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Más allá de la frontera norte

27 Feb, 2017 Etiquetas: , ,
SOBRE ESTE ESPECIAL

La llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos está impactando a todo el mundo. ¿Cómo responderán, por ejemplo, los gobiernos de México y Centroamérica? ¿Qué otros aspectos debemos considerar en este contexto? En este especial, en el que contamos con la colaboración de medios centroamericanos como El Faro, Distintas Latitudes, Nómada, Prensa Comunitaria y de los colegas de otromexico, sc, buscamos abordar éstas y otras preguntas. Contar distintas historias. El problema no solo es el muro de Trump, son también #LosOtrosMuros.

Tijuana, la frontera de los sueños inciertos
[Texto: Xochiketzalli Rosas / Kaja Negra]

Las voces de quienes habitan Tijuana, Baja California, tienen un sinnúmero de historias: las cicatrices, lo visto, lo callado, lo dicho; todo confluye en esa ciudad fronteriza: los migrantes, hombres, mujeres, infantes, mexicanos o provenientes de Centroamérica, el Caribe o el Cono Sur que transitan de paso o que por distintas razones tienen que anidar su vida en esa ciudad.

Quienes habitan Tijuana han sido testigos de las historias más esperanzadoras y desgarradoras de quienes han dejado sus huellas por aquella ciudad. Así nos lo narra —al fotógrafo que me acompaña y a mí— Conchita, una mujer proveniente de la Ciudad de México que lleva poco más de 20 años viviendo en esta ciudad. Ella dejó atrás un matrimonio quebrado y con sus tres hijas emprendió la búsqueda de una vida mejor. Y aunque nunca tuvo la intención de cruzar a Estados Unidos, ahora todos los días se traslada a San Diego, California, para trabajar como enfermera de una jovencita estadounidense que perdió las piernas en un accidente.

«Cuánta gente no he visto pasar. Cuánta gente necesita, a veces, nada más un vaso de agua. Cuántas personas he visto que de no poder pasar la frontera no encuentran otra forma de vida que las drogas y el alcohol, y que por eso andan en las calles, sin rumbo, o que toman un pedazo de tierra que poco a poco van adaptando como sus casas; como la que está a unos metros de aquí», nos dice la mujer de 52 años. El último sitio al que nos hace referencia es un espacio de la calle que se encuentra entre una tienda departamental y una farmacia de la colonia Sánchez Taboada. Aquel espacio es ocupado por un migrante que fue deportado y donde con lonas, madera y basura fue construyendo su improvisada casa. Con este hombre intentamos varias veces charlar, pero no tuvimos éxito porque su choza siempre estuvo vacía.

La charla con Conchita ocurre en el comedor de su casa. Un departamento que se integra de nueve habitaciones, las cuales, antes de que ella lo rentara, el dueño usó para dar alojo a migrantes que sólo necesitaban descansar un par de noches para continuar su travesía y llegar de mojados a Estados Unidos.

Conchita nos relata historias que ya conocemos porque las hemos leído en la prensa o en libros: migrantes que mueren en el intento de lograr el  sueño americano, que pasan todo tipo de vejaciones en su trayecto, que terminan delinquiendo para comer, o que, en el mejor de los casos, se quedan a vivir en México. Una situación que se puede poner en perspectiva si comparamos, por ejemplo, el número de deportaciones ocurridas en el gobierno de Barack Obama: entre 2009 y 2015 alrededor de 2.5 millones de personas, según datos del Departamento de Seguridad Nacional. Ningún otro presidente de Estados Unidos había deportado a tantos migrantes.

«Si te das una vuelta por el Bordo —como llaman al río de Tijuana que se encuentra a unos metros de la frontera con Estados Unidos— vas a ver a la gente viviendo en los túneles del canal, algunos llevan meses ahí, luego de que fueron deportados, y pues se drogan porque es la forma que encuentran para mantenerse. Es terrible la vida que llevan esas personas, aunque hay gente que les ayuda, llevándoles alimento o ropa», dice Conchita, quien desde la congregación religiosa a la que pertenece realiza algunas labores de ayuda para migrantes, como proporcionarles algunos víveres.

Este río, sobre todo en los metros cercanos a El Chaparral —la garita de ingreso de Estados Unidos a México, ubicada a 500 metros de la frontera—, luce limpio y sin migrantes, ya no como en las fotos que circulan en medios de comunicación y redes sociales, donde se puede observar que los túneles fungían como chozas y picaderos, incluso las paredes internas del canal ahora se visten con diferentes murales de colores.
La explicación a este cambio se remonta al operativo que el gobierno federal y del estado de Baja California lanzaron en 2016 para desalojar a las personas que ahí vivían para enviarlos a centros de rehabilitación y albergues. Esta medida, no obstante, no perduró, porque al  poco tiempo varios migrantes regresaron a los túneles. Quizá nuevos migrantes recién deportados, pensamos tras la visita al sitio que es el claro contraste entre la tierra mexicana y la estadounidense.

Al transitar en auto sobre la Vía Internacional, avenida paralela al Bordo y que conduce al paso fronterizo de San Ysidro —frontera internacional terrestre que une a Tijuana [México] con San Diego [Estados Unidos], y es la más cruzada del mundo, pues de acuerdo con un reporte de los Servicios Generales de Estados Unidos cada año cruzan por las 24 líneas de entrada vehícular de esta garita 13 millones 672 mil 329 automóviles; mientras que por el área peatonal ingresan diariamente 25 mil personas—, las postales son variadas: comerciantes ofreciendo a los automovilistas que esperarán de 45 minutos a dos horas para cruzar la frontera desde burritos de carne asada, nieves y hasta permisos migratorios; personas en situación de calle pidiendo dinero o comida; todos mezclados con los policías estatales y los agentes migratorios que con espejos sujetos a palos largosrevisan debajo de los autos mientras estos avanzan.

«Seguro buscan migrantes», le dije al fotógrafo que me acompañaba cuando miré a un agente revisar meticulosamente una Pick up delante de nuestro auto. Y le narré el relato de una migrante mexicana que hace 16 años pasó de mojada precisamente escondida en el motor de un auto.

Las tres veces que cruzamos San Ysidro los cuestionamientos del agente migratorio siempre fueron meticulosos; a veces en inglés, a veces en español, sin dejar de observar fijamente y de revisar varias veces la Visa; sus miradas nos incomodaron y los minutos que fuimos analizados antes de que se nos permitiera entrar a tierras americanas parecieron eternos. Una vez del otro lado, permanecí varios minutos con la sensación de que me estaban mirando todo el tiempo.

La situación es muy similar si el cruce es a pie, dice Conchita, quien también asegura que ya se ha acostumbrado a este trato por todas las veces que pasa por ahí para ir a su trabajo. ¿Los migrantes se acostumbran al trato que reciben todas las veces que no se dan por vencidos para llegar a tierras americanas?, le preguntamos. Conchita piensa la respuesta, las expresiones de su rostro cuentan por sí mismas lo que le ha tocado ver y escuchar, y después nos cuenta más historias, ahora de las personas que ayudan a los migrantes para que recobren las fuerzas para todos esos intentos.

Un oasis en el desierto

A cualquiera que le preguntes por la ubicación del comedor del padre Chava en el centro de Tijuana no sólo conocerá el sitio al que haces referencia, sino que también te dará las indicaciones como si tuviera la certeza de que conoces la ciudad: «Camina a la 2da y derecho, al pasar la Revolución, son como dos cuadras más. Ya sabes, el edificio amarillo», nos dijo el bolero al que le preguntamos por la ubicación del principal desayunador para migrantes en la quinta ciudad más poblada de México.

Pero en realidad darás con el lugar porque conforme te acerques a la calle Melchor Ocampo, donde se localiza, a cada paso te encontrarás a hombres y mujeres, todos con mochilas —o bolsas de plástico desbordando ropa o unas cuantas pertenencias— a los hombros; algunos con la mirada perdida en un horizonte inalcanzable, sin percibir a los que se encuentran a su alrededor.

Justo a los escasos 50 metros que tienes que caminar de la avenida Benito Juárez Segunda para llegar al número 700 de Melchor Ocampo, al edificio amarillo que es el desayunador, podrás observar sobre las banquetas las camas improvisadas y casas de acampar que personas en situación de calle y migrantes —que no han logrado brincar la frontera o que han sido deportados y esperan por un segundo o un número infinito de tiempo para intentar llegar a Estados Unidos— han construído con ropa y lonas para cubrirse del clima; incluso, una cuadra antes, en un callejón, hay algunas viviendas construidas con madera y láminas.

En aquellas aceras conviven las ilusiones, la pobreza y la desesperación, pienso tras ver a un grupo de hombres alistando un líquido que después inyectaron en sus brazos, usando todos la misma jeringa; luego de escuchar brevemente lo que una mujer relataba a un hombre que parecía no prestarle atención sobre lo que vivió cuando dejó su país, a miles de kilómetros de distancia, y luego de mirar a un grupo de hombres alistando su mochila, después de haber comido, para emprender aquel viaje desconocido para llegar al país vecino.   

Cuando finalmente tuvimos de frente el edificio de cuatro plantas vimos que las enormes filas que se forman desde las seis de la mañana ya no existían. Solo había unos cuantos hombres y mujeres que pedían permiso para entrar al comedor.

El desayunador salesiano del padre Chava, ubicado junto a la Vía Internacional, a unos cuantos metros de El Chaparral, ofrece al día de mil a mil 200 desayunos, de 8 a 10:30 de la mañana, a gente en situación de calle, por adicción o deportación; en su mayoría migrantes que en el paso de México a Estados Unidos se quedaron varados en esta ciudad fronteriza.

Este oasis en medio del desierto, para quienes transitan por él, es el claro reflejo del crisol que es Tijuana: una de las ciudades de paso de migrantes que sirve para el cobijo y alimento de quienes necesitan recobrar fuerzas y dar el último jalón para cruzar la frontera, o para recuperarse y volver a intentarlo.

Interior del desayunador. Foto: Gabriel Pichardo.

Claudia Portel, la encargada del desayunador, es una mujer uruguaya radicada en Tijuana, Baja California. Ella nos cuenta que el desayunador además de ofrecer un plato de comida también ofrece el cambio de ropa con baño, corte de pelo y servicio médico para enfermedades menores como una gripe, pues para atender situaciones más graves requieren de un permiso con el que no cuentan por su calidad de Asociación Civil sin fines de lucro, que se ha solventado con la ayuda de la sociedad y donativos de víveres y ropa, además de una flotilla de voluntarios. No obstante, cuentan con el apoyo, los días sábados, de un grupo de médicos que vienen de San Diego y de la Universidad Autónoma de Baja California [UABC] que atienden a los migrantes y les hacen diversos exámenes, principalmente para la detección de enfermedades venéreas. Además de una psicóloga voluntaria que los visita dos veces por semana.

Esta asociación también ha contado con cursos de computación y, por medio de un convenio con los Centros de Capacitación para el Trabajo, han reinsertado a algunas de las personas que así lo han querido, dándoles la oportunidad de aprender un oficio.

Sin embargo, desde 2016 el desayunador del padre Chava, relata Portel, suspendió todos sus servicios y sólo ofrece los desayunos, ya que con la crisis migratoria de haitianos en la ciudad la organización ha volcado sus fuerzas y recursos a atender a esta comunidad que se ha quedado varada en Tijuana.

Claudia Portel. Foto: Gabriel Pichardo.

«Se suspendió porque estamos albergando haitianos. De mayo de 2016 a la fecha hemos tenido entre 4 mil 500 a 5 mil haitianos que han pasado en esta casa. En la actualidad tenemos un grupo de 450 haitianos además de los mil 200 a los que les dan diario el desayuno, a quienes les damos las tres comidas y un lugar donde dormir. Entonces por eso al resto de las personas sólo les damos el desayuno porque no podemos solventar tantos platillos. Se sigue ofreciendo el arroz, el frijol, pero la carne con la que se acompaña se ha ido cambiando, porque son muchas bocas, pero siempre procurando que los alimentos sean sanos, apetecibles, porque lo que comen ellos, también lo comemos nosotros, quienes estamos aquí de voluntarios», relata Claudia, luego de que ha terminado la jornada de desayunos del día, en la que compartió los alimentos con los migrantes que llegaron esa mañana.

Mientras charlamos algunos migrantes recogen las mesas y barren el lugar; otros reciben las donaciones que han llegado de avena y jugos; otros más orientan a los que van llegando y piden comida. En esos minutos es inevitable observar a varios hombres y mujeres de origen haitiano entrar y salir del lugar.

Esta congregación religiosa que llegó a Tijuana el 19 de marzo de 1987 utiliza como anzuelo el plato de comida para ayudar a los migrantes, me dice sonriente Claudia. Y a medida que los van observando descubren a quienes sólo estarán de paso unos días y a quienes llevan más tiempo en las calles padeciendo de hambre y pobreza.

—¿Y entonces quién es el famoso padre Chava? —le pregunto.

—Entre ese primer grupo de salesianos llegó el padre Chava, que para el año 99, al ver la realidad de la gente en las calles que se quedaban afuera de su local en la calle de Madero, se le encomienda que trabaje con las personas en situación de calle, y se comienzan a dar pequeños desayunos. Antes de llegar aquí estuvieron en tres distintos lugares en la ciudad. El padre Chava falleció en el año 2002, pero como fue uno de los pioneros, en cariño se le dio el nombre de él al desayunador y aunque ya tiene 15 años muerto sigue siendo la referencia.

—Quizá sea muy pronto, pero ahora que inició el mandato de Trump, ¿han visto más afluencia de migrantes por el desayunador o que sepan que esto se deba a las deportaciones?

—Pues no sé si nos los estén sacando acá, pero no hemos visto cambios drásticos. Supe que mandaron un grupo grande pero directo a la Ciudad de México. Pero si esto ocurre, que llegaran más, debemos prepararnos —responde Claudia un poco antes de terminar la charla porque ha llegado un joven, que por su apariencia podría ser haitiano, que no rebasa los 18 años y que luce nervioso, desubicado. «Hablé con él, está desorientado», le dice uno de los voluntarios.

El joven sonríe ligeramente cuando escucha la frase «ahora estás a salvo», que no logro identificar de quién provino.

59 veces deportado

Juan de Dios Cristerna Moreno sabe con exactitud las veces que ha entrado y salido de Estados Unidos: «Con esta última van 59 que me deportan y ya me dijeron que de por vida no puedo entrar a Estados Unidos; la próxima ya es cárcel», dice y sonríe el hombre que lleva dos años viviendo en Tijuana, casi los mismos que ha sido voluntario en el desayunador del padre Chava —a donde llegó una noche fría—, los mismos desde la última vez que lo deportaron.

Por eso cuando lo vi recibiendo algunos de los donativos de la gente, vistiendo una playera amarilla, no me pareció que Juan de Dios fuera un migrante y menos que la fuerza le permitiera 59 intentos para cruzar la frontera como indocumentado.

Este hombre de 46 años, que siempre ha vivido frente a la línea fronteriza, es originario de Sinaloa, pero se crió en Mexicali, Baja California. Cuando era un chiquillo, relata, se metía a jugar a los campos de golf que pertenecían a territorio estadounidense; desde entonces no le daba miedo la migra. «Nunca me hicieron nada», asegura.

—¿Ni las veces que te deportaron?

Juan de Dios Cristerna Moreno. Foto: Gabriel Pichardo.

—Ni esas… bueno, cuando caminaba en el desierto y me tenían todo desvelado y cansado y me llevaban a fichar, eso sí era muy pesado. Es un proceso complicado porque luego te meten a los cuartos fríos, te sacan las huellas, luego te quitan la ropa, te meten a otro lado y así te traen, con comida fría. Eso es para que la gente ya no vuelva. Lo traen de arriba para abajo —relata.

—¿Por eso quizá regresaste tantas veces?

—Pues sí. Te llevaban a migración a un lugar donde detienen a los deportados, ahí te tenían 15 días o un mes, si te encontraban haciendo cosas ilícitas, te agarraban 15 días y te deportaban; si te miraban que entrabas muchas veces a Estados Unidos, te agarraban un mes, como castigo para que ya no entraras. Pero la gente se metía de nuevo, yo digo que porque estaba buena la comida en los lugares donde encierran. Por eso, luego los de migración nos decían que eso iba a cambiar porque los migrantes ya se agarraban las detenciones como su casa, y si es cierto, salían bien gordos de ahí —y una sonrisa no se le borra del rostro.

A Juan de Dios lo detuvieron la última vez en un condado llamado Valle Imperial y de ahí lo enviaron a la corte de San Diego; allí le dijeron que ya no podía seguir pisando suelo americano. Antes de eso había pasado cinco años sin entrar a Estados Unidos. La mayoría de su familia vive en Calexico, en California, y pese a eso no tiene pensado brincar; quiere ir a Mexicali e iniciar de nuevo.

«Todos los que están allá afuera son deportados, así como yo, y han pasado por aquí; algunos no han seguido las reglas, se dan su tiempo, no sé, para mantenerse bien, no hacer cosas malas que los dañen, pero de todos modos se les ayuda», cuenta el hombre que también es recepcionista del desayunador.

Al verlo así tan activo y en movimiento, no pensarás que todos los días inicia su jornada a las cuatro de la mañana para tener todo listo para el mar de sus iguales que llegan a desayunar.

«Todo el año hay mucha gente, pero yo creo que ahora con lo de Trump va a haber más deportados. Últimamente he visto muchos nuevos, parejas principalmente. En Tijuana está crítico dormir en la calle por el clima. Y como aquí, por lo pronto, es mi casa, pues les abro las puertas».

Los coyotes del norte están aumentando las cuotas por Trump
[Texto: Óscar Martínez / El Faro]

La llegada del presidente Donald Trump no le ha hecho bien al negocio de este coyote salvadoreño. Tiene más de cinco años de llevar gente, sin permiso de nadie, a través de México hacia Estados Unidos. «Los mismos migrantes riegan la bola y se meten miedo», se quejó. Pero para él, en esto de la migración indocumentada, Trump será tan pasajero como un tren de carga. No así la viveza de sus colegas del norte.

«Ya va a pasar esto. Siempre que hay una bulla o una nueva ley se para la gente. Luego vuelve lo mismo o más», dijo la semana en la que Trump asumió como el presidente número 45 de los Estados Unidos.

Este es un coyote completo. De los que quedan pocos. Algunos coyotes, a los que llaman viajeros, son la estirpe más común de esta raza. Son los que viajan con los indocumentados. Los guías del camino. Algunos viajan hasta la frontera entre Guatemala y México, o hasta la Ciudad de México, para entregar clientes a los coyotes de ese país, quienes los llevarán hasta la frontera norte. Otros se aventuran a cruzar todo México. Esos son los viajeros. Están también los señores coyotes, que coyotean sin moverse de su casa. Fueron viajeros, pero ya no. Construyeron una línea como le llaman en su jerga a la cadena de contactos con agentes migratorios, policías y mafiosos y la activan telefónicamente cada vez que envían a sus coyotes viajeros con clientes. Pero este coyote es viajero y es señor. Aún viaja, como cuando a mediados de 2016 creyó que era mejor llevar él mismo a una familia que huía de las pandillas, para evitar riesgos. Pero casi siempre coordina. Es viajero y es señor.

Es un coyote del occidente de El Salvador que pide anonimato porque lo que hace es un delito que se pena hasta con ocho años de cárcel. Aceptada esa norma, el coyote conversó durante dos horas el pasado enero.

Cada semana va de punta a punta por el país para intentar convencer a aquel cliente o despejar las dudas de la madre de la jovencita que viajará. Y, por supuesto, para acordar la tarifa.

Las cuotas de los coyotes no se comportan como un impuesto gubernamental. No es un monto fijo, sino un más o menos o un alrededor de. En 2014, por ejemplo, cuando 64 000 niños centroamericanos entraron a Estados Unidos sin visas, la cuota era más o menos de 7 mil dólares por llegar hasta la ciudad elegida. En este 2017, con Trump en el poder y su promesa de terminar de amurallar los 2 100 kilómetros de frontera que faltan, el mismo servicio anda alrededor de los 8 mil dólares.

Y ahora, otra vez, esa cuota se estira. Poco a poco, según el coyote, gracias a Trump.

«Con todo eso de que han reforzado la frontera, los coyotes del norte, en la frontera, están aumentando… Por Trump», dijo el coyote.

El muro, no hay que olvidarlo, es un concepto: muralla, sí, pero también sensores de movimiento y cámaras de visión nocturna y centrales de monitoreo y drones.

La frontera entre Estados Unidos y México tiene 3 150 kilómetros —la distancia entre San Salvador y el corazón del Amazonas brasileño—. A lo largo de poco más de mil kilómetros de esa frontera hay algo parecido a un muro: barreras de Normandía, rieles de acero que forman colosales asteriscos e impiden el cruce de vehículos, pero no de personas; hay también planchas metálicas de material reciclado de la guerra del Golfo o incluso de Vietnam; y también en algunas zonas, como Tijuana, hay MURO con mayúsculas: barrotes de unos cinco metros de alto entre los que no cabe la cabeza de un niño, coronados por malla metálica. El muro, no hay que olvidarlo, es un concepto: muralla, sí, pero también sensores de movimiento y cámaras de visión nocturna y centrales de monitoreo y drones. Pero Trump ha dicho que amurallará todo —como si en algunos lugares como Marfa el desierto no fuera suficiente—. Y ha dicho además que contratará otros 5 mil agentes de la Patrulla Fronteriza para que se sumen a los 20 mil que ya hay. Y ha causado pánico entre algunos, y este coyote salvadoreño ha resentido ese pánico.

En esa cadena que un señor coyote ocupa para mover a sus clientes necesita tres cosas: 1. Un policía o agente del Instituto Nacional de Migración de México que se venda. Normalmente, ese agente avisa cuando está de turno en una caseta migratoria de revisión de vehículos. El coyote acuerda un precio por sus migrantes y el agente los deja pasar sin problema. «México lo comprás con unos cuantos pesos», dijo. 2. Luego viene la parte difícil: «Conseguir una clave con el cártel». Normalmente esa clave se consigue con algún señor coyote mexicano que trabaje en la frontera con Estados Unidos, se relacione con Los Zetas o El Cártel del Golfo y reciba a los clientes del coyote salvadoreño. 3. Ese coyote mexicano conseguirá esa clave y a la vez suplirá la tercera necesidad del coyote salvadoreño: cruzar con sus migrantes la frontera de Estados Unidos y llevarlos, si por ello pagaron, hasta la ciudad destino. Por esos últimos servicios cobra el coyote mexicano enteramente. El salvadoreño cobra por el tramo hasta allá y, claro, por el contacto con el coyote norteño y la corrupción del funcionario mexicano.

Así, la cadena no se puede separar. Sin coyote salvadoreño no hay cliente centroamericano. Sin coyote mexicano no hay viaje seguro ni cruce a Estados Unidos.

Son esos últimos polleros, los del norte, los que según el coyote salvadoreño están intentando modificar tarifas usando a Trump y su muro como excusas.

«Antes eran 3 mil dólares desde Reynosa [frontera del lado mexicano] hasta Houston. Desde enero de este año, [esos coyotes] están pidiendo 5 mil: mil en la frontera del lado mexicano; mil en McAllen [frontera del lado estadounidense] y 3 mil antes de la entrega en Houston», dijo el salvadoreño.

Por un lado, se quejó el coyote, cuesta más conseguir clientes en estos primeros días de Trump porque hay gente que tiene un argumento parido por el bombardeo noticioso: «Para diciembre tenía a una persona ya garantizada para viajar. Pero me salió con que se echó para atrás antes de salir. Esa persona iba a pedirle un préstamo a una pariente en Estados Unidos para completar lo que le faltaba, pero me dijo: ‘deberle 2 mil a una prima para que ese viejo loco me eche rápido de allá, no me sale’».

Por otro lado, el aumento de las cuotas de los coyotes del norte con los que él trabaja le ha cerrado posibilidades de conseguir clientes de primera, por así llamarles. «Si antes eran 8 mil hasta Houston, hoy ando pidiendo 9 mil 500 o 10 mil para cubrir la cuota de los de allá, pero con esa cuota solo caminan unas siete horas y no llevamos más de cinco personas. Y si ya en Houston no llegan a traerlo y quiere que lo muevan hasta Los Ángeles, son 1 500 más que se pagan allá».

Hay quienes siguen ofreciendo el servicio alrededor de 7 mil 500, dice el coyote, aunque no se imagina cómo pueden garantizar seguridad. Él explica que cuando cobraba 8 mil, la cuota se dividía así: 2 mil para llegar hasta Reynosa, incluida corrupción de retenes policiales en Guatemala y México, «cuota del cártel de 300 por migrante», transporte, alojamiento, comida; 3 mil [antes del aumento de enero hasta 5 mil] a los coyotes del norte para que dieran su servicio desde Reynosa hasta Houston; y mil para el coyote viajero salvadoreño. Eso dejaba una ganancia de 2 mil dólares por migrante para el señor coyote. «Hacerlo por menos no tiene gracia», dijo. Por eso no entiende con qué línea de seguridad en México trabajan los que cobran 7 mil 500 dólares en estos tiempos.

Si el viaje de primera no está dando resultado, ¿de qué ha vivido el coyote estos últimos meses? «Unos seis viajes al mes estoy sacando. Todos a entregarse», respondió.

La violencia salvadoreña que desde 2015 mantiene a El Salvador como el país más homicida del mundo ha sido un salvavidas para el coyote. Son migrantes que quieren entregarse y pedir refugio, no internarse y perderse. El servicio corto, por así llamarlo, no implica llegar hasta Houston, sino hasta Reynosa. Ahí, el señor coyote del norte le explicará al indocumentado cómo cruzar por el puente migratorio y entregarse en las oficinas estadounidenses para pedir refugio. O, si la vigilancia en esa zona del lado mexicano es mucha o el contacto corrupto está fuera, lo internarán por un área de la frontera donde será detenido por la Patrulla Fronteriza a los pocos pasos. Por ese servicio se cobra alrededor de 4 mil dólares en la actualidad, porque se libra de los 3 mil —ahora 5 mil— que cobran los coyotes del norte para entrar hasta Houston sin permiso de nadie.

Este coyote, que fue migrante indocumentado también, ha visto el México de las masacres contra migrantes y también la crisis de los niños de 2014 y también ha visto llegar a Trump. Según él, la migración no parará, pero los coyotes aprovecharán a Trump o al muro o a otra cosa para hacer un mejor negocio.

«Y quizá todo sigue igual allá en la frontera, pero esos cabrones [los coyotes del norte] se aprovechan de cualquier rumor», dijo el coyote de El Salvador.

Este texto fue originalmente publicado en El Faro el pasado 9 de febrero de 2017. 
Hoy lo reproducimos con autorización del medio, como parte de su colaboración para este especial.
El Salvador: un modelo para no repetir
[Texto: Lizbeth Hernández/ Kaja Negra]

«Hay una historia que explica esta historia. Hubo otras masacres antes de esta masacre. En resumen: el iceberg tiene base, y tú estás parado en la cima.». Apenas terminé de leer esta frase supe que la sacudida que me generó se prolongará por mucho tiempo. Seguí leyendo la crónica que la contenía: «Los hombres que arrastran clavos». La escribió el periodista salvadoreño Óscar Martínez y trata sobre la situación carcelaria en ese país centroamericano, sobre cómo las cárceles son parte del inframundo en donde se cruzan los pandilleros, los negocios y la muerte mientras el Estado es un espectador. Un inframundo que también ayuda a explicar esta región de América Latina, donde la violencia ha obligado a miles de personas a salir huyendo hacia Estados Unidos buscando, más que mejores oportunidades de empleo, conservar su vida.

La crónica es una de las catorce historias que integran Una historia de violencia. Vivir y morir en Centroamérica [Debate, 2016]; historias que son piezas clave para entender qué pasa en países como Honduras, Guatemala y El Salvador y por qué importa mirarlos. Sobre todo en momentos como el presente, cuando los migrantes centroamericanos son moneda de cambio para gobiernos como el de México, que busca renegociar el TLCAN con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, un mandatario que, además, ha decidido fincar buena parte del principio de su gobierno [tal como hizo durante su campaña] en políticas migratorias proteccionistas, xenofóbicas y en la criminalización de los migrantes indocumentados [particularmente los mexicanos y centroamericanos].

Por eso, cuando Trump se instaló en la Casa Blanca volví a pensar en la frase de Óscar: Hay una historia que explica esta historia [la de la migración]. El iceberg tiene base. Y nosotros estamos parados en la cima.

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La charla ocurrió hace un par de semanas vía Skype. Para este día [7 de febrero] Óscar sabía que la conversación formaría parte de este especial. Mis preguntas irían de lo coyuntural a lo particular. Las respuestas de Óscar fueron detalladas, minuciosas. Él ha rondado la base del iceberg.

¿Cuál es el contexto en El Salvador ahora que Trump asumió la presidencia de Estados Unidos? ¿Qué impacto hay? ¿Hay alarma igual que en México?

Sí. El Faro subirá un material cortito sobre el diálogo que tuve con un coyote que trabaja por la ciudad de Reynosa [México], donde los coyotes del norte, como les llaman, están aprovechando todo este miedo, toda esta alarma, para subir las cuotas, de 3 mil [antes] a 5 mil dólares [ahora] por llevarte a Houston, por cruzarte ese tramo. Entonces sí, aquí hay bastante miedo, pero este coyote salvadoreño me decía que ha visto varias olas que les han hecho reducir los clientes indocumentados que tratan de viajar pero que todas esas olas han terminado pasando por una voluntad más grande, como es tener una vida mejor o huir del lugar donde pensás que vas a morir. Ellos [los coyotes] han visto pasar al gobierno de George W. Bush, cuando llevaron a la Patrulla Fronteriza a 18 mil agentes migratorios, han visto pasar toda la ola de reforzamiento en la lucha contra los coyotes, que Estados Unidos financió después del año 2014, cuando 64 mil menores no acompañados llegaron a Estados Unidos en aquello que se llamó la crisis de los niños. Y ahora ven esto como una ola más. Sí, mucha gente tiene miedo de viajar, mucha gente piensa que va a ser deportada en el momento que llegue a Estados Unidos, pero eso va a pasar. La migración centroamericana es una forma de vida, más que una cuestión del momento, es una forma de vida desde la guerra civil de 1980. No creo que Trump vaya a ser muy duradero, supongo que será tan pasajero como un tren de carga.

Ahora que traes esta imagen de las olas, ¿qué representa México para El Salvador en esta metáfora?

Tengo que ser en esto completamente honesto: la gran prueba para el migrante que realmente quiere llegar a Estados Unidos siempre ha sido México. Y en estos últimos tiempos, donde Trump se sitúa con su muro y sus 5 mil agentes fronterizos más, México sigue siendo la gran frontera vertical. México sigue siendo el gran problema para los indocumentados que quieren pasar; sobre todo para los migrantes de tercera, aquellos que no pueden contratar un coyote desde El Salvador o desde Honduras o Guatemala para llegar a la ciudad de Estados Unidos a la que van y que se aventuran por cuenta propia. Para esos migrantes México sigue siendo el gran valle de la muerte.

Tengo que ser en esto completamente honesto: la gran prueba para el migrante que realmente quiere llegar a Estados Unidos siempre ha sido México.

Y México gubernamentalmente —porque hay que decir que los principales defensores de derechos de migrantes centroamericanos también están en México, como Fray Tomás González, Alejandro Solalinde y Pedro Pantoja— ahora que parece que hay conflicto entre Peña Nieto y Trump sigue optando por funcionar como esa frontera vertical, a pesar de que saben que los migrantes centroamericanos no pretenden quedarse en México. Las decisiones que tomó el año pasado el gobierno [de impedir que migrantes subieran al tren conocido como La Bestia «debido a los constantes descarrilamientos»] que nos las quisieron vender como medidas humanitarias, siguen siendo un intento por detener migrantes. México deportó el año pasado casi el doble de la gente de Centroamérica que deportó Estados Unidos, eso queda muy claro en un artículo de Jacobo García, que publicó recientemente en El País. Entonces, México está dispuesto a jugar ese papel gubernamentalmente, y luego, en su maquinaria interna, gubernamentalmente México está dispuesto a ser otra cosa, a permitir que con los migrantes se haga lo que el crimen organizado quiera; es decir, México entiende, desde el punto de vista gubernamental, que los migrantes son un sujeto o unas víctimas baratas. Voy a explicar a qué me refiero: los migrantes no votan, con lo cual no son activos políticos para ningún partido de la clase política mexicana; no denuncian, con justa razón porque las autoridades mexicanas son sus enemigos, años de sufrimiento les han demostrado que así es; y luego, van de paso y su paso intenta ser un paso fugaz, un paso anónimo, es decir, son las víctimas perfectas. No te generan un costo público, tampoco un costo político y al crimen organizado le rinde mucho dinero. Desde el 2009 un informe de la CNDH demostraba que solo Los Zetas habían ingresado 25 millones de dólares con el secuestro de indocumentados. México juega un doble papel, cuando cumple su cuota de deportaciones, con las que supongo sienten que satisfacen al gobierno estadounidense: se comporta como un Estado completamente omiso en esos patios extraviados por donde los migrantes cruzan.

 

Ahora, para tener pistas a seguir y entender lo que está pasando allá, porque si la gente sale de El Salvador es por varios motivos, ¿podrías hablarme de cómo se perfila el Estado salvadoreño ante Trump, ante lo que pueda decidir el gobierno mexicano en la cuestión migratoria?

En primer lugar, yo siempre lo he dicho, uno de los principales culpables de la migración centroamericana y de su tragedia en México son los gobiernos centroamericanos, que son gobiernos que siempre han sido cobardes ante la idea de levantar la voz en favor de sus migrantes. Prefieren no arriesgar sus remesas, que mantienen cerca del 20% del PIB de estos países, y dejar a la deriva a su gente. Yo no he escuchado un posicionamiento contundente de los presidentes centroamericanos haciendo un reclamo enfático a autoridades mexicanas o estadounidenses. No es que Trump haga mucho caso a lo que digan, pero ni siquiera he visto ese acto simbólico de elevar la voz. Ahora, en El Salvador lo que se vive es una situación más parecida a la de guerra que a la de problemas de seguridad pública. Nosotros somos una sociedad que no conoce la paz. Nunca hemos tenido cifras pacíficas desde que empezó la guerra civil en los ochenta. El Salvador tuvo una posguerra inmediata muy violenta, con índices muy cercanos a los 100 homicidios por cada 100 mil habitantes. Ni el peor estado en México alcanza esas cifras. Tuvimos una posguerra en los años dosmiles, entonces la cosa parecía componerse de alguna manera, y bajamos a índices de 40 homicidios por cada 100 mil habitantes —que ya es una epidemia de homicidios— pero que es lo más cercano a paz que hemos conocido. Y a partir de 2003 el Estado salvadoreño decidió combatir al incipiente fenómeno de las pandillas con mano dura, de hecho así se llamó el plan, «Mano Dura» y luego se llamaron «Súper Mano Dura». Estos planes solo hicieron que los índices de homicidio y el número de pandilleros aumentaran hasta llegar, en estos años, a los 60 mil pandilleros en activo, en un país que tiene 6.5 millones de habitantes. Y finalmente, en el año 2015 llegamos a nuestro tope de homicidios: 103 homicidios por cada 100 mil habitantes. Lo cual quiere decir que uno de cada 972 salvadoreños murió asesinado en 2015, y el Estado, para combatirlo, ha desatado en los últimos años su estrategia «Mano Dura» más severa convirtiendo a la policía en grupos prácticamente de aniquilamiento en zonas de pandillas con varias masacres que ya han sido comprobadas, una de ellas por el periódico en el que trabajo que ocurrió en la finca San Blas, que han sido admitidas incluso por autoridades estadounidenses. La estrategia continúa y la gente que habita esos barrios marginales, que es cerca del 60% de la población del país, vive en condiciones de guerra, en condiciones donde el Estado actúa o se acerca como se aproximaba durante la guerra: en forma de policías de élite y de soldados.

Uno de los principales culpables de la migración centroamericana y de su tragedia en México son los gobiernos centroamericanos, que son gobiernos que siempre han sido cobardes ante la idea de levantar la voz en favor de sus migrantes.

¿Crees que esta situación empezará a cambiar o se irá agudizando por el contexto externo, con lo que haga México, lo que haga Estados Unidos? ¿O seguirá la misma lógica? ¿Hay algún indicio que permita decir que esta guerra va a parar en algún momento?

Yo de momento, esto es mi opinión personal, no creo, por más que los índices de homicidio hayan bajado desde 2015 y que el Estado salvadoreño los presente como un éxito. Yo no creo que la violencia extrema sea la solución a un problema de violencia. No creo que esto vaya a tener un resultado positivo a mediano o largo plazo. Es decir, hay otras condiciones que han hecho que la violencia baje, por ejemplo, las tres pandillas principales: Mara Salvatrucha, Barrio 18 «Los Revolucionarios» y Barrio 18 «Los Sureños», han disminuido enormemente sus ataques entre ellos porque consideran que el Estado es el enemigo actualmente y eso reduce los homicidios. Hay varias razones que explican mejor por qué han disminuido los homicidios. Y yo no creo que con las políticas actuales de deportación de Estados Unidos, que con las políticas actuales de represión brutal del Estado salvadoreño y con la situación que continúa con cientos de salvadoreños que están yéndose cada día a buscar refugio a México, a Belice, a Estados Unidos, parezca que la situación vaya a mejorar a corto plazo. No lo creo.

¿Podrías hablar de las condiciones que tú observas hicieron que disminuyeran los casos de homicidio?

Sí, mira, 2015 fue un año de alboroto total. En primer lugar porque a finales de 2014 el presidente actual, Salvador Sánchez, puso fecha de defunción a «La Tregua» que el gobierno del mismo partido había hecho con las pandillas en marzo de 2012. Una tregua que intentaron ocultar pero que consiguió cifras de homicidio excelentes, pero luego, cuando vieron que eso en las encuestas de popularidad no les funcionaba, empezaron a dejarla, y los pandilleros aprendieron que los cadáveres eran un activo político, que a más cadáveres les hacían más caso, y a menos cadáveres les hacían menos caso. Entonces, claro, fue un periodo en donde ellos [los pandilleros] se sintieron traicionados por el partido en el gobierno y la guerra entre el Estado y las pandillas arreció. Hubo como 93 policías asesinados ese 2015. El Estado empezó con su política de exterminio y las pandillas saldaron muchas cuentas pendientes que tenían entre ellos y que habían congelado por «La Tregua». Cuando las pandillas vieron que el Estado tenía una política de exterminio de aquellos que creía que eran pandilleros —porque han matado a muchos que no eran pandilleros durante esta estrategia— entendieron que era mejor suspender dentro de lo posible los ataques entre ellos y enfocarse en defenderse y en atacar al Estado. Ahora, ¿las pandillas ya no se atacan entre sí? No, eso no es posible. Las pandillas no son un cártel de la droga, no son organizaciones con una lógica de mando tan estructurada como la de los grupos del crimen organizado, son organizaciones grandes y, si por ejemplo, yo pertenezco a una clica en la Mara Salvatrucha y alguien de una clica del Barrio 18 mató a mi hermano, muy posiblemente yo no voy a aceptar estar en tregua con ninguna pandilla y voy a atacar a esa clica. A las pandillas hay que entenderlas más como a una confederación de clicas que como a un monstruo con pies y cabeza. Hay una clica conformada por muchachitos de 15 años que solo tiene una pistola .38 y hay clicas conformadas por tipos que combatieron en la guerra y que se integraron a las pandillas en Estados Unidos en los 90, que fueron deportados y que tienen un ejército de 45 miembros con fusiles de asalto. Esa es la situación actual. Y esos son los elementos principales que, para mí, lograron esta reducción de homicidios. Vamos a ver qué tanto tiempo el Estado logra mantenerla.

En la nota preliminar de tu libro Una historia de la violencia mencionas que te interesa que lo lea gente en Estados Unidos, que sepan lo que está pasando, ¿cambiarías o agregarías algo a la luz de los hechos recientes?

Tengo que decirte: el libro salió primero en inglés, lo publicó Verso Books con el título A History of Violence, y la conversión a español fue bastante rápida y en esa rapidez de la conversión no dio tiempo de que yo escribiera un prólogo nuevo porque estaba yo reporteando y la editorial decidió publicar el prólogo que habíamos hecho para la versión anglosajona. Entonces sí, probablemente yo publicaría otro prólogo en ese libro si tuviera más tiempo, pero no es que denigre ese prólogo, sigue siendo mi principal objetivo pero ahora me hubiera dirigido a un público distinto.

¿Qué abordarías si hubieras tenido un poco más de tiempo?

Una de las cosas que tengo claras es que nosotros [El Salvador] estamos dando el último ejemplo de cómo no hacer las cosas en temas de violencia. El Salvador es actualmente un modelo para no repetir y con esos ojos deberían de vernos, lamentablemente. Yo creo que Centroamérica, tanto en otros países, como Honduras que es muy parecido a El Salvador en el tema de pandillas, nos dejan lecciones de manuales para no armar. Por ejemplo, Guatemala nos deja ejemplos clarísimos —como nos los dejó México— de cómo no enfrentar el tema de las drogas, de cómo no embarcarse en una lucha absurda con políticas completamente injustas, inconscientes, impuestas desde las prioridades de Estados Unidos, que no rinden ningún fruto en nuestra región y que solo logran empobrecer más a las clases más pobres vinculadas al fenómeno de la droga e incomodan poco a las grandes estructuras económicas vinculadas con el tema de las drogas. Creo que hubiera sacado algunas de esas lecciones claras que Centroamérica deja para todos los países de América Latina.

 

¿Crees que el periodismo mexicano ha fallado en explicar a la población el porqué tendría que prestar atención a lo que se hace a los migrantes centroamericanos?

Creo que —salvo algunos ejemplos muy particulares como la Red de Periodistas de a pie, que tiene un proyecto llamado En el camino y algunos otros colegas que han hecho crónicas maravillosas sobre el drama de los migrantes—, los grandes medios mexicanos principalmente tienen una gran deuda con la cobertura de esa crisis humanitaria. Han decidido no invertir y comportarse como turistas de la tragedia de los migrantes. Es decir: sí van cuando 72 cadáveres aparecen en las fosas de San Fernando, sí van cuando se abren las fosas [en 2011] y empiezan a salir huesos. Van cuando ocurre un desastre, por eso digo que van como turistas de la catástrofe. Van cuando hay un show que es mediáticamente rentable y donde pueden tener la foto de la sangre en la pared, pero esa masacre viene ocurriendo cotidianamente desde hace años y deciden no cubrirla o cubrirla del lado fácil, con artículos lacrimógenos que consisten en enviar a un reportero durante un par de horas a las vías del tren para que ponga a llorar a una migrante centroamericana y pueda describir cómo, invariablemente, las lágrimas corren por su mejilla. Incluso hay algunos periódicos mexicanos que tienen una sección de cobertura migratoria pero es una cobertura migratoria caricaturesca, de mucha cobertura desde los despachos blancos del Instituto Nacional de Migración, mucha cobertura desde conferencias de prensa, y yo, en mi experiencia, nunca vi a un migrante pasar por ahí. Lo que quiero decir es que los grandes medios mexicanos, principalmente, tienen una gran deuda con esa crisis humanitaria porque solo la cubren esporádicamente.

Y a la gente joven, ¿cómo le explicarías el porqué hay que atender esta crisis humanitaria, en qué tendrían que fijarse?

Yo lo hago por una definición de lo que yo entiendo como periodismo, esta definición no tiene por qué compartirla todo el mundo; yo, desde la trinchera del tipo de cobertura que hago, como periodismo entiendo algo muy sencillo: la actividad empeñada en iluminar las esquinas oscuras de nuestra sociedad. Y es por una razón muy sencilla, porque en esas esquinas oscuras es donde las ratas suelen proliferar y donde la rata hace sus cosas. Entonces, iluminar esas esquinas se las pone menos fácil a las ratas. Y yo creo que una de las esquinas más sucias de la sociedad mexicana, porque ocurre en México, es lo que viven los migrantes en esos pueblos con nombres anodinos por los que pasan. Eso es lo que yo entiendo como misión periodística, no veo más argumentos para hacerlo. Evidentemente hacerlo implica ir un poco a contracorriente con la manera en que los medios de comunicación quieren funcionar actualmente, contra ese periodismo que más se parece al negocio de las pizzas, que promete tenerlo todo en media hora, entregarlo caliente o es gratis, casi. Es huir de ese periodismo.

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Casi al final de la charla vuelve a mi la frase de aquella crónica de Óscar: Hay una historia que explica esta historia […] El iceberg tiene base. No le menciono este detalle, pero cuando le pregunto si desea agregar un último apunte y concluye, esas palabras adquieren más sentido:

«México y su gente suelen pecar de lo mismo que le cuestionan a Estados Unidos. El gobierno mexicano le aplicó por años a los centroamericanos lo que piden a Trump que no les aplique, penalizar la migración, por ejemplo. Es reciente la modificación a la ley general de población que decía que un migrante podía ir hasta ocho años preso por entrar por segunda vez como indocumentado, pero además, esa idea que ustedes reclaman, ya como población, ya no solo como gobierno, de ser el traspatio de Estados Unidos, en muchas ocasiones esa sensación se repite aquí en Centroamérica. Y hay muchas más similitudes entre México y Centroamérica que entre México y Estados Unidos. Yo creo que México, para entenderse, tiene que entender a Centroamérica».

 

Fotos en interiores: 
1. Migrant Worker and Cucumbers, Blackwater, VA by Bread of the World. Flickr-[CC BY-NC-ND 2.0]  
2. Atardecer en panorámica de San Salvador, capital de El Salvador by Alexander Bonilla Flickr-[CC BY 2.0]
Antecedentes y actores, fragmento de «La Tregua»
[Texto: Marco Lara Klahr / Tipos Móviles, Otro México]

La situación actual de El Salvador no es tan negativa como puede inferirse de las expresiones de pesimismo social escuchadas aun en la calle o de la crónica roja de una industria noticiosa habituada a explotar los temores sociales, ni tan boyante como pretende el discurso triunfalista y en ocasiones negador de la administración de Mauricio Funes ―que el primer día de junio venidero será relevada por la de quien resulte vencedor en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales [marzo 2014].

En lo tocante a la inseguridad y la violencia, por ejemplo, se sitúa en el inquietante lugar 112 entre los 162 países del Global Peace Index: a nivel de sus vecinos del norte centroamericano está entre Guatemala [109] y Honduras [123]; además, se halla muy por debajo de México [133], aunque realmente encima de Costa Rica [40]. En suma, sin ser el país más violento del mundo [Afganistán] ni tampoco el de América Latina [Colombia, 147], padece una crisis de violencia e inseguridad ciudadana que le significa una pesada carga económica ―el equivalente al 13.8% de su Producto Interno Bruto, según el Institute for Economics and Peace―, impidiéndole de forma consistente revertir la pobreza y mejorar la calidad de vida de sus habitantes ―si bien de 1980 a 2012 registró una mejoría de 44% en el Índice de Desarrollo Humano, situándose entre los países de Desarrollo Humano Medio.

Al igual que en otros países en desarrollo, sus niveles de pobreza, exclusión social, delito e impunidad, como resulta obvio, conforman una mezcla explosiva, que afecta sobre todo a los más pobres, las mujeres, los niños y los jóvenes, según puede constatarse en el Informe Regional de Desarrollo Humano 2013-1014. No es que el salvadoreño sea de natural violento, de acuerdo con la facilona tipología del gentilicio guanaco, sino que está inmerso en entorno generador de violencias y propicio para la violación impune de las leyes ―lo cual rebasa con mucho la problemática particular de las pandillas Mara Salvatrucha y Barrio 18.

Revisando los principales indicadores macroeconómicos y delictivos, y sin perder de vista que parte de las dificultades que vive El Salvador se relacionan con la crisis global de 2008, puede concluirse que, en general, el gobierno de Mauricio Funes ha tenido un desempeño mediocre y titubeante, defraudando la ola de optimismo que se apoderó del país cuando su triunfo electoral y correspondiente ascenso a la Presidencia [2009] ―tras la segunda vuelta electoral, la segunda semana de marzo, Salvador Sánchez Cerén, candidato del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, a la Presidencia, obtuvo una magra ventaja que hace presumir una crisis política.

El proceso sociopolítico conocido genéricamente como «La Tregua», que se hizo público a través de El Faro cuando el gobierno de Funes llegaba a la mitad de su quinquenio [marzo 2012], evidencia el summum de los problemas estructurales que hoy experimenta El Salvador y algunos de los principales rasgos de dicho gobierno. En este sentido, según se le mire y al margen virtual de la reducción de los homicidios, traerá consigo mayor incertidumbre o esperanza.

Al cumplir un año y cuatro meses de su ascensión al poder, como parte de su oscilante política de seguridad, el 9 de septiembre de 2010 el presidente Mauricio Funes sancionó la controvertida Ley de Proscripción de Maras, Pandillas, Agrupaciones, Asociaciones y Organizaciones de Naturaleza Criminal, coloquialmente «Ley de proscripción de pandillas» o «Ley Antimaras».

En lo fundamental, esta nueva norma de excepción daba continuidad a las leyes antimaras y los correspondientes planes Mano Dura y Súper Mano Dura de los dos gobiernos conservadores anteriores, no obstante la pertenencia de Funes a un partido de izquierda y su propio perfil de formación liberal. Ya su Artículo 1 recoge la estafeta de Francisco Flores y Antonio Saca, los expresidentes del Partido ARENA, con el siguiente grito de guerra: «Son ilegales y quedan proscritas las llamadas pandillas o maras tales como las autodenominadas Mara Salvatrucha, MS-trece, Pandilla Dieciocho, Mara Máquina, Mara Mao Mao y las agrupaciones, asociaciones u organizaciones criminales tales como la autodenominada Sombra Negra; por lo que se prohíbe la existencia, legalización, financiamiento y apoyo de las mismas.

«La presente proscripción aplica a las diferentes pandillas o maras y agrupaciones, asociaciones u organizaciones criminales, sin importar la denominación que adopten o aunque no asumieren ninguna identidad».

Esa mezcolanza pretende que las pandillas u organizaciones con orígenes y finalidades claramente delincuenciales, como la Mao Mao o La Máquina, equivalen a aquellas constituidas en El Salvador, al menos originalmente, por muchachos que habían quedado en la orfandad, abandonados o sufrido exilio en Estados Unidos a resultas de la guerra civil, como la Mara Salvatrucha ―o MS13― y la Barrio 18, las cuales les daban acogida, razón de ser, identidad y cierto poder adquisitivo, en sustitución de una familia y de los derechos que la estructura del Estado, la sociedad misma y el modelo económico les niega aún ahora.

Esto no significa que aquellos que delinquen deban ser eximidos de su responsabilidad penal, sino que mientras no se resuelvan las causas estructurales que a través del tiempo conducen a decenas de miles de niños y jóvenes a nuclearse por voluntad o por la fuerza, estas siempre podrán disponer de gran parte de ese segmento de la sociedad para sus actividades, incluidas las delictivas. Las políticas de seguridad pública centradas en lo punitivo, a través de ordenamientos como la «Ley de proscripción de pandillas» promulgada por Funes, eluden el aspecto esencial de la seguridad ciudadana: la prevención.

Lo paradójico es que una de las razones por las que la mayoría del electorado optó por el Frente y su abanderado en el proceso electoral de 2009 fue la frustración generalizada ante la ineptitud en garantizar el derecho a la seguridad ciudadana de los dos gobiernos de ARENA posteriores a los Acuerdos de Paz.

¿Qué resolvió el zigzagueante gobierno de Funes con su propia versión normativa de cero tolerancia de cara al fenómeno pandilleril? Puesto que durante la última década los sucesivos gobiernos han atribuido a la Barrio 18 y la Mara Salvatrucha la mayor aportación en homicidios dolosos y otros hechos de violencia extrema y hasta «terrorista», un indicador válido es el de la tasa de homicidios por cada 100,000 habitantes.

En 2008 esta fue de 52, mientras que al año siguiente ―la segunda mitad del cual gobernó Funes― repuntó hasta un histórico 71; y en 2010 casi se mantuvo, al alcanzar 66. O sea, justo el año en el que el primer presidente postulado por el izquierdista Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional ocupó el poder [2009], la tasa de homicidios intencionales logró niveles inéditos, para mantenerse casi igual el año posterior [2010].

Esta evidencia estadística y un violento suceso que sobrecogió a la sociedad salvadoreña y al mundo permiten comprender la ostensible motivación política de la «Ley de proscripción de pandillas»: cuando hacía pocos días que el gobierno frentista celebraba dos años en el poder, al anochecer del domingo 20 de junio de 2010 una clica de la pandilla Barrio 18 tiroteó, secuestro y prendió fuego a un microbús en Mejicanos, populoso municipio periférico del Gran San Salvador, matando a 17 pasajeros y produciendo graves lesiones a otros 15.

Tras solidarizarse públicamente con las víctimas y sus familias, el presidente Funes calificó el acto de «terrorismo puro» y de tener como móvil la intimidación contra la sociedad. Lo cierto es que entre noviembre de 2011 y septiembre de 2013 fueron encausados judicialmente y condenados tres miembros de la Barrio 18, entre ellos el autor intelectual de la masacre, con base en las declaraciones de dos testigos protegidos, en tanto que otros dos se hallan prófugos. De tales procesos judiciales resultó que el móvil, según la investigación presentada por la Fiscalía General de la República al juez, habría sido la venganza contra el conductor del microbús atacado, quien según los pandilleros procesados y condenados habría encubierto días atrás a un miembro de la propia pandilla en otro asesinato.

Por aquellos días de la nueva espiral de violencia Funes anunció el endurecimiento de su política de seguridad y dos meses más tarde sancionó la «Ley antimaras».

Las políticas de seguridad pública centradas en lo punitivo, a través de ordenamientos como la «Ley de proscripción de pandillas» promulgada por Funes, eluden el aspecto esencial de la seguridad ciudadana: la prevención

Si las cifras han de considerarse con seriedad, ni con esta versión normativa de mano dura pudo su gobierno reducir la violencia y el crimen: como se vio ya, ese año [2010] cerró con 66 homicidios intencionales por cada 100,000 habitantes, una insignificante baja respecto de 2009, en tanto que durante 2011 dicha tasa volvió a colocarse en el récord histórico de 71 ―como en 2009.

La matanza de Mejicanos, como era predecible, produjo una nueva ola de miedo e incertidumbre entre los salvadoreños, que recordaba momentos álgidos de la guerra civil como los que se vivieron tras el asesinato de monseñor Arnulfo Romero [1980] y el ataque militar y masacre de la UCA (1989), o los de mayor violencia callejera por la confrontación territorial de pandillas y sucesiva implementación de la Mano Dura [2003] y la Súper Mano Dura [2004].Esta atmósfera de desvalimiento se ahondó tres meses después [septiembre 2010], cuando en un alarde de fuerza y capacidad organizativa las pandillas paralizaron el transporte público de pasajeros exigiendo diálogo con el gobierno.

A finales de 2011 entró en juego otra variable de orden político: la matanza de Mejicanos y una tasa de homicidios tan desastrosa abría un nicho de oportunidad a quienes ya se perfilaban como candidatos del Partido ARENA con vistas a la sucesión de Funes [en 2014] para increpar al gobierno, restándole popularidad, al mismo tiempo que a los altos burócratas que desde el propio gabinete en turno buscaban posicionarse como candidatos presidenciales del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional ofreciendo soluciones pragmáticas a la crisis de la seguridad pública. En la curva quinquenal de su gobierno a Funes le tocaba asumir las tensiones propias de la pendiente descendente.

En noviembre de aquel año tuvo verificativo un cambio institucional que, a la luz de lo sucedido el año siguiente, puede interpretarse como una decisión claramente enfocada del presidente Mauricio Funes: Manuel Melgar renuncia el puesto de ministro de Justicia y Seguridad Pública, siendo remplazado por el general en retiro David Munguía Payés, quien para ello dejó a su vez la titularidad del Ministerio de Defensa Nacional. Además, como parte de este reacomodo, en enero siguiente [2012] es relevado Carlos Ascencio, director de la Policía Nacional Civil, por el general retirado Francisco Ramón Salinas, en tanto que Ricardo Perdomo sustituye a Eduardo Linares al frente del Organismo de Inteligencia del Estado.

Todo estaba puesto para lo que sobrevendría en marzo de ese año.

Igual que las pandillas Barrio 18 y Mara Salvatrucha, el rasgo polisémico de «La Tregua» plantea un desafío para su adecuada comprensión. Originalmente se denominó «la tregua» o «el pacto» al suceso que el periódico digital El Faro reveló bajo el titular «Gobierno negoció con pandillas reducción de homicidios» [marzo 14, 2012].

Según esta versión basada en fuentes anónimas dentro de las pandillas y el gobierno, y documentos de inteligencia del Estado, el gobierno habría optado finalmente por una estrategia pragmática, enfocándose en reducir al máximo la confrontación entre ambas pandillas y con ello los homicidios ―para entonces se cometían 14 diarios, en promedio―, haciendo a cambio concesiones a los principales 30 líderes, entre las que destacaba su traslado de la asfixiante prisión de máxima seguridad de Zacatecoluca, a las de media seguridad de Ciudad Barrios, en San Miguel ―a los ranfleros de la Mara Salvatrucha―, Cojutepeque y otras ―a los de la Barrio 18, incluidos los denominados Revolucionarios y los Sureños, así como aquellos que han permanecido neutrales ante esta escisión―. Dicho traslado lo realizó subrepticiamente el Ejército el 8 y 9 de marzo, es decir, menos de una semana antes de la revelación periodística de El Faro.

Al paso de los meses, este periódico digital hizo un seguimiento pormenorizado del asunto, exhibiendo sus entretelones y los titubeos del presidente Funes, lo que desde el principio tuvo que ser retomado inevitablemente por la prensa salvadoreña. A despecho del gobierno y en un entorno mediático elefantiásico, lento y pesado, apenas con un puñado de jóvenes periodistas investigadores y editores El Faro ha conseguido establecerse en este y otros temas asociados la agenda pública relativa a la seguridad.

El seguimiento periodístico de este interesante proceso se caracteriza por su persistencia, rigor y creatividad, y ya no se limita a El Faro, si bien este sigue teniendo el liderazgo en la cobertura.

Habiendo transcurrido dos años desde el traslado de los 30 líderes de la Barrio 18 y la Mara Salvatrucha de la prisión de máxima seguridad de Zacatecoluca a otras con normas flexibles de seguridad, lo que se denomina «La Tregua» se volvió algo mucho más amplio, ambiguo y, según se le mire, comprometedor para el gobierno, de modo que no pocas veces los altos cargos de la administración Funes, diplomáticos y representantes de los organismos internacionales y la cooperación internacional prefieren eludir el uso de esta expresión, al considerar, por ejemplo, que «la tregua» se dio exclusivamente entre los líderes de las pandillas, sin la intervención gubernamental directa, aunque sí quizá mediante su «facilitación», fue apenas un primer paso y en la actualidad lo que existe es un proceso más amplio que bien llevado podría conducir a la pacificación duradera del país.

En el transcurrir de 2012, 2013 y el primer trimestre de 2014, secundado por el resto de los medios, El Faro fue haciendo nuevos hallazgos, algunos más consistentes periodísticamente que otros. Uno de los más sonados fue el de que los mediadores que se suponía consiguieron «a título individual» y «por propia iniciativa» la firma de la tregua entre la Barrio 18 y la Mara Salvatrucha ―el exguerrillero Raúl Mijango y el obispo castrense y policial Fabio Colindres―, en realidad actuaron bajo la batuta del general David Munguía Payés, designado ministro de Justicia y Seguridad Pública menos de cinco meses antes dela tregua, con la aquiescencia total del presidente Funes.

Es decir, que virtualmente se trataba de una tregua entre las pandillas y el gobierno, y no solo entre aquellas, a cambio de la cual el gobierno trasladó a los 30 líderes pandilleriles a cárceles de seguridad media para permitirles condiciones menos duras de reclusión, así como retomar el control de las clicas en las calles, que habían perdido cuando el gobierno de Antonio Saca resolvió segregarlos en la de máxima seguridad de Zacatecoluca en 2005;además, se comprometió a respetar sus «territorios» en las calles, y crear opciones de autoempleo para los pandilleros.

Luego otras versiones ampliamente difundidas por el Partido ARENA y medios afines han insistido en que el supuesto acuerdo incluye la entrega de dinero por parte del gobierno a las familias de los líderes pandilleriles trasladados, lo cual pretendieron  demostrar con audiograbaciones nada convincentes de supuestas conversaciones entre funcionarios de seguridad y una carta distribuidas anónimamente en la Red en enero pasado [2014] y luego arrojadas como bomba mediática por legisladores del Partido ARENA en el contexto prelectoral hacia las elecciones presidenciales.

Uno de los rasgos más pronunciados de todo este camino es la ambigüedad de la administración y el mismo presidente Mauricio Funes ―quien al estilo populista de Hugo Chávez, Rafael Correa y Vicente Fox, en su programa radiofónico sabatino Conversando con el presidente dedica horas a emitir versiones oficiales sobre asuntos del quehacer público, enmendar errores, corregir a miembros de su gabinete, negar o desacreditar versiones periodísticas, y confrontar o amenazas con acciones legales a adversarios políticos.

Por ejemplo, luego de la revelación pública de El Faro, el 14 de marzo de 2012, sobre una probable tregua entre las pandillas y el gobierno, paradójicamente Funes se ha atribuido el mérito de la reducción de los homicidios en foros nacionales e internacionales, pero negando al mismo tiempo que su gobierno tuviera un pacto con la Barrio 18 y la Mara Salvatrucha o siquiera que altos funcionario bajo su mando que habrían propiciado tal pacto actuaran con su consentimiento.

Por lo demás, numerosas iniciativas oficiales parecen buscar una y otra vez el apuntalamiento de la tregua, o al menos montarse en sus resultados, comenzando por el Acuerdo Nacional para la Seguridad y el Empleo, en abril 2012, mes siguiente de la revelación de El Faro, y luego el Proyecto de Parques Especiales de Reinserción Laboral y Cultura de Paz, el Gran Acuerdo Nacional por la Paz y la Justicia, y la Declaración de Municipios Libres de Violencia o «Municipios Santuario». Y en sentido inverso, conforme se acercaba el escenario electoral de 2013-2014 y la oposición subía el tono contra el gobierno esgrimiendo la acusación de que había pactado con las pandillas, en reacción dicho gobierno se desmarcaba, marginando aquellas iniciativas que tantas expectativas habían producido en su momento, en municipios tan urgidos de seguridad y paz como Ilopango.

Ahora bien, a contrapelo de Funes y el grueso de su gabinete, cual redentor solitario el influyente ministro de Justicia y Seguridad Pública, David Munguía Payés, si bien al desatarse el escándalo mediático negó todo vínculo del gobierno con la tregua, al paso de los meses no solo reconoció implícitamente el liderazgo para que la tregua se materializara, sino que lo había hecho en todo momento con el conocimiento de su jefe, el mandatario salvadoreño, según publicó también El Faro[septiembre 2012].

Este cambio de postura de Munguía Payés puede explicarse porque entonces era uno de los posibles candidatos del Frente para suceder a Funes en la Presidencia de la República; una posibilidad es que el general retirado tuviera su propia jugada y en aquella euforia ascendente, para noviembre ya barajaba temerariamente la posibilidad de trabajar por la derogación de la Ley de Proscripción de Maras, Pandillas, Agrupaciones, Asociaciones y Organizaciones de Naturaleza Criminal, la controvertida norma antipandillas que Funes sancionara hace apenas dos años [noviembre 2010], a resultas de la masacre del microbús en Mejicanos [junio del mismo año] y, en general, el fracaso palmario de su política de seguridad.

Pero se le vino encima el mundo.

En mayo de 2013 la Corte Suprema de Justicia resolvió que, a la luz del espíritu de los Acuerdos de Paz y la Constitución, debido a su condición de militar Munguía Payés no podía ser ministro de Justicia y Seguridad Pública o desempeñar cualquier otra función de seguridad pública. En el mismo sentido, el máximo tribunal sentenció que era inconstitucional el nombramiento del general Francisco Salinas como director de la Policía Nacional Civil.

Las oscilaciones de la administración Funes y esta resolución de la Corte ralentizaron el proceso conocido genéricamente como «La Tregua». En sustitución de Munguía Payés ―este, a las pocas semanas, reasumió como ministro de Defensa Nacional― fue designado Ricardo Perdomo, quien desde aquel momento y hasta hoy se ha desmarcado aparentemente de todo lo relacionado con la tregua, descartando la «idea original» de Munguía Payés y marginando a los mediadores Mijango y Colindres, así como a todos aquellos que desde el gobierno o la sociedad civil los habían secundado.

Apenas designado, pretendiendo borrón y cuenta nueva, aunque sin abstenerse de presumir la reducción de los homicidios, y manteniendo el contacto con ciertos líderes de la Barrio 18 y la Mara Salvatrucha a través de sus propios mediadores, el ministro Perdomo lanzó su plataforma de seguridad ciudadana bajo la denominación «Proceso de Pacificación Nacional». Formalmente, a ella parecen atenidos la administración Funes y sus aliados en los organismos y la cooperación internacionales, así como las organizaciones de la sociedad civil.

Pero, ¿las clicas de las pandillas Barrio 18 y Mara Salvatrucha en las calles y las prisiones? ¿Y los 30 líderes de las pandillas Barrio 18 y Mara Salvatrucha con los que el gobierno habría pactado en 2012, de donde resultaron su traslado de la prisión de Zacatecoluca y la consecuente revelación de El Faro? ¿Cuánto soportarán el ninguneo formal de este gobierno indeciso? Habiendo quedado atrás el protagonismo que les permitió, entre 2012 y 2013, emitir una decena de comunicados que alcanzaban gran eco en los medios noticiosos y participar en programas televisivos en vivo, ¿se habituarán a este episodio de ostracismo? ¿El presidente electo en la segunda vuelta mantendrá el actual estado de cosas; tendrá la visión de impulsar, digamos, «La Tregua 2.0», institucionalizando y legalizando el proceso y sus cauces, o retomará la puerta fácil de la mano dura?

El ebook La Tregua. Maras, élites y construcción de paz en El Salvador, de Marco Lara Klahr, 
ilustrado por Caleón, Tipos Móviles/otromexico, sc, México, 2016, puede descargarse aquí.

 

 

«Los migrantes que parten el alma son los de Guatemala»
[ Pía Flores / Nómada]

Una de las guatemaltecas, en su casa en el asentamiento. Foto: Pía Flores / Nómada.

Parece abandonado. Las canchas de futbol y basquet están vacías. Las pequeñas calles despejadas. Una brisa ocasional alivia el calor intenso a estas 2 de la tarde. El silencio es completo. «Así es siempre durante esa hora», dice Susana Sánchez, la directora de origen cubano del centro educativo de La Salle. Atiende a más de 45 niños y adolescentes, hijos de los campesinos indocumentados, en su mayoría guatemaltecos, salvadoreños y mexicanos. Es uno de cuatro asentamientos que quedan en el sur de Florida.

No es igual a los asentamiento en América Latina. Parecería, en apariencia, un suburbio de clase media. Las casas pintadas, verdes, amarillas, corintas. Juguetes para niños en los jardines y ropa colgada para que se seque en el sol.

Pero adentro de las casas hay hacinamiento y mucho miedo, como en todos los asentamientos.

Detrás de las puertas de las 300 casas, conviven hasta 10 personas en espacios de 75 metros cuadrados. En algunas son familias extendidas, en otras conocidos que comparten el espacio para ahorrar dinero. Pagan US$ 500 mensuales, unos Q3,600. Con luz, agua y otros gastos, la cuenta a fin de mes puede llegar a US$900.

Trabajan a pocos kilómetros del asentamiento, en campos de verduras y viveros de flores, bajo el mismo cielo despejado.

Dos trabajadoras son Miriam García y Ana Pocol, guatemaltecas. Ganan US$8.25 por hora, Q60. Justo el salario mínimo para un trabajo que es, cuanto menos, físicamente agotador.

Tienen suerte. La directora Susana Sánchez, que lleva 4 años trabajando en el asentamiento, cuenta que a muchos no les pagan el salario mínimo por ser indocumentados y no poder quejarse con las autoridades. Esto a pesar de que trabajan en empleos que, como dice Sánchez, nadie más en los Estados Unidos quiere hacer. Solo los campesinos indocumentados.

Familia Pocol, quebrada por la pobreza y por Trump

Las sombras de los árboles caen sobre el asfalto. La llegada de un bus de escuela pública anuncia que ya son casi las 4 de la tarde. De repente surgen señales de vida alrededor del asentamiento. Claudia Pocol acaba de regresar de la escuela. Está caminando hacia la casa de su familia con una mochila rosa, jeans azules, una camiseta blanca y el pelo negro en cola. Si no fuera por la falta de volcanes en el horizonte, pudiéramos estar en un barrio de clase media del Quetzaltenango que dejó hace 11 meses.

Habla poco. Tiene 15 años. Es tímida. O desconfiada como el resto de vecinos cuando llegan desconocidos al asentamiento.

La directora Susana Sánchez nos presenta. Acceden así a contar su historia.

Su madre, Ana Pocol, acaba de regresar del campo de tomates y lava platos en su casa. Claudia, la quinceañera, habla mientras mira jugar a sus dos hermanos, de 1 y 4 años, que nacieron en Estados Unidos.

Así cruzó las fronteras.

—Fue costoso. Salí de la casa a las 7 de la mañana y mi tío nos fue a dejar a un lugar donde subimos a una camioneta. Yo solo traía una mochila con un pantalón, una blusa y un abrigo. Nada más. Y mi fe de edad.

Venía con su tía y otros migrantes de Guatemala, Honduras y El Salvador. Se tardaron cuatro días en llegar a la frontera de México con Estados Unidos. Dice Claudia que hasta la frontera con Estados Unidos nadie les hizo daño porque una persona los acompañaba. En la frontera les dijeron que tenían que caminar, nada más.

–—Tuvimos que pasar por un muro y caminar. No sabíamos hacia dónde. No me recuerdo cuánto tiempo caminamos. Yo tenía gripe. Solo había tierra y no sabíamos para dónde íbamos. No nos dijeron nada. Hasta que nos agarró migración. Nos llevaron a un albergue y de ahí nos separaron.

No quiere contar más. Tiene las manos apretadas de ansiedad. Empieza a llorar. Se levanta y sale de la sala. Ni su mamá sabe qué realmente le pasó al cruzar la frontera.

Ella la mandó a traer después de 10 años de separación.

Ana Pocol y su esposo Emilio llegaron en 2005. En las afueras de Quetzaltenango eran agricultores. Pero ganaban Q180 cada semana cada uno. En Estados Unidos lo ganan cada tres horas. Por eso migraron. Por los riesgos en el camino prefirieron dejar a sus dos hijas. El año pasado, sólo Claudia quiso arriesgarse al viaje. La otra hija prefirió quedarse con su abuela.

La vida en Estados Unidos tampoco es un sueño. Trabajan todo el tiempo. Sus gastos mensuales llegan hasta US$700 y cuando pueden envían US$200 para su segunda hija en Guatemala.

Ana Pocol traduce la frustración.

—Ya no sé. Como la dejé de chiquita con allí con mi suegra, entonces mi hija no quiere dejar a su abuela. Es difícil porque uno está aquí y ellos allá. Es difícil no preocuparse de cómo están, si comen o no comen, si les tratan bien. Uno se preocupa demasiado. Estás trabajando, pero está pensando en ellos. Yo lo que quiero es que estudien. Ahora que está Claudia con nosotros, yo le digo, ‘aquí veniste a seguir estudiando’. Y tenemos que ver el futuro también de los que nacieron aquí. Quiero que sigan estudiando.

Con su familia dividida por la migración [y la pobreza], la llegada de Trump les hace pensar todo el día en la deportación. Y la posibilidad de separación con sus dos hijos más pequeños, que nacieron en Florida y sí son ciudadanos estadounidenses. Igual intentarán quedarse lo más que puedan.

—Yo no salgo. Me voy temprano de aquí y voy directo al trabajo. Salgo y me voy directo para la casa. Porque yo no tengo carro y tendría que ir caminando con mis hijos. Y muchas cosas están diciendo ahora, que la policía te puede agarrar solo así en la calle. Da miedo ahora salir a caminar. Antes si salía a comprar, todo.

Ahora Ana hace sus compras en una tienda en el asentamiento, que vende los mismos productos, pero mucho más caros.

Miriam García, otra guatemalteca migrante que se encuentra en el centro La Salle, tiene las mismas preocupaciones que Ana Pocol.

—Con Obama, aunque él también deportó mucha gente, era diferente. Este presidente es mucho más agresivo, es un loco. Mis hijos a veces escuchan cosas en la escuela, están más informados que uno. Y no sé, yo me pregunto: ¿cómo será el día que me agarren? ¿Cómo pasaría?

Miriam y su esposo hicieron un acuerdo. Si la policía agarra a uno de los dos, van a llamar lo más rápido posible al otro para avisar para que empiece a arreglar las cosas de la familia.

Ella también migró por la pobreza. Desde Coatepeque. Cuando tenía 15 años después de intentar hacer una vida en la Ciudad de Guatemala como empleada doméstica. Trabaja también en agricultura en Florida. En un vivero. Dice que su patrón es el que evita que entre la policía porque todos los trabajadores son migrantes.

—Los mismos dueños de los campos nos protegen porque la mayoría de sus trabajadores somos migrantes. Entonces les dicen a la policía que si no tienen una orden judicial, no pueden entrar. Entonces no me preocupa tanto que lleguen donde trabajo.

Migrantes en Estados Unidos. Foto: Pía Flores /Nómada.

Los migrantes más tristes

El asentamiento de Homestead, a pocas horas de Miami Beach, tiene otra característica latinoamericana. Sus habitantes están muy cerca de la buena vida y no pueden imaginarse cerca de ella. Como los asentamientos al lado de colonias lujosas en la Ciudad de Guatemala.

La directora Susana Sánchez habla sobre las particularidades de mexicanos y centroamericanos.

—Una característica común es que hay muchos niños. Quizás por la misma falta de educación sexual, no conocen los anticonceptivos. Es común que una señora en un matrimonio tenga 5, 6 niños. La violencia intrafamiliar no se denuncia porque tienen miedo de ser deportados.

Recuerda que hace 4 años, cuando asumió el puesto como directora del centro, hubo un caso de una niña guatemalteca de 9 años violada por su primo. La mamá lo sabía, pero le pedía a la niña que no lo dijera para evitar la deportación del primo y el tío de la niña.

—Entre los centroamericanos, los de Guatemala son el caso más triste. A mí las familias que vienen de Guatemala me parten el alma. Son personas que no logran tener una sonrisa en su cara, ni en sus ojos. Son personas con una desesperanza profunda. Ya se resignaron, como que esto es lo más que ellos aspiran en la vida. Y esta desesperanza se la pasan a sus hijos.

 

Este texto fue originalmente publicado en Nómada el pasado 21 de abril de 2017. 
Lo reproducimos aquí con autorización del medio como parte de su colaboración para este especial.
África en Guatemala: los migrantes invisibles
[ Javier Estrada Tobar/ Nómada]

Ben dice que solo puede pensar en la idea de avanzar. Sus energías y esfuerzos se concentran en llegar a Estados Unidos con su esposa y su hija. No quiere recordar a los familiares que dejó en Eritrea o al hermano que abandonó en medio de la selva colombiana. Avanzar es lo único que le importa. Lo repite una y otra vez, como un mantra.

A pesar de sus 183 centímetros sobre el suelo y sus 32 años, Ben es más bien tímido. En el calor de Esquipulas, el sudor resbala por su rostro, mientras habla con voz baja y en un inglés imperfecto. La temperatura en la frontera sobrepasa los 30 grados centígrados. Ben carga a su hija de 2 años y medio, mientras su esposa descansa en una colchoneta. Quieren reponerse del agotamiento permanente que sufren desde hace tres meses, cuando dejaron su hogar para emprender un viaje hacia el «sueño americano».

Ben y su familia llegaron a Esquipulas a principios de marzo, junto a un grupo de 37 migrantes del Congo, Eritrea, Ghana, Guinea y Nepal. Un coyote, que traslada/trafica personas, les ayudó a pasar por uno de los cruces clandestinos de la frontera de Agua Caliente, que separa a Guatemala de Honduras. Ese mismo coyote contactó a un taxista que los llevó hacia la estación de la Policía Nacional Civil más cercana. Ahí, los agentes los registraron para cumplir con el protocolo.

El edificio de Esquipulas donde se instaló la sede de la Policía también aloja un espacio para un mercado que nunca funcionó, tiendas de abarrotes y oficinas de instituciones públicas. Además hay dos locales comerciales que miembros de las comunidades evangélica y católica de la localidad adaptaron para que funcionara un albergue. En ese lugar dan comida y asistencia médica a los migrantes, y les ofrecen un pequeño espacio para descansar.

Fue ahí donde Ben habló con Nómada bajo la condición de no ser fotografiado, grabado o filmado. No quería exponerse porque en los siguientes días buscaría un transporte para recorrer 228 kilómetros hasta la Ciudad de Guatemala, para después seguir a Huehuetenango, donde finalizaría su viaje en Guatemala y emprendería su nuevo trayecto en el territorio mexicano con destino a Estados Unidos.

A diferencia de sus compañeros de viaje, Ben se atrevió a hablar, pero su historia no es única. Es la historia de los migrantes africanos que transitan por el territorio guatemalteco. Es la historia de los migrantes. Es la historia de un padre de familia que quiere un mejor futuro para su hija. Pero no puede garantizárselo en su país natal. Llegó al mundo en Eritrea, un país del conflictivo y paupérrimo Cuerno de África. Tanto que mueve a miles de sus habitantes a cruzar desiertos, ríos, mares, selvas y ciudades para llegar a Estados Unidos.

Abajo a la derecha del video se pueden activar los subtítulos en inglés y en español.

Las autoridades guatemaltecas documentaron entre enero de 2016 y marzo de 2017, el paso de 3,680 migrantes africanos de 22 nacionalidades. 10 migrantes registrados cada día. Registrados. El 68 por ciento vienen del Congo y el resto de Eritrea, Guinea, Somalia, Ghana y de otros 17 países que sufren de guerras internas y altos niveles de pobreza.

Ben cuenta que la mayoría de jóvenes abandona Eritrea para evitar el ‘servicio nacional’.

El ‘servicio nacional’ es la forma en que el Gobierno llama a un sistema estatal de trabajos forzosos que les obliga servir a las fuerzas armadas o trabajar [prácticamente como esclavos] en agricultura o minería. En jornadas extenuantes a cambio de un pago mínimo y con descansos restringidos. Supuestamente es un trabajo para servir a la patria, por tiempo limitado. Pero en realidad sirven a empresas estatales o privadas cómplices del Gobierno. Algunas personas llevan hasta 20 años de servicio sin descanso. Quienes se oponen a esa u otras iniciativas del régimen del presidente Isaías Afwerki corren el riesgo de ir a prisiones clandestinas. Prisiones clandestinas en una dictadura africana. Probablemente las únicas que compiten con las hacinadas cárceles centroamericanas. Allá, en Eritrea, están aseguradas las torturas o las ejecuciones sumarias.

El Departamento de Estado de Estados Unidos sistematizó este año las violaciones sistemáticas a los derechos humanos en Eritrea. Es un régimen centralizado y autoritario bajo el control del presidente Afwerki, que encabeza el único partido político de Eritrea, y que no ha permitido la celebración de elecciones desde la independencia del país de Etiopía, en 1993. Uno de los aspectos más preocupantes fue reportado por la organización Amnistía Internacional: «Miles de presos y presas de conciencia y por motivos políticos, entre quienes figuraban personas que se habían dedicado a la política, periodistas o practicantes de religiones no autorizadas, continuaban detenidos sin cargos ni juicio y sin acceso a asistencia jurídica ni a familiares. Muchos llevaban detenidos más de una década».

Ben optó por negarse al ‘servicio nacional’:

—Tuve que salir con mi esposa y mi hija para no quedarnos encerrados en Eritrea, o podíamos seguir ahí hasta que nos mataran por oponernos al servicio obligatorio.

Morir o migrar, es el dilema. O la certeza de morir versus altas probabilidades de morir. Muchos africanos eligen la segunda opción, a pesar de que la muerte los acechará en todo su viaje transcontinental y panamericano, para el que debieron ahorrar suficiente dinero, abandonar su tierra y armarse de valor.

La cercana Europa ya no es una opción para los africanos

Si están a 3,000 kilómetros de Europa, ¿por qué venir a América?

Pues porque los europeos cerraron su frontera más accesible. En marzo de 2016, tras decenas de miles de sirios que huían de su guerra civil, la Unión Europea redobló sus controles fronterizos para evitar el ingreso masivo de migrantes y cerró sus puertas a miles de refugiados árabes y africanos.

Un acuerdo de la Unión Europea y Turquía, que entró en vigencia el 20 de marzo de 2016, detuvo a los refugiados sirios que huían de la guerra civil y buscaban llegar a Europa a través de Grecia. Es la llamada «ruta oriental» del Mar Mediterráneo, la menos insegura, que consiste en un trayecto de entre 5 y 10 kilómetros entre Turquía y las islas griegas de Kos y Lesbos. La última parte del trayecto de 3,000 kilómetros desde Eritrea.

De África a Guatemala y a Estados Unidos. Ilustración: Loren Giordano / Nómada.

La Organización Internacional de la Migraciones [OIM] registró un millón [1,011,712] de llegadas por mar a Europa en 2015. El 80 por ciento fue por medio de la ruta oriental. Ahora, pocos pueden pasar por ahí. La opción que le quedó a los migrantes es la «ruta central» del Mediterráneo, un viaje de 280 kilómetros en balsa entre Libia y Lampedusa, una isla italiana. Para muchos es una sentencia de muerte.

La probabilidad de morir ahogados en esa ruta es alta. Este año se calcula que 1,089 migrantes fallecieron o desaparecieron en el intento de llegar a Europa y el 90 por ciento de casos se dio en esa ruta. El 3 de octubre de 2013, 368 inmigrantes naufragaron y murieron ahogados en en su intento por llegar a Lampedusa; la mayoría habían huido de Eritrea. La Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas realiza monitoreos de la migración y detectó que en los últimos años se reportaron días con más de 400 personas muertas.

Eso desmotivó la migración a Europa. En 2016 las llegadas se redujeron en dos terceras partes y solo se contaron 363,401. Hasta el 23 de abril de este año iban 43,943, según la OIM. Pero para los africanos, quedarse en sus países, asolados por la pobreza, las dictaduras y las guerras, no es una opción. Así que miles prefirieron cambiar sus planes y migrar hacia Estados Unidos.

Según un informe del Pew Research Center, en 2015 había 2.1 millones de inmigrantes africanos en Estados Unidos, casi el triple de los 881,000 de quince años antes, que ya era diez veces más de los 80,000 de 1970. Una explicación para este fenómeno migratorio está relacionada con la Ley de Refugiados de 1980, que benefició a los africanos que huyeron de zonas conflictivas, como Somalia y Etiopía. En ese entonces, menos del 1% de los refugiados era de África, en comparación con el 37% en 2016, según cifras del Centro de Procesamiento de Refugiados del Departamento de Estado.

Escribir el futuro en América

En Esquipulas, Ben recuerda el inicio de su huída. Conducía por las calles de Asmara, la capital de Eritrea. Era de noche. Escapaba de la ciudad. Su hermano le acompañaba como copiloto y su esposa sostenía a su hija en sus brazos, en el sillón trasero del vehículo. Atrás dejaban a sus padres mayores, que no están en condiciones de hacer viajes largos y que morirán en la tierra que los vio nacer y de la que sus hijos ahora huyen.

Una familia, en el albergue en Esquipulas. Foto: Carlos Sebastián / Nómada.

Después de unas cuatro horas en el auto, los tres adultos y la niña consiguieron llegar a Etiopía atravesando la frontera, sobornando a policías y oficiales de migración. Y un día después ya estaban en Sudán, donde abandonaron el vehículo que ya no sería útil sin permisos de circulación. A partir de entonces empezó el viaje terrestre por cinco países africanos hasta Dakar, capital de Senegal, que es conocida por ser, junto con Praia, la capital de Cabo Verde, el punto de salida del continente hacia América. Desde hace 300 años.

África y Brasil están unidos por la historia de la esclavitud y la migración forzada. Entre los siglos XVI y XIX, más de 4 millones de africanos fueron obligados a cruzar el Atlántico como esclavos. Primero por los portugueses hacia el Nordeste de su colonia brasileña y luego hacia el resto del Atlántico americano. Eso explica la multietnicidad en el sueño brasilero. Y que el 25% de los 500 millones de latinoamericanos sean afrodescendientes. Hoy, la migración continúa pero es diferente. Los africanos viajan por cuenta propia y en Brasil comienzan un viaje panamericano con rumbo al Norte. Otros se quedan en el país buscando oportunidades de trabajo y superación personal. Al final de cuentas, la mitad de los 200 millones de brasileños tienen ancestros africanos.

Ben y su familia tomaron un avión en Senegal rumbo a Fortaleza, la ciudad brasileña más cercana a África. Un avión es la forma más rápida para cruzar el Océano Atlántico, aunque también la más costosa; cuesta unos Q14 mil [1600 euros]. Otros migrantes en Esquipulas cuentan que viajaron en barcos que tardan tres o más semanas en llegar a su destino, a causa de las escalas y los trámites burocráticos, pero cuesta una terca parte. Ya en Brasil fueron hacia la metrópoli de São Paolo, donde les esperaba el coyote que contactaron desde Dakar y que acompañaría a un grupo de más de 100 personas en el recorrido por Sudamérica. El viaje siguió en buses, taxis y andando por una decena de poblados que se encuentran entre Brasil, Perú, Ecuador y Colombia.

Alpha Amadou, otro migrante, originario de Guinea Conakri, que estaba en el mismo grupo de Ben, cuenta que el viaje por tierra en Sudamérica es agotador y esperanzador. Es agotador por las distancias largas y las dificultades frente a los coyotes y ladrones. Pero es esperanzador porque saben que las autoridades migratorias no los quieren detener, pues así se evitan el trabajo y la inversión que representaría capturarlos para luego expulsarlos o deportarlos a sus países de origen. No cree que se trate de políticas humanitarias, sino de ahorros financieros de los gobiernos.

Quienes ya conocen el territorio saben que no hay muchos obstáculos que los detendrán en la mayor parte del recorrido sudamericano. Las cosas se complican al llegar a Turbo, un municipio de Antioquia, en Colombia. Los migrantes se embarcan en pequeños botes para llegar a la localidad de Capurganá cruzando el Golfo de Urabá. Un bosque tropical silvestre entre Colombia y Panamá, conocido como el Tapón de Darién. No hay rutas para el paso de vehículos y las personas apenas pueden avanzar si son acompañadas por guías que conocen el lugar. El principal riesgo es caer en manos de los grupos armados que se dedican a secuestrar migrantes y cobrar rescates, y que se supone actúan en complicidad con los coyotes.

En su trayecto por la Darién, hombres armados, identificados como parte de un grupo que estuvo ligado hasta diciembre de 2016 a la guerrilla de las FARC [que firmaron la paz hace 5 meses], los retuvieron durante un día y medio, hasta que les robaron su dinero en efectivo y todas las pertenencias, dice Alpha. Los dejaron en el medio de selva, con pocas provisiones. Sin suficiente comida, agua potable y sin la ropa adecuada era difícil avanzar en la jungla. Algunos no resistieron las inclemencias del tiempo, las enfermedades que adquirieron por el contacto con los animales o por el cansancio.

En esa selva quedó el hermano de Ben, el primer migrante de esta historia. Fue uno de los que no pudieron continuar el camino. Su pie sufría una hinchazón provocada por una infección y ardía en fiebre. Apenas podía moverse por el dolor y sus compañeros de viaje no podían esperar a que los alcanzara en los cortos trayectos por los que se desplazaban entre la maleza.

Esperar la recuperación de su hermano no era una opción para Ben. Pasar más tiempo en medio de la jungla podía hacer que su esposa o su hija contrajeran una enfermedad, o que se expusieran a más peligros. Fue el momento de tomar una decisión difícil para los hermanos:

—Los recursos son limitados y no podíamos quedarnos más tiempo en la selva. Estaba poniendo en peligro a mi hija si esperaba un día más. Avanzamos con el grupo y mi hermano se quedó con otros que necesitaban descansar. No supe qué pasó con él y probablemente nunca lo sabré.

Después de Darién el camino fue más fácil a través de Panamá y Costa Rica. Pero en Nicaragua las cosas se complicaron de nuevo. En la ‘solidaria’, ‘cristiana’ y ‘socialista’ Nicaragua del dictador Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo. O Rosario Murillo y su esposo, Daniel Ortega. Un grupo de hombres armados asaltaron a los migrantes y les robaron casi todas las pertenencias que les quedaban. A la mayoría les quitaron los zapatos, celulares y el efectivo que llevaban escondido.

Alpha asegura que miembros de las fuerzas de seguridad nicaragüenses también les robaron y en algunos retenes los extorsionaron a cambio de no detenerlos. No todos cedieron ante las amenazas de sus captores, así que recibieron golpes con batones que les dejaron marcas en la espalda y brazos. Esta versión coincide con otras recopiladas por las personas que sirven en el albergue evangélico-católico de Esquipulas y que atienden a los africanos.

Como en todo el planeta, las mujeres son las que más sufren.

Así lo resalta Ana Ruth Alvarado, quien ideó el proyecto del albergue para migrantes. Casi todas las mujeres migrantes dicen ser víctimas de abusos sexuales a lo largo del trayecto por América, pero sobre todo en Nicaragua. Es un tema sensible del que no todas están dispuestas a hablar y solo se atreven a pedir ayuda cuando están con otras mujeres. De los 3,680 migrantes africanos registrados en Guatemala, 780 son mujeres, el 20 por ciento.

Para salir de Nicaragua debieron sobornar a los guardias nicaragüenses y pagar servicios de transporte sobrevalorados. Pero no todas las historias son iguales. El gobierno del presidente Daniel Ortega intenta bloquear el paso de los migrantes, así que otros grupos buscan a coyotes para que los movilicen en balsas a través de las costas nicaragüenses. Esto implica el riesgo de ser abandonados o morir ahogados.

Así llegaron a Honduras y luego avanzaron hasta la frontera con Guatemala, a donde ingresaron por un paso ciego. Un oficial de migración en la aduana de Agua Caliente lo explica todo:

—No podemos hacer nada cuando cientos de personas necesitan cruzar las fronteras; solo volteamos a ver a otro lado para que ni ellos ni nosotros nos metamos en problemas. Ni nosotros ni nadie va a detener a las personas que necesitan migrar.

Al llegar al albergue en Esquipulas, los migrantes reciben alimentos y agua por los voluntarios, mientras la Policía coordina con transportistas locales para que los trasladen a un albergue estatal, a cargo de la Dirección General de Migración, en la Ciudad de Guatemala. Cada uno debe pagar entre 15 y 25 dólares por el servicio de bus.

Las autoridades migratorias guatemaltecas dicen que no existe fundamento legal para permitir el paso de migrantes sin papeles, pero tampoco para detenerlos. La ley dice que a los indocumentados se les otorga un plazo que no podrá exceder de diez días para legalizar su permanencia en el país, o en su caso, ordenará su expulsión inmediata. Pero a los africanos les bastan 24 horas para atravesar el país y dirigirse a México, la antesala del destino final: Estados Unidos.

Los últimos 3 mil de los 26 mil kilómetros de suviaje a Estados Unidos: México. Foto: Carlos Sebastián / Nómada.

Refugiados en tiempos de Trump

Cientos de africanos pasaban cada día por Esquipulas en 2016, dice Oscar Oxlaj, locutor de una radio local y voluntario en el albergue para inmigrantes. En ocasiones, los voluntarios tenían que aumentar su contribución económica y comprar comida para alimentar a 200 o 250 personas. Pero a partir de noviembre el flujo migratorio se redujo considerablemente. Aunque de igual manera son 10 personas diarias, registradas.

—Creemos que la victoria de Trump hizo que muchos africanos perdieran interés por ir a Estados Unidos porque sabían que iban a encontrar las puertas cerradas. En los primeros meses del 2017 solo están pasando grupos de 20 a 30 personas, pero con pocas esperanzas de que puedan entrar.

Ana Ruth detectó un creciente pesimismo entre los migrantes que llegaban a pedir ayuda a su puerta. Según la activista, a finales del año pasado ya había menos entusiasmo y a principios de 2017, con las primeras decisiones de Trump en política migratoria, la búsqueda del sueño americano ya no era atractiva.

Este año Trump firmó dos órdenes ejecutivas que suspendieron la entrada de refugiados a Estados Unidos y redujeron las admisiones de 110,000 a 50,000, con el argumento de mantener fuera del país a los extremistas radicales que se presentaban como una potencial amenaza terrorista. Por eso, Alpha sabía que su objetivo no era fácil de cumplir, pero no quería otra cosa que vivir el sueño americano, conduciendo un taxi, lavando platos en un restaurante o limpiando casas. Tenía una idea muy clara:

—Es mejor morir que regresar a mi país. Morir es lo mejor.

Aunque su único objetivo era llegar hasta Estados Unidos, Ben dijo que si se rechazaba su solicitud de asilo consideraba volver a Brasil como una opción. Ahí buscaría un empleo en el sector de la construcción. Pensaba que la única forma de poder ver crecer a su hija era fuera de Eritrea y de África. Sin embargo, en comunicaciones posteriores a la entrevista por medio de Facebook, Nómada supo que él y su familia, y el resto de migrantes que viajaban juntos, consiguieron llegar a Estados Unidos, pero fueron interceptados por la migra y después fueron deportados a sus países de origen. Al menos en sus tres meses y 26,000 kilómetros, un grupo de evangélicos y católicos los recibieron con humanidad en Esquipulas y unos policías guatemaltecos los dejaron seguir su camino.

De vuelta en su tierra, los migrantes africanos volverán a su rutina diaria, una rutina marcada por los conflictos internos y la pobreza extrema, por los regímenes totalitarios y las transnacionales oportunistas, por la falta de esperanzas y motivaciones. La Agencia de la ONU para los Refugiados estima que actualmente hay alrededor de 25 conflictos y guerras en los 54 países de Africa, que impiden vidas dignas para sus habitantes y su salud. Algunos se deben a la ‘maldición’ de tener bajo su suelo minerales como el coltán, indispensable para la duración de las baterías de los teléfonos celulares.

Alpha se encontrará de nuevo con Guinea, donde Amnistía Internacional denunció cómo en 2016 la policía y el ejército apalearon a manifestantes y hostigaron a quienes expresaban su opinión. Por otro lado, la comisión de investigación de la ONU sobre los derechos humanos en Eritrea informó que las autoridades eritreas eran responsables de crímenes de lesa humanidad, como esclavitud, desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias, torturas, violaciones y asesinatos. A ese país regresaron Ben y su familia.

Este texto fue originalmente publicado en Nómada el pasado 7 de mayo de 2017. 
Lo reproducimos aquí con autorización del medio como parte de su colaboración para este especial.
Romper el muro del lenguaje
[Lizbeth Hernández / Kaja Negra]

Su nombre es Aldo Waykan. Desde hace 25 años vive en Los Ángeles, California, Estados Unidos. Ya es ciudadano de ese país. Cuando llegó a ese lugar no sabía hablar inglés, pero se puso a estudiar. Algo que no pudo hacer en su país, Guatemala, del que tuvo que salir «por los problemas de la guerra [el conflicto armado interno que se dio entre los años 60 y la segunda mitad de los 90], por las ejecuciones por parte del ejército y por parte del movimiento de autodefensa civil en Guatemala». Ahora Aldo es, entre otras cosas, traductor del maya al español y al inglés y trabaja en las cortes que atienden casos de migrantes: niños que llegan solos, mujeres que han sido víctimas de violaciones, personas que han pedido asilo político o que llevan un proceso porque se les imputa algún delito como robo.

«Hace como 15 años inicié como traductor de idiomas mayas en Estados Unidos. [La traducción] era una necesidad crucial para los hermanos y hermanas que hablan idiomas indígenas, y todavía lo es. Hay muchos casos rezagados en las cortes, en las cárceles, precisamente porque no hay suficientes traductores calificados para poder trabajar en los procesos de las personas. Esta profesión es fundamental porque sin este medio las personas no pueden explicar sus casos».

Aldo también es activista, trabaja en la defensa de derechos humanos, particularmente de migrantes guatemaltecos. Combina su actividad como traductor y activista con la de reportero comunitario para Prensa Comunitaria, un medio guatemalteco que ha creado una red dentro y fuera de Guatemala y que da particular seguimiento a temas como la defensa del territorio, los derechos de los pueblos indígenas y de las mujeres. Fue precisamente a través de Prensa Comunitaria que supe de Aldo. Él, me dijeron, podía contarme más sobre lo que está pasando con los migrantes, en especial con los migrantes indígenas guatemaltecos, en California ahora que Donald Trump es presidente de Estados Unidos y no ha dudado al impulsar un discurso antimigrante.

Busqué a Aldo para conversar al respecto y poner énfasis también a lo que ocurre en Guatemala y al papel que, desde su perspectiva, tiene México en esta dinámica migratoria. Acordamos una llamada que se concretó a principios de julio de este 2017.

Aldo, ¿cómo has vivido la llegada de Trump? ¿Ha habido cambios sustanciales en tu entorno? ¿Has enfrentado más restricciones para ejercer tu trabajo?

Se ha escuchado más la bulla en los medios de comunicación y se ha resentido más la presión de la policía migratoria, que hizo más detenciones sobre todo los primeros días de la llegada de Trump. He hablado con abogados que dicen que sí hubo más personas detenidas. Los agentes de migración han estado más activos deteniendo personas que tienen algún antecedente o son buscadas. Han llegado a tocar a puertas de personas que tienen casos pendientes, se los llevan. Entonces sí, hay una actividad más constante de parte de los agentes, aunque últimamente han estado más detenidas esas acciones. Y en los procesos internos de las cortes yo no he visto cambios, siguen igual. Cuando hay un cambio en las leyes de migraciones pues hay un proceso, es una cadena de cosas que tienen que autorizar o entrar en vigor. Hasta ahorita no se ve una acción más fuerte en las cortes por la entrada de Trump.

Hablemos del contexto, ¿qué hace que la gente de Guatemala quiera salir? ¿Por qué es preferible para muchas personas enfrentar condiciones adversas para permanecer en Estados Unidos?

Yo diría que el factor económico es el principal. La gente busca cómo mejorar sus condiciones de vida. Entre la mayor población que migra hay muchos indígenas, son personas que vienen de aldeas, que fueron poco a la escuela, ¿en qué va a trabajar una persona así en un país tan pobre [como Guatemala]? Es un problema económico, pero la raíz no es únicamente eso, estamos hablando también del sistema, del Estado de Guatemala, ¿cómo practica la justicia, la igualdad? Vemos que los que más sufren son los indígenas. No hay manera de sobrevivir, y salen y se dirigen hacia acá. También hay muchas personas que salen por los crímenes que ocurren en Guatemala. En Guatemala hay mucha violencia, contra las mujeres, por ejemplo, es decir no hay un sistema de justicia que proteja a estas víctimas. Esa es una realidad, no hay un sistema de justicia que proteja, el mismo sistema de justicia opera a favor del crimen organizado. Entonces, otro motivo para salir es la inseguridad en el país. Y también salen personas que son perseguidas por involucrarse en manifestaciones, defensa del territorio, son amenazados y perseguidos. Estas son las tres motivaciones principales que yo veo.

Ahora, ¿a qué se enfrentan las personas indígenas guatemaltecas que buscan llegar a Estados Unidos?

Durante el trayecto hacia Estados Unidos, los indígenas corren más riesgo que quienes hablan español. Por ejemplo, entre las mujeres que salen de los pueblos indígenas es normal que se pongan una inyección o tomen pastillas para no quedar embarazadas si las violan, ya sean los coyotes, gente del crimen organizado o gente de migración. Una mujer me contó que fue violada por el crimen organizado y era una persona que no hablaba español. Al no hablar español se ponen en una situación de vulnerabilidad mayor. La población indígena tiene desventajas, no saben a qué se enfrentan. Veo el papel de la comunidad indígena como víctimas o que son utilizadas como objetos o productos que sirven para la industria de quienes se aprovechan de la necesidad de los migrantes, los coyotes, por ejemplo; y al llegar a Estados Unidos sigue esa utilización, son los que hacen los trabajos más duros.

¿Y el papel de México en esta dinámica migratoria?

Cabe mencionar que la población mexicana en sí es buena, son personas que extienden la mano, son amigos, pero las autoridades mexicanas son muy abusivas. Se les teme en la trayectoria porque incluso ellos mismos están involucrados con el crimen organizado. El gobierno de México necesita tener más prácticas humanitarias. El crimen organizado en México es un peligro, se teme caer en manos de ellos porque es un calvario: extorsiones, secuestros, asesinatos, violaciones.

Cuéntame un poco más sobre los casos con los que trabajas en las cortes, ¿hay alguna historia que te haya impactado más?

Los casos que más nos afectan son de mamás que son detenidas por migración, son mujeres que tienen hijos nacidos acá, y si no califican [no saben cómo presentar un caso de asilo] enfrentan la deportación. Las madres son deportadas y los niños se quedan. Hay personas que llevan tiempo detenidos, pero se aferran a quedarse en este país porque tienen a sus familias aquí. Otros casos son los abusos que sufren las personas que están en los centros de detención, hemos sabido de casos de maltrato, no se les dan medicamentos o son golpeadas. El consulado de Guatemala no las va a visitar. Son abandonadas a su suerte. Es importante que el gobierno se haga presente y vea en qué se les puede asistir legalmente. Hay niños menores de edad que se llevan luego a casas de crianza. Todo se vuelve complicado.

Durante el trayecto hacia Estados Unidos, los indígenas corren más riesgo que quienes hablan español.

¿Qué escenarios vislumbras para lo que resta del gobierno de Trump? ¿Cómo crees que será el impacto en la población migrante?

Los gobiernos siempre van a hacer cambios. Sin embargo, yo más bien me enfocaría en la cultura de la población, en la necesidad de que se informe sobre sus derechos, aquí ya no hablo solo de la población guatemalteca sino migrante, porque hay otro asunto y es que parte de la población migrante se mete en problemas por robar, beber o golpear a su pareja, entonces, las personas también cargan hábitos que no nacieron aquí y deben ver qué hacer o cambiar. En cuanto al gobierno, toca estar pendientes. Lo interesante también es que cuando pasan estos huracanes en la política [como Trump] la gente empieza a despertarse, a estudiar, a prepararse, es un aspecto positivo que también se puede ver. Sabemos que es un gobierno que se ha pronunciado contra los migrantes y sabemos que el presidente no puede modificar solo las leyes. Pese a todo, yo veo un aspecto alentador, espero no sucedan cosas más drásticas.

Aldo me cuenta que en semanas recientes el ambiente está más tranquilo. Él sigue su vida cotidiana. Va a la corte acepta un caso, lo cubre, traduce todo el proceso, a veces directo del maya al inglés o a veces al español. Sabe que su trabajo es demandado. Faltan traductores que no solo sepan los idiomas sino que entiendan lo que está en juego. «La satisfacción es que a través del trabajo se logra aclarar lo que está sucediendo», dice.

Casi al final de la charla le pregunto si visita Guatemala, me explica que va cuando puede, más en plan de vacaciones. Habla de que el gobierno de su país y de México tendrían que articularse más, pensar más en lo que viven los migrantes. «Si hubiera mejores condiciones de vida la gente no tendría necesidad de migrar», reflexiona.

Los desaparecidos
[Videos: Prensa Comunitaria]
La historia de Tik Laz
Buscar a los desaparecidos
Las grietas al muro
[Jonatan Rodas / Prensa Comunitaria]

La historia de la humanidad está plagada de muros, físicos o simbólicos. El significado de muchos de ellos ha variado, pasaron de ser parte de una estrategia a ser monumentos de la humanidad. Ejemplos de esto son la Muralla China con sus miles de visitantes anuales o el Muro de Berlín cuyos fragmentos son esparcidos por el mundo como muestra del momento histórico en el que fue derribado. Las ciudades mismas adolecen en su interior de una segregación espacial y social a través de muros que son construidos entre zonas de población con distinto poder adquisitivo, es decir, entre grupos acomodados y poblaciones excluidas por los propios sistemas. El muro de los Estados Unidos, esta vez llevado a mayores implicaciones por vía de la administración Trump es quizás el ejemplo más paradigmático —no el único— de exclusión, segregacionismo y una política de odio.

Pero así como históricamente han sido construidos muros para detener y separar, también ha habido esfuerzos de similares magnitudes para botarlos. Los muros pueden ser compactos, resistentes o inteligentes [como la tecnología bélica israelí pretende que sea este muro] pero siempre serán susceptibles de agrietarse.

No hablamos de grietas elaboradas en base acciones bélicas sino de otras que no sólo muestran la permeabilidad de todo intento de separación, sino que construyen puentes y lazos de solidaridad a lo largo de las fronteras entre los países centroamericanos y México. Si pueden pensarse como grietas es porque, en última instancia, derriban la pretensión de separación que los muros representan. En otras palabras podemos decir que si los muros están separado, las grietas están uniendo.

Es esta la experiencia que nos tocó vivir el 15 de noviembre de 2016 cuando la Caravana de Madres Centroamericanas en busca de sus migrantes desaparecidos llegó a la ciudad de Comitán de Domínguez, en territorio mexicano. Desde tempranas horas de ese mismo día un pequeño grupo de mujeres activistas se había concentrado en la sede del Centro de Educación Integral de Base –CEIBA–. A medida que se acercaba la hora de llegada de la caravana la inquietud por los preparativos para la recepción aumentaba. No había mucho que ofrecer hasta que aparecieron las mujeres de Las Margaritas. Llevaban tamales, atole y pan. El lugar se fue llenando de bullicio y para entonces el ambiente era, inequívocamente, el de la inquietud de la espera. Y como toda ansiada espera de quien no se ha visto en mucho tiempo, se cargaba de preguntas: ¿Qué será lo primero que diremos? O ¿nos abrazamos primero? ¿Contenemos el llanto de felicidad? ¿Cantamos?

Entre las actividades del programa se contempló la presentación de un video que relataba el caso de desaparición forzada del niño Marco Antonio Molina Theissen, en Guatemala, que por esos días era retomado en el proceso judicial [proceso que el 2 de marzo de 2017 dio como resultado el procesamiento judicial de cuatro militares de alto rango]. La motivación de esta actividad era recibir a las madres y familiares de los migrantes desaparecidos con un mensaje de solidaridad, de apoyo y acompañamiento que les diera la fuerza física y moral para continuar el largo camino, no de la caravana sino de la búsqueda. Y qué mejor forma que hacerlo sino por experiencia propia de una madre que durante muchas décadas ha permanecido constante en la búsqueda de su querido hijo, Marco Antonio.

Le escribimos para invitarla a llegar a Comitán, pero su avanzada edad y las complicaciones de un viaje tan extenuante no permitieron contar con su presencia física. Pero aún así su voz llegó potente y certera en un momento en que nadie, ni los que planeamos esto, esperábamos. La tarde de ese 15 de noviembre invitamos a las madres a pasar al salón donde se exhibiría el video. No dijimos nada. Frente a las luchas por la vida a veces no es necesario decir nada, porque ellas solas corren implacables y juguetonas como el nacimiento de un río caudaloso y solamente queda, callar y aprender.

Los rostros de los desaparecidos están en el pecho de quienes los aman y los buscan.

La historia de Marco Antonio a través del video fue elocuente y los globos coloridos al final del mismo ayudaban a construir el hermoso efecto de la esperanza. Luego de terminado les pedimos a las madres de los desaparecidos que se quedaran unos minutos más. Unos días antes la Emma Molina Theissen, hermana de Marco Antonio, nos había enviado un corto video con un mensaje de doña Emma Theissen, madre del muchacho. La cámara la contemplaba sosteniendo un cuadro con la foto de su hijo, de la misma manera en que estas mujeres que ahora la veían peregrinaban para dar con el paradero de sus hijos. Los rostros de los desaparecidos están en el pecho de quienes los aman y los buscan.

El mensaje era corto, apenas dos minutos. Dos minutos que terminaron con un mensaje de doña Emma saludando a «ustedes las madres centroamericanas…» y el muro se agrietó. Pedazos de él caían vencidos por las lágrimas de aquellas mujeres que luego de conocer la historia de otra madre que lucha y persiste en la búsqueda de su hijo arrebatado de sus manos de la forma más cruel e inhumana, lloraban y se abrazaban unas a otras. El resto también nos metimos a aquella marea de abrazos. No había consignas, no había programas. Sólo se alcanzaba a oír frases como «que les vaya bien», «vayan con cuidado». Y ellas devolvían abrazos y caricias como quien se despide de un viejo amigo. Nadie dijo “no vayas” «no sigas», sino todo lo contrario los abrazos y los besos parecían decir: cuando sigas llévate mi corazón contigo. Con tanta fuerza no hay muro que resista.

Honduras: atravesar otros muros para salir de los que asfixian
[Sheyla Ramos / Distintas Latitudes]

Las remesas en Honduras han crecido en un 14% en lo que va del año 2017, lo que se traduce en un aproximado de 1,383 millones de dólares según el Banco Central de Honduras [BCH]; son los migrantes los que sostienen gran parte de la economía nacional.

Por eso, el tema de la situación migratoria en un país como Honduras causa preocupación en la población. Las cifras así lo demuestran: al menos 1500 personas fueron deportadas en enero de este 2017, según personal de migración citado por El Heraldo.

Esos que regresan a su país van a encontrar el mismo panorama que habían dejado atrás: pobreza, escasez de empleo, discriminación.

Aquellos soñadores que aumentaron la migración de personas y que hoy suman casi un millón de hondureños viviendo en el país del norte, son consecuencia de aquella desoladora realidad. Un ejemplo son los estragos que dejó el huracán Mitch en 1998, al sumir al país centroamericano en la pobreza extrema, con la muerte de más de 5 mil habitantes.

El camino hacia el norte

Hernán Villeda, de 44 años de edad, decidió en el año 2007 iniciar aquella travesía del sueño americano. Dejó la frontera de Honduras con la fe puesta en Dios, la esperanza de un futuro mejor y la confianza en su amigo que lo llevaría hasta Laredo [México], donde otro guía lo llevaría hasta su destino final.

Son muchos los hondureños que han tenido que cruzar los duros y fríos caminos de los desiertos que deshidratan su paso; otros simplemente son jinetes de una bestia indomable, la cual no tienen más opción que montar para cumplir su sueño y el de su familia.

 

 

«Cosas que no puedo olvidar son los relatos que escuchábamos de los que venían atrás de nosotros, quienes comentaban que los habían asaltado. Y en el camino, ya casi por llegar al tren, fue otra experiencia traumática: recordar aquel mal olor que provenía de los residuos de cinco hombres que habían sido arrollados y asesinados por la Bestia. Gracias a Dios a mí no me paso nada», menciona Villeda en la entrevista, quien a pesar de los 3 años que hacen de su regreso parece sentirse aliviado.

Cuando le preguntamos si después de ver aquellas situaciones hubiese regresado mencionó: «No miren hacia atrás, porque sino se van a querer quedar, nos decía el amigo coyote que nos llevó. La verdad ya era una decisión tomada, así que no era opción regresarnos».

La situación que vivió fue aún más difícil cuando al llegar a una casa a donde los llevaron los coyotes, pensó que los mandaban de vuelta a Honduras. Fueron 15 horas aproximadamente las que estuvieron encerrados, sin saber dónde estaban. Veintidós personas entre ellas 19 varones y tres mujeres, quienes  eran cuidados por cuatro hombres, «el guía» y los encargados del «delivery» de los migrantes en los lugares acordados con los familiares.

Las amenazas de muerte fueron parte del menú de la travesía de aquel viaje y fueron obligados a pagar la deuda de uno de los migrantes que escapó.

«A la frontera los llevaremos y ahí los mataremos si no nos pagan lo del compañero que se fue», fueron las palabras del guía según relatos de Villeda.

Las emociones que torturan

Pero, ¿por qué tomar un camino tan peligroso?

Hernán tenía una familia, tres hijos, el menor de un año y medio, y su esposa a quienes dejó para buscar una vida mejor para ellos.

Antes de irse trabajaba como taxista colectivo de una ruta de la ciudad de San Pedro Sula, pero su sueldo no alcanzaba para mantener a los suyos. Migrar es la mejor opción que encuentran muchos, cuando de apalear la pobreza se trata, aunque eso implique dejar a sus dos varones y su pequeña.

Mientras estuvo en Estados Unidos fue muy duro tener que enfrentar la realidad: «Hubieron varias cosas que me hicieron pensar en regresar, especialmente el no ver crecer a mis hijos. Yo no me arrepentía de haberme ido, sino de no haber disfrutado a mis hijos; me perdí su infancia y lo que más me duele y que me hizo tomar la decisión de regresar a Honduras fue una conversación con uno de mis hijos, quien me dijo que ya no me conocía, que no se acordaba de mí», relató Villeda con una voz entre cortada.

El ciclo de los problemas de la migración

Como Hernán, miles de latinoamericanos migran para Estados Unidos como indocumentados para darle una vida mejor a sus familias, sin imaginarse el problema que está dejando atrás, un ciclo de grandes flagelos sociales, que inician con la desintegración familiar, la deserción escolar, el mal uso del tiempo libre, la no práctica de los valores, hasta desencadenar en la violencia.

Honduras es un país con altos índices de violencia, que se genera principalmente por la corrupción que ha venido carcomiendo los poderes del Estado, siendo alimentados por los problemas sociales como la falta de empleo, la migración, la falta de una educación de calidad y los altos niveles de injusticia, lo cual hace que los hondureños elijan migrar a Los Estados Unidos buscando lo que no encuentran en su país.

¿Qué hacer cuando no solo se quiere entrar entre los muros de Donald Trump, sino que se quiere salir de los propios muros que te asfixian y no dan una solución a los problemas que te roban hasta el aire?

 

México-Siria: Armar el rompecabezas para no perder la historia
[Xochiketzalli Rosas /Kaja Negra]

Adrián Meléndez Lozano ha pisado varios países del mundo. El número de personas y culturas que ha conocido se vuelven infinitas, después de que el joven de 36 años narra las experiencias que ha vivido en Europa, África y Medio Oriente. Su trabajo en organismos internacionales, principalmente relacionados a la migración, ha sido el responsable de tanto conocimiento. Quizá por eso la visión que tiene sobre las problemáticas internacionales le han permitido mirar distinto y cuando tuvo la oportunidad de hacer algo por una población con la que, aparentemente, nada tenía en común, no dudó en iniciar un proyecto que le permitiera no solo ayudar, sino demostrar la nula importancia de los muros cuando de humanos se trata.

Así nació y fundó Proyecto Habesha, una iniciativa mexicana que busca traer al país a 30 estudiantes de origen sirio [en calidad de estudiantes y no de refugiados; pues así son más fáciles los trámites migratorios] para que continúen con sus estudios y en un futuro, quizá no muy lejano, regresen a su país para que contribuyan en la reconstrucción de las ciudades y poblaciones afectadas por las atrocidades del conflicto bélico en el que se encuentran sumidos desde marzo de 2011, cuando estalló la desgarradora guerra civil contra el gobierno del presidente Bashar al-Asad.

Proyecto Habesha. Foto: Página del Proyecto en Facebook.

Actualmente son 10 jóvenes provenientes de Siria —país ubicado en la costa oriental mediterránea que comparte fronteras con Turquía,  Irak, Israel, Jordania y Líbano y que es una de las siete naciones a las que el presidente estadounidense, Donald Trump, le decretó cierre indefinido de fronteras— los que ya se encuentran en México realizando sus estudios de licenciatura y maestría en las universidades con las que Habesha ha logrado convenios [Iberoamericana, Tecnológico de Monterrey, Anáhuac, UVM] con becas al 100% y planes de estudio flexibles para la integración de los estudiantes.

De acuerdo con Adrián Meléndez —con quien charlo en una cafetería de la Ciudad de México, luego de que viajó a Cuba a recibir a dos de los últimos estudiantes que Habesha trajo a México— se espera que cuanto antes arriben más estudiantes, los cuales ya aguardan en países de Europa y Medio Oriente por las condiciones migratorias y de los fondos [160 mil pesos] para su traslado [vuelos internacionales], manutención y libros, ya que estos gastos dependen del financiamiento de los fundadores y de donaciones de particulares, debido a la ausencia de recursos y apoyos gubernamentales.

Así, fue el 23 de septiembre de 2015 cuando llegó el primer estudiante sirio a México, su nombre es Essa Hassan. Después vino Karam [a quien un familia veracruzana trajo y en México lo inscribió al proyecto], Tamer Mansur, Zain Alabadin Ali, Hazem Sharif, Samah Abdulhamid [la primera mujer estudiante siria], Silva Namo, Abdul-Qader Saleh Mohammed, Ahmad Aldabak y Amer Bahra.

Todos han pasado estadías que van de los seis meses al año en Aguascalientes para iniciar sus clases de español y después de un periodo no muy largo de tiempo integrarse al plan de estudios de la universidad que le sea asignada por Habesha. Todos son estudiantes sobresalientes que llegaron a México provenientes de distintos países en los que estuvieron que esperar por varios meses, luego de que tuvieron que abandonar sus estudios por el conflicto y que tienen la convicción de continuar con su formación universitaria aún fuera de su nación.

Mientras transcurre la charla, Adrián comienza a recordarme algunas de las particularidades de los casos de los jóvenes que ya conozco: Tamer, quien un tiempo fue vagabundo; Zain, quien vivió en Alepo, una de las ciudades más afectadas por el conflicto; Hazem, quien tiene a todos sus hermanos regados por el mundo y de quienes no sabe cuándo volverá a ver, y el caso de Omar Qayson, a quien entrevisté en enero de 2016 vía Facebook. Este joven vive en Talbiseh, región al noroeste de Homs, la tercera ciudad más importante de Siria, y que debe abandonar lo más pronto posible porque pueden reclutarlo en el ejército. Omar aún está a la espera de las condiciones migratorias y económicas para salir de Siria y llegar a México, donde quiere estudiar periodismo.

«No es fácil decirles que esperen porque algunos vienen de situaciones precarias, no sólo económicamente, sino porque su vida está en riesgo», remata Adrían antes de iniciar el relato de toda la historia.

Las piezas

Adrián nació y se crió en Aguascalientes, donde culminó sus estudios de licenciatura en Derecho, pero varias ocasiones abandonó su tierra natal para aprender y conocer otras culturas. Una de la primeras ocasiones ocurrió cuando terminó el bachillerato y pasó año y medio en Canadá para aprender inglés; luego en su último año de la licenciatura en Francia de intercambio, donde se quedó dos años más para estudiar una maestría en Derecho Internacional.

De ahí la lista de lugares que visitó pareciera interminable: hizo una pasantía de verano con Amnistía Internacional [AI] en Cotonú, Benín, en el oeste de África, lo cual le permitió obtener una pasantía en la sede internacional de AI en Ginebra, y de ahí conseguir un puesto de trabajo en la Organización Internacional para las Migraciones [OIM] también en Ginebra.

Lo que vivió en África lo dejó tan impactado que quiso volver. Con la motivación de dejar su trabajo detrás de un escritorio empezó a aplicar en diferentes puestos para ir a Angola; hace memoria y no tiene clara la razón, pero sí sabe que aquel continente lo atravesó de tal manera que quería hacer más que trabajo burocrático y lo que fuera lejos del escritorio era perfecto. Fue así que un compañero, en 2008, le dijo que aplicara para irse a Pakistán porque ahí había una oportunidad. En ese país, que por aquellos años se encontraba en momentos álgidos por diversos conflictos, se presentó una rotación importante de trabajadores de Naciones Unidas porque el país fue declarado Non Family Station, por lo que los empleados del organismo internacional no podían tener a sus familias viviendo con ellos, y fue como se fueron unos y comenzaron a llegar personas como Adrián: soltero y sin hijos.

Así, por medio de la OIM y el programa FATA [Federally Administered Tribal Areas] llegó a Islamabad, donde permaneció un año, a una franja fronteriza tribal que se ubica al borde con Afganistán, donde en su momento estaba escondido Osama Bin Laden.

«Era un burócrata de Naciones Unidas y quería lo otro, el trato con la gente», reconoce un poco apenado.

Después trabajó en el sur de Afganistán, cuando recién inició el primer mandato de Barack Obama, éste había incrementado la fuerza militar en la región para retomar la provincia de Helmand, que era parte del centro de la insurgencia. Justo una ONG envió a Adrián a un poblado de la provincia de Helmand, donde trabajaría como parte del Departamento de Estado de Estados Unidos. Era un contexto completamente de guerra. Adrián vivía en una base militar y considera la experiencia como una situación de aprendizaje y fascinante, porque todos los días se encontraba en la situación más volátil que se podía imaginar, «como si no hubiera nada peor». En aquella provincia vivió durante un año.

También estuvo en Kabul, con una ONG belga, con una vida más tranquila. Pero en ese año descubrió su afición por todo aquello que ya había vivido. Iba iniciando la Primavera Árabe y Adrián se la pasaba siguiendo aquel acontecimiento por todos los medios posibles: como un adicto, reconoce emocionado.

Así que con sus propios recursos se fue a Líbano para poder vivir en el corazón del conflicto; también tuvo el apoyo y ayuda de sus contactos y amigos. Ahí fue donde empezó a trabajar por vez primero el tema de los refugiados sirios en la frontera con Israel.

«Te empiezas a familiarizar con la gente, con la ciudad. Desde ese entonces tenía en la cabeza la idea de que quería hacer algo. Me sentía muy capaz; no digo que lo fuera, pero haber estado en Afganistán, Pakistán y luego Irak, me dieron valor», dice el hombre que cada vez que se habla del Proyecto Habesha prefiere permanecer detrás de los reflectores.

Adrián llegó a Irak precisamente porque en este país se estaba presentando un éxodo importante de sirios, y una ONG francesa lo envía para que comience los primeros proyectos con refugiados en campos. Las condiciones fueron precarias: porque no había oficinas ni recursos suficientes.

«Mi labor era implementar un proyecto fondeado de la Agencia de la ONU para los Refugiados [ACNUR], recolectando información dentro de una campo de refugiados de Kawergosk  y, a su vez, proveerles servicio psicosocial. Era la primera vez que trabajaba en un campo; había trabajado con desplazados, pero no en un campo de refugiados», relata.

Adrián instaló su oficina en el campo de refugiados, como nadie antes lo había hecho; pues los responsables de la ayuda humanitaria lo que hacían era visitar los campos diariamente, pero no vivir en ellos. Así, la primera labor que realizó fue contratar gente que lo ayudara. Después de varias entrevistas, decidió contratar a jóvenes sirios que vivían en el campo, porque notó que eran muy inteligentes, que hablaban inglés, tenían ganas y conocían a los suyos. Todo su equipo se conformó de sirios. Y ahí nació la idea de llevar a esta población a México.

Primero pensó en familias enteras, pero vio lo complicado que sería. Entonces, en su entorno inmediato, en su día día, descubrió a lo que debía apostar: a los jóvenes que tenían ganas de mejorar, de continuar con sus estudios, de hacer algo por ellos y por los suyos.

—¿En algún momento pensaste en cómo la sociedad mexicana recibiría este proyecto? ¿Cómo ibas a conseguir el apoyo, la ayuda que necesitas para lograrlo? —le pregunto a Adrián.

—Yo no vivía en México, nunca había trabajado acá. Pensaba que en México la gente se levantaba pensando en Siria, en qué estaba pasando. Porque así era para mí. Fue impactante darme cuenta que no era así. En diciembre de 2013 que se termina mi contrato, no lo renuevo y pienso que ya tenía mi súper proyecto, que hasta pretendí dejar una renta en Irak por si la necesitaba para cuando regresara de México en seis meses, porque ese tiempo pensé que me tardaría en lograr mi objetivo de los 30 estudiantes. No ha sido así. En traer a Essa nos tardamos una año y 10 meses. Ahora pienso que es posible, porque mucha gente nos está buscando y quiere participar.

Con ese espíritu indomable y de estratega, Adrián emprendió la ruta hacia a México, no sin antes visitar en Ginebra y otros países a sus amigos y contactos, quienes siempre felicitaron su iniciativa, pero le mostraban también la realidad. Incluso visitó en ese entonces al nuevo embajador mexicano en Londres, Diego Gómez Pickering, quien fue receptivo y lo contactó con más personas.

Pensaba que en México la gente se levantaba pensando en Siria, en qué estaba pasando. Porque así era para mí. Fue impactante darme cuenta que no era así.

Así, llegó Adrián a México en febrero de 2014 y visitó, junto con una amiga, a académicos de las diferentes universidades de la capital [de las cuales, actualmente, necesita enormemente el proyecto, no sólo para la inserción de los estudiantes, sino, incluso, para que puedan apoyar con todos los gastos del traslado y de manutención de los jóvenes: tal es el caso de la UNAM, institución con a que no han logrado convenio, y que a través de su fundación podría lograr el traslado de los estudiantes con mayor velocidad]. También se reunieron con algunos políticos.

«Yo pensaba que el gobierno se iba a interesar de inmediato e iba a adoptar el proyecto y, por consiguiente, lo iba apoyar. Y pese a que no fue así, esto fue desarrollándose, se fue armando el rompecabezas », sentencia Adrián.

—¿Cómo sortearon la cuestión migratoria?

—Sabíamos que por Europa y Estados Unidos no podían transitar los estudiantes, por todo el papeleo migratorio, y por eso vimos la ruta más viable: Rusia-Cuba-México, por ejemplo, y otras más, pero cada caso tiene su particularidad, porque también si están de ilegales, que salieron sin papeles de su país, había países que no podían pisar; o en el caso de Irak, que ahí no hay embajada de México, por donde no podíamos pasarlos; o para salir de Siria, como en caso de Omar, que tendrá que salir con un coyote. Fuimos y hemos ido derrumbando todas esas barreras, porque creemos que México es un país viable para que vengan. Aguascalientes, por ejemplo, mi estado, me parece un buen lugar para que lleguen por vez primera, porque es conservador como lo es su cultura, entonces el choque no es tan drástico.

—Con este proyecto y el apoyo que han recibido, ¿crees que se rompió el estereotipo de cómo ayudan los mexicanos?

—Me acuerdo que cuando regresé a México fui a un foro al Colmex donde se hablaría de Siria, estaba ahí la crema y nata, y había como 20 personas, y ahora con este proyecto hemos llenado auditorios universitarios en la Ciudad de México, en Ciudad Juárez, para hablar de Siria, de Medio Oriente. Creo que hemos abierto el tema, lo hemos hecho cercano, entendible. Creo que hemos cambiado mentes, no sólo de los mexicanos, también del otro lado, de los amigos de los chicos a quienes ellos les cuentan de México, que ven que es un país acogedor. Y quizá mañana, ellos mismos, los chicos sirios, puedan impulsar un proyecto para ayudar a los mexicanos, a la gente de Chiapas, por ejemplo; porque quienes nos critican justo dicen que cómo no hacemos algo por nuestros estados. Pero esto no sólo se está haciendo por Siria, sino por sembrar una semilla. Y algo estamos haciendo bien porque los están recibiendo muy bien y ellos se están adaptando.

Y en ese momento recordé y le compartí a Adrián las palabras que Hazem me dijo  cuando lo entrevisté en Aguascalientes: «Nosotros necesitábamos esta ayuda; sabemos que otros mexicanos no tienen acceso a la educación, por eso para mí es muy valioso que lo hagan. Tengo cuatro años que no veo a mi mamá y solamente quiero la oportunidad de terminar mis estudios. Esta ayuda significa que tenemos una nueva familia y es nuestra responsabilidad ayudarla».

Proyecto Habesha. Foto: Página del Proyecto en Facebook.

El rompecabezas completo

«La historia se va completando sola; porque son chicos originarios de distintos sitios de Siria. Lo que estamos generando es un núcleo mínimo indispensable para que puedan apoyarse y ayudarse. Porque, ¿cuánto tiempo le das para que ese país sea viable? Si la guerra terminara hoy, cuando menos necesitará 10 años para que se reactive la economía, el campo, porque es un país muy agrícola, los servicios, las instituciones académicas. Los estamos conectando con el mundo y esa es la valía de este proyecto. Es dar una esperanza de que como humanos nos podemos ayudar más allá de nuestra región, de nuestras creencias y religión», sentencia Adrián.

Y es que, según datos de Unicef, antes de la guerra en Siria, este país contaba con más del 90% de alfabetización de su población. No obstante, hoy en día, las escuelas han sido derrumbadas por los bombardeos o sirven de refugio para los miles de desplazados. Hay niños, comentan los mismos jóvenes sirios que ya se encuentran en México, que nunca han pisado una aula de clases.

A marzo de 2016, de acuerdo con la Agencia de la ONU para los Refugiados [ACNUR], el conflicto sirio había desplazado de sus hogares a 4 millones 815 mil 868 personas. La capacidad de acogida de los países vecinos está desbordada y esto obliga a cientos de miles a realizar peligrosas travesías a través del Mediterráneo en un intento por llegar a Europa.

Y a pesar de que el avance ha sido lento, Proyecto Habesha y Adrián con él,  no desisten, incluso están por replicar el proyecto en Costa Rica.

 

Nota: Este especial divide en dos entregas. La primera se publicó entre el 27 de febrero y el 3 de marzo 
y la segunda se publicará del 2 al 8 agosto de este 2017.

Ilustración en interiores: Israel Campos Caleon.


Redacción Kaja Negra
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