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Japón, fragmento de «Debo olvidar que existí»

18 May, 2017 Etiquetas: , ,

En Debo olvidar que existí [Debate, 2016], el periodista Rafael Cabrera, a partir de una rigurosa y extensa investigación, nos acerca a una mujer, a una escritora clave para la lengua española, en la multitud de los contrasentidos que formaron su vida; «una contradicción encarnada, una paradoja viviente»: Elena Garro. Aquí un fragmento que el sello editorial Debate comparte con los lectores de Kaja Negra.

TEXTO: RAFAEL CABRERA

Hubo un tiempo en que Elena Garro no era Elena Garro. Tampoco era escritora ni desataba tempestades. Era, de modo simple, la esposa del poeta y diplomático Octavio Paz. Incluso se le llegaron a dar otros nombres: Elena Paz o Elena de Paz. Se conocieron en la Universidad y se casaron el 25 de mayo de 1937, en un juzgado del centro de la Ciudad de México. Octavio tenía veintitrés años y Elena veinte. En el acta de matrimonio se anotó que ella tenía 21, aunque faltaba poco más de medio año para que fuera mayor de edad. En aquella época, la Constitución mexicana era distinta a como hoy se conoce: la mayoría de edad se alcanzaba si se tenían 18 años cumplidos y ya se estaba casado, de lo contrario hasta que se cumplieran 21 años. En 1969, el artículo 34 constitucional fue modificado y quedó como se conoce ahora: la mayoría de edad es a los 18 años sin importar el estado civil.

A las pocas semanas de casados, Elena y Octavio viajaron a un Congreso de Intelectuales Antifascistas a España, en plena Guerra Civil. El libro de Elena que narra ese viaje, Memorias de España 1937, es tan informativo como divertido e irreverente: «Yo, sin saber cómo ni por qué, iba a un Congreso de Intelectuales Antifascistas, aunque yo no era anti nada, ni intelectual tampoco, sólo era estudiante y coreógrafa universitaria». Fue el primero de muchos viajes y mudanzas internacionales de la familia. A finales de 1939 nació Helena, con hache, para diferenciarla de su madre. Elena y Helena. Las dos Elenas, idénticas, inseparables.

En 1944, Elena Garro se naturalizó mexicana. Ella había nacido como gachupina, es decir, era española por parte de su padre y mexicana por parte de su madre; además había nacido en territorio mexicano. El 4 de noviembre de aquel año Elena firmó su acta de naturalización y, con ello, renunció a la nacionalidad española por su línea paterna. El documento original se conserva en el Archivo Genaro Estrada de la cancillería.[1] En un costado del fólder alguien apuntó: «Certificado de nacionalidad mexicana por nacimiento». El trámite fue realizado antes de que Elena saliera hacia Estados Unidos para trabajar en el Comité Judío-Americano, en Nueva York.

Poco tiempo después Garro partió con Octavio Paz y Helena hacia Francia. Los tres vivieron los años de la posguerra. Fue una época decisiva para Elena y Octavio, pues se relacionaron en París con los gigantes de la cultura del siglo xx: André Breton, Benjamin Péret, Albert Camus, Victoria Ocampo, Jorge Luis Borges, José Bianco, Christian Dior, Aldous Huxley, María Zambrano, Adolfo Bioy Casares… Años que marcaron la vida y obra de ambos. Ese ambiente intelectual lo recreó, más tarde, en su novela Testimonios sobre Mariana.

Elena Garro en Suiza. Foto: Cortesía de Rafael Cabrera.

A inicios de la década de los cincuenta el gobierno mexicano buscaba restablecer las relaciones diplomáticas con Japón, rotas durante la Segunda Guerra Mundial. El 8 de mayo de 1952 Octavio Paz, entonces funcionario en la embajada de México en la India, fue designado para preparar la llegada de un embajador en la capital nipona. El telegrama enviado por el canciller Manuel Tello Baurraud decía: «Gírense las órdenes necesarias a fin de que el C. Octavio Paz, Segundo Secretario del Servicio Exterior adscrito a nuestra Misión Diplomática en Nueva Delhi, India, se traslade a la ciudad de Tokio, en donde quedará acreditado con el carácter de Encargado de Negocios ante el Gobierno del Japón».

Octavio Paz recibió el 26 de mayo las órdenes de pago y viáticos para mudarse a Tokio: 178 dólares para su instalación, 78 dólares de viáticos para él, Elena y su hija durante el viaje, y 1 243 dólares por concepto de los pasajes aéreos de los tres desde Nueva Delhi. Pero Elena y su hija no estaban con él, vivían solas en París. La pareja, llegó a escribir Garro de forma recurrente, en realidad nunca fue pareja. Estaban casados, pero hacían vidas separadas.

El poeta llegó a Tokio el 5 de junio y se instaló en el hotel Imperial. De inmediato resintió los altos costos de la vida en la posguerra. En una carta al canciller, Paz calificó a Tokio como «la ciudad más cara del mundo», por encima de Nueva York o París. La carestía no impidió que fuera sensible al espíritu y la dignidad del pueblo japonés e incluso juzgó a esa sociedad como superior a la europea. «Mis primeras impresiones son muy favorables. Me ha sorprendido la cortesía y gentileza de los funcionarios del Ministerio de Negocios Extranjeros…No se ven mendigos. La gente parece sana y alegre», narró el 8 de junio. Cinco días después envió otra misiva al canciller: «He continuado la búsqueda de casa y oficinas, sin gran éxito por el momento. Me dicen que es mucho más fácil —y acaso más barato— comprar una casa o construirla».

Octavio no era el único que pasaba complicaciones. Elena y su hija, de entonces 12 años, vivían su propia aventura para alcanzarlo en Japón. Garro dejó su versión en sus diarios y Helena, en sus memorias, contó una historia casi idéntica: un Paz iracundo les ordenó alcanzarlo de manera urgente en Tokio y les envió un par de boletos para el barco La Marseillaise. Pero el viaje a través de Asia requería la aplicación de vacunas contra tifus, viruela, peste, difteria, fiebre amarilla y cólera. Vacunas que, en un tratamiento normal, se aplicaban en un periodo de dos meses. Como la cólera que más temían era la de Octavio, madre e hija deambularon mintiendo de consultorio en consultorio y se colocaron las inyecciones en 10 días. Al poco tiempo sus cuerpos reaccionaron y las invadió la fiebre.

Elena y su hija salieron el 6 de junio en un viaje que las llevó por el Mar Mediterráneo, el Canal de Suez, el Océano Índico y Hong Kong, hasta llegar a la capital japonesa. Helena Paz quedó fascinada con los paisajes de la ruta de la seda y la de las especias y por probar la comida y los dulces citados en Las mil y una noches. Pero a su madre le aterraron las multitudes del continente asiático y el calor le resultó agobiante.

El reencuentro de la familia en Tokio fue una noche especial. Cuando se instalaron en la suite del hotel Imperial, Helena se encerró en la habitación, presa de un berrinche. Elena cayó dormida en un sillón, agotada por el trayecto en barco. La noche avanzó y ninguna de las dos atendió los lamentos de Octavio.

—¡Eleeena, veeen, por favooor!

—¿Pero a dónde? No te veo.

—¡Aquííí!

—No te veo… —respondió una Garro adormilada que prefirió seguir acurrucada en el sofá.

Helena contó la distracción de Octavio Paz: «Mi papá salió al balcón, pero no se dio cuenta de que no había barandal y se cayó. Los árboles le ayudaron a no matarse, eran unos pinos. Era muy distraído y no se fijó en que no había barandal y eso que llevaba viviendo dos meses ahí.» [2]

Los empleados del hotel atendieron los gritos de auxilio de Paz. Tenía la cara ensangrentada por los rasguños de las ramas que amortiguaron su caída. El poeta estalló en furia. Pero Elena Garro, en vez de preocuparse por su esposo, sufrió un ataque incontrolable de risa. «Mi mamá tenía mucho sentido del humor. Mi papá no, pero se reía mucho con ella. Era muy divertida», recordó Helena. Cada vez que contaba la anécdota se reía con la franqueza de una niña que seguía saboreando una travesura.

La familia no pudo darse el lujo de rentar un departamento o una casa, y los tres debieron compartir el cuarto de hotel. El gasto para la comida también quedó restringido. Garro comenzó a leer el Genji Monogatari, de Lady Murasaki, la extraordinaria escritora japonesa del siglo xi que inauguró la novela psicológica y que, para Garro, era superior a Marcel Proust y su clásico En busca del tiempo perdido. Helena, por su parte, se hizo amiga de forma fortuita del joven poeta Yukio Mishima y de personas cercanas a la realeza nipona. Octavio trabajaba y trabajaba, siempre pendiente de su carrera en el servicio diplomático y de su obra. A los pocos días Manuel Maples Arce asumió como embajador de México en Japón.

La salud de Elena comenzó a decaer hacia septiembre, unos meses después del arribo a Japón. Según los diarios de Garro y las memorias de su hija, Octavio no le prestó mucha atención: para él era otro ataque de nervios de su esposa. En París, Elena llegó a dos intentos de suicidio, y al menos en uno involucró a su hija que apenas era una niña. Pronto, no obstante, su estado de salud empeoró a tal grado que Paz inició un largo e intenso intercambio telegráfico con la cancillería mexicana para salvarle la vida. Vistos desde nuestros días, los mensajes resultan una paradoja: en los papeles, Elena Garro nunca fue mencionada por su nombre. Sólo era la mujer, la esposa de Paz, un ser anónimo, sin luz ni personalidad propias.

De esa crisis de salud, no obstante, Elena Garro emergió como la escritora prodigiosa y solar que hoy conocemos.

Portada del libro «Debo olvidar que existí. Retrato inédito de Elena Garro» publicado por el sello Debate.

El 19 de septiembre de ese año dos mensajes telegráficos llegaron a la residencia oficial de Los Pinos y a la cancillería mexicana. Ambos contenían un grito de auxilio desde Japón. El embajador Maples Arce comunicó al presidente, Miguel Alemán Valdés, y al canciller que la esposa de Octavio Paz estaba enferma de la espina dorsal y corría el riesgo de quedar paralítica. Los médicos japoneses recomendaban trasladarla a un sanatorio en Suiza. Debido al estado de su esposa y de Octavio Paz, con sus buenos antecedentes como funcionario y escritor, Maples Arce rogaba que se autorizara el traslado de la familia a las ciudades de Berna o Ginebra.

Pero la burocracia —en México hasta lo más simple es burocracia— comenzó a interponerse en el traslado. El canciller Tello Baurraud mandó un mensaje al embajador para reclamarle que hubiera osado distraer al presidente con su petición: «Consideramos innecesario e indebido haya usted molestado [al] señor presidente». En su furia, el canciller exigió que se informara por qué se planteaba Suiza como única opción y no México o Estados Unidos, y que toda solicitud de cambio de los Paz Garro se hiciera a través de los canales institucionales.

El 23 de septiembre de aquel año Maples Arce envió una extensa carta al canciller: «Se ha pedido el traslado a Suiza por sugestión expresa del médico, quien indicó que el clima de ese país, alto y seco, era el más conveniente para la enferma». Y agregó que Paz pedía ese destino por razones económicas: «Por la suma de 20 francos suizos diarios [un poco menos de cinco dólares] su esposa podría hospitalizarse y gozar de cuidados médicos».

En el expediente personal de Octavio Paz, resguardado en el Archivo Histórico Genaro Estrada de la cancillería, se preserva el original del diagnóstico escrito en japonés por el médico Suichi Fukase, del hospital Hibiya: Elena Garro sufría mielitis, una inflamación de la médula ósea. Junto con este documento también se conserva la traducción al español que hizo Hideo Furuya de la valoración médica, enviada a la cancillería para demostrar la urgencia del traslado. El estado físico y mental de Elena se fue agravando. Apenas alcanzaba 50 kilos de peso. De acuerdo con sus diarios, le suministraron altas dosis de cortisona, una sustancia cuyos efectos no se conocían bien en aquella época y que le provocaron alucinaciones.

El diagnóstico detalló: Elena tenía 35 años, su espalda registraba problemas a causa de un «dolor opresivo y punzante entre la primera y séptima vértebras», y el lado izquierdo de su cuerpo estaba paralizado por causa de la mielitis. El análisis agregaba: «Se observa alucinación de los dedos de la mano e inestabilidad de los pasos al caminar». El médico Fukase concluyó: «Por el mal que sufre la paciente existe el peligro de que, sin atención apropiada, su estado se agrave e incluso sobrevenga una parálisis completa. Por tanto, no debe seguir viviendo en Japón, considerándose que es necesario que se traslade inmediatamente a algún lugar alto, como Suiza, para someterse a una climaterapéutica prolongada».

Elena anotó en su diario: «Me siento muy mal… El brazo izquierdo no me funciona y la pierna izquierda tampoco… Creo que me estoy volviendo loca. [3] Ella atribuyó su enfermedad a una complicación después de un aborto que se practicó meses antes.

Septiembre de 1952 acabó y la autorización del traslado no llegó. Los tiempos administrativos y el correo llevaban su propio ritmo. Aquéllos eran años en que la gente solía esperar, aunque en ello pudiera irse la vida misma.

Fue hasta el 2 de octubre cuando se autorizó el viaje de la familia. Pero Octavio Paz, por su cuenta y sin que el canciller se enterara, había escrito a Rogelio de la Selva, entonces secretario particular del presidente Miguel Alemán, para pedir su apoyo. Sin conocerlo, el poeta se atrevió a escribirle por la amistad que tenía con su hermano, el escritor Salomón de la Selva. Su ayuda resultó decisiva y Octavio Paz le agradeció sus gestiones en una carta fechada el 10 de octubre: «Permítame, ante todo, que lo llame amigo aunque no tengo el gusto de conocerlo personalmente. Pero su amable y eficaz intervención en la favorable resolución de mi solicitud de traslado a Suiza me autoriza, acaso sin derecho, a considerarlo como un buen amigo».

Hay otra versión, contada en los diarios de Garro y en las memorias de su hija, que asegura que la propia Elena escribió al presidente Alemán, a escondidas de su esposo. Con el humor oscuro y ácido que la caracterizaba, Elena le propuso que, si moría en Japón, su cadáver fuera reducido con la técnica del pueblo jíbaro del Amazonas para que el gobierno no gastara tanto en su traslado a México. Aparentemente el telegrama resultó tan gracioso al presidente, que Alemán aprobó el traslado de la familia a Berna. De ser cierta esta versión, no hay registro de ese telegrama en ningún archivo.

Elena Garro melancólica en la playa, 1965. Foto: Cortesía de Rafael Cabrera.

El 11 de octubre la cancillería envió el dinero para el viaje de la familia a Suiza: 178 dólares para su instalación en Berna, 78 dólares para sus viáticos y 273 dólares para los pasajes de avión. Así, el 29 de octubre de 1952 emprendieron un viaje de casi 10 000 kilómetros entre ambas ciudades. La pesadilla y las dificultades de Japón habían acabado. Un día después, el 30 de octubre, el embajador Maples Arce escribió a la cancillería que la familia había partido de Tokio: «Me permito informar que el señor Octavio Paz, secretario de esta Embajada, salió ayer de este país, por vía aérea, para tomar su nuevo cargo en nuestra Legación en Berna, Suiza. El Secretario Paz viaja acompañado de su esposa e hija».

Ya en Berna, Garro anotó en su diario: «El terror no se me quita… Veo todo proyectado en un espacio… de cono vacío… Trato de controlarme mientras sueño que me serruchan las piernas y los brazos. Tal vez me estoy volviendo loca». [4]

La familia se hospedó en el hotel Silva Hoff. Los médicos suizos le recomendaron una cura de sueño a fin de que se desintoxicara de las altas dosis de cortisona que le aplicaron en Tokio. Elena, en aquellos días, pasaba la mayoría del tiempo bajo los efectos de pastillas para dormir. Sólo se despertaba para asearse y comer. Al cabo de un mes, ganó peso, y los efectos físicos y mentales de la droga desaparecieron.

En 1953, estando enferma y después de un estruendoso tratamiento de cortisona escribí Los recuerdos del porvenir como un homenaje a Iguala, mi infancia y aquellos personajes a los que admiré tanto y a los que tantas jugarretas hice.

El último documento sobre aquella etapa en la vida de Garro data de 1955. El 15 de octubre de ese año llegó a la cancillería mexicana una carta de Francisco Vázquez Treserra, ministro de la Legación de México ante Suiza, quien daba cuenta de un viejo adeudo que reclamaba el Departamento Político Federal:

La agencia de cobros de crédito Aerztliche Zentralinkassostelle de Berna, actuando en nombre y por cuenta del Dr. Mauderli de Berna, ha informado al Departamento Político que el Sr. Octavio Paz no ha pagado los honorarios del médico mencionado por consultas de su esposa en el curso del último trimestre de 1952 y el primero de 1953.

El mensaje agregaba: «Dicha agencia ha expuesto que el Sr. Paz, a sus numerosos recordatorios, no ha respondido. Se trata de una cuenta de 85.50 francos, a saber 75 de honorarios por 7 consultas y 10.50 por gastos de cobro. El Departamento agradecerá vivamente a la Legación el quererse ocupar de este asunto».

En el expediente personal de Octavio Paz en la cancillería, éste es el último documento que hace referencia a la historia de la familia en su tránsito entre Japón y Suiza. Queda la duda si el poeta pagó o no el adeudo por el tratamiento médico que salvó a Elena.

En 1980, mientras vivía en España, Elena Garro escribió una extensa carta al crítico mexicano Emmanuel Carballo en la que narró la génesis de su faceta de escritora mientras convalecía en Berna: «En 1953, estando enferma y después de un estruendoso tratamiento de cortisona escribí Los recuerdos del porvenir como un homenaje a Iguala, mi infancia y aquellos personajes a los que admiré tanto y a los que tantas jugarretas hice». [5]

Para Garro, esa novela fue su libro más autobiográfico, no porque ella apareciera sino porque los personajes y varias de las situaciones las vivió en su infancia en Iguala, Guerrero. La novela narra las desventuras de un pueblo durante la Guerra Cristera que ocurrió en México entre 1926 y 1929.

Así nació la novela que es considerada la semilla de uno de los movimientos literarios más importantes de América Latina, el «realismo mágico», al cual más escritores se sumaron y que Gabriel García Márquez, con sus Cien años de soledad, expandió al mundo entero. Un movimiento que, al paso del tiempo, Garro acabó despreciando.

Pero la novela de Elena Garro pasó todavía más infortunios antes de ser publicada.

_______________________________

[1] Se trata del expediente VII/521.1(46)/65245, a nombre de Elena Garro de Paz.
[2] Entrevista a Helena Paz en febrero de 2014.
[3] Patricia Rosas Lopátegui, op. cit.
[4] Idem.
[5] Emmanuel Carballo, op. cit.



Rafael Cabrera
Rafael Cabrera
[México, 1983]. Periodista por la UNAM y el CIDE. Ha publicado en periódicos, revistas y portales mexicanos. Coautor de La casa blanca de Enrique Peña Nieto [Grijalbo, 2015], por el que obtuvo premios nacionales e internacionales. Trata de no tomarse las cosas muy en serio.




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