Recomendamos

La Dos Naciones, el último suspiro de un lugar donde se podía ser feliz

16 Feb, 2017 Etiquetas: , ,

Durante 70 años la cantina Dos Naciones fue el lugar en el que miles de personas pensaban si querían extender su noche en la Ciudad de México. Hace unos días cerró debido a «los excesivos costos de renta, la falta de acceso vehicular en el centro de la ciudad y a la mala interpretación del concepto», dijo su propietario. En este texto, Enrique I. Castillo nos lleva a conocer dos momentos en la historia de este lugar, una que, al igual que otras cantinas, resultó idónea «para practicar el arte de soportarse a uno mismo».

TEXTO: ENRIQUE I. CASTILLO / FOTO: ITZEL HERNÁNDEZ

I

Llegué a la Dos Naciones guiado por Isela. Antes de esa noche, no creía que pudiera encontrarse felicidad dentro de una cantina. Apenas, tal vez, un poco de tranquilidad. Disfrutar de unos tragos y dejar que el alcohol hiciera lo suyo. Sobre todo tener un momento de soledad, sin hablar con nadie ni hacer nada. Las cantinas me resultaban [y todavía me lo parecen] el lugar idóneo para practicar el arte de soportarse a uno mismo. En ellas también es posible sentarse a beber con el dolor, cualquier tipo de dolor, y estar mejor en ese pequeño infierno que en otro que sea menos llevadero. Porque a veces la vida parece eso, una sucesión de infiernos, y entonces es mejor buscar uno que sea más soportable.

Aquella noche ocupamos una mesa de la planta baja. Pedimos un par de cervezas y la botana del día. Desde ahí observé a quienes estaban en las mesas contiguas, pero mi atención la atrajo un hombre que bebía solo a la orilla de la barra. Veía su trago y lo asía con una mano, pero no lo levantaba. Entendí que no sólo sostenía el vaso, más bien se aferraba a algo que únicamente él conocía. Cerca de él, también en la barra, había dos amigos. El hombre los observaba. En ese instante vi en su cara cierto dejo de nostalgia. Era un tipo sensato y no interrumpió la charla de los amigos. Llevó su mirada hacia las botellas que estaban detrás de la barra y dijo algo. Fue inaudible por la distancia, pero lo vi mover la boca. Lo que sea que haya dicho fue sólo para sus oídos. Miró su trago, que no había soltado, dijo algo más y lo bebió. Aquello me pareció una especie de ritual. Desde mi mesa brindé con él.

Después de comer Isela sugirió que pasáramos al piso de arriba. Apenas subimos las escaleras y un parroquiano nos recibió dándonos las buenas noches y nos regaló una sonrisa amplia. Había varias mesas libres y ocupamos una frente a las escaleras. El hombre que nos recibió bailaba todas las canciones que salían de la rockola y las del grupo de música en vivo. Sólo bailaba con una de las meseras. No dejaba de sonreír. En los momentos que ella atendía alguna mesa, él esperaba. Ni siquiera intentó bailar con alguna de las ficheras. En su mesa había una botella de tequila que pronto vació más allá de la mitad. Sus pasos se volvieron torpes y al final ya no bailó más. Dejó de sonreír. Su rictus cambió por completo. La cara desencajada, su mirada vidriosa fija en el vaso y una mueca de dolor. Quiero decir, reflejaba una tristeza y una soledad como no había visto en nadie más. Desde mi mesa también brindé con él.

Y si brindé con estos hombres fue porque tal vez en algún momento fui ellos, pero sobre todo porque sabía que en algún momento me convertiría en ellos.

Reparé en esos hombres los momentos que Isela se levantó de la mesa. Cuando estaba junto a mí yo quedaba embebido con su presencia. También llamó la atención de algunos comensales. Llevaba su vestido azul corto que nos permitía deleitarnos con sus piernas. Las veces que se levantó varias miradas iban tras de ella. Los ojos de hombres que bebían solos en sus mesas. Miradas solas y derrotadas. Esas miradas eran el espejo de mi propia mirada. Tal vez aquellos hombres imaginaban sus manos bajo aquel vestido, tocando su piel joven. Ninguno osó hacerle alguna insinuación ni interrumpir nuestra charla. Pocos eran los que estaban acompañados por alguna de las ficheras: señoras de pródigas carnes con ropa ajustada y maquillaje recargado. Las que no eran requeridas para compañía se sentaban en una mesa casi al fondo del lugar.

Conforme avanzaba la noche, nuestros besos eran más embriagados y prolongados. Yo acariciaba las piernas de Isela bajo ese vestido azul. Recorrí toda su extensión varias veces. Ninguna otra cantina me había incitado a decirle las cosas que le dije al oído –y que serán sólo para ella– para después abrazarla y sentir cómo en nuestros cuerpos aumentaba la temperatura, lo que contrarrestábamos con cerveza fría. Yo me sentía el hombre más afortunado. Contra lo que decía mi experiencia, me convencí de que era posible ser feliz en una cantina. Con todo y eso, me pareció que de cierta forma trastocábamos la realidad de la Dos Naciones. Éramos ajenos al lugar y de repente ya nos habíamos apropiado de él.

Yo me sentía el hombre más afortunado. Contra lo que decía mi experiencia, me convencí de que era posible ser feliz en una cantina.

II

Aunque no fue muy seguido, la Dos Naciones era el lugar en el que Isela y yo pensábamos si queríamos extender más la noche. Aceptábamos su invitación a dejarnos llevar por el alcohol y el calor. Así navegamos aquellas ocasiones en las que nos embarcamos en caricias y reconocimiento de nosotros mismos, amparados por la compañía de bebedores silenciosos o de aquellos a quienes el alcohol provocaba algarabía y carcajadas pero siempre ocupados en sus propios asuntos.

Después dejamos de ir por un largo tiempo. Buscamos otros derroteros y otras experiencias. Y las encontramos. Pero sabíamos que era inevitable que regresáramos ahí.

La noche que volvimos la cantina parecía no haber cambiado. En realidad parecía no haber cambiado en los últimos cincuenta años. Era el mismo color en las paredes y la misma iluminación tenue enfatizada por la falta de ventanas; la barra estaba en el mismo sitio y las mesas tenían la misma disposición en la planta baja, sólo que estaban vacías. El interior de la cantina era como lo recordaba, aunque de alguna extraña forma no parecía serlo. Por otro lado, las voces y las risas provenientes del piso de arriba nos anunciaban que aquel ya no era nuestro sitio.

Las escaleras tampoco habían cambiado. Una vez, en la planta alta, no se vislumbraban mesas disponibles. No parecía haber espacio para nadie más. El ambiente era sofocante. En ese momento el grupo de música en vivo regresaba de uno de sus descansos.

Al fin encontramos una mesa. Nos atendió la misma mesera que bailaba con el comensal de aquella primera vez. Al menos había un rostro familiar. Pedimos un par de cervezas. El calor no disminuía. Y no era el calor que antes nos incitaba a acercarnos más, era uno que más bien nos forzaba a salir del lugar. Las risas y pláticas a alto volumen de los jóvenes en las mesas contiguas eran como el sonido de un taladro. Resulta extraño que me refiera a ellos como jóvenes, cuando parecían tener mayor edad que nosotros.

Pronto, un tipo clavó su mirada en Isela y no dejó de observarla hasta el momento en que nos fuimos. Me levanté al baño y al regresar vi que ya la invitaba a bailar. La pista estaba atestada por parejas que exhibían sus mejores pasos, como si estuvieran ante la mirada de jueces que las calificarían al terminar la pieza. Del techo colgaba una esfera que emitía luces de colores. Aquello parecía más bien una pista de baile de la época disco. Eso mientras hubo una: más tarde llegó un grupo de bastantes jóvenes, por lo que fue necesario ocupar media pista con mesas y sillas para ellos.

Una de las mesas del fondo seguía siendo sitio de reunión de las ficheras, sólo que las señoras habían sido sustituidas por mujeres jóvenes. Algunas iban de un grupo de clientes a otro. Bebían y vociferaban tanto como ellos. Las veces que la mesera se acercó a nosotros tuve ganas de preguntarle en qué momento había pasado, cuándo ocurrió ese cambio tan drástico. Pero estaba tan atareada llevando bebidas que preferí no importunarla. En aquel lugar, la única mesa ocupada por dos personas era la nuestra.

Vi el rostro de Isela y algo me dijo que sentía la misma incomodidad que yo. Pero no quisimos rendirnos tan pronto. Desde algún rincón el lugar todavía emanaba una atmósfera propicia para la intimidad. Esa atmósfera era como un perfume desvaído. O como un último suspiro. Tuvimos atisbos de los momentos que habíamos vivido ahí. Aprovechamos esa última reminiscencia de tiempos pasados y logramos que terminara siendo una noche agradable. Pero era más bien nuestra forma de despedirnos de esa cantina.



Enrique I. Castillo
Enrique I. Castillo
Ocioso que ha publicado cuentos en las revistas Los Bastardos de la Uva y Molino de letras, y en el periódico El Financiero. Además de un texto en el libro Los 43.




Artículo Anterior

Soñar que podemos ser otros: cómo construir una ciudad

Siguiente Artículo

Eusebio, entre el cálido plumaje de la eternidad





También te recomendamos


Más historias

Soñar que podemos ser otros: cómo construir una ciudad

Durante 236 horas el Congreso Constituyente de la Ciudad de México discutió distintos aspectos [del medio ambiente a la autonomía...

12 Feb, 2017