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House of Cards, reivindicación del Olimpo negado

16 Mar, 2016 Etiquetas: , ,
Ésta no es solo una historia de intrigas en la Casa Blanca, antes
que nada es la historia de un matrimonio. El magnetismo de los
Underwood es tan grande que opaca todo por muy perfecto que sea.
TEXTO: FERNANDO RODRÍGUEZ

Como ocurre con toda creación subjetiva, el Olimpo seriéfilo suele ser injusto. En ese trono que los televidentes hemos contribuido a construir hay asientos incuestionables: The Wire, Los Soprano, Six Feet Under, Breaking Bad, pero la velocidad creciente con la que se desarrolla la época de oro de la teleserialidad nos ha hecho buscar nuevos mitos, encumbrar imposturas y forzar leyendas. Así, no dudamos en darle un lugar a True Detective solo con ver su primera temporada, y nos negamos a quitárselo pese al desastre que vino en la segunda.

La televisión nos ha vuelto impacientes. Soñamos con encontrar pronto a los sustitutos de las historias que hemos admirado y padecido, y con frecuencia creemos verlas en tramas aún incipientes. Esta exigencia nos condena como espectadores, pero también condena a las historias, incapaces de desarrollarse pero ya obligadas a llenar un canon que, cuando no se consigue, actúa como una sombra.

Algo similar ocurre con los personajes. Si las series deben ser juzgadas en su totalidad [no para criticarlas, que para eso cualquier momento es bueno, sino para encumbrarlas o excluirlas definitivamente del Olimpo], el arco dramático de cualquier protagonista o secundario también merece evolucionar más allá de las primeras líneas.

Durante cuatro temporadas, House of Cards ha luchado contra el estigma –vaya contradicción– de algo que no es: una de las mejores series de la actualidad. Seamos sinceros, la historia de los Underwood difícilmente podría entrar en la lista de la perfección seriéfila de los últimos cinco años. Sin embargo, ahí hemos estado, exigiendo que cumpla con unas expectativas que a estas alturas claramente no va a llenar, que justifique ese trono que se le adjudicó, a la espera de que pudiera argumentarlo.

En esta exigencia totalitaria es en donde opera la mayor injusticia. Porque si House of Cards no ha logrado un sitio junto a Breaking Bad y Mad Men, Frank y Claire Underwood sí han conseguido el suyo propio junto a Walter White y Don Draper, y esto se lo hemos escatimado.

No es una contradicción. Las series, y en general cualquier creación artística, difícilmente son totales. Una novela puede tener un gran dominio narrativo, pero un desarrollo pobre de personajes. Lo mismo pasa con las series. Guiones perfectos con malos actores, premisas absurdas pero bien escritas, temporadas pésimas que entregan los mejores capítulos de toda la serie [¿alguien más se acordó de Game of Thrones «Hardhome»?].

Inmersos en un contexto en donde el poder lo inunda todo, House of Cards padece al marcar la línea entre la historia política y la del matrimonio. El realismo es su mayor enemigo. La serie hace aguas cada que surge una nueva trama política que no encuentre asidero en los Underwood.

En esta línea, House of Cards tiene grandes protagónicos, pero muchos desaciertos. El más grave ha sido esforzarse por explotar una veta equivocada. Ahondar en el drama político sirve para llenar las sinopsis de las revistas, pero la fortaleza de la serie no está ahí. Esta no es una historia de intrigas en la Casa Blanca, antes que nada es la historia de un matrimonio. La Sala Oval, el pleno del Congreso y los hoteles de Washington son solo el telón de fondo de lo que el propio creador de la serie, Beau Willimon, ha descrito como «la historia de un matrimonio exitoso».

La declaración de Willimon, en una entrevista a The Telegraph en 2014, hace más difícil entender el afán de la serie por traicionarse a sí misma. House of Cards funciona en tanto que exhibe la lucha de poder en la relación de pareja y hacia el exterior, el reflejo del matrimonio como trinchera en la búsqueda del éxito, a la vez que frente de batalla por la reafirmación de la ambición personal. No por nada las escenas entre Claire y Frank son las más pulidas, y sus diálogos, o la ausencia de ellos [ese desayuno casi al final de la cuarta temporada], los más elocuentes.

Inmersos en un contexto en donde el poder lo inunda todo, House of Cards padece al marcar la línea entre la historia política y la del matrimonio. El realismo es su mayor enemigo. La serie hace aguas cada que surge una nueva trama política que no encuentre asidero en los Underwood. El conflicto con China, las tensiones con Rusia, la reforma educativa, son confusos porque intentan ir por la libre. Pero cuando la serie deja de engañarse es cuando el realismo alcanza sus mejores momentos. La trama del grupo extremista ICO, clara alusión a ISIS, es perfecta porque no actúa sobre sí misma, sino que se convierte en comodín, chaleco salvavidas para una pareja que no se detendrá ante nada, y que no tiene pudor en aceptarlo.

Claire Underwood, uno de los mejores personajes femeninos actuales, fue más lady Macbeth que Macbeth por tres temporadas. Sus ambiciones siempre estuvieron relegadas a las de su marido, no solo en prioridad, sino en alcance.

En House of Cards, los protagónicos lo son todo. El empeño no es obvio y en cambio es arriesgado en una época en la que cualquier personaje puede ser asesinado sin contemplaciones y en donde los secundarios pueden sostener una serie. Por momentos la apuesta ha funcionado: el magnetismo de los Underwood es tan grande que opaca todo por muy perfecto que sea, desde al putiniano presidente ruso interpretado por Lars Mikkelsen, a la fantástica Ellen Burstyn como madre de Claire y al increíble Doug Stamper, quien tiene junto al personaje de Rachel unas de las elipsis más brutales de cualquier serie.  

House of Cards Fotograma

Claire y Frank Underwood. Fotograma.

Pese a esto, House of Cards también le había quedado a deber a sus protagónicos. Claire Underwood, uno de los mejores personajes femeninos actuales, fue más lady Macbeth que Macbeth por tres temporadas. Sus ambiciones siempre estuvieron relegadas a las de su marido, no solo en prioridad, sino en alcance. En la colección de muertes y sumisiones de Frank Underwood, sabíamos que ella era el único faltante, pero no lo sentíamos. Como coraza vacía, Claire no tenía un sustento argumental que reforzara aquella frase de la tercera temporada: «Nunca debí de hacerte presidente».

Ante este fallo, la reivindicación tenía que ser total. La cuarta temporada no solo es perfecta porque reconstruye a Claire como rival de Frank, más que como mera acompañante, sino que le da el control absoluto a Robin Wright [quien dirige cuatro episodios, a mi parecer los mejores] para desarrollar la transformación de su personaje.

El arco dramático acelerado que emprende Claire tiene su culminación en un momento terrible, la escena en la que, junto a su esposo, rompe la cuarta pared al cierre de la temporada. Ahí, cuando los dos ven a la cámara, ya no solo Frank, también Claire, cuando nos hacen testigos más que cómplices de su corrupción humana, ahí es cuando nos están diciendo: «esos tronos en el Olimpo tienen nuestros nombres».

Imagen de portada: Washington DC by BKL-Flickr-(CC BY-NC 2.0).


Fernando Rodríguez
Fernando Rodríguez
Periodista. Fue editor en @ExpansionMX. Actualmente trabaja en Foro global, de Foro TV. En Twitter lo encuentran como: @fe____r.




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