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Estigmas de la marihuana: de la medicina a la diversión

03 Ene, 2014 Etiquetas: , ,

Javiera es una médico que encontró en la cannabis una alternativa para curarse de un mal y que ahora apoya el movimiento en pro de su uso informado. Les presentamos su historia, la cual vale la pena tomar en cuenta ahora que en México ha crecido el debate sobre la legalización de la marihuana. 

TEXTO Y FOTOS: CÉSAR PALMA

“The only freedom which counts is the freedom

to do what some other people think to be wrong.

There is no point in demanding freedom to do that which we all applaud.

Quintin Hogg 

Es extrovertida, se le da la conversación con facilidad. No se queda callada, dice una oración tras otra en una costura coherente llena de información. Hace citas de la biblia, referencias científicas, del código penal y la constitución. No importa la fuente ni el tema, la mayor parte del tiempo está sonriente, sin perder el control de aquel timbre de autoridad en su voz. No titubea sobre lo que piensa y siente. Suelta groserías de manera espontánea y procura lanzar las “expresiones más políticamente incorrectas”. En lo que dice hay una reflexión, una exigencia, pretende que se “le mueva el tapete” a quien la escucha. Responde cualquier pregunta sin evasivas, a detalle. Es capaz de dar una serie de razones sobre las decisiones que ha tomado a pesar de ser duramente criticada. Sin ningún tipo de censura te comenta que fuma marihuana como quien te comenta su platillo favorito o un hobbie. Si te sorprendes o tienes dudas, ella te responderá con razones para decir que fumar marihuana debería ser una libertad y no un delito. 

¿Cuándo comenzó a fumar? ¿Por qué?

Estaba cursando medicina en la UNAM. Educada con los modos tradicionales. Inscrita en el ballet; siempre en contacto con “lo clásico”. De una familia conservadora, como ella los define. La principal razón para estudiar medicina era conocer la salud, el cuerpo humano y sanar. Sin embargo, tenía inclinaciones por la rebeldía, las botas negras al estilo de Sid Vicious, identificada con el movimiento Punk, el rechazo a la autoridad. Convencida de la libertad que las personas merecen y sumamente crítica del racismo, la injusticia y el clasismo. La medicina era una parte importante de su vida que le permitió acercarse al mundo de la ciencia y observar a las personas en el concepto más amplio: como seres humanos. 

Fue en 1995 cuando Javiera Pinochet comenzó a fumar marihuana. Los motivos eran médicos, ella había sido diagnosticada con epilepsia del lóbulo temporal, una enfermedad que en algunos casos pasa  inadvertida, por la cortísima duración de los ataques, tan rápidos como una serie de pestañeos; mientras que en otros son sumamente incómodos por su intensidad. Sumado a ello, las personas que padecen algún tipo de epilepsia suelen ser discriminadas en el ámbito laboral o “…muchos todavía creen que la epilepsia es un fenómeno mágico, un castigo de Dios, una maldad heredada de los abuelos…”

La intensidad y frecuencia de las convulsiones no le permitían tener la calidad de vida que ella hubiera deseado. El lóbulo temporal carecía de una actividad normal y actuaba de manera frenética. Los ataques la volvían agresiva, le gritaba a su madre, a sus hermanos. Convivir se tornaba una actividad un tanto ríspida. La única manera de tratar aquel problema era a través de la carbamazepina, un medicamento comúnmente recetado. Es una droga que requiere estricta vigilancia médica, por el riesgo que implica su consumo, la interacción que puede tener con otras drogas y los efectos secundarios.  

La marihuana formaba parte de las alternativas poco ortodoxas. De hecho, Javiera nunca llegó a imaginar consumirla. No obstante, la información que tenía indicaba que existían probabilidades de cese en sus convulsiones. Para saber si era cierto tenía que embarcarse en aquel universo verde a pesar de que sería una lucha contra el contexto en el que se crió; para su familia era difícil entender la marihuana como una solución. Era una planta para “gente con dreadlocks, sucios y pandilleros”. 

En México sólo un puñado de personas recomendaba fumar para tratar la epilepsia o algún problema de salud (aunque es de saber popular que desde hace décadas las abuelas la usaban para calmar el dolor reumático). Una de esas personas formaba parte del Laboratorio de Neurofarmacología de la UNAM. Javiera confió en él, pues tenía suficiente autoridad intelectual para hacer tal recomendación. Las razones estaban ahí, junto a los prejuicios, en el laboratorio y en casa. 

La investigación en neurociencias fue el empujón que Javiera necesitaba para probar un tratamiento distinto. Aquella persona del laboratorio le comentó que la marihuana podría ayudar a calmar sus convulsiones; la única prescripción era no abandonar la carbamazepina como medida precautoria. 

Los primeros contactos con la marihuana no fueron tarea fácil y menos hacerlo con tanta apertura. No serían los porros a escondidas, en la azotea, muy entrada la noche o muy temprano, consumiría marihuana a sabiendas de las implicaciones que tendría en todas las facetas de su vida. El estigma que cargaría como médico y como hija de una familia que la cuestionó duramente: le gritaron y lanzaron amenazas al por mayor, después le rogaron que dejara de consumir. 

La madre de Javiera lloró de rodillas e imploró que dejara la marihuana. Ella, con toda convicción, dijo: “desde que fumo no convulsiono, no me pongo violenta, no le pego a mis hermanos, no te grito”. 

Su papá se sumó al sermón “pues olvídate que tienes familia, si alguna vez te llegan apañar por marihuana, que te refundan en el bote”.  

Las críticas fueron duras, pero Javiera se mantuvo en ese camino y no dejaría la marihuana tan fácil. Estaba feliz porque su enfermedad estaba controlada.

—¿Y cómo los convenciste?

—Estudiando, trabajando, teniendo mi vida normal, no dejando de hacer las cosas que tengo que hacer por fumar marihuana.

Javiera llevó a cabo una labor de convencimiento a partir de la información, despejó cualquier duda sobre la marihuana; en una ocasión la increparon: “Es que te vas a gastar muchísimo dinero… ante lo cual les demostré: estos son cien pesos de marihuana, estos son cien pesos de tabaco, ¿qué crees que me voy a acabar primero?”.

Tras varios años su familia aceptó la idea. 

Estigmas de la marihuana

Marihuana Medicinal

Antes de que iniciara la guerra contra las drogas de Reagan, la marihuana no estaba en la lista de drogas que se debían eliminar a como diera lugar; y décadas más atrás, era un producto de uso común en distintos sectores de la industria y del consumo humano: manufactura de fibras para ropa, aceites, solventes, sogas… en la medicina se ocupaba como antiinflamatorio, para controlar las náuseas, alimento de alto valor proteico para pájaros y personas, etc..  No obstante, después del endurecimiento de la política antidrogas, el discurso cambió y el zar antidrogas de Reagan, Carl Turner, decía que fumar cannabis incitaba las “marchas contra las autoridades y contra las grandes empresas”. Además de que la planta podría convertir en homosexuales a más de uno.

Con el paso de los años, la investigación científica le permitió a la marihuana recuperar terreno y popularidad entre la población. Los médicos observaron que la planta tenía efectos magníficos para controlar el dolor o incitar el hambre en alguien que recibía quimioterapia. El discurso político en el que estaba inmersa la marihuana no tuvo opción más que abrirse al debate. La droga era ampliamente distribuida entre la sociedad estadounidense, la lucha contra las drogas comenzaba a tambalearse, al menos, lo que respecta a la cannabis.  

Un año después de que Javiera iniciara su consumo, California fue la primera región del continente americano donde se propuso la legalización de la marihuana -en 1996-. El fundamento de esta nueva ley, que permitiría consumir cannabis, estaba en la evidencia científica. Con la “Proposition 215” se buscó que pacientes con enfermedades susceptibles de curación o control, si un médico así lo consideraba, podrían consumirla. A pesar de lo que se pensaría, la iniciativa prosperó y arrasó con 5,382,915 de votos, 55.6 por ciento. Fue una voltereta para la política antidrogas y el servicio de salud. 

No obstante, 17 años después, el debate sobre la eficacia de la marihuana como tratamiento está en el aire. No hay nada concluyente, algunas organizaciones consideran efectivo su uso y otros creen que es limitado, no significativo y que podría traer más problemas. Empero, hay testimonios que afirman haber mejorado su calidad de vida, pacientes con glaucoma, epilepsia, cáncer, entre otros males. 

A modo de sorpresa Javiera se pregunta retóricamente:

—¿Cómo es que una planta que tiene tales efectos está prohibida?

¿Qué hay, doc?

Javiera es una de las personas que afirma categóricamente que la marihuana le ha cambiado la vida. Si hubiera seguido por el camino de la carbamazepina, probablemente realizaría menos actividades, pues los efectos de este medicamento van desde la somnolencia hasta el vértigo. Con la marihuana “puedo hacer muchas cosas sin que mi vida se vea afectada: salir, trabajar, etcétera.”  

Se fuma “tres churros” al día, en promedio; los fuma por la mañana, la tarde y la noche. Prefiere hacerlo en un lugar discreto, aunque también lo hace rodeada de amigos.

La marihuana se ha convertido en su medicina y forma de entretenimiento. Las dos caras de la moneda: controlar las convulsiones y pasar un rato agradable, “reirse un rato”. Según Javiera, la mayoría de la población no conoce a fondo ninguno de los dos usos. Los médicos carecen de formación científica para sopesar los pros y contras de esta planta; mientras que la población en general tiene muchos prejuicios sobre las personas que eligen pasar tiempo fumando. 

—No saben que el cannabis contiene más de 60 componentes activos; por ejemplo el delta-9-tetrahidrocarbocannabinol y que cada uno sirve o tiene una función particular… este funciona para tal, este otro sirve para esto, etc. —Se detiene a pensar un poco y continúa—: El juicio que tienen los  médicos está basado en información falsa; ‘las drogas destruyen’ es una premisa muy grande, muy fuerte, falsa como una moneda de tres pesos (…) las drogas no destruyen, lo que destruye es el ser humano. Las cosas que ahí están no tienen valor moral.

Hace una pausa y mira a su alrededor para buscar ejemplos simples, como si en cualquier lugar que echara un vistazo hubiera una explicación médica. 

—Las drogas están en nuestra vida diaria y al alcance de todos: el alcohol, la insulina. Una sustancia no es buena ni mala, es el uso que se le dé. Si te tomas una botella de esas gigantes de alcohol de un golpe, seguro te mueres sin que alguien pueda hacer algo. Por más que te haga vomitar, te estabilice. Estás muerto.

Javiera cree que se subraya el uso de la marihuana de una forma desproporcionada, cuando en realidad el alcohol y otras sustancias tienen mayor impacto.

—De veinte años que tengo trabajando en los servicios de urgencias me he encontrado solamente con dos personas que vienen a buscarme por marihuana. No te puedo empezar a contar cuántos por alcohol, por cocaína, tabaquismo… muchísimos. ¿Sabes qué he hecho con los consumidores de marihuana? Les doy una torta y un vasito de leche y ya, sanseacabó. Les aseguro “sabes qué, no soy judicial, mi’jo, te voy a alivianar”.

Pero entre el tono de humor con el que cuenta cada historia se esconde un sentimiento de indignación. 

Estigmas de la marihuana

 

—El otro día me dio tanta risa una señora de los centros de integración juvenil, diciéndome que había 14 muertos por marihuana, lo cual científicamente es imposible (…) tendría que fumarme entre 20,000 y 40,000 churros para que me diera algún efecto adverso… primero me duermo.

—¿Crees que la despenalización de la marihuana acarree problemas al sistema de salud? Tener que atender más urgencias relacionadas, casos de adicción, etcétera.

—Pregunten en Holanda, cuántos turistas hay hospitalizados por ponerse a fumar marihuana (…) si hubiese habido algún tipo de problema en el sistema sanitario el American College of Surgeons ya me hubiera avisado; yo soy del ATLS – Advanced Trauma Life Support – que es un sistema para traumatología y cardiología en urgencias; cómo atender a una persona y cómo llevarla a un hospital especializado.

—¿Recomendarías a alguien que fume marihuana?

—Yo no puedo recomendar ninguna cosa más que consuma frutas y verduras. Dependiendo del paciente que yo vea, los problemas que presente, entonces, podría llegar a recomendar la marihuana.

Javiera tiene una niña, una pequeña por la que se preocupa y dentro de lo posible busca la mejor educación para ella, quiere otorgar libertades, que tenga un criterio amplio para discernir por ella misma. 

—Le he enseñado a beber alcohol. Mira esto es tequila, ni se te ocurra acercarte porque va a ponerte muy fuerte… huélelo, ponle un dedito a ver cómo te sabe. Espero que lo que yo recibí de mis padres pueda transmitirlo con un poquito más de apertura. Cuando hay niños chiquitos, mejor no fumarle, ni tabaco, marihuana u opio porque sus pulmones están chiquitos. 

Le entristece la situación de la drogadicción en los adolescentes. Javiera piensa que las condiciones del país han orillado a que muchos jóvenes busquen “drogas más duras”.

—Estoy en contra de que los niños y adolescentes se droguen de cualquier manera; lo que me parece mucho más grave es que un chamaco de la secundaria esté tomando anfetaminas. Un niño de catorce, quince años, lo que tiene que hacer es hacer deporte, estudiar, leer, enamorarse, ir al cine con sus amigos…. cuando no hay condiciones para eso.

Una fumada de datos

Más allá de padecer estragos físicos por el consumo de cannabis, el cigarro ha sido la gran adicción de Javiera.

—Soy adicta desde muy chica, es más difícil para mí dejar de fumar cigarros que dejar de fumar marihuana, a veces tengo que salir a las tres de la mañana al Oxxo por mis tabacos. Con la marihuana hablo por teléfono a mis proveedores y les digo ‘qué onda’  y me dicen ‘ah sí, pasado mañana ven’ (…) no es nada estresante como se ve en películas como en ‘Drugstore Cowboy’, para nada.

Según la Encuesta Nacional de Adicciones, el consumo no aumentó de manera significativa, durante 2011, pues se registró una prevalencia de 1.4% de personas que consumen marihuana entre los 12 y 65 años de edad a nivel nacional. La encuesta señala que el 2002 fue el año con un consumo mucho menor, apenas 0.6% de personas registraron haber consumido marihuana. Sin embargo, en la Ciudad de México, el 61% de personas encuestadas declaró haber consumido marihuana. Apenas el 4.8% la consume con una frecuencia de 20 días o más durante un mes. Podemos decir que son usuarios como Javiera. Si se consideran adictos o no es un dato que no es preciso. 

Cifras oficiales como la de los Centros de Integración Juvenil declaran, a través de sus publicaciones, que existen 4.7 millones de consumidores.

No es un número significativo de personas para un país de más de 110 millones. Por ello, activistas como Javiera consideran que se debería escuchar la voz de los involucrados, no creen que sea adecuado que la mayoría decida sobre las minorías, porque el resultado casi es predecible; por ejemplo, una investigación de Parámetro arrojó que el 63.8% de los encuestados está en contra de la legalización; el 57.4% se sentiría incómodo con alguien fumando a su alrededor. Mariguana Legalización, organización de la cual es miembro Javiera, considera que los foros oficiales han marcado distancia, no han tomado en cuenta lo que tienen que decir los fumadores. 

Estigmas de la marihuana

 

Es una realidad que la marihuana no representa un problema de salud a gran escala en comparación a otras sustancias; por ejemplo, la prevalencia en el consumo de alcohol pasó de 64.9% en 2002 a 71.3% en 2011. En México se bebe más, tanto hombres como mujeres, en comparación a quienes fuman un porro. 

—¿Consideras que los ciudadanos están listos para asumir una legislación que permita consumir marihuana?

—Hoy en día todavía hay gente que dice ‘es que la gente no está preparada para la marihuana’, cosa que me da una risa tremenda porque tampoco la sociedad estaba preparada para que los esclavos dejaran de serlo en los Estados Unidos; tampoco estaban preparados para que la mujer votara —agrega con más intensidad —Y qué si las personas fuman marihuana. ¿Ese es tu problema?…. tampoco el mío. Cada quien es libre de decidir.

Tocarle las pelotas

El Zócalo es el lugar predilecto para la manifestación de las ideas, es el lugar perfecto para detenerse y fumarse un porro a la sombra de la bandera mexicana. Hierba perfectamente seca, bien apretada, envuelta en una sábana. Javiera lo enciende y deja que los trazos espesos del humo se dispersen por el cielo del Centro Histórico, que ese aroma peculiar viaje entre los turistas y habitantes. No importa si ese espacio fue recipiendario de los poderes coloniales, revolucionarios o prehispánicos. 

Para Javiera es bastante significativo ponerse a fumar en una plaza como esa.

—Uno de mis rituales favoritos es llegar al Zócalo o algún centro de poder y prender mi churro, sólo por molestar. Me ignoran completamente, puede ser que mi look no corresponde a un drogadicto (…) a pesar de estar intentando tocarle las pelotas a la autoridad, nunca me han hecho nada.

Esa provocación es constante en la vida de Javiera, trastocar aquellas fibras sensibles de las personas. Más allá de parecer una actitud cínica, es subrayar el carácter discriminatorio de la política antidrogas. Cree que la confrontación actual contra los grupos criminales ha traído muchas desgracias, “desde quienes siembran la planta a punta de pistola porque no tienen otra fuente de trabajo y los consumidores que son criminalizados”.

Esta situación preocupa a Javiera. Que se confunda a los consumidores de marihuana con personas de determinado perfil, como cuando ella los asociaba con pandillas y vagos. Porque entonces surge un problema en la impartición de justicia. 

—Si yo fuera indígena, pobre, estudiante y punketa, y me fuera a fumar un churro al Zócalo, me iría terrible.

Uno de los enfoques que más atención ha recibido el tema de la despenalización es el de la seguridad. Una parte de la ciudadanía considera que la delincuencia -asociada al tráfico, venta y consumo de la marihuana- disminuiría si se despenaliza el consumo; otro sector considera que la situación de violencia no se revertiría de ninguna manera ya que el dinero que obtienen los grupos criminales por la producción de la marihuana es una parte muy pequeña de todos los ingresos, solo el 4.3%, según cifras oficiales citadas por Viridiana Ríos: “De hecho, no existe una relación entre altos ingresos criminales y altos niveles de violencia; grupos criminales con grandes ganancias operan sin confrontaciones violentas alrededor del mundo (Ríos, 2013a). Bolivia y Perú son grandes productores de droga y aun así tienen tasas de homicidios más bajas que muchos otros países latinoamericanos (Ríos, 2013b). La mafia japonesa controla el mercado más grande de metanfetaminas de Asia y aun así carece de grandes episodios violentos (Ríos, 2012)”.

En síntesis, una posible legalización de marihuana no generaría un problema de salud, señala Javiera; y la violencia seguiría el mismo camino, según especialistas. 

En ese punto se llega a un dilema. ¿Qué beneficios podría traer la legalización de la marihuana y qué problemas?

—¿Cuáles son los principales problemas que enfrenta un consumidor al fumar de manera ilegal marihuana?

—¡¡Que te apañen!! La policía suele cometer detenciones de manera arbitraria. 

—Si los consumidores se oponen a la criminalización por consumo, ¿qué debería incluir la iniciativa que lo legalice?

—Que ya no se persiga al consumidor. Que se aumente la cantidad de marihuana que puedes traer contigo. También es importante que se asignen lugares donde sí y no está permitido fumar. 

A diferencia de la idea generalizada de libertinaje que propicia el consumo de drogas, Javiera considera que las leyes restrictivas han solucionado problemas de salud.

—El alcoholímetro claramente ha disminuido la tasa de accidentes y fallecimientos por alcohol en la vía pública; y la restricción del tabaco en interiores ha disminuido también muchísimo la tasa de hospitalizados por ataques agudos de asma. Sí funcionan estas leyes restrictivas. No puedes estar fumando marihuana en el salón de clases, perfecto; no se puede fumar en el trabajo, en el campus, manejando. Pero aparte de eso, por qué a la sociedad en general le preocuparía que yo me ría, cuál es su pedo.

Javiera ha trabajado durante la última década en elaborar propuestas, junto con Mariguana Liberación, que se formalicen en iniciativas y más adelante en leyes que protejan al consumidor.

—Una legislación nueva permitiría darnos chance de tener clubes de autocultivo (…) si a mí me dejaran tener en casa seis plantas, podría consumir para mi propia medicina, poder dar medicina a los pacientes que así lo requieran y a la vez compartir con mis cuates sin que eso signifique trasiego de drogas.

Aun con el esfuerzo y tiempo que le dedica al activismo a favor de la legalización de la marihuana, Javiera sabe que hay temas de mayor importancia en el país, asuntos que deberían discutirse ampliamente.

—La falta de democracia que vivimos los habitantes del Distrito Federal; el caso Heaven, creo que tenemos que resolver todavía el caso News Divine que son prioritarios para nuestra convivencia y seguridad, mucho más que la droga. Cómo es posible que los mandos policiacos le den prioridad a apañar a los pobres chamaquitos que están fumando en vez de estar buscando a los asesinos.

—¿La legislación que están impulsando qué aspectos considera a reformar?

—Bueno, en Mariguana Liberación, tomamos en cuenta varios campos o temas; son cinco:

1. Seguridad Nacional; 2. Industria y ecología; 3. Medicina; 4. Grupos de Fumadores, 5. Recreación

Estos puntos son un panorama general de la marihuana. El tercer punto es al que más tiempo le ha dedicado Javiera y ha tratado con mucho esfuerzo: que se tome en cuenta la opinión de especialistas en cada uno de los rubros. “No obviar ni minimizar a ninguna”. 

—Lo que muchas veces no se sabe es que hay grupos de fumadores con distintas visiones; por ejemplo, está la comunidad rastafari de México que ven a la marihuana como algo religioso.

Javiera es entusiasta sobre el trabajo legislativo en el DF. Tiene la certeza de que se aprobará la despenalización. Mientras tanto, ella seguirá fumando y tirando los “coquitos” a la calle para que no vayan a crecer en alguna maceta y la acusen de narcomenudeo. Sus vecinos podrán quejarse que a veces el edificio huele a marihuana, pero ella no es la única.  

Y seguirá fumando porque sabe que lo que ella hace no es relevante ni significativo frente a otros asuntos de mayor importancia en el país.

—En México hay racismo, clasismo, hay muchos prejuicios sobre lo que debería hacerse y lo que no. Hay muchísima hipocresía, nuestro país en lugar de estarse preocupando sobre quién se mete qué droga, debería estar viendo por los niños. Los problemas y contradicciones de México, creo que tienen muy poco que ver con las drogas, creo que es para taparle el ojo al macho.



César Palma
César Palma

Editor de fotografía en Kaja Negra. Si alguien tiene que fotografiar al presidente, al papa o a mi abuela, ése quiero ser yo. En Twitter: @LittleChurch_ Correo: cesar@kajanegra.com





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