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La decisión de Eusebio

01 Feb, 2018 Etiquetas: , ,

Alguna vez Eusebio Ruvalcaba practicó frontón. Incluso, solía jugar con su padre en la sala de su casa. Sin embargo, «Eusebio nunca se preocupó por formarse una carrera como jugador de frontón o cualquier otro deporte […]. En cambio, optó por la literatura intentando depositar ahí la podredumbre que vislumbraba en la humanidad», nos cuenta Luis Aguilar en Can Cerbero, espacio en el que los autores recordarán al escritor a un año de su muerte.

TEXTO: LUIS AGUILAR

Podemos conocer a los escritores antiguos y clásicos investigando en el corazón de una librería, ambos nos sirven para descubrir las razones que carcomen el alma humana a través de los años; también podemos encontrar a los más recientes, a quienes apreciamos por la fuerza con que sus letras nos cambian la vida y a los contemporáneos, que son demasiados y el tiempo aún no devela su grandeza. Uno de ellos es Eusebio Ruvalcaba, a quien tuve la oportunidad de conocer primero a través de su literatura y después de manera personal.  

Eusebio Eucario Ruvalcaba Castillo nació en la Condesa, aunque gustó de decir que era de Jalisco y detestaba que lo llamaran por su segundo nombre. Sus padres se ganaron la vida a través de la música mientras que Eusebio decidió ser escritor para vivir y bebedor por gusto; fue eterno enamorado del olor de la entrepierna femenina por necesidad, y practicante de deportes que la actualidad parece querer olvidar por la complejidad de su destreza. Entre estos se cuenta el yoyo, las canicas, o bien, el frontón, actividad que practicaba obligado pero que disfrutó cada uno de los partidos que libró. 

Ruvalcaba tampoco compaginó deporte y escritura, sin embargo sí se regía bajo una férrea disciplina

Seguro decía que era de Jalisco porque México ha extraído artistas, deportistas y figuras masculinas con hombría imponente, por ejemplo: Juan Rulfo, Emmanuel Carballo, Cuco Sánchez o El rayo de Jalisco, entre otros. Destacados en su disciplina, sin embargo no ubico uno que haya conjugado más de una cualidad. Ruvalcaba tampoco compaginó deporte y escritura, sin embargo sí se regía bajo una férrea disciplina envidiable por cualquier deportista. Desconozco el momento en que decidió levantarse a escribir a las 5 de la mañana día a día sin importar si estaba crudo, triste, enfermo o feliz. 

El que su cuerpo respondiera a dicho rigor, es algo que Eusebio debe agradecer a Higinio, su padre. Desde su corta edad se mostró estricto y, con el pasar de los años, la cuña fue apretando. 

«Recuerdo que mi papá me levantaba cuando regresaba de dar algún concierto en la ciudad. El reloj marcaba pasadas las 4 de la mañana de cualquier día de la semana y respiraba su tufo alcohólico cuando me hablaba»

Eusebio me contó más de una ocasión que esas irrupciones a su sueño ocurrían cuando era un niño de no más de seis años. Para su fortuna, a esa edad aún veía a su padre como ejemplo; era esa figura que no juzgaba bajo ninguna circunstancia. Un niño qué sabe si su padre engaña a su madre, si carga entre sus brazos a hijos fuera del matrimonio, o quizás ese pequeño es la razón por la cual un hombre contempla el divorcio; tal vez nunca se entere de los desprecios que su papá soporta con tal de llevar dinero a casa. 

«Me levantaba y lo ayudaba a mover los muebles de la sala. Vivíamos en una casa de la San Miguel Chapultepec, los espacios eran amplios. Ya que estaba despejado, mi padre sacaba una pelota de goma, la llevaba en la bolsa del pantalón»

Con el paso de los años un hombre que se jacte de serlo, debe cuestionar las enseñanzas del padre. Arriesgarse y formar su criterio, preguntarse si ha servido de algo la educación paterna. A su manera, Eusebio me habló de eso recalcando que los recuerdos son lo que se queda en la mente, por más que el paso de los años los distorsione. Con la humildad que lo caracterizaba conseguía que sus palabras se sintieran sinceras, solo compartía su punto de vista y cada persona que lo escuchaba, tomaba lo que quisiera.  

«Entonces empezábamos a jugar frontón usando la sala como cancha. Una y otra vez estrellábamos la pelota, corriendo para no perder ritmo. De pronto salía mi madre y con varios gritos apaciguaba nuestro ímpetu. El que se llevó siempre las peores partes, fue mi padre»

Eusebio nunca se preocupó por formarse una carrera como jugador de frontón o cualquier otro deporte, incluso dejó el yoyo, al menos no lo vi librar ni una suerte con él. En cambio, optó por la literatura intentando depositar ahí la podredumbre que vislumbraba en la humanidad; por la música para apaciguar sus incendios internos, y la bebida para explicarse el porqué de tanta mierda en el mundo, o buscando en el fondo de ese vaso las razones por las cuales su mujer en turno lo mandaba a la chingada. 

Partió de este mundo el 7 de febrero del 2017 dejando una vasta obra literaria compuesta por diversos géneros, entre lo que se cuentan: poesía, novela, cuentos, aforismos, ensayo y crónicas. Hasta el momento no he encontrado un solo libro donde haya escrito al respecto del frontón; es una lástima porque es un recuerdo que a todos a quienes se los contaba, lo hacía de forma diferente, incluso cada que lo repetía, modificaba detalles. Quizás era una más de sus cualidades, practicar oralmente el oficio de narrador, de buscar detalles que hicieran sus historias memorable; otros más lo verían como un chismoso.   

Eusebio nunca se preocupó por formarse una carrera como jugador de frontón o cualquier otro deporte […]. En cambio, optó por la literatura intentando depositar ahí la podredumbre que vislumbraba en la humanidad.

La última plática que tuve con él fue en La Jalisciense, hacia el final de sus días no la pasaba tan bien ahí, creía que abusaban en la cuenta. Ese día me invitó un Siete Leguas blanco; para él, era el único tequila que valía la pena y forzosamente tenía que beberse derecho. De botana nos dieron un caldo de camarón. Recuerdo dos cosas en el siguiente orden. La primera: no le gustaba el Ciudadano Kane porque no terminaba por entenderlo. Tocó ese tema para retarme, sabía de mi gusto por el cine. Me recomendaba filmes para que le compartiera mi opinión al respecto y si coincidíamos, me disparaba un trago. Platicamos largas horas sobre cine, no tantas como me hubiera gustado. 

La segunda: me pidió elegir entre Neil Young, Tom Waits y Bob Dylan para regresarle la vida a Leonard Cohen. La rola de «Famous Blue Raincoat» lo hacía llorar, nunca pregunté la razón. Tenía los sentimientos a flor de piel y con las letras de Cohen no se necesita mucho para berrear. Al igual que yo, no nos terminaba por caer que Leonard no estuviera más entre nosotros.   

Nunca me había costado trabajo hablar con él como ese día en La Jalisciense. De pie, acodados en la barra, algo en el ambiente impedía la fluidez de nuestras ideas; nos amarraba, como dándonos a entender que teníamos que ser cautelosos con cada palabra que saliera de nuestra boca. Entré al baño mientras él comía su caldo de camarón, ya nos habíamos terminado nuestro trago. No tardé más de un minuto y cuando salí no lo vi más. Se me hizo un vacío en el estómago, pensé que no volvería a verlo. En parte, así fue. A pesar de que nos encontramos un par de sábados más, no cruzamos palabras así de sinceras.  

 

Imagen de portada: El frontón by SoWhat. Flickr-[CC BY-SA 2.0]


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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar




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