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La culpa [no] es de las narcoseries

19 Dic, 2016 Etiquetas: , ,

Que se afirme tajantemente que las narcoseries promueven la violencia me parece cuando menos aventurado, escribe Mauricio Torres en este texto en el que apunta a un aspecto clave para discutir por qué sí o por qué no se debe poner límites a contenidos como estos: el papel de un Estado que trata de consolidarse como democrático.

TEXTO: MAURICIO TORRES

El 11 de diciembre pasado se cumplieron 10 años de que el gobierno de Felipe Calderón inició una estrategia de combate frontal contra el crimen organizado y el narcotráfico en particular. Sustentada en el despliegue de fuerzas federales, se trata de una política que ha mantenido la administración de Enrique Peña Nieto y que, según cifras oficiales, lejos de reducir la violencia en el país la ha incrementado.

Pero las consecuencias de la llamada «guerra» contra las drogas no solamente pueden observarse en los indicadores de seguridad y justicia. También es posible verlas en la percepción que los mexicanos tenemos de nuestro entorno, en la manera de relacionarnos entre nosotros mismos y en los diversos productos culturales en los que plasmamos nuestra realidad.

Dentro de estos últimos se inscriben las narcoseries, programas difundidos por televisión o a través de plataformas en internet que cuentan historias sobre narcotráfico, en especial sobre jefes de cárteles reales o ficticios.

Traigo esto a cuento porque, hace apenas algunas semanas, la discusión sobre la conveniencia o no de este tipo de series llegó hasta el Congreso, donde los presidentes de las comisiones de Radio y Televisión de ambas cámaras, la diputada Lía Limón [PVEM] y el senador Zoé Robledo [PRD], llamaron a la Secretaría de Gobernación [Segob] y al Instituto Federal de Telecomunicaciones [IFT] a dictar sanciones por la difusión de estos contenidos.

En un comunicado conjunto fechado el 31 de octubre, los legisladores argumentan que las televisoras que transmiten narcoseries violan tanto la Constitución como la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión. Tales programas, afirman, llevan a cabo una «apología de la violencia», presentan al narcotráfico y a las actividades que lo rodean «como un modelo de vida aspiracional» y pueden llegar a un público infantil.

Sin embargo, a reserva de lo que determinen las autoridades competentes, me parece que la argumentación anterior es endeble. En primer lugar porque, hasta donde sé, ninguna narcoserie se difunde en un horario dirigido a menores. Y en segundo, porque buscar poner límites a contenidos polémicos, sólo por el hecho de que lo son, no es propio de un Estado que trata de consolidarse como democrático y defensor de libertades como la de expresión.

[…] poner límites a contenidos polémicos, sólo por el hecho de que lo son, no es propio de un Estado que trata de consolidarse como democrático y defensor de libertades como la de expresión.

Entiendo que a muchas personas —legisladores incluidos— puedan no gustarles las historias centradas en delincuentes. Esos ciudadanos están en su derecho de no verlas y de criticarlas, pero creo que se equivocan al llamar a que se detenga su difusión.

Afirmar tajantemente que las narcoseries promueven la violencia me parece cuando menos aventurado. Dudo que quienes las producen tengan ese propósito. Y si bien tal promoción podría ser involuntaria, pienso que se debe confiar en que los espectadores tenemos criterio suficiente para diferenciar entre ficción y realidad, así como para discernir entre lo que es ético y aquello que no.

Desde los primeros estudios científicos de la comunicación, existe el debate sobre qué tanto influyen los medios y sus contenidos en las conductas individuales y sociales. Y creo que el consenso hasta ahora es que sí tienen la capacidad de influir en las personas, mas no de manera directa —como la aguja hipodérmica que entra en un cuerpo—, determinante e irreversible.

En varias ocasiones he escuchado a los detractores de los productos culturales inspirados en el narcotráfico, ya sean series, películas, libros o corridos, argumentar que estos son «malos» porque llevan a la gente a querer dedicarse al tráfico de drogas.

Quizá exista tal posibilidad, pero no por la mera producción de este tipo de contenidos, sino porque, en determinados contextos, estos efectivamente pueden mostrar mundos atractivos para ciertas personas. Esto, sin embargo, no debería llevar al país a buscar limitar lo que las personas ven, leen o escuchan. En cambio, debería llevarnos a tratar de eliminar los entornos de pobreza, desigualdad y falta de oportunidades en los que un joven puede optar por intentar ser como el protagonista de El Señor de los Cielos, aunque en ese camino viole la ley y acabe con otras vidas e incluso con la suya.

Ahora que México cumple 10 años de vivir una compleja y dolorosa lucha contra el crimen organizado, es momento de actuar sobre las verdaderas raíces de la ilegalidad y la violencia. Y las narcoseries no son una de ellas.

Imagen de portada: Mexico City Drug Violence / Acid in Face by Surian Soosay. Flickr-[CC BY 2.0].


Mauricio Torres
Mauricio Torres
Soy periodista y medio workaholic. Nací en la capital en 1984. Estudié en la UNAM. Empecé mi carrera en diciembre de 2006. He colaborado con las revistas Terra Magazine Latinoamérica y Día Siete, y trabajado de base para El Universal, el periódico capitalino Máspormás y Grupo Expansión, donde me encuentro actualmente. Los temas en los que tengo más experiencia son Poder Legislativo, partidos políticos y órganos electorales, y trato de aprender más sobre transparencia, derechos humanos y ciudad. Mi cuenta de Twitter @mau_torres




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