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Escritos para desocupados: el libro antes del libro

19 Nov, 2015 Etiquetas: , ,

Vivian Abenshushan encontró en la crisis motivos para gestar Escritos para desocupados, en donde explora, pregunta y lleva al límite ideas y críticas hacia el trabajo, el tiempo, el mercado. La autora cree que, como ha escrito Bifo en The Uprising: On Poetry and Finance, la escritura, la poesía y el arte son todavía espacios para la resistencia.

TEXTO: VIVIAN ABENSHUSHAN

[Videoentrevista]

¿Dónde se encuentra la génesis de un libro? ¿Cuál es ese momento anterior a la escritura, anterior a la autoría, el borrador, la edición, la perorata frente a los periodistas y las cámaras? ¿Ese momento de extraordinaria incertidumbre y soledad, de intuiciones sombrías (o luminosas), de inquietud persistente, ese querer-escribir algo que aún no sabemos nombrar? Ahora que lo pienso, Escritos para desocupados no nació como libro por venir, como “proyecto literario”. Su génesis, su precursor oscuro como lo llamaría Deleuze, estaba fuera del libro, más allá del libro, en el territorio de la existencia cotidiana. Yo trabajaba mucho, trabajaba demasiado. Una tarde (que era más bien noche) entendí que el trabajo (jornadas extenuantes en una revista cultural donde la cultura era menos importantes que los sponsors y la publicidad) me hacía infeliz. No tenía tiempo para escribir, me pagaban mal. El espíritu de los tiempos me asfixiaba. Sin embargo, durante un viaje a Buenos Aires, que padecía su propia crisis económica y política, tuve una epifanía. Un momento de verdad. Una auténtica conmoción en un lugar y una hora señalada, como aquellas revelaciones que preceden a la conversión (hápax existencial, lo llama Onfray). Me topé con un esténcil. Eso es todo: un rayón en la pared. Pero no era un esténcil cualquiera, era lo que gritaban las calles, la síntesis de una atmósfera cultural emancipatoria que buscaba caminar en sentido contrario al espíritu del fin. MATE A SU JEFE:RENUNCIE, decía el esténcil y lo hacía con humor. Ya lo he contado antes; lo he contado demasiadas veces. Podría creer incluso que me lo he inventado, si no fuera porque conservo la foto. ¿Qué entendí entonces? Que el trabajo es la destrucción del ser. Digan lo que digan los que dicen misa y los managers y los coaches y Freud y las buenas conciencias y los legisladores que ahora aprueban una reforma laboral para esclavos. Trabajar mata. No es metáfora ni eslogan. Las “víctimas necesarias” del neoliberalismo (los suicidas de las fábricas de Shenzen, los quemados a lo bonzo de Telecom, las mujeres de Ciudad Juárez —explotadas, desaparecidas y asesinadas—, el karoshi de los japoneses extenuados) actualizan todos los días la violencia del sistema por el trabajo. Muchas otras cosas se aniquilan por esa vía: las aspiraciones individuales, la libido, la dignidad, la imaginación, la mirada crítica, las ganas de vivir, el sistema nervioso, las arterias y el colon. En la jornada de doce horas promedio del trabajo contemporáneo, no hay espacio para la escultura de sí. Tampoco para la empatía o la idea del otro: se propaga la competencia y la lucha salvaje, el sálvese quien pueda, la desconfianza común. Es pura supervivencia, nuestro retorno al estado animal anterior a la comunidad. Y a mí me producía una profunda tristeza. Pero después del abatimiento vino el contraensayo. ¿Un qué? Un ensayo llevado al límite, más allá de la página, donde la apuesta no es sólo estética sino política, donde la imaginación radical se define como una experiencia del lenguaje que interviene en la existencia. Eso es un contraensayo: un experimento en busca de la transfiguración vital.

Escritos para desocupados nació entonces de esa toma de conciencia de la propia fatiga, del propio desasosiego, en medio de la crisis capitalista: un arco de autorreflexiones que van de la debacle de los bancos en Argentina, al que viajé en 2004, y la crisis global del 2008. En medio del desastre económico, se encontraba también el desastre personal: entender de pronto que las dinámicas del turbocapitalismo horadaban mi vida cotidiana e intelectual. Frente a eso tomé una decisión drástica, decidí dimitir, siguiendo el dictado del esténcil porteño: renuncié a mi trabajo. Simultáneamente abrí un blog donde comencé a reflexionar a la vista de todos sobre las condiciones del trabajo contemporáneo. El blog se fue convirtiendo en un espacio complejo: una bitácora sobre el desempleo voluntario, una investigación teórica, una colección de citas, un ensayo, un panfleto, un manifiesto, en suma, un dispositivo dimisionario que discutía la forma en que la existencia está hoy (lo ha estado siempre) colonizada por el trabajo, pues ocupa todo el tiempo vital de los individuos, de sus proyectos, conversaciones y afectos. La arquitectura de la vida cotidiana, como advirtieron los situacionistas, está diseñada bajo la sombra del trabajo. ¿Y por qué el trabajo se convirtió tanto para el capitalismo (y la ética protestante), como para Hegel y el Partido Comunista, en “la esencia del hombre”? Desde la maldición bíblica, el trabajo ha sido una operación política y social muy conveniente para mantener un sistema de control sobre los individuos. Nietzsche escribió que detrás de cada apologista del trabajo se esconde un policía, pues mantiene al individuo ocupado, alejando de sí los apetitos y deseos de autonomía. Foucault mostró de qué modo las sociedades disciplinarias multiplicaron las instituciones cuya función era controlar el tiempo del obrero, suprimiendo las fiestas y el descanso, para que no sólo el día laboral, sino la vida entera, pudiera ser efectivamente utilizada de la mejor manera posible por el aparato de producción.

¿Y no es esa precisamente la realidad en la que vivimos ahora? En la era del tardocapitalismo, la jornada laboral no termina nunca: el horario 24/7 de la economía global interconectada no tiene fin. El trabajo se ha vuelto más opresivo, más omnipresente que nunca, pues es la fuerza central que alimenta y engrasa la maquinita tragamonedas. Dimitir del trabajo es, entonces, una forma de sabotaje al interior de la máquina. Si el trabajo se ha convertido en el valor cumbre del dogma neoliberal, el haragán se convierte en un hereje, un disidente. (Quise decir: la haragana.) Creo que el desempleo voluntario adquiere así una virulencia que va más allá del espacio oficinesco. Se convierte en una afrenta más amplia, una subversión de los valores ideológicos que sostienen al sistema. Esta afrenta implica una transformación real (y radical): la alteración de la línea que va del trabajo al consumo, pero también, la búsqueda (y puesta en práctica) de otras formas de convivencia y organización colectivas, no fundadas en la competencia, la acumulación y el individualismo, sino en la cooperación, la horizontalidad, el cuidado mutuo, la desaceleración. Los movimientos antilaborales y las apologías del ocio, desde Diógenes hasta el situacionismo o el movimiento italiano Potere Operaio, en el que participaron pensadores y activistas como Toni Negri o Franco Berardi Bifo, entendieron que la lucha contra el trabajo es sobre todo una defensa de otros modos de ser y estar en el mundo para el hombre.

Escritos para desocupados no es un  manual de uso (¡ningún libro debería serlo) sino un cúmulo de interrogaciones que podrían resumirse en la pregunta más apremiante de nuestra época: ¿pueden construirse formas de covivialidad fuera del circuito del capitalismo? ¿se trata de un sistema invulnerable o es posible aún hackearlo, ralentizarlo? ¿hay alguna salida a la crisis actual, una crisis no sólo económica, sino social, ecológica, anímica? Esa es la paradoja de “trabajar contra el trabajo”: ingresar en el territorio del hackeo, revolver los circuitos de la maquinita tragamonedas desde el interior, advertir las propias contradicciones y reflexionar sobre ellas (en lugar de escamotearlas), viralizar el espíritu festivo y comunitario de la dimisión y trastocar la realidad desde ahí, proyectando un nuevo espacio para vivir, producir y compartir. Creo, como ha escrito Bifo en The Uprising: On Poetry and Finance, que la escritura, la poesía, el arte, son todavía espacios para la resistencia. “La poesía –escribe Bifo– es el exceso del lenguaje: la poesía es aquello en el lenguaje que no puede reducirse a información, que no es intercambiable sino que da paso a un nuevo terreno común de entendimiento y significación compartida”. La ambigüedad y la ironía hablan transversalmente, se desvían,  entorpecen los automatismos tecno-lingüísticos, descomponen la máquina de valorización del signo que opera en Internet. El ensayo, como forma, es también eso: un desvío, una digresión, una deriva, una micropolítica del lenguaje que desactiva las operaciones productivas de la hora. La digresión no es rentable, está ligada irremediablemente al aplazamiento. Mientras la finalidad del mercado es acortar el tiempo para disminuir el precio y aumentar la producción, la tarea de la digresión en el ensayo es justo la contraria: suspender el tiempo, retrasándolo al interior de la obra, para alejarse de la conclusión. Ese es el aplazamiento que propone Escritos para desocupados.

 

Vivian Abenshushan

Octubre / 2015

Publicado por la editorial Sur+ bajo licencia copyleft, Escritos para desocupados 
es también una sitio web que prolonga el proyecto por otros medios: 
www.escritosdesocupados.com.


Vivian Abenshushan
Vivian Abenshushan
Es narradora, ensayista y editora. En sus proyectos de escritura y edición prevalece la búsqueda de discursos y estrategias estéticas que trastoquen los modos de producción capitalista. Su obra ensayística proyecta una libertad nómada donde la paradoja y la ironía intervienen como herramientas críticas. Ha publicado los libros Una habitación desordenada, El clan de los insomnes (Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2002) y Julio Ramón Ribeyro, entre otros. Su proyecto más reciente, Escritos para desocupados, se ha planteado como una crítica del trabajo contemporáneo desde la experiencia del desempleo voluntario. Junto con un colectivo de artistas fundó la cooperativa Tumbona Ediciones, un proyecto de edición independiente interesado en la escritura experimental, el pensamiento heterodoxo y los cruces entre literatura y arte (tumbonaediciones.com). Actualmente trabaja en un proyecto de escritura experimental La novela inexperta [Título provisional] que activa y discute el anonimato, la escritura fantasma, la aleatoriedad, la sobreinformación y los mecanismos que permiten que una obra se haga sola. Desde el 2009 forma parte del Diplomado de Escritura Creativa de la Universidad del Claustro de Sor Juana.




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