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El hombre de la sed infinita

23 Nov, 2017 Etiquetas: , ,

Nuestra rutina de pronto puede verse interrumpida por personajes que saltan ante nuestros ojos y nos llevan a conocer de qué dimensión es la soledad. Tal como ocurrió a Gerardo Castillo, autor de este relato para #CanCerbero.

TEXTO: GERARDO CASTILLO

Después de la jornada laboral en una oficina igual a cualquier oficina de Polanco, procuro dejar pasar la hora pico del transporte leyendo, recargado en la barda de un estacionamiento público. La tarde se va con su gente mientras yo me ausento en la lectura.

Alcanzo a ver un movimiento a mi derecha, algo, o alguien dobló la esquina. Distingo que se dirige hacia mí, dejo el libro y alzo la mirada. Trae un abrigo café claro, muy sucio, sus cabellos son negros, chinos y encrespados. Mete la mano en el bote de basura instalado en el poste; no saca nada.

Trato de reiniciar la lectura pero vuelvo a mirarlo, voltea hacia mí y nuestros ojos se encuentran. Me ve, pero su mirada es lejana, como si sus ojos estuvieran del otro lado de una tormenta o estuvieran descendiendo dulcemente en el agua. Se acerca.

—¿Nough..tamm.. agga?

—¿Perdón? —lo exploro rápidamente y noto que no sólo tiene mugre, también tiene sangre seca en la boca y la nariz. Su pómulo izquierdo está ligeramente hinchado.

—¿Tieenees aghuaa?

—Híjole, no carnal, no tengo.

—Alghoo de toom…arr. Tengho… —hace el esfuerzo por pronunciar la siguiente palabra. La pausa es angustiante— …sseheedd.

Ya no me mira. Sus ojos se pasean sin rumbo, parpadea, frunce los labios.

—No tengo agua, pero, creo que no deberías tomarla. Puede hacerte daño.

Piensa en lo que le dije. Su rostro está frente a una escena de su pasado que se dibuja nuevamente y se va sorprendiendo del hallazgo de su recuerdo.

—Sí… dueheele… duelee muucho —vuelve a bajar la mirada, gira su cuerpo hacia mí—. Unha veehz… tuve muucha seehed —la pausa crece entre sus dientes como una enredadera negra, lenta y pegajosa—. Unnha señoraa me dio aguhaa. Me dio aguaa de sandía… ¡y me dolió! —sus manos se encrespan, las lleva hacia su estómago—. ¡Me dolió muhuucho! Me caí… casi me mueheero. No me moríi… no me morí.

De pronto sus ojos vuelven a salir a flote, se encuentran con los míos y parece que me viera por primera vez, o descubriera que estoy ahí, como surgido de la nada, del polvo.

—Dahame aguahaa —vuelve a decir.

—No puedo. No tengo. Antes debes comer algo. Come algo primero y luego intentas tomar agua. Si no, te puede hacer daño.

Me escucha y no me escucha, camina hacia otro lado, hacia el bote de basura en el poste y luego vuelve. Sus pasos son cortos, lentos. Yo sigo recargado en la barda, su cara está muy cerca de la mía. Veo la sangre seca que tiene en el rostro.

—¿Qué te pasó? —le pregunto—. ¿Por qué tienes sangre? ¿Te caíste?

Con las yemas de su mano derecha toca apenas su cara.

—Mehe pegahaaron… unos policías… No les gustó donde estahaba dormido…   estahaba afuera de un mercado… y no les gustó dónde estahba… y me pegharon… unos policías.

Mete su mano derecha a la parte interior de su abrigo y saca una botella de plástico con aguardiente. No sonríe al mirar la botella, sólo la mira con una resignación infantil mientras gira lentamente la taparosca. Extiende hacia mí la botella. El olor golpea fuerte. Con la mano le agradezco e insinúo que beba. Le da un trago largo y limpia la boquilla con su palma izquierda que tiene mugre de siglos. Trata de enroscar la tapa nuevamente. Sus dedos se mueven lentos pero dominan la rutina. De pronto la tapa escapa y va a dar al suelo. Él parece percatarse de eso cuando la tapa ya rodó unos pasos lejos de sus pies.

Me separo por fin de la barda, voy por la taparosca y la pongo en su mano que tiembla ligeramente. Agradece bajando y subiendo discretamente la barbilla. Después de que guarda la botella en su abrigo hace un silencio largo. Mira hacia la calle, voltea lentamente hacia otro lado, me mira desde un lugar lejano.

—¿Ddddondde estammmos?

Me desconcierta un poco la pregunta, no sé si se refiera a la colonia, a la calle o al rumbo.

—¿Cómo? ¿En qué calle, en qué ciudad? —pregunto mientras pienso en lo atinada que podrá resultar mi respuesta—. Estamos en la ciudad de México —cuando lo digo, su rostro se cubre de una turbia extrañeza.

—¿Méjjico?… Mé ji      co… Méjico —Parece buscar ese nombre entre su memoria, intuir que significa algo, algo que él conoce pero que no puede precisar.

—¿Tú de dónde eres?

—Vivo en… Comal…calco.

—¿En Tabasco? ¿Y cómo llegaste hasta aquí, a México?

Frunce el ceño, sus labios hacen un puchero extraño. Sé que hice la pregunta incorrecta.

—¡Mi hermaano me corrioooo! ¡Dijjjo que noservía para naadaaa! ¡Quera un estoorboo! ¡Dijjo que no servía por borrrachooo!… mihermano me corrió… Dijo questaba enferrmo.

Me doy cuenta de que está en el mundo sin importar de qué maldita ciudad se trate.

Silencio. Ahora soy yo el que baja la mirada. Me doy cuenta de que está en el mundo sin importar de qué maldita ciudad se trate. Él sólo recuerda de dónde salió, de dónde fue expulsado, cómo se llama el hogar lejano, lejano en la historia mas no en la distancia que al fin de cuentas no importa. Para él importa el dolor de no estar ahí.

—¿Dóonde puedo dormiiir? Estoy cansaado.

Al oírlo salgo un poco del pasmo y después de pensar unos segundos le indico: más adelante hay un camellón grande donde puedes descansar tranquilo. Lo veo alejarse, lento. Se hunde en su abrigo como en un caparazón. Su soledad es inmensa, nos abarca a todos. Su soledad es esta ciudad interminable.

 

Imagen de portada: Homeless man 2 Newer ROUGH by Gordon Tarpley. Flickr-[CC BY-NC 2.0]


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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres.

Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar





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