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La bendición de la tierra

06 Oct, 2015 Etiquetas: , ,

Knut Hamsun, premio Nobel de Literatura en 1920, indagó en el alma de sus personajes como pocos. Retrató sus claroscuros y los colocó dentro de  un argumento aparentemente sencillo, como lo hizo en la novela La bendición de la tierra. En su talento se halla la necesidad de acudir a la literatura de este escritor noruego a quien, debido a sus convicciones e ideología, tantos lectores han evadido, pero otros más han elogiado.

TEXTO: ENRIQUE I. CASTILLO ILUSTRACIONES: ISRAEL CAMPOS CALEON

 I

Hay casos en los que la vida personal de un escritor, aquella que está más allá de sus libros, afecta los juicios que sobre estos se hacen. Sirva de ejemplo Franz Kafka. Si no existiera el afán de traslapar al Kafka de Carta al padre a sus demás textos, tal vez sus obras estarían desprovistas de ese tinte trágico que se les atribuye debido a la vida personal del autor. Después de leer Carta al padre ya no resultan divertidas las situaciones absurdas por las que atraviesa Josef K. y más bien parece dramática la transformación de Gregorio Samsa.

Con Knut Hamsun ocurrió algo similar.

II

Hamsun (Knut Pedersen Hamsun, 1859-1952) fue un escritor noruego que nunca ocultó su simpatía por el Tercer Reich. Hacia el final de su vida fue sometido a un proceso judicial por haber apoyado al régimen nazi durante su instauración en Noruega. Para entonces ya era un escritor que se había ganado el lugar preponderante en las letras escandinavas y aun en las mundiales. Debido a esto, el gobierno noruego no podía permitirse que su escritor más importante fuera relacionado con uno de los regímenes más deleznables (o el más) de la historia humana. Por lo que quiso justificar tal adhesión a un periodo de locura, a tal grado que hizo que Hamsun fuera recluido en un hospital psiquiátrico.

En este lugar estuvo en cautiverio en tanto se resolvía el proceso judicial mencionado. Sin embargo, desde el internamiento al que fue sometido escribió un libro (Por senderos que la maleza oculta, 1949) en el que declaró sin tapujos esa simpatía incómoda. Saldría del hospital para seguir recluido en su casa, que sería su último lugar de residencia en vida.

En 1920 obtuvo el premio Nobel de literatura (años después regalaría la medalla que recibió a Joseph Goebbels). Lo respaldaba el hecho de haber escrito ya dos grandes obras (y que son sus novelas más conocidas): Hambre (1890) y Pan (1894). Aunada a éstas publicó La bendición de la tierra (1917), obra en la que se concatenan las ideas preconfiguradas en las dos primeras.

Hambre es un retrato de las condiciones precarias que enfrentaban los habitantes de Christianía (actual Oslo) a principios del siglo XX. Esto lo refleja a través del personaje principal, un aspirante a escritor de quien no se alude nombre ni raíces, pero cuyas vivencias estrujan el corazón del lector:

Algo en mi interior se rompía, se desvanecía, y una impura excrecencia desbordaba en mí como la florescencia de un hongo venenoso. Y arriba, en lo alto, Dios tendría los ojos puestos en mí viendo cómo, con paso seguro, labraba mi condenación irreparable. Y en la mansión de los condenados, los demonios, codiciosos e impacientes, avizoraban el momento de la irredimible consumación de mis faltas, el instante en que, seducido por el crimen, la justicia de Dios me arrojase para siempre en los abismos…

La segunda, Pan (en referencia al sátiro y no al alimento), es una narración de la vida bucólica, a la que se hace el teniente Glahn una temporada para vivir en una cabaña, proveyéndose el sustento a través de la caza y la pesca. En esta novela hay un personaje, referido por el teniente, que cautiva la atención: Iselin. Aparece sólo un par de veces a lo largo del libro, pero su sola mención sirve para evocar la voluptuosidad femenina:

Iselin llevaría a Diderik junto a un árbol y le diría en voz baja: “Quédate aquí de centinela mientras voy a darle una broma a ese cazador alucinado, pidiéndole que me anude los cordones de mis zapatitos”.

Y el cazador sería yo. Con una mirada de sus ojos fingidos y lentos me lo haría comprender… Mi corazón lo comprendería rápido y aceleraría su latir cuando se acercase maravillosamente desnuda bajo la traslúcida batista, y poniéndome su mano cargada de electricidad sobre el hombro…

La bendición de la tierra 1

III

La bendición de la tierra es un libro de mayor extensión que los dos antes mencionados. Esta novela, narrada en tercera persona, es una suerte de apología de la vida en el campo (tema recurrente en los libros de Hamsun) y su contraste –con un dejo de desprecio– con la modernidad de las urbes.

Es un hombre fornido y áspero, con una barba herrumbrosa y unas cicatrices pequeñas en la cara y en las manos.… Lo cierto es que va de camino un hombre en medio de esa inmensa soledad… De vez en cuando habla unas palabras consigo mismo. “¡Ay, sí; Dios eterno!, dice… el hombre conoce las horas rigiéndose por el sol, y cuando cierra la noche, se tiende en el suelo, sobre los brezos, y duerme haciendo almohada del brazo. Pasadas unas horas, reanuda su camino. ¡Ay, sí, Dios eterno!…

Así nos presenta Hamsun a Isak, quien camina a través de un bosque con parajes pantanosos e inhóspitos. Se detiene aquí y allá para inspeccionar el terreno, hasta que llega a una pradera que le parece propicia para asentarse. Isak levanta una cabaña y se dispone a trabajar la tierra. Tiempo después, aparece por su casa Inger, mujer que ha llevado una vida tortuosa a causa de tener el labio hendido. Le dice que sólo está de paso pero ya no se va. Isak y ella tienen hijos. La familia crece y también lo hacen sus propiedades.

Todo parece ir bien hasta que los actos de Inger la obligan a irse varios años a la ciudad, donde aprende a leer, a coser a máquina y encuentra las comodidades de la vida citadina. Son varios años los que la familia está separada. Hay un choque evidente cuando Inger regresa al lado de Isak y a la vida campestre. Le cuesta trabajo adaptarse a vivir de la tierra de nuevo. A la par, Sellanraa (así ha de llamarse el lugar donde viven) continúa poblándose. Ya no es aquel paraje apenas pisado por el hombre. Incluso llega la industria a las cercanías. A pesar de este cambio gradual, Isak, ya avejentado y con la fuerza física disminuida, no deja de trabajar sus tierras para subsistir:

Allí va Isak atravesando el campo. Sembrando. Un coloso, un tronco. Va vestido con la lana que le proporcionan sus rebaños, y calza zapatos de piel de sus propios terneros  y vacas. Conforme al uso piadoso, va con la cabeza descubierta mientras siembra. Es calvo en la parte superior del cráneo, pero una corona que forman sus cabellos y su barba encuadra su cabeza. Es Isak, el margrave.

Aunque Hamsun presenta así a este personaje, un hombre blanco y fuerte que ejerce dominio sobre sus tierras y sus posesiones, también hay bastantes momentos en los que son evidentes sus temores e inseguridad. Incluso es engañado por su esposa. Los actos que, aún en nuestros días, podrían calificarse de oprobiosos en Inger, también pueden leerse como esos instantes en los que ella fue más dueña de sí misma y, por lo tanto, ejerció su libertad como mejor le pareció. En suma, La bendición de la tierra es un libro con personajes de carne y hueso (algunos con más defectos que virtudes).

Así como estos personajes están lejos de ser perfectos, el autor nos muestra que la sociedad y sus leyes también están lejos de serlo. Puede percibirse cierta insurrección a esas leyes, como lo hace, de forma vehemente, un personaje femenino en los siguientes términos:

Nosotras, las mujeres, somos la mitad desgraciada y oprimida de la Humanidad. Los hombres hacen las leyes prescindiendo de nuestra opinión… Esta sociedad tiene en oprobio a la soltera que lleva un hijo en sus entrañas. Esta sociedad no la ampara; lejos de ello, la persigue y la cubre de ignominia y de desprecio.

El libro también está cargado de una atmósfera ominosa que permea en varios pasajes. El lector intuye que a algún personaje le sucederá algo, pero no sabe qué ni en qué momento.

Para acercarse a La bendición de la tierra es preciso imaginar escenarios más parecidos a los paisajes vikingos que a las ciudades noruegas actuales. Amplias extensiones de terreno que todavía no caían ante el yugo civilizador (aunque la amenaza ya es latente); inviernos que congelan la tierra, por lo que hay que tener ya provisiones suficientes para sobrevivir; un hombre que no sabemos cuánto ha andado hasta llegar al lugar idóneo para establecerse y que no tiene en mente otra cosa que vivir del trabajo de sus manos.

La belleza de La bendición de la tierra radica en la sencillez aparente del argumento y la forma en la que el autor describe los avatares que atraviesan Isak, Inger y su familia. Algo característico en este escritor, y que es más evidente en Hambre y Pan, es que lleva al lector hacia la introspección de los personajes, hacia aquellas palabras e ideas que se forman dentro de ellos pero que muchas veces no son expresadas. Después de leer al nórdico, ese hipotético lector puede quedarse con una sensación de añoranza, de desasosiego o en plena depresión, pero lo seguro es que no sale indemne.

La bendición de la tierra 3

IV

Todos estamos condenados al olvido, de eso no hay duda. Si bien hay personas que  logran trascender épocas, al final su destino es también ser erradicadas de la memoria. Y eso está bien. Más escasos aún son los escritores que pasan la prueba del tiempo, pero Hamsun fue arrastrado a un olvido prematuro por sus convicciones nazis. Si ya tenía un lugar ganado como uno de los mejores escritores del mundo, a la postre el apoyo a Hitler influyó en buena medida para que sus libros dejaran de leerse. En otros ámbitos, no tan lejanos y en otras circunstancias, Richard Strauss y Martin Heidegger lidiaron con situaciones parecidas (seguramente hay más ejemplos).

No se trata de perdonar o no tales preferencias, mucho menos de justificarlas. Tampoco de entrar en concepciones maniqueístas. El asunto es reconocer la fuerza de sus palabras, su talento para indagar en el alma de sus personajes –que es decir indagar en el alma humana– y su capacidad para construir y narrar historias.

En apariencia, es anacrónico recomendar la lectura de sus libros, porque hoy en día los escritores se inclinan por textos donde hay cruce de voces y estructuras nuevas en el tramado de las novelas. Tal vez por esto mismo resulta refrescante acercarse a Hamsun, porque es encontrarse con alguien que hace literatura desde las bases. Leerlo es presenciar una cátedra sobre cómo escribir.

No es gratuito que Knut Hamsun haya influenciado a grandes escritores que le sucedieron. La admiración profesada hacia sus libros va desde Thomas Mann, Kafka, Hemingway, Henry Miller, Bukowski, hasta llegar a Juan Rulfo, quien expresó sobre las lecturas que más le impresionaron [Bendición de la tierra (Promexa, 1979)]:

Entre ellas, las obras de Knut Hamsun, las cuales leí –absorbí realmente– en una edad temprana. Tenía unos catorce o quince años cuando descubrí este autor, quien me impresionó mucho, llevándome a planos antes desconocidos.

Tal vez es tiempo de ir al encuentro con los libros de Knut Hamsun, juzgándolos por su calidad literaria y no por las preferencias personales del autor.



Enrique I. Castillo
Enrique I. Castillo
Ocioso que ha publicado cuentos en las revistas Los Bastardos de la Uva y Molino de letras, y en el periódico El Financiero. Además de un texto en el libro Los 43.



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