Recomendamos

Estar embarazada y usar el transporte público

07 Mar, 2016 Etiquetas: , , ,
¿A qué se enfrenta una mujer embarazada al viajar en el
transporte público en la Ciudad de México? ¿Existen las
condiciones adecuadas? Ixchel decidió emprender el registro
de sus viajes durante un mes. Este es el resultado.
TEXTO Y VIDEO: IXCHEL CISNEROS SOLTERO

Hice la parada a un microbús que, desde lejos, se notaba que escupía gente. Eran las 8:30 de la mañana. Estaba al sur de la Ciudad de México y necesitaba llegar a mi trabajo, por lo que ignoré el hecho de que un señor viajaba colgado de la puerta de atrás por falta de espacio y, como tackle ofensivo de futbol americano, me subí por la de adelante.

Esta situación, abordar un camión lleno, nunca es fácil o cómoda. Ahora intenten hacerlo con 20 semanas de embarazo. La vida se convierte en esto: cuidar que no te den un codazo en la panza, vigilar que no abran tu bolsa y mantener el equilibrio.

Mi panza, mi estado, era evidente pero los otros pasajeros iban más preocupados por revisar sus celulares, por dormir unos minutos extras o simplemente por ellos mismos, así que nadie tuvo la buena onda de cederme su lugar. Ni modo, este microbús no traía asiento reservado para embarazadas así que me quedé parada.

El ochenta por ciento de los pasajeros del micro eran mujeres y no es porque fuera su obligación, pero siempre creí que serían más solidarias con una futura madre. ¡Ja! Me equivoqué.

Dos cuadras más adelante subió una joven. Con un brazo sostenía a un bebé de más o menos dos meses, en su hombro cargaba una pañalera repleta de suministros para el recién nacido y con la otra mano se aferraba al tubo para no caer por la puerta, que el chofer había dejado abierta.

A pesar de que no me habían cedido el asiento a mí, hasta ese momento había guardado la calma: en mi mente me seguía engañando y diciendo: «seguro no se han dado cuenta que estoy embarazada y únicamente piensan que estoy panzona». Pero el bebé, la muchacha y la opción de que se cayera del micro eran mucho más evidentes así que me salió lo Cisneros y grité: «¡Alguien que sea tan amable de darle su lugar a la muchacha que trae un bebé y se viene cayendo!»

El silencio fue absoluto. Las cuatro chicas que venían sentadas frente a mí no voltearon a verme ni tampoco a la joven. Segundos después se paró una señora canosa, de alrededor de 60 años, y le dijo a la muchacha: «siéntate aquí».

No lo podía creer. Estas talegonas ―como se le dice en Sonora a las flojas― van a dejar que esta señora le ceda su lugar y ellas, nada. Y sí, así fue. Ni qué decir de darme el lugar a mí, porque luego del grito que pegué seguro que quien no había visto mi panza de embarazada ya la había notado.

Finalmente la joven apenada, tras aquella escenita, se sentó luego de agradecernos a la señora y a mí.

Y ese día lo decidí: empezaría un proyecto para contabilizar cuántas veces me cedían el asiento en el transporte público.

Mi registro lo hice semanalmente durante un mes y estos fueron mis resultados:

En 18 días utilicé el metro, metrobús, camión y microbús en 64 ocasiones. El primer asiento cedido fue en el día cinco del proyecto y me lo dio un señor de la tercera edad. En total me dieron 10 lugares, ocho hombres y dos mujeres. Es decir, me negaron 54.

54 veces los usuarios vieron entrar a una embarazada al transporte público y ni se inmutaron.

Además, los camiones y microbuses, en su mayoría, no tienen señalados los lugares reservados para personas de la tercera edad, discapacitados, embarazadas o personas con hijos y pues ahí ni cómo alegar con los usuarios. Pero en el metro sí quité a dos que tres y, cabe mencionar, que en dos ocasiones yo le cedí mi lugar a personas de la tercera edad con bastón a quienes tampoco pelaban.

Amén de mi panza y pies hinchados, hay cosas que preocupan después de hacer este ejercicio. En primera, la mala calidad del transporte público, donde en las horas pico es imposible ya no que te den un lugar, sino poderte subir, poder respirar. Y segundo, la indiferencia. El hecho de decir «yo estoy cansado, yo tengo sueño, yo tengo prisa, los demás que se rasquen con sus propias uñas» me vuelve loca. De verdad, ¿no nos importa el otro?, ¿estamos dispuestos a pisotear al de al lado para salir nosotros abantes? Yo no.

 

Imagen de portada: Reserved by Nils van der Burg. Flickr-(CC BY-SA 2.0)


Ixchel Cisneros Soltero
Ixchel Cisneros Soltero
Es maestra en periodismo y ha colaborado en los principales periódicos y publicaciones del país. En 14 años de carrera como periodista ha trabajado en radio, televisión, prensa y web. Ahora es Coordinadora del Centro Nacional de Comunicación Social AC (Cencos) y reportera freelance.




Artículo Anterior

Iron Maiden: las almas que nunca caerán

Siguiente Artículo

Rostros de fuego, del Bordo a la esperanza





También te recomendamos


Más historias

Iron Maiden: las almas que nunca caerán

Como una ola gigante e imparable la música de la banda británica Iron Maiden sacudió a todos los que fueron a su segundo...

05 Mar, 2016