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El golpe de las bocinas

13 Ago, 2017 Etiquetas: , ,

El Pecoso es un personaje que no nos resulta ajeno, para él no hay otra manera de vivir más que morir en la raya. Él quiere mostrar que no es un pendejo más en el mundo, que lo importante es no sacarle; sacarle es abrirse y él nunca se abre.

TEXTO: JULIO CÉSAR LINO PÉREZ / ILUSTRACIONES: ISRAEL CAMPOS CALEON

El golpe de las bocinas despertó al Pecoso. Eran las nueve de la mañana. El volumen fue bajando poco a poco. Siempre la misma canción:

No discutamos

Tienes razón

Tuve la culpa fue mi error

Por no decirte francamente que

Ya no te amo

 

Invariablemente la misma canción. Los vendedores de discos le parecían un fastidio: ahí estaban frente a su casa para joderlo siempre a la misma hora. ¿Cuándo llegaron? ¿En qué momento se adueñaron de las banquetas? Al Pecoso poco le importaba en realidad, pues a pesar de su gran molestia, la operación le resultaba, casi siempre, una forma efectiva para levantarse tempranito a andar las calles en busca de sus cuates camioneros, que invariablemente lo hacían subir para acompañarlos en su vuelta: «Qué pedo, Pecoso, cómo vas». «Jodido, qué onda, presta cinco varos, ¿no?». Las horas sobre los camiones pasan con una meticulosidad increíble y la vida así, para el Pecoso, era más llevadera: de Loma Bella a La Caldera [la prepa Calderón]; de La Popular a la CAPU; de Arboledas al Centro; de La Coatepec a San Alejandro… De repente el tiempo era una sucesión perfecta de atardeceres y oscuridades que surgían en medio de matices de colores. El Pecoso siempre prefería las horas aquellas donde el ocaso pinta el cielo de anaranjados y morados. Sobre la ventanilla, y ya con el camión desahuciado por los pasajeros, el Pecoso observa y revuelve sus pensamientos: son fugaces imágenes envueltas por recuerdos e ideas… El Pecoso prefiere detenerse en aquellas que dibujan a La Panchis [Vieja, sí te quiero. Eres un solecito. Me encanta tu cabello suavecito entre mis dedos. Tu piel es como un durazno. No me dejes nunca, nunca. No sé qué haría sin ti. ¿Te acuerdas de nuestra primera vez? Fue re bonito. Por qué tuvo que ser así. Te extraño. Si tan sólo pudiera…]. Cruzando la autopista, por encima del puente que va a la Resurrección, el Pecoso observa las figuras del Popocatepetl y el Iztaccihuatl, le parecen tan nimios: es cosa de cerrar un ojo, y encerrarlos juntos entre la circunferencia que hacen la unión de su pulgar y su dedo índice, para pensar que el mundo apenas es una pequeñita cosa que Dios bien podría envolver entre sus dedos y machacarlo a su antojo. El Pecoso sufre un miedo incontrolable. Sabe, por esa intuición que tienen los ojetes como él, que Dios es el más grande ojete que puede existir, de ahí que el respeto hacia él sea una especie de admiración, parecida a la que la banda le rinde al Cacai, el mero chingón de su colonia la Popular: el cabrón que ya se echó a más de treinta, nomás de ojete, por sus huevos. «Qué ondas, ese Pecoso, ¿sabes qué pedo con lo de ayer?». «Nel, qué pedo». «El Cacai se ensarto a un wey ayer en la noche en la Coss, los guardias se hicieron chiquitos y ni se metieron. Se dio a la fuga en chinga y orita quién sabe dónde anda». «¡Verga! No, no sabía nada. Qué pedo, ¿se lo chingó?». «Pos al parecer no, porque todavía lo recogió la ambulancia al cabrón ese, o eso es lo que me dijeron, la neta no sé». «Ya lo hubiera anunciado el de los periódicos orita en la mañana». «Eso sí; pos quién sabe».

Entre ojetes nos miremos, piensa el Pecoso, y sabe que no hay de otra más que morir en la raya, repartiendo putazos y apañando a los más pendejos para irla haciendo, para demostrar que él no es un pendejo más en el mundo y que su valía está forjada a chingadazos y por su hombría y talento para darse en la madre. Lo importante es no sacarle y él no le saca, le entra. Sacarle es abrirse y él nunca se abre. Se abren los putos, piensa, sólo a las viejas y a ellos se los cogen, los joden, se los chingan, se los enclochan, se los penetran, a mí nel. Por eso, justamente, el Pecoso llega a atracar, siempre está un paso adelante: «Quihubo, pinche chamaco, presta un varo, ¿no?… ¿Noooo? Báscula». Las manos del Pecoso recorren el cuerpo de los chavitos que llegan a jugar maquinitas con Doña Lucy. Nadie opone resistencia. De sus pantalones extrae monedas de a peso, de a dos, de a cinco y a veces hasta de a diez. «No seas mala onda, es lo de las tortillas». «¡Qué! ¿Te vas a poner al pedo?». Los chavos no se atreven a enfrentarlo, se van alejando poco a poco con un nudo en la garganta, mientras Pecoso toma la palanca del mueble del video juego e intenta rescatar el crédito que el chavo abandonó. En la pantalla los dibujos se lanzan puños, patadas, brincan, corren, se caen; justo como cuando algún cabrón se atreve a liarse con el Pecoso.

En su mente, el Pecoso siempre es el más poderoso: Rugal, Goro, Akuma. Su favorito, sin embargo, es Ralph, el de The King of Figther, pues le fascina sentir el poder de su golpe especial; le parece maravillosa la posibilidad de acabar con alguien de un solo golpe. Lo ha intentado algunas veces, por supuesto. Dos vueltas y los dos puños: el fuerte y el débil. Carga de energía con los tres botones de arriba: Pummm. Salto con patada y puño fuerte. Dos vueltas y los dos puños. ¡Ahhhhhhh! Golpe fulminante. Quei Ou. Raund Tri. Faigt. El Pecoso salvó el juego: el chavillo apenas había empezado. Le restan dos contrincantes. Seguro lleva a fin el juego. Siempre es la misma operación: Carga de energía con los tres botones de arriba: Pummm; salto con patada y puño fuerte; dos vueltas y los dos puños. ¡Ahhhhhhh! Golpe fulminante… Pareciera tan aburrido, pero no, la posibilidad de fallar en la operación lo hace estar atento, estar al tiro, no vaya a ser que la máquina se lo chingue. Sólo al final, la operación tiene un cambio drástico: Rugal es el más poderoso, pero, como en la vida del Pecoso, la maña vale más que cualquier cosa para madrearse. Esta vez se trata de escapar, así que cuando Rugal se acerca, el Pecoso empuja a su mono hacia al frente y aprieta el puño y la patada débil para cruzar de sentido y entonces nuevamente dos vueltas y dos puños… Casi acaba el juego. Falta un poco: una rayita de la energía de Rugal… Justo cuando está a punto de terminar, un cabrón del bachiller, con su uniforme color rata y un suetercito de franjas azules, deposita una moneda y reta al Pecoso. Él se sabe un «vago», casi nadie lo «saca». El bachiller oprime el botón para elegir sus monos aleatoriamente: juega con Leona, Iori y Benimaru…

 

_____

 

«Ora ya, wey, págame el crédito, ya me la iba a acabar». «No, no manches, te reté y te saqué». «¿Tons no, jijo de su pinche madre?». El Pecoso le apaga la máquina e inmediatamente le da una patada en las nalgas. El chavo está shockeado: un frío lo recorre desde los pies hasta la espalda; le suda levemente la frente y siente un calorcito escapándosele de las sienes. Se queda inmóvil. El Pecoso ya sintió el temor del bachiller y actúa como el vil cabrón gandul que es: de un cabezazo lo hace perder el equilibrio, su nariz es un río de sangre, y de repente, mientras cae al suelo, una patada en los pies lo fulmina totalmente; ya tendido, el Pecoso lo patea inmisericordemente: la cabeza del bachiller es un balón de futbol soccer. «Pinche chamaco pendejo, ¿qué, muy vergas? ¡Órale, a chingar a su madre!». El bachiller no responde. El Pecoso lo observa y se percata de que no hay reacción alguna. Huye. A lo lejos, unos gritos resuenan: «Pecoso, bien que te vi, no te hagas…». La voz de doña Lucy se va apagando entre la gente que se acerca a mirar el cuerpo tendido del chavo bachiller. El Pecoso ni siquiera escuchó los gritos.

 

_____

 

Panchita, me lates de a madre. La vida se me muere, morrita, hazme un paro. Dame un chance, no seas. No seas. Desde que te vi luego luego quise contigo, así chido, me cae.  Hazme el paro, chamaca, nomás un ratito. ¿Tons? ¿Dónde te veo? Panchita, mi Panchis, no sé, la neta no sé. Te extraño harto, pero tú ni me miras. Sí, ya sé, la cagué, pero pues qué querías, tu jefe empezó y yo chido, a la de sin pedos. No seas gacha. Panchita, si yo nomás me defendí, chiquita. Neta. Uno qué hace, ni modos que te pegan así nomás porque sí. Pues no. Además, ni le pegué gacho, fue un leve nomás. Panchita, perdóname. Sí, ya sé, pero te juro que ya no te vuelvo a pegar a ti tampoco. De veras. Pero pues tú también luego te entercas, pues qué hago, me haces enojar. Además, ni te pego tan duro. No, Panchis, Panchis, Panchis, vieja, no te vayas, quédate nomás un ratito, hazme un paro, si te quiero de a madre. La otra vez pinche Oso se quería pasar de chile contigo, Panchis, de veras, de veritas, que si estabas reprieta, que si tu lunarsote, que si tu cabello mugroso, nel, con mi Panchis no te pasas de verga. Pum, pum, pum. Lo desvergué, Panchis, por ti, me cae, te lo juro. ¿Te acuerdas, Panchita, cuando nos fuimos a la Acocota? Me la pasé bien padre ese día. Desayunamos molito de panza, tortillas de mano, yo me tomé una Victoria y tú igual. Ja ja, nos fuimos sin pagar. ¿Te acuerdas, mi panchis? Luego nos fuimos al Ecológico y los patos debajo del puente y el lago. Luego nos besamos en las escaleritas y nos tocamos así, bien calientito y me abrazaste fuerte, fuerte y mis manos entercadas te tocaban entre las piernas y mi humedad y la tuya. Me pusiste duro, Panchis, pero se sentía tan bonito y pues no era así como normal, ¿no? Era bonito, así: bonito y no la calentura, no cogerte nomás porque sí, no, suavecito, Panchis, chido, neto. Panchis, no seas, de verdad, no seas. Sí, ya sé, la cagué feo, pero pues haz el paro, ya no te vuelvo a pegar, neto, neto, ese día andaba pedo, se me fue la onda, además, pues ya sabes, el pedo ese me trae ansioso, yo que iba a saber que era carnal del Jimmy, neta no sabía. Pero ya, perdoname, viejita. Panchis. Panchis. Panchis. Haz un paro. No, Panchis, no corras, la gente se va a dar color. Tranquis, no hay pedo. Neta que te quiero, Panchis. Que no corras. Panchis, no te manches. Uno acá ruéguete y ruéguete y tú nomás me mandas a la verga. Ya. Ya. Órale. Ya. Sale. Vete, pues, pero pues ya nomás dime: ¿Cuándo te veo? Panchis, no seas terca. Panchis, dame un besito, órale, no te cuesta. Un paro y ya me abro. Otro. Tons, cuándo. Oh, no seas así. Es el paro. Ya sé, ya sé, que se te pase y el viernes en la iglesia de la Coatepec y te invito unas chalupas o un jocho. Oh, no seas. Qué no corras, caray, si yo ni te hago nada. Írala. ¡Que no corras, pinche Panchis! Ya nomás dime. Írala, no grites, Panchita cabrona. ¿Neta no? Tons sí o no. Ya estuvo, ya te dije que no corras, van a darse cuenta y va a salir tu jefe otra vez. Qué no grites, chingada madre. Te estoy diciendo nomás que me digas cuándo. ¿Neta no? Ya, no mames, pinche Panchis, qué no grites, chingada madre. Ora ni madres, no me voy y si sale tu jefe pues a la verga. ¡Qué no gri-tes, que no gri-tes! Ora no te vas y si corres no respondo. Mírala, jija de la chingada. ¡Que no grites, hija de tu pinche! ¡No grites, carajo! Usted qué pinche viejo pendejo. Órale, puto, qué se clava. Véngase, es mi vieja y yo le grito y la madreo si se me antoja, pinche viejo metiche. Panchis. Panchis. Panchis. Panchis jija de tu pinche madre, nomás te veo y te rompo la madre. Ah, y ve y dile al pendejo de tu papá que si quiere otra madriza que nomás me busque y como va. Ora sí, tú, pendejo, ¿quieres que te rompa la madre?

Técnica de las imágenes: Tinta china y color digital. 


Julio César Lino Pérez
Julio César Lino Pérez

Cursa la licenciatura en lingüística y literatura hispánica en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Actualmente trabaja en su tesis sobre visualización de la pobreza en una obra de Armando Ramírez, cronista del legendario barrio de Tepito, ciudad de México. Es miembro de la banda de rock Iván García y Los Yonkis, con la que ha participado en diversos foros de la república y ha participado de los talleres de cuento en Casa del Escritor.





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