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La belleza que nació del dolor [II]

10 May, 2018 Etiquetas: , ,

Beethoven rechaza el contacto con las personas, relata Enrique I. Castillo en esta segunda y última entrega sobre el compositor alemán para Can Cerbero; pero, dice, amaba a la humanidad, tanto así que su música lo que hacía era confrontar a quienes sufrían.

TEXTO: ENRIQUE I. CASTILLO

II. El canto a la alegría

El dolor endurece la piel, forma un caparazón que protege en mayor medida el cuerpo. Por otro lado, sensibiliza y expande el alma. Beethoven poseía una carcasa tan gruesa que pocas cosas lograban traspasarla. Rechazaba el contacto con las personas, pero por dentro amó, como pocos, a la humanidad. Tanto así que su propósito mayor, aquello para lo que él estaba en este mundo, era confortar, mediante su música, a quienes sufrían.

Por fuera, el viejo sordo era imperturbable; por dentro podía ser en verdad frágil. Uno de los episodios más dolorosos para Beethoven ocurrió en 1822. Entonces ya era por completo sordo. Estaba por presentarse su ópera Fidelio y decidió dirigir el ensayo general. La orquesta seguía los dictámenes de su batuta pero se retrasaba al marcar las notas y quedaba desfasada con los cantos. Músicos y cantantes iban cada cual por su lado.

El director de la orquesta pidió un primer descanso. El nerviosismo crecía en la sala. Nadie se atrevía a decirle que aquello era un desastre. Cuando retomaron el ensayo, Beethoven observaba el rictus de desconcierto en los rostros de la gente ahí presente pero no comprendía la razón. Su amigo, el músico y escritor, Anton Schindler lo acompañaba ese día. Beethoven fue hasta él con su cuaderno de conversaciones y le preguntó qué ocurría. Su amigo respondió suplicándole que se retiraran, que después le explicaría. Beethoven sólo gritó «¡Vámonos!»,  e impetuoso salió del lugar. Así lo relató Schindler:

Corrió sin parar hasta la casa; entró y se dejó caer inerte en un sofá, cubriéndose el rostro con las dos manos; y así permaneció hasta la hora de comer. En la mesa no fue posible hacerle pronunciar palabra, conservaba la expresión del abatimiento y el dolor más profundo…

En ese momento, además, su música era relegada ante las composiciones de Rossini. El público prefería la música del italiano, por lo que Beethoven consideró incluso dejar Viena para refugiarse en Londres, donde pensó que estrenaría su Novena Sinfonía, que estaba en proceso de creación. Sin embargo, sus amistades lo persuadieron de no marcharse.

Se quedó en Viena pero eso no resolvió las dificultades que enfrentaba para intercalar la parte coral con el resto de la Sinfonía. Desde 1793, cuando Beethoven tenía 23 años, redactó apuntes para hacer su Oda a la Alegría. Año tras año aplazó el momento de componer esa música. Era el proyecto de su vida y más de veinte años después aún no sabía cómo resolverlo. Consideró incluso posponer este himno para su décima sinfonía o una posterior.

La obra estuvo lista para su estreno en 1824. Vacilante todavía con el resultado, Beethoven la presentó al mundo. No era una composición dedicada por entero a la Alegría, era sólo una parte, un guiño, a lo que pensaba, tal vez, plasmar por completo en sinfonías posteriores. No hay que olvidar que el título de ésta es Sinfonía con un coro final de la Oda a la Alegría.

Dice Romain Rolland, en Vida de Beethoven, sobre la introducción de la parte coral:

La Alegría desciende del cielo, envuelta en una calma sobrenatural: con su hálito leve acaricia los sufrimientos, y la primera impresión que causa es tan tierna, cuando se desliza en el corazón convaleciente, que puede decirse con el amigo de Beethoven que «dan ganas de llorar al ver sus ojos dulces».

El 7 de mayo de 1824 el público escuchó por primera vez la Novena Sinfonía. La audiencia no pudo permanecer impasible ante el coro que cantaba a la alegría. Los asistentes se sintieron tocados en lo más profundo de su ser. Al finalizar el concierto, la algarabía no cesaba. Como ocurrió en el ensayo de Fidelo, Beethoven no había notado lo que sucedía a su alrededor. Pero en esta ocasión, una de las cantantes hizo que se volviera hacia el público y fue entonces cuando vio cómo recibía su música. Relata Rolland:

Cuando Beethoven se presentó, fue acogido con cinco salvas de aplausos, y la costumbre, en este país ceremonioso, imponía que sólo se hiciesen tres salvas para saludar la entrada de la familia imperial. Tuvo la policía que poner fin a las manifestaciones.

Lo había logrado. Su composición tanto tiempo aplazada había hablado directamente al corazón del público. El alma de Beethoven estaba excitada. Su cuerpo paralizado por la emoción. Ese día y el siguiente no pudo comer ni beber nada. Se sentía dichoso.

Sin embargo, el éxito de su Novena Sinfonía no le redituó en nada más. Siguió con los mismos problemas económicos, sobreviviendo más de las ayudas de sus amigos que de las ventas de sus partituras. Triunfó al crear música que, aun hoy, alivia el sufrimiento humano, pero no logró derrotar a su sino que le marcaba vivir en el dolor hasta el último de sus días.

Hacia finales de 1826, lo asaltó un resfriado terrible. Estaba lejos de sus amigos. Sólo contaba con su sobrino Karl, a quien le pidió que buscara un doctor. Éste no le dio la importancia que merecía. Pasaron un par de días hasta que avisó a un médico. Ya era tarde. Sólo su fortaleza de espíritu le permitió sobrellevar la enfermedad durante varios meses, hasta el 26 de marzo de 1827, cuando, después de tres cirugías infructuosas, Beethoven, el hombre que extrajo belleza del sufrimiento, murió en la miseria.

Sus obras no fueron ni serán olvidadas pronto. Tuvo razón al profetizar que componía para generaciones futuras. Beethoven era una tempestad convertida en hombre y así debían ser sus composiciones pues, como lo expresó él mismo, la música debe hacer brotar el fuego en el espíritu de los hombres.

Imagen de portada: Acordes divinos by Oscar Gende Villar Flickr-[CC BY 2.0].


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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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