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La enfermedad del Nobel

04 May, 2015 Etiquetas: , ,

En esta revisión documental, el autor nos explica cómo algunos científicos galardonados con el Nobel han trastabillado, e incluso, hay quienes se han convertido en antítesis de la ciencia. 

TEXTO: CÉSAR PALMA

Cuando un científico recibe el Premio Nobel de manos del rey en turno, todos se rinden a los pies del ganador: ha alcanzado la tribuna más alta de la ciencia, casi nadie reprocha lo que salga de su boca. Obviamente, no es menor el esfuerzo que lo llevó ahí, de hecho, quien recibe un Nobel en Ciencia ha recorrido el camino glacial e inflexible de la investigación. Esta persona, parada frente a la Academia Sueca, ha aportado conocimiento sin precedentes que fructificará en mejoras a la calidad de vida, en la promoción de la racionalidad, en la posible solución de problemas, entre otras sugerencias. También en cuantiosos dividendos.

Los ganadores irradian una sensación de divinidad. En poco tiempo son solicitados por institutos y universidades de todo el mundo, hay fila para escuchar su opinión. ¡Es un genio!, repiten a cada tanto, a veces ya sin escuchar a detalle lo dicho por el ganador. Su figura se convierte en un emblema, hay un nuevo ídolo. Pasan los años y se consagra en la historia de la humanidad. Pero algo sucede con algunos ganadores: en plena gloria decaen, de pronto la comunidad científica los barre, se mofan de ellos, dejan de escucharlos; quienes una vez los elogiaron no pueden controlar el asombro por el cambio tan repentino. Es como si se hubiera esfumado su “genialidad” o su intelecto hubiera dado una voltereta para caminar en otra dirección. Se enferman.

El término Enfermedad del Nobel aparece por primera vez en una entrada de blog escrita por el oncólogo David Gorski, quien notó que, en reiteradas ocasiones, a los galardonados con una de las máximas preseas científicas, se les aflojaba un tornillo o se encariñaban con asuntos de dudosa calidad científica.

Aunque el concepto se usa generalmente de forma jocosa con fines divulgativos y para amenizar la narrativa del quehacer científico, esta etiqueta implica temas de mayor delicadeza, entre ellos: los controles de calidad de la ciencia (como las revistas arbitradas que son una de tantas medidas para garantizar la fiabilidad de la investigación), la pseudociencia, la ética, la industria privada, los gobiernos y la creación de políticas públicas, los fraudes, los derechos humanos, y muchos más.

Es entonces cuando un Nobel enfermo cobra relevancia. Su prestigio se convierte para muchos en un sello de calidad para determinar el destino de muchas políticas y proyectos de investigación. Un enfermo pone en perspectiva la endeble racionalidad humana.

¿Cómo podríamos reconocer a un enfermo del Nobel? Básicamente porque se convierten en la antítesis de la ciencia; el individuo deja de exponer con la mesura característica del científico, afirma sin tener la mayor cantidad de evidencia a la mano y entonces lo aseverado sólo es una opinión, una suposición o, peor aún, un simple prejuicio. Pierde el compromiso por la búsqueda de la verdad, olvida el compromiso ético de su trabajo.

En algunos casos los síntomas orillan al ostracismo científico: los enfermos se asocian a grupos fraudulentos, los cuales, más allá de aportar evidencia, manejan muy bien la retórica. Es fácil reconocerlos porque se asumen como disidentes de la “ciencia tradicional”, denuncian la cerrazón de los institutos de investigación o la tachan de conservadora. Desde luego no se puede negar la existencia de estos problemas en la ciencia, pero para los enfermos un calificativo es el arma principal antes que la investigación.

El enfermo establece lazos con la pseudociencia sin mayor introducción. Al contrario de cómo se forjaron un nombre en su campo de estudio, sus nuevos conocimientos carecen de rigor; le dan la espalda a lo aprendido en la licenciatura, la maestría y el doctorado. De pronto ya no parecen interesados por la observación, la verificación y, sobre todo, el tiempo, porque se necesitan años para llegar a una conclusión científicamente válida.

El enfermo del Nobel tiene como común denominador la preferencia por el engaño, sacar ventaja, asumir posturas descabelladas (si bien pueden ser individuales y más o menos inocuas como la de Louis Ignarro, Premio Nobel 1998, quien amasó una fortuna a través de productos Herbalife que no tienen mucha ciencia en el fondo)-; estas ideas “científicas” también han promovido la supremacía racial o eugenesia.

En la historia del Nobel han existido 13 eminentes científicos cuyos casos demuestran cómo la charlatanería está a la orden del día. A veces es difícil discernir, pero revisando el pasado es posible rastrear esta enfermedad tan lamentable.

Philip Lenard. Supremacía catódica

“La ciencia es y sigue siendo internacional. Es falso. La ciencia, como cualquier otro producto humano, es racial y condicionada por la sangre.”

Palabras de Philip Lenard, Premio Nobel en 1905 por su trabajo sobre los rayos catódicos. Una abierta referencia a la “física Judía”, a la cual se le consideraba muy por debajo de la “física Aria”. Para Lenard era indisoluble el conocimiento científico de la condición genética, como si un blanco le entrara de mejor manera al cálculo, o el negro estuviera muy por debajo en la trigonometría.

Aquellas declaraciones solían ser comunes en Alemania y muchos países de Europa: se daban como un hecho y parecían irrefutables al ir de la mano con la eugenesia. Sin duda, era una justificación aparentemente racional para la dominación de un grupo sobre otro.

Philip Lenard estaba convencido de la superioridad alemana en el campo de la Física al grado que compiló en Deutsche Physik (1936) la historia de la física alemana. La obra llamó la atención por haber omitido al físico germano más famoso de la historia, Albert Einstein. La justificación de Lernard para tal decisión era simple: Einstein era judío. Sin embargo, lo más escandaloso fue no incluir a Wilhelm Conrad Röntgen, el primer ganador en la historia del Nobel por su descubrimiento de los rayos X. Se le preguntó por qué:

—¿Rötgen era judío?

—No, pero era amigo de judíos y se comportaba como uno de ellos.

Lenard juzgaba el origen judío del científico y sus aportaciones sin distingos. El trabajo de Röntgen, a pesar de ser válido, para Lenard no tenían ningún valor, a menos que… los asumiera como suyos, sólo en ese caso se convertían en conclusiones científicas y verdaderas.

Primera imagen de rayos X. Fuente: Wikipedia.

Primera imagen de rayos X. Fuente: Wikipedia.

En su intento de robo, Lernard espetó que Röntgen había utilizado un tubo de rayos catódicos como los que él había descubierto previamente. Bajo esa lógica, Lenard se autoproclamó la madre de los rayos X, sin él hubieran sido imposibles.

“Yo soy la madre de los rayos X. Así como la partera no es responsable por el mecanismo de nacimiento, Röntgen no es responsable del descubrimiento de los rayos X ya que todo el trabajo preliminar había sido preparado por mí. Sin mí, el nombre de Röntgen sería hoy desconocido.”

Las ideas antisemitas de Lenard ocuparon mucho de su tiempo y esfuerzo. Recurrió a tretas extra científicas, trabajó con propaganda a fin de descalificar a sus compañeros en vez de poner sobre la mesa nuevos datos. Además de Rötgen, otra de sus principales víctimas fue Albert Einstein. Su desprecio llegó al grado de escribir una carta dirigida al comité del Nobel, en la cual expresó que Einstein era “un busca publicidad judío cuyo enfoque era alejado a la verdadera naturaleza de la física alemana”.

Los ataques cobraron fuerza mientras Lenard fue el hombre encargado de purgar las universidades del cualquier rastro no alemán bajo el auspicio del partido nazi. Los ataques crecieron rápidamente; Einstein fue incapaz de terminar algunas ponencias debido a la presión, fue amenazado de muerte y vilipendiado con la publicación Cien autores contra Einstein (1931), donde redactaron críticas a su trabajo. El creador de la teoría general de la relatividad contestó con cierta ironía respecto al libro: “Si estuviera mal, uno [autor] habría sido suficiente”.

Hoy conocemos los descubrimientos de Röntgen y Einstein como hechos incontrovertibles. Las evidencias están a la mano, no obstante, los arrebatos de Lenard subrayan el carácter espinoso existente en la ciencia. La Enfermedad del Nobel desvirtúa la investigación convirtiéndola en una jugarreta política, monetaria o personal. Posiblemente lo más triste de esta enfermedad es la irreversibilidad: los científicos se pierden en sus afirmaciones, no regresan a sus cabales, no rectifican ni una coma y se exilian en la burbuja de la suposición.

Lenard fue perdonado por su participación como miembro nazi al ser considerado demasiado viejo. Murió en 1947 en un poblado de Baviera, expulsado de la universidad por las tropas aliadas.

El hombre VIH

Luc Montagnier recibió el Nobel en 2008, junto con su colaboradora Françoise Barré-Sinoussi, por el descubrimiento del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), no cualquier cosa. El premio llegó muchos años después a pesar de que la investigación inició en 1983.  La dupla comprobó que el VIH era el causante del SIDA (Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida), una enfermedad de la que poco se sabía y que estaba causando estragos a nivel mundial. Después de la noticia del descubrimiento todo el planeta se volvió loco; Montagnier desató una revolución científica y médica. Gracias a él hoy tenemos mejores procedimientos médicos para la prevención y control de tan devastadora enfermedad.

Su trabajo rápidamente comenzó a ser citado en todos los institutos y artículos científicos, su prestigio subió como la espuma. No sólo él ganó mucho prestigio, incluso el Instituto Pasteur –donde Montagnier halló el VIH– sumó una medalla más a su colección de siete. La comunidad médica vio un futuro prometedor; los pacientes, activistas y gobiernos podían respirar con tranquilidad. El miedo que alguna vez puso ansiosa a gran parte de la población se doblegó ante el conocimiento.

Montagnier habría tenido un lugar junto a los más destacados científicos de nuestra época, pero hoy es recordado más por penosos episodios de su vida pública, a tal grado que ha sido nominado para el premio Ig Nobel, una condecoración para personajes y sus aportaciones por primero hacer “reír” y luego “pensar”, una mofa de la ciencia.

Logo de premio Ig Nobel. Fuente: improbable.com

Logo del premio Ig Nobel. Fuente: improbable.com

El primer momento donde la Enfermedad del Nobel se hizo más que visible en Montagnier fue en 2010, durante una de las reuniones más importantes sobre ciencia: Lindau Nobel Laureate Meetings. Se habían dado cita científicos de distintas disciplinas (ganadores del Nobel) con amplia experiencia y especialistas sumamente reconocidos, por lo tanto soltar una afirmación como la de Montagnier requería osadía o mucha ignorancia. A partir de ese año la imagen que había forjado comenzó a resquebrajarse.

Montagnier tomó el micrófono y muy seguro dijo:

El contenido del ADN de los virus y bacterias patogénicos “podría emitir ondas de radio de baja frecuencia”, y si este se encontraba en agua podía organizar las moléculas del agua en “nanoestructuras” posibilitando la conservación de las propiedades del ADN del virus o bacteria. Estas ondas podrían ser detectadas después de ser diluidas masivamente en agua, afirmó yendo aún más lejos. El agua podía retener la “memoria” de las sustancias con las que estuvo en contacto.

Probablemente en un foro donde no hubieran personajes versados en química o física  se podrían tomar estos dichos como algo cierto, pues no son términos tan inusuales, y sobre todo porque los ha enunciado un Nobel.

Ondas, radio, frecuencia, nano, estructura, ADN… de alguna manera suenan a ciencia. No obstante en aquel recinto lleno de oídos expertos tomaron aquellos conceptos con otra actitud. La mera mención de “memoria del agua” o “nanoestructuras” de forma tan indefinida generó suspicacias. Probablemente la mezcla creó desconfianza, conceptos de diferentes áreas de estudio en una misma exposición, pero sin duda fueron los antecedentes que existían sobre la “memoria del agua” lo que terminó por enterrar a Montagnier. Vino a la mente Jacques Benveniste, un viejo conocido quien sí ganó el premio Ig Nobel en 1991. Ya desde ahí se sentía el tufo de algo en mal estado…

No obstante, fuera de esa reunión, otras personas aplaudieron la propuesta; los homeópatas se sintieron revitalizados; y ahora alguien con suficiente estatura científica enunciaba una tesis ajustada a la teoría homeopática. Mientras unos tomaban asiento y cesaron los aplausos, por otro lado miles de homeópatas recibían con beneplácito al nuevo gurú: el agua tiene memoria.

Montagnier y el sueño homeopático

La homeopatía surgió en la primera década del siglo XIX fundada por Samuel Hahnemann, un médico alemán interesado por descubrir nuevos métodos para curar enfermedades. Hahnemann no se sentía satisfecho con la teoría de los cuatro humores que predominaba en aquel entonces; deseaba una mejor explicación. Desafortunadamente la universidad no proporcionó aquello –pues todo era bilis, bilis negra– que encontró casi por casualidad en un libro: Materia médica de William Cullenn.  Ahí el autor estableció una relación entre la malaria y la quinina como cura: los síntomas de la enfermedad, así como los efectos por exposición a la quinina, eran casi iguales.

Si la cura de un mal es la propia enfermedad entonces habría que suministrar algún medicamento. Pero cómo, y de qué tipo. Disoluciones, proponen los homeópatas. Es decir, mezclar partículas de aquello que arrecia contra la salud en agua y sacudir, luego beber y esperar que el cuerpo sane. Este procedimiento da lugar a los conocidos “chochitos” o glóbulos. En la homeopatía, la creación de medicamentos está regida por el principio de la “Dosis inifitesimal y medicamento único”, el cual describe que, para tener un solución efectiva, es necesario disolver una parte del compuesto esencial  –mineral, animal o vegetal – en nueve partes iguales de alcohol o agua –1:10–; la mezcla se sacude vigorosamente por pocos segundos y listo. Los homeópatas afirman que mientras más veces se diluya la sustancia ¡es más potente!; por ejemplo, si disolvemos la bacteria que origina el cólera en cien partes de agua hay más probabilidades de curar el padecimiento. ¿Suena raro, no? Bajo esa perspectiva surge una pregunta: ¿Y si arrojamos un poco de la bacteria en el agua de una presa? ¿El gobierno mexicano podría curar, digamos, el ébola con sólo pedir que bebamos agua del grifo previamente contaminada?

Químicos, farmacólogos, médicos y físicos aseguran que sucede todo lo contrario. Si se diluyen partículas de esa forma es un hecho que la solución quedará formada únicamente por agua.

Sencillamente se puede explicar cómo es que la homeopatía carece de efectividad. Supongamos que tenemos cien partículas de nicotina –porque quieres dejar de fumar–  las cuales mezclas en 900 de agua. Ahora tenemos un compuesto de 1000 partículas perfectamente bien revueltas, de ellas tomamos la décima parte (100); como hay una proporción de 1:9, sabemos que en estas cien partículas mezcladas tendremos noventa de agua y diez de nicotina. Si nuevamente mezclamos nuestro último resultado obtendremos 990 partículas de agua y diez de nicotina –pues no hemos agregado más nicotina, excepto agua–; volvemos a mezclar y extraemos la décima parte tener ahora una proporción de 1:99. Si el procedimiento continúa, eventualmente no habrá moléculas de nicotina. Estaremos trabajando simplemente con agua.

Aún así es posible encontrar un artículo multicitado –casi único– por todos los homeópatas que dice lo contrario: Diluciones homeopáticas extremas conservan los materiales iniciales.  No es una buena señal que todo un campo de estudio penda de uno o pocos artículos. Pero que la homeopatía esté soportada por un premio Nobel cambia la situación radicalmente. Montagnier hizo lo que muchos anhelaban: darle un empujón a la homeopatía; logró conciliar lo improbable para la química: beber agua y recuperar la salud. Le otorgó el estatus de ciencia.

No es que hubiera un problema respecto a la libertad de investigación o sobre sus creencias, sino  que la homeopatía en reiteradas ocasiones ha sido cuestionada por amplios sectores. En varias ocasiones la Organización Mundial de la Salud se ha pronunciado en contra de homeópatas que han metido su cuchara en asuntos bastante serios como tratamientos para el SIDA.

Montagnier contra la ciencia

Luc Montagnier parecía haber resuelto el problema de la dinamización: el agua tiene una especie de “memoria”. El agua puede recordar todo aquello que tocó. Suena mejor que nada, es un discurso refrescante: agua.

Muchos especialistas experimentaron cierta ansiedad por obtener respuestas, querían saber a qué se refería realmente cuando hablaba de nanoestructuras, memoria, ondas, ADN… por qué el agua… detectar cómo…

Montagnier se ciñó a decir que todas las dudas habían sido respondidas un años antes a través de su artículo: “Señales electromagnéticas son producidas por nanoestructuras acuosas derivadas de secuencias de ADN de bacterias”. El documento contiene una descripción del experimento y las conclusiones relacionadas a la “memoria del agua”. Si lo que establece el documento fuera cierto implicaría una revolución bastante seria para la química, la física y por supuesto la medicina, pero no fue así. Ahora veremos por qué.

El procedimiento fue básicamente haber filtrado un cultivo de linfocitos infectados de Mycoplasma con filtros de hasta 100 Nanómetros (Nm) o porosidades de 20 nanómetros. El artículo consigna que el Mycoplasma tiene una medida de 300 Nm; en otras palabras, el microorganismo es mucho más grande como para poder pasar a través del filtro; no hay manera de encontrar residuos considerables de Mycoplasma. Para sorpresa de Montagnier y su equipo, tres semanas después hallaron Mycloplasma en un cultivo supuestamente esterilizado, como si hubiera resucitado o aparecido misteriosamente. Registraron este evento como anómalo y siguieron indagando.

En la segunda etapa de investigación encontraron una “propiedad” inesperada en las filtraciones. “Las formas infecciosas” debidamente diluidas en agua podían emitir “señales de baja frecuencia”. No se observó esta emisión de ondas en células no infectadas. Como si el estar sumergidas en agua las hubiera dotado de una estela mágica que dejan por donde sea que pasan. Había varias preguntas que hacer respecto a este punto porque desde hace siglos no se sabe que el agua contenga o provoque ese tipo de reacciones en los microorganismos.

¿Por qué sí emiten “ondas de baja frecuencia” los virus diluidos en agua? Bueno… existen varias formas de defenderse, pero en la ciencia la más usual es con los “pelos de la burra en la mano”, es decir, con la evidencia. Más allá de palabras o suposiciones se necesitan datos. En caso de no existir, con toda honestidad se puede asumir que la investigación es preliminar, que no hay recursos, que hace falta realizar más pruebas, etc… Montagnier fue más allá, trabajó con el peor recurso: la verborrea.  Explicó que los virus diluidos en agua resuenan debido a la excitación del ruido electromagnético del ambiente y la presencia de nanoestructuras. ¿Qué?

Precisamente el uso indiscriminado de los conceptos hizo de su artículo un asunto de credibilidad muy pobre, sobre todo la referencia a la “memoria del agua”. Fue un planteamiento similar al redactado por Jacques Benveniste años atrás. Montagnier utilizó la misma tecnología para medir las ondas: una bobina de alambre de cobre, un tubo de plástico (donde se coloca la solución para analizar), un amplificador de señal y una computadora con software especializado. Montagnier estaba invocando un personaje que había sido cruelmente vetado de los círculos prominentes de la ciencia.

Imágen del dispositivo para medir las ondas. Fuente: homeopathyeurope.org

Imagen del dispositivo para medir las ondas. Fuente: homeopathyeurope.org

En el pasado, Benveniste había sido criticado después del “fraude” cometido ante la afamada revista Nature (1988) al publicar un artículo donde afirmaba que los basófilos –un tipo de célula que reacciona frente a un alérgeno– pueden ser activados para producir una respuesta inmune, si previamente una solución de anticuerpos ha sido diluida con algún agente alérgeno. Básicamente la misma descripción hecha por la homeopatía sobre sus medicamentos: diluir la causa, administrarla y esperar reacciones favorables del sistema inmune.

El propio editor de Nature, John Maddox, junto con James Randi y Walter Stuart, dos personajes famosos por desenmascarar fraudes, se acercaron al laboratorio de Jacques para concluir lo anticipado: “No hay explicación objetiva a estas observaciones”. Desde ese momento Benveniste se deslizó por la espiral del  fracaso y desprestigio. Que Montagnier lo tomara como asidero adelantó conclusiones casi obvias para la comunidad. Era otro fraude científico.

Y es que uno no entiende a los enfermos del Nobel: ¿Pretenden engañar a los demás o ellos mismos son víctimas de sus propias ideas?

Aun cuando prosperara su plan de colocar a la “memoria del agua” en la investigación mundial –o recibir cuantiosos fondos–, el saber popular dice que una mentira te lleva a otra mentira, y así fue. Su artículo carecía de rigor científico, lo que enseguida encendió las alarmas; ¿quién podría haber aprobado semejante artículo sin la debida revisión?

En la literatura de ficción la autopublicación es bastante común: refleja la dedicación, la pasión por las letras y muchas otras características del autor, pero en la ciencia es reprochable esta conducta porque el conocimiento es construido colectivamente a través de la discusión y la demostración. Este sistema de confrontación de resultados entre especialistas (revisión por pares) tiene fallas, desde luego, incluso al grado de que una computadora puede publicar artículos falsos y carentes de sentido, pero de un Nobel se espera –erróneamente, tal vez– un proceder metódico y ético.

Montagnier, probablemente en un intento de saltarse el quisquilloso proceso, publicó su investigación en la misma revista donde presidía el comité editorial. Esta maniobra generó desconfianza desde un inicio; pocos se hubieran atrevido a defenderlo, más aún cuando se supieron las fechas: El 3 de enero de 2009 fue enviado, el día 5 del mismo mes se revisó, y para el siguiente día estaba aprobado. Si pensamos que la revisión de un artículo científico tarda de tres semanas en adelante, lo de Montagnier hizo sospechar a cualquiera.

Tres meses después de la publicación, Montagnier se enfrentó a una disputa añeja que lo llevó a los tribunales y de la cual dependía en gran medida su investigación.

En mayo de 2005 Bruno Robert se acercó a Montagnier para hablar sobre las ondas electromagnéticas. Trabajaron colaborativamente durante un periodo corto; sin embargo,  seis meses después, Robert registró aquel dispositivo detector de ondas. Sin que Montagnier supiera la decisión de su colega, él también un mes después intentó registrar el aparato como su creación; el Instituto Nacional de la Propiedad Intelectual de Francia terminó por decirle que no: ya existía un creador previo.

La defensa de Bruno Robert aseguró que Montagnier firmó en 2005 un contrato donde se comprometió a pagar 100 mil euros anualmente si Robert le permitía utilizar su descubrimiento, pues el descubridor del VIH aceptó que nunca había diseñado el artefacto. El ánimo de Montagnier no decayó. Continuó el alegato durante cuatro años hasta que en 2009 un tribunal lo declaró como un colaborador en la creación del aparato; por el contrario, la petición de la patente que solicitó Bruno Robert fue considerada “fraudulenta”.

Au revoir

El mismo año en el que Montagnier ganó la querella fue lanzado a las pantallas House of Numbers, documental acerca del movimiento negacionista del VIH/SIDA. En la producción se expone de manera amplia diferentes puntos de vista, desde ganadores del Nobel, funcionarios de la Organización Mundial de la Salud y activistas reconocidos por su postura en contra del uso de medicamentos antirretrovirales como tratamiento para el VIH. Todo este mosaico de personajes configura una narrativa que cuestiona los desarrollos sobre la enfermedad. Montagnier es la cereza del pastel, en la entrevista se le escucha afirmar que el VIH/SIDA podría curarse “naturalmente con una alimentación saludable. Las declaraciones, no sólo las de Montagnier, tuvieron que ser explicadas y contextualizadas, según el portal de House of Numbers, debido a la avalancha de críticas. ¿No acaso un documental se explica por sí mismo?

Con el paso del tiempo Montagnier se acercaba a la inminente caída. No se detenía, las declaraciones eran vertidas en cada espacio disponible, intervenía por igual en el campo del VIH como del autismo.

Hace dos años Montagnier asistió a la conferencia AutismOne donde cada año suben al podio personajes que no son del todo confiables. Es un lugar duramente criticado por la cantidad de charlatanes que se acercan ahí para explotar la desesperación e ignorancia de miles de padres con hijos autistas. Durante las charlas se tocan temas sobre conspiraciones gubernamentales y farmaceúticas que ocultan tratamientos o “verdades” que curan el autismo. Es toda una fiesta para aquellos que no tienen escrúpulos, pero sí muchas ansias de embolsarse unos billetes. Fue ahí donde Montagnier llegó a un punto sin retorno, echó por la borda la incipiente credibilidad que tenía. Básicamente la propuesta de dos ideas lo acabó:

1. Curar o tratar el autismo a base de un tratamiento con antibióticos y,

2. Como medida precautoria, evitar las vacunas.

Aquella presentación debió ser un éxito porque en la misma sintonía estaba una de las lideresas del movimiento antivacunación: Jenny McCarthy, sí, la modelo; también, Andrew Wakefield, otro defraudador que falsificó datos de una investigación para que su hipótesis cuadrara: la vacuna triple vírica provoca autismo. ¿Qué pasó? ¿En qué momento un Nobel termina así?

La desazón de la comunidad llegó al límite cuando Luc fue nombrado para presidir el Chantal Biya Inter­national Reference Centre (CIRCB) en Yaoundé, Camerún. Este centro es uno de los más importantes en África tanto por su infraestructura como por el tipo de investigación realizada: tratamiento y pruebas en bebés recién nacidos para prevenir la transmisión del VIH por parte de las madres. No cualquier cosa. Sin embargo, a pesar de ser llamado por el presidente del país,  35 ganadores del Premio Nobel se opusieron, nadie estaba dispuesto a aceptar a un hombre dirigiendo investigaciones tan sensibles con un perfil tan extravagante como el de Montagnier. Hubieron renuncias, espaldarazos, entre otras discrepancias.  ¿Cómo alguien que no creía en las vacunas, y sí en la homeopatía, iba a dirigir un centro con un presupuesto millonario y del cual pende la salud de miles de personas?

Probablemente es la trampa que el prestigio nos pone a cualquiera. Seguro que Montagnier también fue víctima de sí mismo, al poco tiempo nadie podía ponerle dinero a su nombre, al menos no en Europa, ni en los grandes institutos de occidente.

Tener un premio no le ha servido de nada. La ciencia así es, dura, sin remordimiento. Los científicos, por otra parte, trastabillan, pero saben rectificar. Montagnier nunca lo hizo, ni pareció importarle. Asumió el papel de víctima, denunció una “campaña siniestra en su contra” como último recurso retórico, que el “terror intelectual” imperante en Europa lo impulsaba a buscar en China aquella innovación para la que no estamos listos. Probablemente nadie lo extrañe, pero siempre será recordado como un ganador y alguien que lo perdió todo…

Foto de portada: Two enlarged images of T-cells one infected with HIV by Wellcome Images. Flickr-[CC BY-NC 2.0]

 



César Palma
César Palma

Editor de fotografía en Kaja Negra. Si alguien tiene que fotografiar al presidente, al papa o a mi abuela, ése quiero ser yo. En Twitter: @LittleChurch_ Correo: cesar@kajanegra.com





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