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¿Qué historias quiere contar el cine mexicano?

28 Jul, 2016 Etiquetas: , ,

¿Cuál es el papel que tiene el cine mexicano en el contexto actual? La respuesta implica reflexionar, considerar distintos aspectos, recuperar ideas de personas del ámbito cinematográfico. Por eso, volvemos a estas palabras, pronunciadas por Francisco Vargas [El violín, 2005] durante el Primer Encuentro Iberoamericano de Escritores Cinematográficos, quien puso sobre la mesa la pregunta: ¿Cuáles son las historias que debemos, que urge contar?

TEXTO: FRANCISCO VARGAS

Cuando supe que en esta mesa se hablaría de las historias que contamos, que queremos contar, que necesitamos contar y, sobre todo con mucho énfasis—, que urge contar; también del papel del escritor de cine en la cultura iberoamericana, de inmediato se me vino a la mente pensar que nuestras cinematografías, aunque con poca producción, son ricas y muy interesantes. Pensé en el nuevo realismo social de nuestro cine, el llamado neorrealismo, hiperrealismo posmoderno del cine latinoamericano, tantos nombres que le han puesto. Pensaba en cómo hoy en nuestras cinematografías algunos experimentan al incorporar el lenguaje documental en la ficción y juegan con sus límites en las diferentes tendencias que hay: sea utilizando fórmulas tradicionales, ortodoxas y estilizadas, o trabajando no con actores en escenarios o locaciones reales, yendo hacía búsquedas narrativas más arriesgadas. También pensé en cómo mucho del mejor cine que se genera en latinoamérica está referenciado a realidades sociales complejas, explosivas y violentas que viven y han vivido en nuestros países; de cómo el cine de nuestras regiones se torna interesante porque se pregunta cómo narrar esas realidades y también se pregunta cómo articular lo local con lo global en términos de historias, géneros, estilos; o cómo dar cuenta de y responder a los rápidos cambios de los imaginarios colectivos en tiempos en donde el consumo cultural se carga vertiginosamente de nuevos sentidos en la hoy llamada cultura tecnológica.

Me parece pertinente, y muy necesario, reflexionar sobre qué tipo de historias queremos contar; sin embargo, creo que esa reflexión debe partir de reconocer que las cinematografías regionales de nuestra querida América Latina están en medio de una batalla; batalla hasta hoy totalmente perdida. Y no sólo en latinoamérica e iberoamérica, sino en muchas otras partes del mundo. ¿Y por qué digo perdida? Si partimos del entendido de que el cine se hace para que lo vea la gente, los públicos; hoy, casi todo nuestro cine, salvo excepciones, es marginal, lo ve poca gente o muy poca gente, acaso una élite. No recupera económicamente, no genera un círculo virtuoso de producción, no tenemos circuitos alternativos de distribución, la televisión hace poco por mostrarlo, y un larguísimo etcétera, etcétera, etcétera. Lo que no permite que se desarrolle en términos estéticos, estilísticos o económicos y lo pone en una situación cada vez más de real supervivencia. Ante el cine dominante de Hollywood y sus aplanadores sistemas de distribución y exhibición nuestras posibilidades de competir por los públicos son muy pocas.

Ese cine que se estrena en México con 700, 800, mil, mil 200 copias que estrena sus blockbusters bajo formas y estéticas en apariencia inofensivas resulta ser brutalmente homogeneizante y destruye y pisotea culturas enteras, anulando y reduciendo en el espectador la posibilidad de una conciencia crítica de su realidad. Todas esas cosas que, bueno ya todos sabemos, se repiten constantemente.

Por múltiples razones ese cine es justamente el preferido por las audiencias; nos guste o no es así. La gente en México desde donde lo veo ve poco cine mexicano, ve poco cine iberoaméricano, y pasa lo mismo en casi todos nuestros países. Me decía el programador para México y Centroamérica de una importante cadena exhibidora: a la gente no le gusta el cine latinoamericano, ese cine no viaja, no deja; a mí me gusta, decía, busco incluirlo, pero la gente responde poco cuando lo programo, y porque le conozco sé que es genuino su gusto por nuestro cine. Claro, después habrá que ver cómo se programa y cómo lo acompañan estos distribuidores y estos exhibidores, pero eso es otra historia. Y entonces viene la pregunta: ¿qué podemos hacer para cambiar esta situación? Y antes de la respuesta, que yo no tengo, se mete de inmediato la inevitable contrapregunta: ¿realmente, de quienes hacemos cine, queremos hacer algo? Porque es claro, aquí hablo de México, que tanto a los políticos, los burócratas y al Estado mismo, así como los que venden, distribuyen, exhiben el cine, les importa un comino impulsar de fondo y desarrollar realmente una cinematografía propia.

Entonces, a los cineastas digo, o algunos de ellos: ¿realmente queremos hacer algo? Algunos alzamos la mano y decimos que sí. El problema es que no sabemos cómo. Es complicado. Obvio es que si se legislara en favor de nuestras cinematografías, ponderando el bien común en vez del interés de unos cuantos y se hicieran tantas cosas, la cosa sería diferente, pero no sucede, y como ese es tema de otra mesa —y tampoco lo es de esta mesa las nuevas formas en que se lee, ve lo audiovisual del consumo cultural de nuestras sociedades actuales—, entonces me concentro ahora sólo en el lado de los hacedores de cine.

A los cineastas digo, o algunos de ellos: ¿realmente queremos hacer algo?

Me vuelvo a preguntar: ¿será que desde la creación de las historias, desde los guiones mismos, podría pensarse en revertir el alejamiento del público a nuestro cine? Claro que el principal problema, yo lo creo así, no es la creatividad, no es la falta de historias, no es la calidad sí hay que mejorar en tantas y tantas cosas en ese sentido, pero no es un asunto de sólo la calidad, una parte del problema es hacia dónde van nuestras historias. Tal vez lo que nos hace perder el rumbo obvio es en una primera fase, desde el guion, cuando inicia el proceso es cómo calibramos y hacia a dónde apuntamos la brújula creativa, y luego viene todo el aparato que se encarga de aplastar nuestro cine. No es una responsabilidad de los guionistas o de las historias solamente.

Aunque el 99% de aquí seguramente se reirá y no lo crea, yo he podido escuchar que a mucha gente lo único que le importa es hacer dinero con las películas. Está bien hacer dinero, pero yo creo que el cine también sirve de algo más. Otros, gente que está haciendo o quiere hacer cine muchos alumnos míos sus sueños es poder hacer algo tan exitoso como el cine de Hollywood, para ser reconocidos y aspirar a un lugar en este nuevo Olimpo llamado star system, para tener fama, dinero, prestigio, tantas cosas que hay ahí; trascender, pues, conforme a lo que hoy se entiende como ser exitoso en una sociedad capitalista y mediatizada. Pocos hablan de la necesidad de un cine comprometido, un cine que rescate las identidades o que defienda los derechos sociales, un cine que dé voz, un cine que proponga algo y que se arriesgue; y el que habla de un cine político, un cine liberador, de plano está loco o es un marginal. Entonces grandes porciones de gente que hace cine cree que para lograr y garantizar el éxito hay que hacer un cine más parecido al cine gringo y eso nos pierde en el rumbo, porque se tratan de imitar fórmulas que no podríamos copiar jamás porque simple y sencillamente no son parte de nuestra realidad, o con 75 centavos tratamos de hacer películas de 100 pesos, y así quedan y eso nos pierde el rumbo. Y nuestro cine deambula buscando, y no, sus propias maneras y cada cierto tiempo escuchamos que ahora sí ha renacido, en México es muy común, el nuevo cine mexicano. Desde que yo iba en la preparatoria he escuchado muchas veces eso y no he tenido la fortuna de poder verlo. No sucede. Y a veces pareciera que así como pasó con el boom de la literatura latinoamericana podría generarse algo desde nuestro cine, pero no. Los tiempos y las condiciones son otras y, mientras, en lugar de regresar la gente a ver nuestro cine se aleja.

Estamos ya tan llenos de tanta mierda mediática como para todavía dejar que nuestro cine siga ese camino.

Estamos ante a una batalla casi perdida, pero no me cabe la menor duda que debemos darla. A mí no me interesa hacer cine marginal, hacer cine o arte por el arte; el arte tiene una función social. ¿Debemos competir? Sí, pero de otra manera, porque al competir usando las mismas fórmulas, los mismos recursos narrativos, buscando asemejar géneros, ritmos, recursos visuales, recursos estilísticos; ahí, al intentar asemejar, copiar, reproducir, de esa manera perdemos, vamos a la ruina, vamos a la desventura, a la calamidad. Bien nos vendría mejor buscar  lo que somos con historias honestas, universales. ¿Hay que pensar en la gente, en el público al escribir historias, en la realidad social? Si bien es cierto que hoy los grandes públicos prefieren el cine hollywoodense, el cine dominante, también es cierto que esos públicos están ávidos de otras opciones, sobran ejemplos que lo demuestran. Pueden muy bien coexistir y cohabitar las dos cosas, pero al crear esas historias no habría que creer la falacia de que para ser entretenido tiene que ser vacío, tiene que ser banal. La oposición cultural contra comercial es una de las cosas que sobre todo la televisión se ha encargado de establecer en las últimas décadas, ha hecho separaciones tajantes entre alta cultura y cultura popular, entre vanguardia y kitsch, entre conocimiento e ignorancia, entre razón e imaginación, entre espacio de ocio y de trabajo, entre realidad y ficción, entre conciencia social y politización. Desde el momento en que se piense que para ser comercial y vender, una historia debe estar vacía y banal, otra vez ya perdimos. Ya lo dijo Brecht, el arte cuando es bueno, es siempre entretenido. Forma y fondo son inseparables. Toda práctica artística es política; por lo tanto, o reproduce el status quo y fomenta los mecanismos dominantes o se constituye como una opción liberadora y contrahegemónica. Y la gente que escribe historias debería estar conciente de esto. Estamos ya tan llenos de tanta mierda mediática como para todavía dejar que nuestro cine siga ese camino, pero tampoco podemos permitir que se quede en lo marginal, hay que hacer que llegue a la gente, hay que hacer que llegue a los grandes públicos. Un cine que busque asemejarse al cine dominante, hoy no nos sirve. Un cine que busque el arte por el arte; lo estético como un fin en sí mismo, desde mi punto de vista, hoy está muy bien que exista, pero tampoco nos sirve; además de que, yo personalmente, no puedo concebir una película que esté desligada de los procesos sociales, aunque se quiera, no se puede. El cine que busca y propone algo más que vender palomitas no es comercial, lo llaman cine de arte, y el cine para ser comercial no tiene que hacer pensar, eso dicen. Sin embargo al final, mientras se venda, a los distribuidores y exhibidores, a muchos productores no les interesa si son películas de arte o traen un rollo político, les interesa que se venda. Entonces, ¿cómo hacer para crear historias, películas, que se vendan? Está fácil, ¿no? Mientras las condiciones actuales de producción y distribución de nuestro cine no cambien, creo que no tendremos una posibilidad real de competir contra ese cine hegemónico, a menos que contemos historias que nos reflejen, que nos retraten, historias bien estructuradas dramaturgicamente, técnicamente bien narradas, sencillas, baratas, que nos dejen algo, historias que toquen fibras, diviertan, que alienten la imaginación. Una parte del cine latinoamericano ha venido contando los desencantos políticos, las contradicciones de clase, los conflictos urbanos, la corrupción, el narcotráfico, la violencia, el poder político y sus miserias, la desigualdad social y en muchos de esos casos la gente ha vuelto a ver nuestro cine, pero esa es una parte solamente, no tiene que ser el todo de nuestro cine. Pienso que como público sí queremos, sí nos gusta y sí necesitamos vernos en la pantalla, vernos como somos, pero no vernos en historias de panfleto barato o en las que hacen una porno miseria estilizada de nuestra realidad, sino en aquellas que buscan ser una mirada auténtica, compleja, conmovedora, que rescate nuestras identidades y nos represente como somos, con historias que a partir de lo local busquen lo universal. Las películas latinoamericanas que más recordamos son las que han hecho eso.

¿Cuáles son las historias que debemos, que urge contar?  Yo no lo sé. Y como no lo sé, entonces como individuo y como cineasta me es inevitable pensar que cuando tengo la posibilidad de manifestarme mediante alguna creación, esa posibilidad se convierte  de inmediato en una oportunidad, luego en un privilegio y finalmente, en una responsabilidad, sobre todo porque estamos en momentos en donde la gran mayoría no tiene las mismas oportunidades de expresión. Por eso ante la posibilidad, oportunidad, privilegio, responsabilidad, de hacer una película: sí, como artista hay que expresarse, sí, pero a la vez hay que tratar de abrir espacios para lo que no los tienen, o se les niegan. Tengo la ilusión de poder contribuir a formar una conciencia más amplia y tolerante que puede ensancharnos como seres humanos.

El cine nos divierte y entretiene, nos ayuda a enriquecer el espíritu y el alma, pero sobre todo en estos tiempos nos puede permitir poner el dedo sobre tantas cosas que están de cabeza en este mundo.

No todas las historias merecen ser contadas. Hay tantas películas en el planeta, que una más, sinceramente, no hace falta. Pero qué necesidad tenemos de aquellas que cuentan eso con lo que no estamos de acuerdo, eso que nos duele, eso que nos parece injusto, aquello que no entendemos, aquello que creemos que hace falta. Hay que sacar la cámara a la calle para encontrar eso que necesita ser mostrado, el drama social, pero también eso que nos hace soñar, eso que nos hace emocionarnos, eso que nos hace reír, eso que nos hace vivir. El cine nos divierte y entretiene, nos ayuda a enriquecer el espíritu y el alma, pero sobre todo en estos tiempos nos puede permitir poner el dedo sobre tantas cosas que están de cabeza en este mundo. Eso lo podemos hacer contando historias. Lo que amamos del cine es la magia, los universos a los que nos puede llevar. A todos nos gusta que nos cuenten buenas historias, no malas historias. No siempre sucede, pero soñar con que cada película pueda ser un momento memorable en  nuestras vidas, sería bueno. Si la gente no siente que no tiró su dinero al pagar un boleto y siente que no perdió su tiempo, creo que como escritores podríamos darnos por bien servidos.  

 

En el Primer Encuentro Iberoamericano de Escritores Cinematográficos evento organizado por El Garfio y que se llevó a cabo del 6 al 9 de julio de 2011 en el Centro Cultural Tlatelolco de la UNAM, también participaron Ernesto McCausland de Colombia, Senel Paz de Cuba, Marcela Fuentes Berain e Ignacio Ortiz, los dos de México. El objetivo fue: reflexionar sobre el tipo de historias que se cuentan en el cine de Iberoamérica en términos de género, temas, contenidos y estilos, entre otros. Reproducimos la participación de Francisco Vargas con su autorización.

 

Imagen de portada: Renoir Cuatro Caminos. Proyector. By Angel Manuel Fernández. Flickr-[CC BY 2.0]


Francisco Vargas
Francisco Vargas
Estudió teatro en el Instituto Nacional de Bellas Artes, ciencias de la comunicación en la Universidad Autónoma Metropolitana y dramaturgia en el taller de Hugo Argüelles. Ingresó al Centro de Capacitación Cinematográfica [CCC] en 1995, especializándose en realización y cinematografía. Entre sus diversos trabajos de ficción y documental, ha destacado su ópera prima titulada El violín, la cual fue estrenada dentro de la Selección Oficial del Festival de Cannes en Un Certain Regard, obteniendo el Premio al Mejor Actor. Posteriormente, El violín obtuvo 55 premios en los más importantes festivales de cine del mundo. Ha sido invitado a la Cinéresidence del Festival de Cannes para desarrollar su siguiente largo de ficción titulado Aquí no pasa nada, el cual se encuentra en preparación. Ha participado como jurado en diversos festivales de cine nacionales e internacionales y con su compañía Cámara Carnal Films ha producido diversos cortometrajes y documentales para otros directores.




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