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Escritos tres equis de un alma abarrotera

03 Ene, 2014 Etiquetas: , ,

De pasado y sangre comerciantes, en esta entrevista, Alberto Vargas Iturbe, El Pornócrata, nos explica que en la vendimia y el fornicio, así es esto del abarrote.

TEXTO: SAMUEL SEGURA / FOTOS: CÉSAR PALMA

Un día antes de que muriera, el padre de Alberto Vargas Iturbe le pidió:

—¡Consígueme una muchacha!

El hombre murió de una hernia a los cien años, en Neza, hace diez o doce, cuenta Alberto a la cuarta taza de café.

—Tráeme una jovencita si quieres, con tantita paciencia que me tenga, con eso basta.

“¡Hijo de la chingada!, ji-ji-ji-ji”, se ríe, dejando la lengua entre los dientes, retrayendo la papada. A su padre, a Andrés Vargas, “le caían un chingo de viejas para que les diera dinero y mercancía. Hacía trueque de naranjas o de limas para cogerse una vieja de las zonas áridas donde no había esa fruta. Él la llevaba (la fruta) y se culeaba un chingo (de mujeres)”.

Los padres de Alberto Vargas vivían en un rancho que se llamaba El Limón, en Michoacán, donde ya no hay nadie.

Siempre ha llevado en las venas a las mujeres y al comercio.

Durante su vida ha tenido cuatro tiendas: la primera en Neza, Miscelánea Los Tarascos (cuyo nombre tomó para un libro); la segunda estuvo donde colindan Neza y Chimalhuacán (“ahí no cogí mucho porque había pocas viejas y la mafia estaba muy dura”); la tercera en Valle de Chalco (“en la que me cogí 17 centroamericanas, fíjate”); la cuarta, Miscelánea La Oficina, a un lado de donde vive actualmente, también en Neza.

Hay una quinta tienda, de una hermana suya que recién falleció, descrita en su texto reeditado recientemente: Una temporada en San Miguel Teotongo. Y una sexta, de otra hermana. Eran diez hermanos, me cuenta confuso Alberto, de los cuales: “quedan siete, cuatro hombres y tres mujeres” pero luego rectifica “cuatro y cuatro” y después “ahora sólo quedamos tres hombres”.

La periodista Ana Luisa Calvillo consignó el dato en la biografía Alberto Vargas Iturbe, el Pornócrata (2003):

“Fuimos nueve o diez hijos. La primera que se vino a Nezahualcóyotl fue mi hermana Alicia porque la trataba muy mal su marido. Acá se casó con un comerciante oaxaqueño y puso una tienda. Luego se trajo a mi hermano Miguel, que también abrió su tienda. Otra hermana hizo lo mismo. Fue una cadenita: nos salimos del pueblo porque la tierra no alcanzaba para todos.”

—Desde que éramos niños mi mamá (Catalina Iturbe, quien murió a los 90 años de un  infarto, poco después que su marido) vendía semillas, maíz, frijol y cuanta madre, ¿no? —me cuenta Alberto, rememorando el origen comerciante de su familia, después de piropear a la mesera del Sanborns donde bebemos café—. Mi papá, desde principios de siglo, cuando era joven, vendía mercancía, fruta, en Tuxpan, Zitácuaro, viajaba en burros, cabrón. Él era arriero. Me decía, “cuando era arriero ganábamos mucho dinero y nos cogíamos a muchas viejas”.

—¿Por qué se da tan fácil la cogedera en las tiendas?

—Porque te piden dinero. Las viejas son cabronas. Si no tienen para tragar te piden fiado, “no, tómate un refresquito, mira, pásale pacá, te voy a dar una despensita, ¡pero mira qué bonitos senos tienes!”, y se los empiezo a agarrar. Si se dejan, ya, ya chingué, a los quince, veinte minutos ya me están mamando la verga. Había unas que ya sabías: “lo que quieras manito, pero que no cocine en unos cuatro, cinco días”, órale, no hay pedo, pásale. Así como te estoy diciendo, así les digo. Tenía un banquito negro que fue histórico el wey, ahí senté a varias, decenas. Todavía lo tiene mijo, le gustó y se lo apropió el wey, a lo mejor ahí pone a mamar a sus novias, ¿no?

Cuando Alberto era joven, me cuenta, agarraba parejo: “gordas, feas, basureras, unas que pedían dinero en la calle”.

—Una vez llegó una que llevaba receta de médico que me dice “ay, coopere, van a operar a mi esposo”. Le dije “te voy a dar cien pesos, pero pásate pacá”; dice “ay, para qué” y la chingada. “Pues para divertirnos un rato… bueno, tómate una viña”. En ese tiempo andaban muy de moda las viñas, ¿no? Y le abrí la de a litro, cabrón. Ya estaba bien peda, y que la pongo a mamar, y me la cojo también. ¡No, después no me la quitaba de encima, cabrón! Y era mentira lo de su esposo, después me dijo.

Y si bien Alberto ya no es un ojo de agua de leche, como solía ser cuando joven, si es un aluvión de historias:

—Y otra, que era una belleza de señora, cabrón. Dice “ay, es que no completo para la receta de mi marido”. Estaba bien bañadita, como a las diez de la mañana, ¿no? Dije ay en la madre, ¿cuánto te hace falta para que completes lo de la medicina? Y dice, “75 pesos”, le dije sí, yo te los doy, pero pásate, vamos a divertirnos. Ay, pero cómo cree, que la chingada; pásate, hombre, ¿quieres un refresquito, una cerveza o qué chingados? ¿Un fuerte? “Échame un fuerte”. No, que se pasa, la empedé, luego me la cogí. Esa si me la estuve cogiendo unos seis meses y después desapareció, cabrón.

Las viejas son cabronas, dice Alberto, pero siempre vivió entre ellas, con su madre y sus hermanas. Nunca ha forzado a ninguna a tener sexo con él, y aun cuando desee alguna con fervor, sabe que si no es de él, no es de él y punto. Las valora infinitamente: “Cuando penetras una zorra (así le llama el Pornócrata a la vagina) es como si dios te tocara la cabeza”, me dijo. De lo contrario “me hubiera vuelto violador”.

Desde su primera vez y primer amor, cuando tenía doce años y al conocer a una joven de trece que lo enamoró (debajo de un mango, tras regalarle una paleta de limón, donde la besó y “sintió la gloria” al penetrarla), Alberto no ha desvalorizado a la mujer.

Su papá, su principal mentor, no sabía leer ni escribir, pero hacía canciones, “cantadas”, decía él.

—Desde muy niño quise hacer cantadas, era mi aspiración artística. Y desde entonces me hicieron destacar con las viejas, desde muy chico hacía canciones pensando en mujeres.

A un lado de la cortina derruida y oxidada de la Miscelánea La Oficina está la puerta derruida y oxidada de su casa.

Tocamos: tres golpes continuos con el puño.

Abre casi de inmediato y sin saber quién es el fotógrafo nos dice “pásenle”.

En aquel lugar de Neza hay un patio amplio, una larga construcción separada por cuatro puertas en perpendicular (el baño, un cuarto, la tienda y la cocina) y una pequeña habitación en la segunda planta.

Entramos detrás de Alberto, quien camina pausado, con unas chanclas que se quitará después para la foto, lento, enorme como elefante, hasta el fondo de la vivienda, en el cuarto que está junto al baño. Una perra bóxer, Nina, nos recibe alzando las dos patas delanteras.

—Si vas a mear déjale así, si vas a cagar échale una cubeta al baño. Dale unos putazos a la perra pa que se aplaque —nos advierte.

Dentro hay un sillón largo que funge como cama, una mesa repleta de botes de medicina; un ropero con un espacio donde cabe la televisión (en ese momento está sintonizada en las noticias); en un banquito está su computadora y hay varias torres de sus libros.

—Disculpen el desmadre. ¿Ya tienes éste? –Dice al señalar uno de los volúmenes–. Llévatelo.

Nos sentamos en el sillón y le decimos que no hay problema y que muchas gracias. El fotógrafo imagina que allí Alberto Vargas Iturbe ha consumado varias veces el placer sexual. Yo también lo imagino. Beto confiesa que de pronto; estira ambos brazos al frente, los regresa hacia él, al frente y hacia él. Se las enchufa. Y se avienta una carcajada: “ji-ji-ji-ji”. Sólo cuando no está su mujer o su hijo, con quienes habita. Si no, agarra para la avenida y allí se entretiene mirando pasar mujeres e imaginándose que las lleva con él. Difícilmente contrata una prostituta. Eso, recuerda, era cuando estaba más chavo y se iba a La Merced, temprano, cuando “las prostis están recién bañaditas”.

De aquel hombre se ha escrito que nació en Jungapeo, Michoacán, en 1953. Que cuidó cabras hasta los 13 años y que cuando niño “veía cómo se ponían en brama las chivas, las yeguas, las puercas, las burras, hasta verlas parir”. Él reitera que a los 17 años se vino a vivir a la Ciudad de México, donde estudió en la Prepa Popular (como se titula uno de sus libros de relatos), volviéndose trotskista. “Durante siete años combiné la lucha de clases con la fornicación a las entonces cachondas camaradas feministas. Terminé, no sé cómo, la carrera de sociología en la UNAM, misma que me aburrió terriblemente. Como nunca conseguí trabajo de sociólogo, me convertí en tendero en Neza”.

Al final de la ronda de preguntas y respuestas de una de las presentaciones de la nueva edición de Una temporada en San Miguel Teotongo, alguien del público le preguntó:

—Alberto, ¿más o menos cuántas mujeres te has cogido?

—Más de quinientas —respondió y las risas de todos se desataron, pensando que el dato era un chascarrillo, igual que cada vez que cuenta una de sus muchas anécdotas que se hallan escritas en sus libros, aún bajo la advertencia de que lo que se lee es noventa por ciento real.

Ya frente a frente, en aquel sillón y él sentado dando la espalda a su televisor, le pregunté para quitarme la espina:

—¿Y esa cifra, Alberto, es la oficial?

—No, ya llevo muchas más.

Ese número también lo registró Ana Luisa Calvillo:

Fui a ver un doctor porque todo mundo me creía enfermo. Me tocó doctora. Me checó y empezó con el historial clínico; me preguntó con cuántas mujeres me había acostado. Le dije: “No, pues con un chingo”. ¿Y cuántas son un chingo, cuarenta, cincuenta? “No, como quinientas”. Se asustó.

pornocratamiscelanea

Me mandó a hacer exámenes de laboratorio. “A lo mejor tienes sida”, me dijo. Quise sonreír, pero la puta mandíbula se me paralizó. Fui a que me sacaran los estudios y de ahí me lancé a Bellas Artes a escribir. Hice un poema con todo lo que me pasaba en ese momento. Eran montones de cosas, ni alcanzaba a anotarlas. Al otro día vi que el resultado de los estudios salía negativo. Ya ni fui con la doctora otra vez. Me daban ganas de ir a pedirle el culo por andarme espantando.

De esa experiencia escribió el poema “Así sea para limpiarse el culo”, incluido en el libro El canto del fístulo. Inicia:

Pensar en las flores que tanto me gustan.

De unas horas a otras

no poderlas conquistar.

Reflexionar de un tiempo a otro.

¿Qué abrazaré en lo que espero la muerte?

Dios es el más injusto

por no habernos

dado la capacidad

de no morir.

Yo le miento madres.

Esperar la muerte a los cuarenta años

será igual que a los cien:

¿Un simple análisis?

¿La tristeza o alegría?

En mi vida ha habido

tiempos de inmensa alegría.

Tiempos profundamente tristes.

A veces, ¿por qué no? ¿Equilibrados?

Si la esencia se pudre

entonces nos queda el lenguaje poético.

Cuando la vida se consume

es cuando más se valora.

Camino como sombra en la oscura noche.

Aprecio el aire sereno.

El cerebro reflexiona

cientos de cosas:

Si muero mañana.

Si no pasa nada, 

se prolongará la vida.

Toco las mejillas de una adolescente,

siento su juventud.

Me erotiza probar esa miel.

¿Ya nunca más?

Escucho el ruido de la Epidemia.

A ratos cabizbajo.

Otros pensativo.

Estoy condenado como hace un reo

que va a la silla eléctrica. 

Ahora no hace falta tener musa:

Es el miedo a la muerte…

Tenía pavor. Desde que se lo dijeron, hasta la fecha, Alberto usa condón.

—Es que antes de eso tuve 12 gonorreas, cabrón. Tengo un artero así de archivo ―y abre las palmas de la mano, una sobre la otra, simulando sostener algo que le desborda―, de expediente en la UNAM. Ninguna sífilis. Los piojos, sí me pegaron esas chingaderas. Pero después de lo del sida no me he enfermado por el condón.

Aún conserva la prueba negativa de aquellos análisis y el recuerdo de su primera gonorrea: la que le contagió una mujer de 75 años cuando él tenía 17, una de sus primeras relaciones sexuales, y que le aliviaron con una inyección de nitrato de plata. “Nunca había sentido tanto dolor. Pero el doctor me dijo: ‘Ya te puedes coger un ángel’”.

Pero aquella no sería la primera vez que Alberto sentiría miedo. Ni la primera que sentiría dolor.

—En los escritores un cobarde vale madre. Un escritor que se avienta y decide, quiere decir que es valiente y se atiene a las consecuencias.

Cuando se decidió a escribir –después de la inyección– y mientras escuchaba a un locutor de radio al que le robó una frase; mientras pensaba que quería ser famoso, que quería ser escritor, Alberto Vargas se aventó seis cuentos que “quién sabe dónde están. Se perdieron”.

Se puso a leer y a escribir a madres, leyendo a Bukowski y a Henry Miller (el primero le resultaba más sórdido que el segundo, relata Calvillo en su texto); Trópico de cáncer es de sus favoritos; además de leer a Dostoievski, El Marqués de Sade y a Balzac.

—Empecé a echar mis cuentos en cajas de huevo; todavía tengo una caja, quién sabe qué tengo ahí, es de hace cuarenta años, cabrón. Y de las otras dos cajas que tenía saqué nueve libros. Me va a llevar la chingada y no voy a poder sacar esa madre. Esa caja pronto la voy a ir a abrir, a ver qué chingados hay ahí. Puras mamadas, ¿no?

Llevaremos cada uno ocho tazas de café. “Hoy no voy a dormir. Ya hasta mañana”, confiesa el Beto.

—¿Quién te puso el sobrenombre de Pornócrata?

—Fernando Benítez. Cuando le entregaba mis textos (en la época en que Alberto estudió sociología en la antigua Facultad de Ciencias Políticas), decía que era pura pornografía. Se escandalizaba. Ya después me empezaron a decir El pornócrata de México, El pornócrata mayor. No me molesta, si eso es lo que escribo.

Vargas Iturbe está sentado frente a mí. Sacude ambas piernas con violencia mientras habla o mientras escucha; sus rodillas chocan. De pronto se frota el rostro con ambas manos. Se desparrama en el asiento y se vuelve a acomodar.

Alberto tiene esquizofrenia y, me dice, no debería tomar tanto café. Prácticamente no consume alcohol y mucho menos drogas. Ha estado tres veces internado en el Fray Bernardino desde que supo de su padecimiento y recientemente estuvo en el Hospital General, por una hernia…

—Una vez fui a chupar con unos weyes de Filosofía y me comí un pedazo de pastel y la copa, ¿no?, entonces en la copa o en el pastel me dieron una dosis muy alta de ácido lisérgico, caon. No pos, hijo de la chingada, de repente me dieron ganas de aventarme por la ventana y dije “ay, en la madre”, me dio miedo el vacío, ¿no? Dije, no, chingue su madre. Y luego que me entra el miedo: esos weyes apagaron la luz para tortear a las viejas y la chingada; y más miedo me dio cuando me fui a la cocina y me senté ahí, y una vieja que me traía ganas me dio mota. Creo que la agarré y ay se la revolví, yo andaba viajando con otras pendejadas y no sabía qué. Total que a la vieja hasta le besé las nalgas, quería reventarse, ¿no? Ahí, alucinando. Me salí con otro cuate de la fiesta y nooo, caon, estaba lloviendo, una lluvia de rayos cabrona, y sentía que me caían en la cabeza. Ya en la casa de ese wey, en su cama, había una calavera y me entró un miedo… y eso me tardó como seis meses, cabrón.

Hasta que lo llevaron al Fray.

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Lleva dieciocho años sin crisis gracias a la medicación que allí recibió y que se toma a diario, rigurosamente todas las noches, aunque al principio le costaba trabajo aceptar que tendría que hacerlo de por vida.

—A menos que una noche tenga que cogerme a una vieja, me quedo fuera, pero nomás un día. Si no me regreso, si es preciso.

Toda su crisis esquizofrénica se encuentra narrada en su novela Historia de mi otro yo o parte de ella en el poema “En El Limón se quedó mi alma”.

—Ahí era feliz (en El Limón, el rancho donde vivían sus padres); mi sufrimiento vino con la esquizofrenia, a los 26 años: oyes voces, se te parte la cabeza en dos; en la política (terreno en el que pensaba trabajar, desarrollar su carrera de Sociología) iban a decir que estaba loco, que estuve en el Fray. Me abracé de la literatura, cabrón.

Actualmente Alberto controla la esquizofrenia. Antes, con un ataque, se aterraba y no sabía qué hacer. “Uno se aprende a conocer”, afirma, y se va a su casa cuando prevé una crisis.

—Me volví tremendamente disciplinado, cabrón.

Cuando Alberto no lo era, cuando consumía alcohol, coca cola, cigarros, todo el tiempo recaía.

—Ahora depende cómo esté la vieja, si está muy chingona, me compro un tequilita de a cuarto y cuando estoy en el hotel, me lo estoy chingando y cogiendo. A toda madre, ¿no?

Pero no toma más. Si lo hace, pasarán seis meses o un año para repetir una borrachera. Le gusta el pulque (al que relaciona con la vagina de cierta mujer, por baboso), pero no la cerveza “ni el Brandy ni esas chingaderas, porque ya también tengo diabetes, cabrón, entonces está de la chingada.”

Pero…

—¡Pero se me para muy bien la verga, cabrón, ji-ji-ji-iiiiiii!

Alberto tiene 60 años y desde hace uno sabe que tiene diabetes (que detectó conforme perdía la vista). Pero, afirma, la esquizofrenia exalta los pensamientos que le gustan y contrarresta totalmente la posible disfunción eréctil. Así puede estar pensando en una mujer, en sus labios, en su cabello, en su olor y eyacular en el acto, imaginando una chupada. “Con la esquizofrenia estás pensando y se te para de cajón” le dijo un amigo que investigó al respecto porque no creía que así fuera.

—Ora, entre más coges, más se te para la verga. Un wey que no coja… está arruinado. Hay culeros que duran cuatro, cinco años sin hacerse una chaqueta. Yo al tercer, cuarto día ya me la ando haciendo.

Sólo una vez tomó Viagra, y seis horas después de haberlo hecho ya estaba listo para echarse otro paliacate, pero la chava ya se había ido.

—Pero me da mucho miedo porque también tengo hipertensión. Tons ta cabrón.

Algunas mujeres le han llamado a Alberto para hacerse chaquetas telefónicas. Todo comienza por internet, con un saludo –aunque Alberto no sabe chatear muy bien– y avanza hasta que les expresa: “ya la tengo bien dura, como palo”. No todas se prestan al juego, confiesa, algunas se enojan.

Concluyen en un hotel.

—Pero esas chaquetas salen bien caras.

Hace tiempo que Alberto dejó de trabajar en la tienda, 7 u 8 años. Con su mujer –con quien está “junto” desde hace 22 años, no casado– tiene un pacto: ella no le da de comer, lo hace la hermana de Alberto, quien también le da dinero. Es el precio de su libertad, me dice, pues su mujer, a sabiendas del contenido de sus libros y de sus aventuras con mujeres, paga los gastos y su madre (la suegra de Alberto) le manda yogurt para la gastritis, porque “también tengo gastritis”. Con ese padecimiento lleva 11 años. Lo recuerda porque lo detectaron el 11 de septiembre de 2001, el día que derribaron las Torres Gemelas.

Entre tanto padecimiento, sus mayores satisfacciones siempre han sido las mujeres y las letras:

—Era abarrotero, pero ya estaba hasta la madre. Quería promoverme como escritor, pero la mayoría del tiempo lo pasas ahí en la tienda. Ciertamente estás coge y coge, ahí te llegan las viejas a lo cabrón, pero también me importaba lo otro, ¿no? Claro que si llega una vieja que me gusta cuando estoy haciendo un cuento, dejo el cuento, me voy a coger con ella. Ya si el cuento no sale bien, a la chingada, hago otro, ¿no?

Las ruinas de la trastienda están a oscuras. De un anaquel polvoriento toma un bote que sólo él distingue, repleto con palanquetas.

—Chínguense unas, coman bien.

El Pornócrata

La luz exterior no alcanza a iluminar el sitio y enciende un foco. Así uno puede vislumbrar la báscula en el mostrador, un viejo anuncio de Marinela y más de sus libros. El último que hizo (Una temporada…) le costó 20 mil pesos publicarlo. Sigue pagándolo. Los vende en sus presentaciones, mano a mano, de cincuenta a setenta pesos. Hace poco estuvo en la Feria Internacional del Libro del Zócalo promocionándose, entre los jóvenes, a los que apoya (porque ellos lo leen) incluyéndolos en sus antologías, las del Colectivo Entrópico, “círculo de escritores que promueve desde 2007”.

Ahí entre el polvo, Alberto Vargas Iturbe no cierra la posibilidad de abrir de nuevo su changarro, si acaso sale de sus deudas. “Las mujeres me han llevado a la ruina”, me dijo aquella vez en el Sanborns. Pero se considera un hombre afortunado, con suerte, que ama a su verga, a la mujer (en la “lluvia de vulvas” no es compartido) y a los amigos (quien se mete con la mujer de su amigo es un culero). Ya no le pertenece el banquito negro, pero un asiento largo, como los que se colocan hasta atrás de los microbuses, está ocupado por unas cajas. No son aquellas donde guarda sus escritos a mano (siempre a mano y aunque se le entuman, ya habrá quien le ayude a transcribirlos a computadora; tampoco le apenan como antes sus faltas de ortografía, y ahora deja un espacio en blanco para que el lector al que le firma un libro escriba correctamente su nombre). Entonces las quita y alegre comenta que le salió barato, doscientos pesos. A toda madre para coger.

Porque para Alberto el sexo es una forma de vida.

Saca el asiento y afuera, con el escenario estropeado de las paredes de su hogar, la luz del sol nos ciega.

—Si quieres cogerte un centenar de mujeres, pon una tienda en un barrio pobre —me aconsejó aquella vez.



Samuel Segura
Samuel Segura

Obrero de la palabra escrita. En Twitter: @SamBodoque





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