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La belleza que nació del dolor [I]

03 May, 2018 Etiquetas: , ,

Dejarse tocar por la música de Beethoven, es como caminar sobre brasas ardientes, dice Enrique I- Castillo en esta primera entrega sobre el compositor para Can Cerbero, en la que para hablar del compositor alemán, también habla del dolor.

TEXTO: ENRIQUE I. CASTILLO

I. El hombre hecho sufrimiento

La mayor parte de su vida estuvo ebrio de dolor. Aunque de su alma sumergida en la aflicción provino la música que habría de aliviar nuestro desconsuelo. Dejarse tocar por su música, pero de verdad abandonarse a ella, es como caminar sobre brasas ardientes. Él lo sabía, sólo generaciones posteriores lograrían comprenderlo. Su vida estaría marcada por el sufrimiento, pero su nombre sobreviviría al paso de los siglos.

Yo compongo para el público que escuchará mi música dentro de cincuenta años, y en cuanto a la crítica no sé qué daño le puede causar un piquete de mosco a un caballo de carreras.

Provenía de una familia ligada a la música. Era apenas un niño cuando su padre, Johann, un tenor frustrado y alcohólico, descubrió en él a un genio musical. Y no tuvo reparos en explotar esa cualidad. El pequeño Ludwig van Beethoven tocaba donde fuera para obtener algo de dinero. Más tarde abandonó su natal Bonn, Alemania, y a su familia para residir en Viena y continuar con su aprendizaje. Aunque nunca cesó su anhelo de regresar a su ciudad de origen y al Rhin –unser Vater Rhein [nuestro Padre el Rhin], como él lo llamaba–. Sólo lo hizo cuando su madre, María Magdalena, murió de tuberculosis, con las huellas sobre su cuerpo de los golpes recibidos por parte de su esposo.

A pesar de ser un compositor prolífico y respetado, las partituras de sus obras no se vendían mucho, las carencias económicas lo aquejaban. Eso no le impedía ayudar a sus amigos, pocos pero muy cercanos, cada vez que podía: «…cuando veo a un amigo necesitado, si mi bolsillo no me permite acudir inmediatamente en su ayuda, no tengo más que acercarme a la mesa de trabajo, y, en poco tiempo, lo he sacado del apuro».

Mucho se ha dicho sobre la misantropía de Beethoven. Lo cierto es que su alejamiento del contacto humano fue resultado de sus malestares físicos. Todo empezó con una enfermedad estomacal, cuenta él en su correspondencia con sus allegados, que tratada de forma errónea por los médicos le ocasionó tremendos dolores de cabeza y un zumbido en los oídos que se acrecentaría hasta dejarlo sordo. El vivir con ese constante dolor hizo que prefiriera encerrase en sí mismo, dedicado a su música. Cuando la sordera fue completa, utilizó una libreta para comunicarse, lo que puso todavía más distancia con las personas.

Como es de suponer en un hombre siempre apasionado, Beethoven se enamoró varias veces, todas de forma intensa pues su espíritu no concebía otra forma de hacerlo. Daba todo de sí y esperaba lo mismo de la persona amada. Por supuesto, esto no le trajo otra cosa que desdicha. Giulietta Guicciardi fue una de las mujeres que amó, tal vez la que más daño pudo causarle. Ella se casó con el conde Gallenberg porque así no tendría carencias económicas. Esto sumió a Beethoven en una profunda depresión. Además, al abandono de su amada se sumaba su pobreza y las enfermedades que lo aquejaban. Fue el único momento en que Beethoven contempló el suicidio. En esa época escribió una carta dirigida a sus hermanos Karl y Johann, en la que describió el sufrimiento por el que atravesaba. Esta carta sería conocida como Testamento Heiligenstadt:

Solo, siempre solo. No puedo aventurarme en sociedad si no es impulsado de una necesidad imperiosa; debo vivir como un proscrito; si me acerco a los demás soy presa de una angustia devoradora, de miedo de estar expuesto a que se den cuenta de mi estado.

Sin embargo, su muerte no sucedería sino hasta veinticinco años después. Sobrevivió aquel trance y la mayor parte de sus composiciones las haría en ese periodo. Su congoja, dijo él mismo, sólo encontraba alivio en Homero, Plutarco y Shakespeare. Beethoven era ávido lector de estos autores, así como de Goethe, contemporáneo suyo, a quien consideraba un poeta superior.

Hubo otra persona a la que amó sin miramientos y que también destrozaba su corazón: Karl, su sobrino. A la muerte del padre de éste, quedó bajo la protección de Beethoven, quien no buscaba sino hacer de él un joven educado y lleno de virtudes. Lo trataba como si fuera su propio hijo. Sin embargo, sólo le atraían el juego, el alcohol y las mujeres. Vivían en constante conflicto, al grado que Karl intentó suicidarse. Se disparó a la cabeza pero no logró matarse.

A cada embate que le daba la vida, Beethoven respondía con sus composiciones. No podría entenderse la profundidad de la Sonata Hammerklavier sin la pesadumbre que hacía presa de su alma. No habría podido existir la melancólica sonata Claro de luna si no es por el sufrimiento que le causaba estar enamorado de Giulietta Guicciardi.

Si fuéramos justos, tendríamos que asegurar que, como escribió el maestro Eusebio Ruvalcaba, Beethoven lava nuestro espíritu con el agua del dolor.

Imagen de portada: Beethoven by Eric E Castro Flickr-[CC BY 2.0].


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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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