboles. Raymundo no podía ver más allá de los troncos, las piedras en el camino y el brazo de su madre. Sólo en algunas partes del camino la luz azul de la luna se abría paso y dibujaba sombras inmensas sobre el piso. Un fuerte viento comenzó a mecer las ramas. El niño sumó más fuerza a la mano enfurecida de su madre, aceleró el paso y dejó de caminar como niño, igualó la velocidad de su madre. Pensó que era mejor salir de ahí lo más rápido posible.

―Ándale, mamá. Dime qué pasó. No me gusta venir de noche, me da miedo.

―Ahorita te digo. Ya casi llegamos.

―¡Dime por favor, mamita! ―Raymundo gritaba desesperado con el miedo inundando todo su cuerpo.

―Ya llegamos. Ayúdame a revisar la milpa. Ya sabes, tú empiezas por allá y yo por aquí.

Mercedes dio la espalda a Raymundo y comenzó a caminar por el perímetro del terreno. Se encorvó y exploró centímetro a centímetro, buscando pisadas, alguna cuerda, un línea trazada sobre la tierra, lo que fuera, un indicio de que los Hernández habían estado husmeando.

Raymundo se quedó paralizado en el punto donde lo dejó su madre. Miró cómo ella se perdía entre las hojas de maíz que comenzaban a superar el metro de altura. De Raymundo apenas si se podía ver parte de su cabeza. Aunque se paraba sobre las puntas de los pies ya no le era posible ver a su madre, la sombra de los árboles cubría por completo la silueta de Mercedes. Gritó a su madre que no recorrería la milpa, que se quedaría ahí esperando hasta que ella terminara. Cerró los ojos y trató de calmarse, tocó unas mazorcas e intentó no prestar atención al sonido del viento que corría entre las hojas. Pensó en su cuarto, en todas las veces que sintió miedo y nunca se trataba de algo terrorífico, como la vez que sus hermanos apagaron las velas de toda la casa mientras dormía y salieron hasta el patio para hacer ruidos y gritar que el diablo iba a entrar por él. Recordó también la vez que tomaron una víbora muerta y la aventaron a la pileta cuando se estaba bañando. Pensó que había tenido mucho miedo esas veces, pero después se dio cuenta de que no era una víbora sino una correa de cuero con petróleo y que el diablo no existe y que mucho menos se le podría aparecer a él porque el padre le había dicho que todos los niños son como ángeles.

Raymundo se convencía que no podía temerle a la milpa. Sí aquí es a donde ha venido a jugar desde que tiene memoria, que conoce el terreno a lo largo y a lo ancho, pelón y con siembra. Raymundo caminó decidido, pero con precaución. Recorrió paso a paso el perímetro que le ordenó su mamá. A ratos se detenía porque de frente se abría un abismo de sonidos y sombras macabras. Después continuaba y miraba atrás para darse una idea de cuánto le faltaba para completar una vuelta. Las manos comenzaron a sudarle nuevamente y su pequeño corazón se aceleró, su cara comenzó a temblar. Siguió así durante varios metros hasta notar que estaba demasiado alejado del punto de inicio. Volvió a gritar a su madre, pero no obtuvo respuesta. Le dijo que ya no podía más, que lo ayudara a salir de la milpa. Raymundo estaba pálido, inmóvil sobre un surco esperando a que su madre llegara. Sólo se quedó ahí de pie llorando y con el pantalón mojado de orina. El miedo no podía extenderse más sobre el pequeño Raymundo, lo había vencido, comenzaba a perder fuerzas y a desvanecerse. Dejó de sentir terror para dar paso a la obscuridad, pero todavía captó a lo lejos el movimiento violento de unas plantas de maíz. Vio a su madre en el piso, su trenza sobre la tierra, sus manos deformadas sobre su pecho, sus piernas flexionadas y con las rodillas casi hasta el pecho. Raymundo dejó de sentir pesadez, pero el miedo no se disipó, estaba temeroso sobre lo que le sucedía a su madre. Corrió hasta donde yacía y no la reconoció, sus ojos estaban completamente perdidos, el gesto que hacía distorsionaba por completo la cara que Raymundo conocía. Gritó: «Mamita, mamita, qué tienes», pero Mercedes no respondía, su cuerpo no cesaba de distorsionarse. El niño pensó que perdería a su madre, nunca había pensado en la muerte hasta esa noche. Vio cuando enterraron a uno de sus tíos, cuando murió la mamá de Mercedes, pero nunca pensó en la muerte como algo importante.

Raymundo se levantó del sitio y corrió a través de toda la milpa, tomó el sendero por el que habían llegado y corrió hasta su casa. No encontró a sus hermanos, pero sí a uno de sus vecinos, le dijo al señor Nicanor que su madre estaba tirada en la milpa. Ambos corrieron de regreso a la milpa hasta donde seguía Mercedes en el piso. Ya no temblaba, pero tampoco respondía. Nicanor la tomó sobre los brazos y caminaron lentamente hasta la casa. Esperaron hasta que los hermanos de Raymundo regresaron. Decidieron llamar al médico, quien llegó hasta la mañana siguiente. Mercedes durmió toda la noche.

El doctor la observó, le hizo preguntas, pero al final le dijo que no podría hacer mucho por ella ahí. Tendría que ir a la ciudad con otro médico,  él consideraba que Mercedes había sufrido de un ataque de epilepsia. Mercedes no recordaba nada, pero Raymundo le contó toda la historia. Su madre lo abrazó, le besó la frente y le dijo que le había salvado la vida. Raymundo le dijo que ya no le tenía miedo a la milpa.

 

Técnica de las imágenes: Puntillismo, acrílico y acuarela.


César Palma
César Palma

Editor de fotografía en Kaja Negra. Si alguien tiene que fotografiar al presidente, al papa o a mi abuela, ése quiero ser yo. En Twitter: @LittleChurch_ Correo: cesar@kajanegra.com





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