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Habitar en el vientre de concreto

18 Oct, 2018 Etiquetas: , ,

Héctor García fue un fotógrafo que nunca dejó de ser un niño que gustaba de andar de pata de perro, desde siempre la calle lo llamó. Vivió la Ciudad de México como pocos. Conoció sus recovecos más luminosos y también los más lúgubres. Frente a su cámara pasaron los personajes y los hechos que definieron la vida en el México del Siglo XX. Enrique I. Castillo nos habla más de él en esta entrega de Can Cerbero.

TEXTO: ENRIQUE I. CASTILLO

Todavía no clarea el día y un niño, de tres o cuatro años, ya berrea desde un cuarto de vecindad en el barrio de La Candelaria de los Patos. Chilla porque no está su madre. Ella salió a trabajar y lo dejó amarrado a una pata del catre. Porque el niño, ya a esa edad, suele escaparse y vagar por los alrededores. No hay ventanas en la habitación. Las tinieblas envuelven al niño. Su llanto cesa cuando la luz de la mañana comienza a penetrar a través de una fisura en la puerta. Entonces ese cuarto se convierte en una cámara obscura. Las imágenes danzan en su vaivén cotidiano: niños que corren en el pasillo, vendedores ambulantes que entraban a pregonar sus productos hasta el patio, la vida común de las familias, personas que acarrean agua. Imágenes atrapadas en ese espacio cerrado. Sólo con ese espectáculo de luz el niño puede calmarse. Seguirán largas horas de soledad hasta que su madre regrese.

Llega la noche y las imágenes no cesan de filtrarse por la ranura. Sólo que entonces la causa es una fogata que prenden afuera. Los niños se juntan alrededor de ella. Algún viejo cuenta historias de fantasmas. Hay noches en que los relatos de terror son sustituidos por la crueldad de la vida misma. Rencillas que terminan en golpes, en el mejor de los casos; algunas ocasiones no hay otro final que el desenvaine de cuchillos y la muerte. El niño, encerrado en ese cuarto-cámara obscura, es testigo de todas estas escenas.

Así fueron los primeros años de vida del fotógrafo Héctor García. Nació en 1923 y vivió su infancia en la calle Juan de la Granja, en La Candelaria de los Patos, barrio ubicado al Oriente del Centro Histórico; la extensión de la Ciudad de México no llegaba, en ese entonces, mucho más allá de esos límites. Desde el momento en que la ciudad comenzó a expandirse, el Oriente ha sido un lugar relegado, destinado a las clases sociales bajas. El desarrollo de la zona ha estado lejos del esplendor que vivió el Centro, con sus sólidos edificios virreinales, o las colonias que fueron construidas hacia el Poniente, con viviendas de estilo afrancesado como las de Santa María la Ribera o la San Rafael, las primeras colonias creadas fuera de la traza del Centro.

La madre de Héctor no quería que el destino de su hijo estuviera marcado por el lugar en el que vivían. Desde que tuvo oportunidad lo impulsó para que buscara su camino en otro lado. Le regaló algunos libros: Las mil y una noches, Los tres mosqueteros, 20,000 leguas de viaje submarino, Viaje al centro de la Tierra, De la Tierra a la Luna, Barba Azul. Y le enseñó a leer, junto con una reata que le servía de compañera aleccionadora. Estas lecturas sembraron en Héctor la idea del viaje como forma de vida y fomentó en él el amor por la lectura. Además, le compraba rollos de película usados que encontraban en sus visitas rutinarias al tianguis de chácharas que estaba en el mismo barrio. Héctor, ayudado de una vela, usaba esos rollos para proyectar sus propias películas. Aquellas funciones cinematográficas terminaban en incendios.

Su madre, Amparo Cobo Soberanes, era hija de profesores, originarios de Actopan, Hidalgo. Llegó a la ciudad a casa de sus tíos en Luis Moya, estudió en el Colegio de las Vizcaínas. Se casó con Áureo García y procrearon a Guillermo, María Luisa y Jorge, hermanos mayores de Héctor. Enviudó y trabajó de taquillera en el cine de El Carmen, donde conoció a Ramiro do Porto, portugués que se la pasaba viajando, con una imprenta móvil en su maleta. Él sería el padre de Héctor. Imprimía hojas sobre la lucha de clases y salía a repartirlas a las calles. Iba y venía sin hora ni días fijos. Una ocasión salió y no volvió más.

Héctor vivía solo con su madre porque a la muerte de su primer esposo, la corrieron de su casa, quedándose con los tres hijos mayores.

Cuando tuvo edad suficiente, su madre lo inscribió en la primaria, pero él ya no podía estar más tiempo encerrado, había pasado demasiado amarrado a su cama y ya no quería sentirse atado a ningún lugar. En vez de acudir a clases iba a vagabundear por la estación de trenes de San Lázaro, hoy convertida en la Cámara de Diputados. Las pocas ocasiones que se quedaba a clases era porque una fuerza mayor lo atraía al salón: su guapa maestra. Aunque más que aplicarse a estudiar, se aplicaba a contemplarla.

Muchas ocasiones optaba por mejor irse a los hangares de la Fuerza Aérea Mexicana, en lo que hoy es la colonia Balbuena, donde conoció a Charles Lindbergh y a los pilotos mexicanos Pablo Sidar y Carlos Rovirosa, además de Emilio Carranza. Estuvo ahí en 1935, cuando Amelia Earhart aterrizó en la ciudad. Una ocasión se escabulló dentro de la cabina de un avión, jugaba a que él era el piloto. Se quedó dormido y al despertar vio que ya estaba en el aire. No quiso delatar su presencia pero el verdadero piloto lo descubrió. Después de regañarlo con tantas groserías como pudo, terminó por decirle que se ajustara el cinturón. La escuela para Héctor fue otra: «Aprendí el catecismo en el atrio de la iglesia y mi vocabulario en la pulquería de enfrente», le dijo años después a su amigo Juan de la Cabada.

Al poco tiempo, esos terrenos le resultaron insuficientes. Decidió aventurarse por las calles y llegó hasta el Zócalo y después hasta la calle Bucareli. A su paso por puestos callejeros o mercados realizaba pequeños hurtos. Comida que llevaba para su casa. En Bucareli armó una pequeña pandilla con cinco niños más. Héctor tenía siete años y era el mayor.

A esa edad, y con esos amigos, hizo su primer gran viaje. De polizones, escondiéndose debajo de los asientos, partieron en tren rumbo a Veracruz. Antes de salir hicieron un pacto: si descubrían a uno todos caerían con él. Varias veces los sorprendieron y tenían que bajarse. Echaban a andar sobre las vías hasta que pasaba otro tren y volvían a subirse. En Córdoba los bajaron otra vez. Tenían hambre y alguien se apiadó de ellos. Les regaló una cazuela con arroz insípido porque no le habían agregado sal. Héctor fue el elegido para ir a conseguirla y cuando regresó ya no había ni rastro del arroz. Enojado, comenzó una pelea con el amigo que tenía más a la mano. Rodaban sobre las vías cuando unos cortadores de cañas los vieron. En vez de detenerlos le dieron a cada uno un machete. Ambos niños intentaron blandirlos pero les resultaban tan pesados que mejor los hicieron a un lado y continuaron la pelea a mano limpia.

Al fin, lograron llegar a Veracruz. Para conseguir algún dinero hacían los trabajos que se les presentaran y por las noches juntaban periódicos y ramas para hacer una fogata en la playa, donde se quedaban a dormir. Después de algunos días decidieron emprender el camino de regreso a casa. La víspera de la partida, Héctor se quedó dormido bajo el sol y despertó con la espalda quemada. Unos marineros borrachos le dijeron que lo ayudarían. Con sal y limón restregaron las ampollas que se le habían formado. El dolor que le causaron no le permitiría recordar mucho más. Emprendió el viaje de regreso con el dolor aún latente de esa curación. Un conductor de ferrocarril le permitió viajar en un baño y le dio costales y periódicos para cubrirse. Ya en casa, su madre le hizo curaciones con hierbas, lo cuidó con amor y cariño. Una vez que estuvo repuesto, ayudada otra vez de la reata, se encargó de darle una buena lección que lo regresó a la convalecencia.

No por eso Héctor cambió. Sus andanzas lo llevaron a la Correccional. Lo acusaron, junto a otros compinches, de haber irrumpido en un negocio de comida, de comerse lo que había, además de romper cazuelas y ollas. Después de escuchar los alegatos del dueño del lugar, y al ver que los inculpados no tenían ni en qué caerse muertos, los policías sólo dijeron jálenle y los llevaron al Tribunal para Menores. Ahí aprendió diversos oficios. La hizo de panadero, horticultor, zapatero, plomero, carpintero, albañil, impresor, pero ninguna de estas actividades terminaba por interesarle lo suficiente. También ahí dentro terminó la primaria y secundaria. En 1940, mientras seguía en reclusión, su madre murió por una afección cardiaca. Ya era un niño acostumbrado al dolor, pero nunca se está preparado para un golpe de ese tamaño. Por otro lado, en la Correccional conoció al doctor Gilberto Bolaños Cacho, quien vio en Héctor algo más, así que ayudó a conseguirle una beca para que estudiara en el Instituto Politécnico Nacional, además de que le regaló su primera cámara fotográfica. Cuando cumplió dieciocho años, Héctor salió libre y fue a estudiar al Instituto. En ese entonces se creó la Confederación de Estudiantes Técnicos y Héctor formó parte de la comisión editora de periódicos murales. Hizo fotografías de marchas, mítines y demás actividades estudiantiles. Ahí se introdujo en el quehacer fotográfico.

En 1942 decidió irse a Estados Unidos para hacer dinero y continuar los estudios. Trabajó en el mantenimiento de las vías del ferrocarril. El trabajo era maratónico pues justo en ese momento el curso de la Segunda Guerra Mundial demandaba constante traslado de pertrechos y soldados listos para la batalla hacia el Atlántico, y prisioneros alemanes y solados heridos en la dirección contraria. Había que cambiar durmientes y levantar rieles durante diez o doce horas diarias. A lo largo de las vías, los trabajadores colocaban cohetes que les servían de alarma ante la proximidad de un tren. Un día que nevaba alguno falló y cuando escucharon el tronar de los cohetes era porque el tren ya estaba muy cerca. Apenas tuvieron tiempo para quitar las herramientas de las vías y pegarse lo más posible al terraplén. Al levantarse descubrieron los restos de un compañero esparcidos sobre la nieve. Héctor, que ya llevaba la cámara como fiel compañera, aquella que le regalara su tutor Bolaños Cacho, tomó fotos y las mandó a revelar. Su decepción fue mayor cuando vio el resultado: las fotografías salieron sobreexpuestas por la refracción de la nieve. Sólo blanco había en las imágenes. Fue en Estados Unidos donde hizo sus primeros cursos de fotografía.

A su regreso a México de nuevo el doctor Bolaños Cacho le ayudó. Esta ocasión lo mandó con Edmundo Valadés, quien por entonces dirigía la revista Celuloide. Héctor se dedicó a actividades de limpieza y mantenimiento pero Valadés se dio cuenta de que aquel joven tenía aptitudes para la fotografía, así que lo envió a la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, donde Héctor aprendió de Manuel Álvarez Bravo y Gabriel Figueroa cómo hacer fotografía, y de Salvador Novo y Xavier Villaurrutia los pormenores en cuanto a drama.

Héctor García ya no dejaría ese camino. Se convertiría en uno de los fotógrafos de prensa más aguerridos de su época. Siempre fotografiando la calle, que era su medio natural. Y retratando, como pocos, a la gente con la que compartía sus orígenes. Ahí está la señora que al descubrir la cámara adopta una postura entre burlona y retadora; o el niño que responde a la lente pintando unos huevos pero con una expresión de divertimento; el borracho que parece hablar con un ser invisible, mientras está parado a mitad de la calle y en medio de una inundación; el retrato de un zapatista cuyo rostro está surcado por arrugas y que lleva una canana sin cartuchos; la mirada triste y cansada de una mujer que con el brazo derecho rodea a su hija y con el izquierdo carga a un perrito; o la terrible y bella foto de un niño descalzo, con los pantalones rotos y sucios, en posición fetal, que duerme enclavado en un nicho de un muro. Imagen que André Malraux titularía El niño en el vientre de concreto. A Héctor no le oponían resistencia quienes retrataba, ni le rehuían, porque lo reconocían como un habitante de la calle, como uno de ellos. Y Héctor se veía en ellos. Cada fotografía que hizo sobre los personajes de la calle era un reflejo de sí mismo.

Héctor García ya no dejaría ese camino. Se convertiría en uno de los fotógrafos de prensa más aguerridos de su época.

Con su cámara también se puso del lado de las manifestaciones sociales. Acompañó a los ferrocarrileros encabezados por Demetrio Vallejo; capturó las imágenes de militares golpeando con las cachas de sus armas a un maestro durante una protesta magisterial. Entonces, era 1959, el periódico en el que trabajaba, Excélsior, se negó a publicar las fotos, por lo que fundó una revista llamada Ojo, una revista que ve, para dar a conocer esos trabajos. La revista pronto fue censurada. Más tarde, en 1968, tomaría imágenes de otros soldados, esta vez dispersando una de las manifestaciones de estudiantes en el Zócalo.

Conoció a David Alfaro Siqueiros y a los demás muralistas por medio de Álvarez Bravo, a quien acompañaba cuando el maestro retrataba los murales de aquellos. Se volvieron amigos y fue Siqueiros quien alguna ocasión le habló más sobre su padre, a quien había conocido durante la época de la Revolución. Fue por esa relación tan cercana que durante una visita que le hizo cuando estaba encarcelado en Lecumberri, logró la famosa fotografía del pintor detrás de unas barras, pasando su brazo izquierdo a través de ellas.

En Lecumberri conoció también a José Ramón Mercader del Río, que pugnaba una sentencia de veinte años por haber clavado un piolet en la cabeza de León Trotsky. Le tomó fotografías para la revista Life cuando cumplió su condena y estaba por ser liberado, en 1976. También logró hacer cientos de fotografías de los reclusos en esa prisión, sobre sus precarias condiciones de vida en el encierro.

Alguna vez lo mandaron a cubrir un desfile de modas. Llegó al lugar donde se efectuaría, en la Zona Rosa, y en cuanto pudo se acostó en un sillón y se dedicó a dormir, ante el azoro de los presentes. O retrató a las mujeres de la alta sociedad mientras destazaban con las manos la comida que se llevaban a la boca, y después cuando tomaban el pan y aquello que hubiera sobrado para esconderlo en sus bolsas.

La cámara fotográfica era para Héctor el salvoconducto que le permitía ejercer la profesión que llevaba en la sangre, ser un pata de perro, apodo que le puso su madre y que él llevaría con orgullo toda su vida. Esa profesión lo llevó a vivir algunos meses en París, junto a quien ya era su esposa, la también fotógrafa María García. Recorrieron tierras europeas, haciendo reportajes para medios nacionales, al igual que para la revista Life. Sin embargo, no podía estar mucho tiempo lejos de su país.

Regresaron a México y la labor no bajó. Su vida estuvo dedicada de lleno a la fotografía. En 1950, Héctor fundó la agencia Foto Press, cuyo archivo crecía día con día. A lo largo de los años entre ambos juntaron miles de negativos. Tantos que desbordaron sus capacidades para darles el cuidado adecuado. Con ayuda de sus ahorros y no pocas penalidades, lograron crear una fundación que se dedica a catalogar y preservar el material. Las tareas se las dividieron: María llevaba más bien la administración de ese gran archivo y Héctor se dedicaba a atiborrarlo con rollos por revelar.

Ya con ochenta años de edad, y aun cuando fue necesario ayudarse de un bastón o una silla de ruedas, Héctor García se daba sus escapadas para ver el fluir de la vida, para recorrer una vez más esas calles que llegó a conocer como la palma de su mano, para escuchar reír a los niños y el hablar de la gente. Siempre con su cámara en mano, atento al instante decisivo que quería Cartier-Bresson.

La vida le puso una prueba difícil a sus ochenta y dos años. Una caída le dejó fracturada la cadera. Tuvo que permanecer un buen tiempo en reposo. Hacia el final de su vida se sentía otra vez atado a una cama. Nada hubo peor para él que estar en un solo sitio sin poder moverse. Con ayuda de su familia y amigos logró sobreponerse. Ya le fue imposible separarse de su silla de ruedas pero aún así seguía recorriendo los barrios de su infancia.

Héctor García se daba sus escapadas para ver el fluir de la vida.

Una ocasión así regresó a La Candelaria de los Patos. Iba a recorrer la calle de su infancia, Juan de la Granja, transformada ya por la construcción de unidades habitacionales, porque se filmaba un documental sobre su vida. Con voz débil pero todavía decidida saludaba a su gente: Quihubo, ñeros. En una hielera llevaban provisiones para el día. La cámara y tanto ajetreo llamaron la atención de la gente, en especial de niños y niñas que deambulaban, sobre todo, alrededor de esa hielera. El equipo de filmación estaba atento a que no les fueran a dar baje con las viandas. Ninguna precaución fue suficiente. Cuando se dieron cuenta, ya varias cosas habían desaparecido. Así es el barrio, pensó Héctor. Lejos de enojarse, comprendió que algún pato lo habría hecho, como él cuando también era un pato de La Candelaria y tenía que llevar algo de comida a casa.

Después de tanto vagar, de miles de fotografías que capturó su ojo, una insuficiencia respiratoria se llevó la vida de Héctor García el 2 de junio de 2012. Nunca dejó de ser ese niño que gustaba de andar de pata de perro, porque desde siempre la calle lo llamó. Vivió la ciudad como pocos. Conoció sus recovecos más luminosos y también los más lúgubres. Se identificaba y entendía con la gente de las colonias más pobres y se codeaba con los más encumbrados de su tiempo. Y entre ambos mundos no hacía distinción en el trato. Frente a su cámara pasaron los personajes y los hechos que definieron la vida en el México del Siglo XX.

 

Imagen de portada: Strato/35 by Garret Voight. Flickr-[CC BY-NC 2.0]


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