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Iron Maiden: las almas que nunca caerán

05 Mar, 2016 Etiquetas: , ,

Como una ola gigante e imparable la música de la banda británica Iron Maiden sacudió a todos los que fueron a su segundo concierto en Ciudad de México. A continuación dos crónicas de la marea causada.

TEXTOS: SAMUEL SEGURA Y CÉSAR PALMAFOTOS: FERNANDO ACEVES CORTESÍA OCESA

El libro épico de Iron Maiden
[Texto: Samuel Segura]

Llega un momento del concierto en que sólo se ven cabezas, luces, y entre el sonido, los cuerpos y el sudor uno piensa que falta poco para apagarse. No habían terminado de quitar la manta ni los instrumentos de Anthrax cuando ya la gente gritaba «¡Maiden, Maiden!». Entre aquella marea embravecida de personas observé la hora y por lo menos faltaban veinte minutos para que La Doncella de Hierro se parara frente a nosotros. Era su segunda noche en Ciudad de México. El hombre que hasta ese momento estaba junto a mí, fotógrafo de esta Kaja, expresó lo caliente que la banda que acabábamos de ver había dejado el ambiente. Y sí. Aunque llegamos muy frescos con chela en mano, dispuestos a mirar gran parte del show desde la comodidad de la retaguardia del Palacio de los Deportes, el deseo aventurero de este joven fotorreportero nos hizo movernos hacia adelante. «Tengo que tomarles a huevo una foto a los de Maiden.» Pensé que quizá fue su juventud lo que le hizo expresar dichas palabras sin saber a bien cuán complicado podría resultar eso, o el hecho de que era su primera vez en un concierto de esta naturaleza, pero el caso es que nos fuimos acercando por la orilla izquierda y, conforme se armaron los slam que Anthrax provocó desde su arranque con «Caught in a mosh», como pequeños tsunamis en ese océano de playeras negras, nos adentramos lo más posible hacia la valla. Desde ahí alcanzamos a apreciar mejor la música de Charlie Benante, Frank Bello, Joey Belladona y Scott Ian, la cual desde atrás, a palabras de este joven amante de las fotos, sonaba muy culero: «ya veo por qué le dicen el Palacio de los Rebotes», dijo. Pero una vez que estuvimos más cerca se alcanzaban a escuchar mejor las guitarras y uno ya podía distinguir que sonaron «Antisocial», «Fight ’em’ till you can’t», «N.F.L», algo del nuevo disco For all kings, «Breathing lightning» y, al final, un cierre brutal con «Indians», que movió la marea humana como los huracanes. Fue un set corto pero arrollador con el que dicho joven y yo y los cientos que nos rodeaban pretendimos matear [pues alguna vez tuvimos mata él y yo, pero no más] y hacer un poco de slam.

Anthrax Foto Fernando Aceves 8

Joey Belladona, voz de Anthrax.

Pero las aguas no se detuvieron a pesar de que Anthrax, uno de los bastiones del thrash gabacho, ya se había despedido. Insisto en que todavía el fotógrafo estaba a mi lado y alcancé a decirle: «esto se va a poner cabrón», como cuando sabes que un monstruo inmenso saldrá de los mares que agresivos empiezan a erigirse. Eso ya no se lo dije, pero lo pensé. Afortunadamente la camaradería entre ese montón de apretados que éramos se hizo sentir, y no faltó quien rolara el toque y el vaso de agua que los de seguridad que estaban frente a la valla proveían. «¿Acá no llega el de las chelas?» preguntó alguien. Reímos. Entonces, tras las típicas rolas de fondo antes de cualquier masacre metalera sonó «Doctor doctor». Después todo fue oscuro. Un avión varado en una jungla apareció en las dos pantallas. Entre pictogramas de hombres tribales y maleza que impide el paso de la luz, buscaba despegar. Una mano gigante [¿de algún Eddie gigantesco?] tuvo que lanzarlo al aire como se lanza un avión de papel para que empezara a sonar «If eternity should fail», la rola uno de su disco dieciséis, The book of souls, el pretexto de esta gira. Todas aquellas almas estaban dispuestas a escribir el libro épico de Maiden, sus nuevos dioses, sus dioses de siempre. Detrás del recién discriminado Nicko McBrain había una manta con una pirámide propia de nuestras civilizaciones prehispánicas, y en el escenario había fuego y más jungla. En algún momento toda esa histeria pasó a quietud. Sólo una antorcha iluminaba el recinto, y Bruce Dickinson era la única voz. Sonó entonces «Speed of light», el sencillo de ese reciente disco, del que además tocaron la canción homónima, «Tears of a clown», «Death or Glory» y, de las que más me laten, «The red and the black». Es decir, tocaron casi la mitad de ese álbum. La gente estaba contenta, sin embargo, y las recibió como si fueran ya parte de sus éxitos. Y es que es un buen disco. Cuánto me habría gustado ver un show como éste pero del A matter of life and death, pensé, aunque, y sin ser fan de Maiden, considero que guardan similitudes entre sí a pesar de los diez años que se llevan de distancia. En ambos han explorado una faceta progresiva que espero no abandonen.

Iron Maiden Foto Fernando Aceves 4

Bruce Dickinson, la voz de Iron Maiden.

En fin, que ahí andaba junto al fotógrafo entre pisotones, aplastadas, codazos y arrimones tratando de ver al grupo no sólo en las pantallas. El más visible sin duda era Bruce Dickinson, quien sigue cantando como en los discos y quien posee un carisma al parecer inigualable en este mundo del metal [sin mencionar que él mismo pilotea el avión de la gira]. Pero llega un momento del concierto en que sólo se ven cabezas, luces, y entre el sonido, los cuerpos y el sudor uno piensa que falta poco para apagarse. Sin embargo, y pese al cansancio, creo que ésta era la vez que más disfrutaba de las creo que tres que he visto a Maiden, a Adrian Smith, Janick Gers y Dave Murray, al impecable Steve Harris: las otras los vi desde lejitos. No quiero irme, pero estoy valiendo madres, pensé, y estos dones van y vienen por el escenario tocando como si nada. Finalmente fui vencido tras «The Trooper» [donde se armó, como de costumbre, tremendo desmadre mientras Dickinson ondeaba la bandera británica con Eddie siempre detrás], «Powerslave» y «Death or Glory». Sólo Dios sabía dónde estaba el joven fotógrafo. Para la canción que se llama igual que el disco que estaban promocionando me eché hacia atrás. O eso pretendí. Estaba más cabrón salirse que entrar. Finalmente lo logré después de recibir insultos y más golpes. Me dirigí al baño [además me estaba orinando] y ahí también había buen ambiente. La banda entraba en fila india gritando y echando desmadre. Fumando a expensas de los vigilantes que como perros dan sus rondines para que la gente que está hasta atrás, en la pista, no lo haga. Lo supe porque para las últimas seis canciones opté por ver el show desde la comodidad de la lejanía. Ahí me encontré al Fancito, quien es uno de esos seres que no se ha perdido un solo concierto de Maiden en México. Estaba empapado por la emoción y por estar hasta adelante. Al igual que yo aprovechó el momento para ir al baño. En sus redes sociales este hombre expresa: si no te tomaste una foto con el Fancito, no fuiste al concierto. Así que hicimos lo propio y nos despedimos. Pensé que el sonido ahí atrás sería tan fraudulento como al principio, pero no fue así. Los clásicos «Hallowed be thy name», «Fear of the dark», «Iron maiden» y «The number of the beast» sonaron muy chingón y tenían extasiada a la gente, no sólo a los que estaban en la pista, también a aquellos que abarrotaron cada rincón de las gradas. Honestamente no pensé que lo mejor venía al final [no pensé siquiera que el concierto me emocionaría tanto]: «Blood brothers» armonizó a cada uno de los espectadores: voltee a ver a la gente y a su modo casi todos cantaban la canción del Brave new world. Ya iban casi dos horas de espectáculo y para ese entonces no es muy común que la gente siga tan prendida. Cavilaba en lo hermoso de que las cosas fueran así cuando sonó la canción que no sabía que terminaría con todo: «Wasted years». Vaya modo de cerrar, pensé una vez que estaba ya afuera, caminando nuevamente junto al joven fotógrafo, entre toda esa gente, apretados otra vez, como si el concierto no hubiera terminado. A pesar de que ya estaban lanzando al público las baquetas, las plumillas, todas esas almas pensaban que Maiden iba a seguir escribiendo el libro que apenas llegaba a su éxtasis. Pero justo por eso ahí tenía que terminar.

La doncella de carne y hueso
[Texto: César Palma]

Se me hizo fácil decir que quería una foto de la Iron Maiden desde la primera fila. Me pareció muy sencillo. Sí, claro, había considerado los empujones, el calor, el sudor y que no llevaba una cámara adecuada para fotografiar, sino un simple celular de gama media, pero creí que lo podría hacer.

Las únicas veces que había estado en aglomeraciones de esta magnitud fue en los meetings políticos de López Obrador y una vez cuando vi a Shakira en el Zócalo de forma gratuita. Y en ambos casos la multitud era más un remanso de personas que un océano violento como el de la noche de ayer.

Cuando Anthrax empezó a tocar era muy grande la distancia entre las personas; se podía caminar por toda la pista del Palacio de los Deportes, incluso con tu cerveza en mano y fotografiando con la otra. Pensé que así sería la noche: un lugar espacioso, fresco y con mal audio. Me acerqué con mi compañero poco a poco; en los pequeños espacios que se abrían nos íbamos colando y luego de golpe avanzábamos dos metros más cuando un gran hoyo se abría por el slam. El ambiente era violento, pero muy fraternal.

Cuando Anthrax terminó estábamos más cerca del escenario, tal vez a quince metros de las tarimas donde cantan y a doce de la valla de seguridad. El espacio se iba cerrando aún más, pero todavía se podía maniobrar y existía cierto control del cuerpo. La desesperación del público iba creciendo, los chiflidos y el «Olé, olé, olé, olé, Maiden, Maiden» surgían ansiosamente. Fueron quince minutos de espera, supuse, porque no quise ver mi reloj [del celular] a cada tanto para no agotar la valiosa batería que estaba en menos del veinte por ciento. El público era impaciente y lo único que logró calmarlos por un instante fue «Highway star» de Deep Purple como fondo. La canción terminó y las luces se fueron; de las pantallas a los costados del escenario apareció una animación: el avión de la banda era catapultado por un árbol. Iron Maiden inició.

Había perdido a mi compañero: volteé para buscarlo y ya no estaba detrás de mí, en su lugar había decenas de personas. Las gradas estaban ocupadas por completo y algunas personas de pie sacudían la reja de protección. Los empujones se hicieron más intensos, la multitud tomó control sobre mi posición y hacía donde quería ir. Me decidí a seguir avanzando y consumir los últimos metros que me separaban del escenario. Era más difícil colarse, nadie quería perder su lugar y ser desplazado hacia atrás. Mi táctica fue la siguiente: aprovechar la fuerza con la que eres empujado por cientos de personas, ser agua, ser líquido; me acordé de la frase de Bruce Lee. Venía la ola de gente y me apoyaba sobre ellos para meterme por un ligero orificio con un brazo, un pie, una pierna o una mano, hasta que por fin entraba la mitad de mi cuerpo y luego todo.

A la mitad del concierto ya estaba prácticamente adelante, a dos metros de la valla o menos. Pero ya no podía pasar: las personas se aferraban a los tubos de la estructura de protección y eran mucho más feroces que los demás asistentes. Un pequeño intento de colarme y se convertían en piedra, me veían de reojo y con desconfianza, cuidaban celosamente su lugar. Disparé y disparé fotografías desde esa distancia, todas fuera de foco, movidas y sin ninguna diferencia de las miles que se tomaron esa noche, pero mi objetivo se estaba cumpliendo. Logré varias fotos y clips del terremoto en el que parecía que estaba metido. La sacudida era violenta: todos dejaban ir el peso muerto sobre el de enfrente, pisaban los pies y cuando creía que iba a caer nada sucedía porque otro muro de personas impedía que terminara en el suelo. El calor subía rápidamente, mi suéter y chamarra comenzaron a sofocarme. Las personas se encabronaban como si alguien pudiera controlar los empujones. Una mujer a mi lado gemía como cuando eres golpeado en el vientre: un soplido seco directo de la boca del estómago; su novio no se daba cuenta porque estaba cantando las canciones. Steve Harris, el bajista, hacía las mismas caras que yo a ratos: él,como parte del performance; yo, porque quería guardar mi celular, temía perderlo.

Anthrax Foto Fernando Aceves 1

Frank Bello y Scott Ian de Anthrax.

Estuve ahí durante tres cuartas partes del concierto. El sonido era maravilloso a diferencia del centro o de la parte trasera. Escuché la guitarra con nitidez, el bajo con toda la potencia, la batería se distinguía como si estuviera a mi lado y la voz de Bruce Dickinson era maravillosa. Por instantes me convertí en fanático de Iron Maiden. Olvidé mi tarea de buscar una imagen decente para ilustrar estos textos o subir material a las redes sociales. Ayudé en los coros y disfruté del heavy metal.

La muchedumbre estaba tan excitada como yo los empujones comenzaron a ser más violentos, mezclados con sesiones de brincos. Seguían compactándose las personas frente al escenario. Sentí que romperían mi chamarra o la pequeña bolsa que llevaba colgada a mi brazo, llena de libros [!!!]. Sudé profusamente con toda la ropa que tenía y la deshidratación comenzó. Aguanté un poco más, observando los increíbles detalles del escenario: unas ruinas mayas, telones de fondo que se cambiaban durante cada canción, mucho fuego y una simulación de jungla, todo lo que se promociona como turismo en México. La Doncella de Hierro no se doblaba a pesar de su edad: todos los ancianos se movían con energía, notablemente en buena forma, con músculos de gimnasio y respiración de quien corre por las mañanas. Acá abajo la energía se iba disipando y en un breve momento todos dejaron de empujar, nos quedamos parados y estáticos.

Iron Maiden Foto Fernando Aceves 17

Maiden al momento de interpretar «The trooper».

Esa fue la oportunidad para que nuevas personas se acercaran a la valla y otros quedaran desplazados. Una pequeña mujer rubia se acercó a mi lado, en su mano tenía una cámara blanca, muy pequeña. Detrás de ella y adelante habían dos sujetos inmensos presionándola, no la veían porque su mirada estaba atada al escenario. Ella luchó con sus pequeños brazos sin éxito. Intenté ayudarla pero mis extremidades estaban cruzadas sin poder moverlas, como camisa de fuerza. Por fin se zafó y avanzó dos personas más, quedó delante de mí, pero todavía era imposible que pudiera tomar la imagen, era muy pequeña a pesar de los tacones que traía [nunca los vi, pero los sentí un par de veces, la aguja pisando mi dedo gordo]; su cabello no la dejaba ver, escurría con el sudor de su frente. Le ofrecí tomar la fotografía con la pequeña cámara. Me dijo que no y balbuceó algo que no entendí y no pregunté. Comenzó una canción, era «The trooper», los gritos opacaron el famoso inicio de guitarra. Otra vez inició la convulsión en la pista, el peso se abalanzó hacia adelante y la mujer rubia lanzó dos bocanadas de aire involuntariamente. Gemía y trató de empujar a las personas de adelante sin lograr nada . Bruce Dickinson corría por todo el escenario con su traje de la Guardia Británica, el público sacudía la cabeza y cantaba al unísono. Los codos llovían sobre la cabeza de la pequeña rubia, pero ella persistía en avanzar; deslizó su pequeño cuerpo como pudo, estaba a centímetros de la valla. No pude verla hasta que la canción terminó, cuando los ánimos menguaron ligeramente. En la calma vi cómo su delgado brazo se extendía hacia arriba con la cámara diminuta. Tomó mejores fotografías que las mías, sin duda.



Samuel Segura
Samuel Segura
Editor de Kaja Negra. Obrero de la palabra escrita. En Twitter: @SamBodoque Correo: samuel@kajanegra.com




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