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Grandeza en ruinas: el Instituto Médico Nacional

12 Ago, 2015 Etiquetas: , ,

Al pasar por la esquina de las calles Ayuntamiento y Balderas, a un costado de la estación Juárez del metrobús, en el centro de la ciudad de México, se alzan los restos de esta imponente construcción que está prácticamente en el abandono. En su origen aportó nuevos estudios para el desarrollo de las ciencias  naturales aplicadas, además de trazar un método para dar carácter científico a la terapéutica de tradición indígena. Actualmente alberga el Archivo Histórico del Agua y la Biblioteca Central de Estudios y Proyectos de dicha dependencia.

TEXTO: RICARDO CRUZ GARCÍA

Es difícil imaginar que este edificio casi en ruinas, abandonado, chueco, pintarrajeado, con cuarteaduras y sus ornamentos a punto del derrumbe, pase todos los días desapercibido para la mayoría de los transeúntes. Es difícil pensar que algún día albergó a un organismo científico de primer nivel y de gran utilidad para la sociedad mexicana de su tiempo: el Instituto Médico Nacional (IMN).

Al pasar por la esquina de las calles Ayuntamiento y Balderas, a un costado de la estación Juárez del metrobús, en el centro de la ciudad de México, se alzan los restos de esta imponente construcción que está prácticamente en el abandono. Muy atrás quedó aquel año de 1888, cuando se aprobó el proyecto de creación del IMN, gracias a los esfuerzos del naturalista Alfonso Herrera y el secretario de Fomento del gobierno porfirista, Carlos Pacheco.

Este instituto, cuyo primer director fue el doctor Fernando Altamirano, resultó pionero en el país en los estudios biomédicos y en la recopilación, catalogación y análisis de la flora nacional con fines terapéuticos e industriales.

El IMN empezó a operar oficialmente el 1 julio de 1890, aunque primero se instaló en una vivienda de la plaza de la Candelarita, nombrada años más tarde jardín Carlos Pacheco –en honor a este funcionario, quien murió en 1891– y que hoy se ubica frente al edificio de la Academia Mexicana de la Historia, en la calle Ernesto Pugibet, entre Balderas y Revillagigedo.

Aunque aquellas primeras instalaciones no eran las más adecuadas para albergar laboratorios, gavetas, escritorios y oficinas, los miembros del IMN sacaron adelante las primeras investigaciones, sin que la escasez de instrumentos y materiales representara un inconveniente. Además publicaban la revista oficial del instituto: El Estudio (1889-1894), que después fue sustituida por los Anales del Instituto Médico Nacional, que se editaron hasta 1914 y se distribuían en Estados Unidos y algunos países europeos.

Un recinto de altura

La falta de espacio en el edificio inicial había obligado a arrendar un predio anexo para gabinetes y salas necesarias para el funcionamiento del instituto, por lo que se hizo urgente un nuevo recinto. Así, a pocos pasos de la Candelarita, en la esquina de Balderas y Ayuntamiento, se halló un amplio terreno que fue comprado en más de 36 mil pesos.

En octubre de 1897 se había presentado el proyecto de construcción del nuevo edificio, que quedó a cargo del arquitecto Carlos Herrera (hijo de don Alfonso Herrera), y en marzo del año siguiente se iniciaron las obras. Así, en el terreno de más de dos mil metros cuadrados se alzó la nueva sede del IMN, que sería inaugurada en marzo de 1902, según el historiador y médico Francisco Fernández del Castillo en su obra Historia bibliográfica del Instituto Médico Nacional de México (1888-1915), ante­cesor del Instituto de Biología de la UNAM (UNAM, 1961).

La importancia de la obra radicó en que se construyó ex profeso para cumplir con las necesidades específicas del IMN y los estudios que este llevaba a cabo. En el instituto se trataba de crear una ciencia netamente nacional, aplicable a problemas nacionales. Aportó nuevos estudios para el desarrollo de las ciencias naturales aplicadas, además de iniciar a trazar un método para dar carácter científico a la terapéutica de tradición indígena. Con ello se daba prioridad a la flora mexicana que pudiera emplearse para curar padecimientos o producir algún efecto, la cual resultaba más accesible que los productos provenientes del extranjero; también se impulsó el estudio de las propiedades de alguna planta o animal con fines terapéuticos, con base en lo que el “vulgo” les atribuía.

En 1908 el IMN dejó de ser una dependencia de la Secretaría de Fomento para adherirse a la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, a cargo de Justo Sierra. El doctor Altamirano falleció en octubre de ese año y con él se acabó la primera época de esta casa de la ciencia. En su lugar fue nombrado José Ramos –antes subdirector–, pero su gestión duró menos de cinco meses porque murió en febrero del año siguiente. Luego ocuparon el cargo Ángel Gutiérrez, Adolfo Castañares y José Terrés, el último director del IMN.

Proyecto del Instituto Médico Nacional. Tomada de Jesús Galindo y Villa, Reseña histórico descriptiva de la Ciudad de México, México, imprenta de Francisco Díaz de León, 1901.

Proyecto del Instituto Médico Nacional. Tomada de Jesús Galindo y Villa, Reseña histórico descriptiva de la Ciudad de México, México, imprenta de Francisco Díaz de León, 1901.

Se termina una época

En septiembre de 1915, desde Veracruz y en plena guerra entre las facciones revolucionarias, el primer jefe del Ejército Constitucionalista, Venustiano Carranza, decretó el cierre del IMN por no considerarlo prioritario para los intereses de la nación. Así terminaron los veintisiete años de existencia de este importante centro científico.

Al clausurarse, todos los trabajos e investigaciones fueron detenidos y la entidad fue nombrada Instituto de Biología General y Médica. A partir de octubre de 1915, pasó a formar parte de la recién creada Dirección de Estudios Biológicos, que también incorporó al Museo Nacional de Historia Natural (entonces en el edificio de la calle del Chopo) y la Comisión de Exploración Biológica de la Comisión Geodésica de Tacubaya, con su respectivo museo.

Todo ello dependía de la Secretaría de Fomento y quedó bajo la dirección del farmacéutico Alfonso Luis Herrera (otro hijo de don Alfonso). Los museos del Chopo y de Tacubaya cumplirían esencialmente funciones de exhibición, divulgación y de carácter didáctico, mientras que las labores de investigación científica quedarían en manos del Instituto de Biología General y Médica.

Así, el antiguo edificio alojó a dicho instituto y al recién creado Departamento de la Flora y Fauna Nacionales, hasta 1929, año en que desapareció la Dirección de Estudios Biológicos, con lo que el sustituto del IMN se reorganizó para convertirse en el Instituto Nacional de Biología, dependiente de la UNAM.

En el abandono

Años más tarde, el edificio albergó a la Comisión Nacional de Irrigación –antecedente de la Comisión Nacional del Agua (Conagua)–, creada en 1926 durante el gobierno de Plutarco Elías Calles y que desapareció en 1947, tras crearse la Secretaría de Recursos Hidráulicos.

Para mediados del siglo XX al interior del inmueble se habían construido edificios que llegaban a los tres niveles. El recinto permaneció en manos del gobierno hasta abril de 1969, cuando el secretario de Comunicaciones y Transportes, ingeniero José Antonio Padilla Segura, lo cedió en comodato a la Asociación Mexicana de Ingenieros en Comunicaciones Eléctricas y Electrónica (AMICEE), que lo acondicionó como su sede.

El convenio con la AMICEE terminó en 2012, por lo que el edificio de Balderas 94 pasó de nuevo al gobierno federal, que instaló ahí oficinas de la Conagua. Actualmente alberga el Archivo Histórico del Agua y la Biblioteca Central de Estudios y Proyectos de dicha dependencia.

Desde 2013 se presentó un proyecto para rescatar el inmueble catalogado como edificio artístico para convertirlo en el Museo Nacional del Agua. Sin embargo, la falta de mantenimiento ha provocado su grave deterioro y actualmente no está en condiciones de ocuparse. Asimismo, no se conoce en su totalidad el uso que se le ha dado al inmueble a lo largo de los años ni las modificaciones arquitectónicas que tiene, además de que sus planos no están actualizados, lo que significa que no hay registro de los daños que ha sufrido el edificio en su estructura, acabados (herrería, yesería) o mobiliario durante los 113 años que lleva en pie.


Al final, el edificio que un día fuera sede del IMN resulta también una metáfora del desarrollo de la ciencia en México, un ámbito que se ve acechado por la falta de presupuesto, los ires y venires políticos, el escaso interés del gobierno, la ausencia de políticas públicas eficaces… Y, sin embargo, se mueve.

Imagen de portada: Instituto Médico Nacional, alrededor de 1920. Fototeca nacional, Sinafo, Conaculta, INAH.


Ricardo Cruz García
Ricardo Cruz García

Escritor, editor e historiador de la prensa mexicana. Es profesor de la FES Acatlán de la UNAM y se dedica a la divulgación de la historia. Obtuvo el premio a la mejor tesis de licenciatura sobre la Revolución mexicana, otorgado por la UNAM. Colaborador en diversas publicaciones impresas y electrónicas, es jefe de redacción de la revista Relatos e historias en México y autor de Nueva Era y la prensa en el maderismo (UNAM-IIH, 2013).





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