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La gaviota o la furia de lo erótico

28 Dic, 2017 Etiquetas: , ,

Las historias del escritor Juan García Ponce privilegian lo intimista, los arrebatos. En muchas de ellas la calma era solo una apariencia, nos comenta Alonso Marín Ramírez, autor invitado para esta última entrega del año de Can Cerbero.

TEXTO: ALONSO MARÍN RAMÍREZ

La calma era una apariencia. La suave ondulación del mar y el ligero vuelo de la gaviota sobre la pareja adolescente enmarcan una quietud que solo es furia contenida, falso sosiego a punto de develarse.

La estructura circular que García Ponce le da al relato regresa al lector, a pocos párrafos de iniciado, al contexto de la narración: Luis y Katina, mexicano y alemana, se conocen en la casa veraniega de los padres de él. El motivo no importa; pronto se hacen evidentes los primeros contactos de los jóvenes, cuando su deseo incipiente se insinúa al rozar él la frágil mano de ella o cuando, sentado cada uno a un lado de la mesa, se ven a los ojos y sonríen.

Hernán Lara Zavala comenta el carácter intimista y pasional de las narraciones de García Ponce y de cómo la presencia femenina se convierte en el leitmotiv de sus historias. Ya en Tajimara, relato temprano en la obra de Juan, la mujer es punto de partida y es también quien decide el final; lo mismo sucede en Rito, en el que la muestra de pasividad en el desenlace contrasta con la actitud colaboradora que Liliana, la protagonista, tuvo a lo largo del cuento, de manera que su frase final parece incluso simulada: «¡Qué humillación! ¡Todo el mundo que quiere me coge!».

En La Gaviota el sentimiento amoroso se desarrolla rápido e intenso, propio del adolescente, pero la prosa de García Ponce hace al lector sentir lo contrario; las frases se despliegan largas y armoniosas para que Luis, prendido ya, comience a idealizar a Katina, mujer sin nostalgia, y la convierta en parte de la luz, intocable por su presencia tan absoluta y tan extraña a él.

Cuando van al cementerio, la aparición de los fuegos fatuos no es casualidad, tampoco su disposición justo en medio del texto. La llama como figura de lo erótico en Octavio Paz; el fuego como imagen comparativa entre el amor y la amistad en Montaigne; escribe el autor francés: «el fuego del amor es más activo, abrasador y voraz… efímero, fluctuante y diverso… sujeto a accesos y debilitamientos… en la amistad hay un fervor universal… uniforme, constante y tranquilo, sin nada de anheloso ni doloroso». Los fuegos fatuos son efímeros, siempre a punto de desaparecer y, pese a su brevedad, inolvidables para Katina.

En La Gaviota el sentimiento amoroso se desarrolla rápido e intenso, propio del adolescente, pero la prosa de García Ponce hace al lector sentir lo contrario.

A partir del encuentro en el cementerio comienzan a desplegarse los elementos de ese amor que nace y madura y se frustra cada noche cuando se tienen que despedir e irse cada quien a su propio cuarto. Hay una elección cada vez que son cómplices en la urgente búsqueda de momentos de intimidad; Luis siente celos cuando sus primos llegan a la casa a interrumpir el vínculo que él se esforzaba por mantener, solo para sí, con Katina. El desafío es el elemento que mayor constancia tiene en el relato y del que surge el componente erótico y al mismo tiempo irascible: Katina ofrece señales ambiguas que Luis no sabe interpretar; no responde como él espera tras confesarle que le gustaba más cuando estaban solos, sin sus primos; finalmente, la respuesta de Katina tras su primer beso es también confusa.

Frustrado y lleno de rabia, Luis se contradice cuando desea a una Katina sola y libre y dueña de sí misma. Hay una separación que intenta vencer, y es impelido a esta lucha emocional por una retroalimentación entre su furia y su vergüenza, y por su sentimiento de soledad recién surgido y que, de forma también contradictoria, nace tras la presencia de Katina.

Por eso, cuando el relato completa su círculo y García Ponce regresa la narración a la playa, si bien la situación es la misma, la carga es distinta: los adolescentes están ya poseídos de una tensión erótica que solo está a un disparo de liberarse.

Suena la escopeta y la furia es de ambos; de Luis, al ver a Katina en medio del mar que la hace inalcanzable; de Katina, al ver cómo él, brutal e inmisericorde, ha matado al ave que ya antes habían divisado. Pero la furia de Luis parece ser de raíces más profundas, en cierto modo es más honesta. Y esto es porque venía gestándose lenta y pura a partir del deseo reprimido que deriva en enojo y, a partir de éste, en anhelo de sometimiento. Contradictoriamente, la violencia se dirige contra el objeto amado.

O quizá no resulta tan contradictorio cuando esta violencia se intuye un preámbulo al erotismo. ¿Qué tan certero fue Ovidio cuando, en su Arte de amar, dice «esfuérzate por apoderarte de su albedrío»? La recomendación del poeta romano es clara: «si te los niega [los besos] dáselos contra su voluntad; es posible que se resista al principio… pero, aunque se resista, desea ser vencida… Aunque diga que la has poseído con violencia, que no te importe; esta violencia le gusta a las mujeres».

Verdad o no, Juan García Ponce sabía que en el erotismo estas tendencias agresivas se emancipan y que, para su consumación, era necesaria la libertad femenina. Entonces toma a Katina, a Katina sometida sobre la arena, y la asciende para convertirla en un sujeto, poseedora de una voluntad que al ejercerse permite la emergencia de lo erótico.

La gaviota ensangrentada y con el cuello torcido pasa a convertirse en un símbolo del amor que, como ya adivinaba Johannes, el seductor Kierkegaardiano, tiene muchas variaciones. Ahí, en la arena y junto a los arbustos, tiene lugar la creación del espacio y del tiempo. Aceptación voluntaria de la fatalidad, deseo de posesión, ansia de desprendimiento; lo dice el mismo Juan: estaban más cerca uno del otro, pero ahora de una manera secreta.

 

Imagen de portada: Volare, oh oh by Xava du. Flickr-[CC BY-NC-ND 2.0]


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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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