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La gran putada de tener que ganarse la vida

28 Jun, 2018 Etiquetas: , ,

Ante la pregunta: ¿cómo vas a ganarte la vida?, Francisco de León construye este ensayo y reflexiona sobre las aspiraciones de los seres humanos y la encarnizada competencia por sobrevivir.

TEXTO: FRANCISCO DE LEÓN

Cierto día, cierta tía me preguntó: ¿ya sabes con qué vas a ganarte la vida? Y yo no podía dejar de pensar, pero si ya nací… uno pensaría que con eso tiene la vida ganada. Lo dije en voz alta y fue como si hubiese soltado una bomba. Se me explicó entonces que no, uno no se gana la vida por el sólo hecho de haber nacido y que hay que embarcarse en desventuras de «trabajo» y precariedad para gozar de cierto éxito. «Todo en esta vida cuesta. Si quieres que te atienda un buen doctor cuando estés enfermo o tener cosas elegantes, hay que trabajar mucho, a menudo por años y saber esforzarse», seguía la perorata y yo, antes que otra cosa, me sentía profundamente asustado. Y es que, todo eso significaba que si uno no tiene dinero, no se puede acceder ni a un buen sistema de salud, ni a seguridad de ningún otro tipo y lo más probable es que luego de tanto trabajar uno se quede verdadera y profundamente enfermo. Eso de los lujos me fue interesando [y me interesa] cada vez menos, de hecho, en realidad, poco o nada; pero me asustó esa gran putada de tener que ganarse la vida.

Y un buen día, así de fácil, ocurrió… ocurrió que estaba en no en uno sino en dos trabajos, además de en la universidad, con el hígado jodido y soltando por ahí el eterno clisé de que era feliz con lo que hacía, que todo valía la pena. Hasta que un día el hígado dijo «¡Suficiente!» y se me puso de veras malo y un doctor me dijo que así como los ojos son el espejo del alma, la lengua es el espejo del hígado y pues que el reflejo estaba hasta la madre de jodido, y pues que si no cambiaba de hábitos no iba a durar mucho más [y no llegaba ni a los veintiuno]. Un año de estrés había logrado mucho más que un par de años de alcohol. Y pues entonces yo también dije «¡Suficiente!» [así, mayúsculo], y puse al hígado a procesar cosas más interesantes y a la lengua a cuidar más lo que comía y lo que reflejaba y lo que decía. Entonces comenzaron, ya más serias, las preguntas. Y es que no es el propósito hacer aquí un capítulo más para el diccionario universal de quejas personales que es en muchas ocasiones el ciberespacio. Se trata de comenzar, más bien, con una memoria que —palabras más, experiencias más, palabras menos, experiencias menos—, estoy seguro todos hemos pasado: el momento en que nos dijeron que debemos ganarnos la vida.

Es Franco Berardi «Bifo» quien, entre algunos otros autores ha hablado largamente acerca del concepto de competitividad que impera en el mundo contemporáneo. Afirma:

Pero desde 1977, el proyecto de la ciencia [o tecnología, no lo sé] económica es el del sometimiento de las relaciones humanas a una única meta: competencia, competencia, competencia. Actualmente, competencia es una palabra normal, natural. Y esto no está bien, porque competencia significa violencia y guerra. En Mil mesetas, Deleuze y Guattari intentan definir el fascismo al decir que el fascismo existe cuando en cada nicho se esconde una máquina de guerra, cuando una máquina de guerra se esconde hasta el último rincón de la vida cotidiana. Eso es el fascismo.

Así, siguiendo la definición de Deleuze y Guattari, diría que el neoliberalismo es la forma perfecta de fascismo. La competencia es la ocultación de una máquina de guerra en cada nicho de la vida diaria: el reino de la competencia es la perfección del fascismo. [1]

Así, efectivamente, ya sin siquiera cuestionarlo, nos embarcamos en una encarnizada competencia por sobrevivir, por aspirar a un gran premio que nunca llegará pues, el sistema funciona para que sólo los que siempre han estado arriba ocupen ese lugar y los de abajo no puedan moverse de su sitio; prisioneros de una deuda que es perpetua y cuyo dios vigilante ya no tiene nada que ver con lo sagrado, sino que se trata de bancos u otras instituciones crediticias, tiendas y más tiendas y un largo etcétera. Los individuos se arrojan a las labores diarias con la fantasía de que ganarse la vida de manera honesta siempre es mejor, que los grandes empresarios generan fuentes de empleo, que hay que verle a las cosas el lado positivo, que las cosas pasan por algo y que un día todo estará mejor. Y nos morimos en la línea, y matamos al otro en la línea: en la línea de la caja con tal de pagar primero nuestros productos, en la línea de tránsito porque qué importa pasar por encima del peatón o el ciclista con tal de ganar los 30 segundos que se ahorran con sólo saltarse el semáforo. Nos morimos y nos matamos en la línea del mérito, en esa que creemos firmemente que nos separa de los otros, que creemos que nos hace merecer todo más que los otros: porque estamos más preparados, porque sí estudiamos y trabajamos, porque sí hacemos algo por el país. En las universidades, que han dejado su vocación de casas del pensamiento para convertirse en una línea de producción en serie, los egresados son arrojados al mercado laboral, y de nuevo a la competencia, y ya no al campo [en el más amplio de sus sentidos], ni a la vida, ni siquiera al propio cuerpo. Nos morimos y nos matamos en la línea del spinning, en bicicletas que no llevan a ninguna parte por más que pedaleamos, en nuestros cuerpos ascépticos y puros como nuestros espíritus impregnados de misticismos pop. Nos morimos y nos matamos con la fantasía entre los dientes y el mismísimo fantasma incrustado en el sexo y en el sueño. Y en la vigilia, no hacemos sino producir, producir y competir para morirnos y matarnos en la línea [de ensamblaje, de producción en serie, del vacío decorado con lucecitas y cámara de 5 megapixeles]. Y los que no están dispuestos a morirse y matar en esas líneas, son marcados, excluidos, torturados y aniquilados; reducidos a cenizas para que no puedan ser reconocidos —como ya lo ha afirmado Mbembe en su Necropolítica. Se trata así, por un lado, de sujetar las formas de la vida cotidiana en una noción lineal de progreso surgida de la competencia y, por otro, de aniquilar a los que ejerzan cualquier resistencia [palabra hoy tan gastada, pero necesaria]. Ambas caras de la moneda tienen sus tecnologías propias: dispositivos personales, redes sociales y otras formas de mediatización, por un lado; máquinas de guerra y destrucción masiva cada vez más eficientes, por el otro. En algún lugar escribí, y lo sostengo, que uno de los grandes y terribles logros del capitalismo contemporáneo es hacer que la guerra exista sin que se suspenda el consumo. Hasta la segunda guerra mundial, la llegada de la guerra suspendía la producción masiva, pues la austeridad era necesaria. Pero no se suspendían los gestos humanitarios y solidarios, lo cual se puede confirmar a partir de la lectura de autores como Peter Englund, Curzio Malaparte o N’gugi wa Thiong’o, sólo por mencionar algunas de las plumas que han abarcado el tema. En cualquiera de los bandos existía la unidad y la solidaridad, el deseo de recolocarse en la vida. En cambio en el mundo contemporáneo, la guerra ha sido suplida por la destrucción de territorios particulares, su gente, sus culturas, mientras que, en el «mundo civilizado», los consumidores sonrientes pueden  llevarse, sin que nada los detenga el teléfono celular de moda para, desde ellos, condenar los actos de barbarie a través de la red, siempre sin ponerse en juego. No es casual, así, que los grandes conflictos de hoy, tengan lugar en zonas que son, por encima de todo, una afrenta al sistema neoliberal.

Lo aquí expuesto no es una comparación, pues una catástrofe nunca será equiparable a otra, todas representan un dolor y una pérdida; pero lo que sí se hace evidente es que las formas en que se percibe la catástrofe se han transformado a un grado tal, que ya no se les suele ver más allá del espectáculo mediático. En fin, que la experiencia del mundo en fechas recientes ha devorado todas nuestras formas vitales y las ha colocado en un nicho de mercado, listo para ser comprado.

[Paréntesis]

Una frenética noche, Allen Ginsberg soñó con Moloch, y lo llevó al poema. Deidad devoradora de jóvenes, de hombres y mujeres y sueños:

Moloch cuyo amor es aceite y piedra sin fin! ¡Moloch

cuya alma es electricidad y bancos! ¡Moloch cuya

pobreza es el espectro del genio! ¡Moloch cuyo

destino es una nube de hidrógeno asexuado!

¡Moloch cuyo nombre es la mente! [2]

 

¡Ay, Allen! Me atrevo a tutearte para decirte que Moloch sigue entre nosotros, que sigue robándonos cuerpos y almas [así, en plural, plurales] en nombre de la competencia y del libre mercado. Nos ha robado hasta los afectos, las ganas de ser con los otros, junto a los otros, en los otros. Eso sí, por más que se empeña, no nos ha robado la poesía. Pero no nos engañemos, acecha, espera a que en un descuido dejemos la puerta abierta.

[Fin del paréntesis]

 

***

Escribe Terry Eagleton:

El terreno de lo simbólico se separó del ámbito de lo público, sí, pero también se vio invadido por él. La sexualidad pasó a ser un artículo de consumo muy rentable en el mercado y la cultura se tradujo en unos medios de comunicación de masas ávidos principalmente de beneficios económicos. El arte pasó a ser una cuestión de dinero, poder, estatus y capital cultural. Las culturas eran envasadas en exóticos envoltorios y vendidas por la industria turística. Incluso la religión se convirtió en un negocio lucrativo con telepredicadores que timaban a un público devoto, ingenuo y pobre, y le sacaban el dinero que tanto le había costado ganar. Nos habíamos quedado, pues, con lo peor de ambos mundos. Los espacios donde más abundantes habían sido las «existencias» de sentido ya no tenían una gran incidencia real en el mundo de lo público, pero, al mismo tiempo, habían sido colonizados de manera agresiva por las fuerzas comerciales de este y, a raíz de ello, se habían transformado en un elemento más de la fuga de sentido a la que, en tiempos, había tratado de resistirse. El terreno actualmente privatizado de la vida simbólica había sido apremiado a dar más de sí de lo que dignamente podía. Debido a ello, cada vez resultaba más difícil hallar sentido, incluso en la esfera privada. Ni tocar la lira [como un Nerón cualquiera] mientras ardía la civilización ni ocuparnos de nuestro jardín privado mientras la historia se desmoronaba parecían ya opciones tan factibles como antes. [3]

 

A partir de lo anterior, el autor británico cuestiona no sólo la profunda y terrible relación que las prácticas del capitalismo actual usan para capturar la vida cotidiana, sino que pone en tela de juicio el sentido actual de éxito, las orientaciones que dan «sentido» a la existencia de hombres y mujeres modernos, su afán de no seguir más que la realización personal [que se manifiesta en una serie de valores definidos como profundamente individuales, pero que en realidad son una norma], a la experiencia psicologizada de la realidad.

Bifo cree que la poesía, que el arte, son los únicos que pueden devolvernos a la vida, al cuerpo, propone así, no una ética, sino una erótica, una puesta en riesgo de formas de vida colocadas allende el terreno comercial: «Solamente un acto lingüístico que escape de los automatismos técnicos del capitalismo financiero hará posible la emergencia de una nueva forma de vida. Esa nueva forma de vida será el cuerpo social e instintivo del intelecto general, el cuerpo social e instintivo del cual el intelecto general se encuentra privado al estar envuelto por la condición actual de la dictadura financiera.» y es por ello, que el arte debe separarse de los afanes comerciales, pues sus objetos se encuentran en conflicto. Con ello no se trata de afirmar que los artistas no merecen vivir de su trabajo pero, parafraseando a la extraordinaria Ursula K. Leguin, el comercio no es lo mismo que, por ejemplo, la escritura, pues la escritura trata de unirnos a partir de esa humanidad que, seguramente sin saberlo, compartimos con aquellos que se encuentran a cientos, miles, tal vez, de kilómetros, que no hablan mi idioma, que no saben nada de mí. Y también con aquellos que fueron, con los que nos abrieron el camino y, ¿por qué no?, con los que están por venir.

Y habrá quienes crean al leer estas líneas —pensó ingenuo el escribiente—, que lo aquí dicho no son sino imposibles, utopías [otra palabra tan gastada como necesaria], que el mundo es así, que siempre ha sido así, y que así hay que vivirlo y aceptarlo. Pues no, no siempre ha sido así, y por ello, y más allá de ello, es urgente re-pensarlo, re-activarlo, re-vivirlo. Es urgente pensar el mundo sin intercambios mercantiles, profanar aquello que el capital ha vuelto parte de su imaginario sagrado, como piensa Agamben, y devolverlo al cuerpo, a la vida. Por ello, no se trata esto de una negación de la necesidad del trabajo, de la economía, de la puesta en marcha de actividades mercantiles. Tampoco se trata de una defensa de la pereza [que en nada se parece al ocio, a su carácter creador], sino de un recordatorio, tal vez, de que dichas actividades [la economía, el trabajo, la producción] tienen sentido cuando se coloca en función de la vida y no cuando se pone la vida al servicio de éstas, como ocurre hoy.

Bifo, de nuevo, afirma que la tendencia actual a ser apocalípticos es también parte del sistema en que vivimos. Es el capital el que nos hace pensar que es mejor ya no traer más vidas al mundo, el que nos hace creer que somos una especie fallida y no una que puede corregir el camino, que ante la catástrofe, no queda más que esperar su llegada y alegrarnos por nuestra inminente desaparición. ¡Sorpresa! Ideas tales no hacen sino alimentar el ritmo de consumo, pues nos impide ver más allá de nosotros mismos, de nuestro presente. «¡Vive sólo el presente. Es todo lo que tenemos!», frase que no es sino la sutil trampa que nos impide pensar críticamente el pasado y anhelar el futuro.

***

¡Qué gran putada esto de tener que ganarse la vida!  Como si fuera una competencia, como si quien no entra al juego no mereciera vivir. Habrá que negarse con todas las fuerzas posibles a ganarse la vida y más bien atreverse a ponerla en riesgo. Y no cómo los frívolos temerarios tan en voga en Youtube, sino a ponerla en riesgo frente una realidad que, cada vez más violenta, se cierne sobre nosotros. Tendremos que poner en riesgo la vida para imaginar un mundo que, aunque nuestro tiempo en la vida no nos dé para ver, sí nos haga pensar que si otros lo ven habrá valido la pena. Y habrá quienes, de nuevo, al leer estas líneas —afirmó nuevamente, ingenuo, el escribiente— crean que se trata de una imaginación absurda, que nada ha de cambiar. Como única respuesta habrá que afirmar que la imaginación no es lo mismo que irrealidad y que, desde ella, se han gestado las ideas que derribaron muros que otrora parecieran infranqueables. Tal vez si dejamos, por un minuto al menos, de ganarnos la vida, y meditamos en el silencio, o en el poema, en la música o en el oficio [el que sea], reconoceremos que aunque ciertamente la vida tiene sus luchas, estas no son parte de una guerra contra los otros, ni una encarnizada pelea por la supervivencia. Si dejamos por un minuto al menos, de ganarnos la vida, tal vez seamos capaces de ver ese resquicio por el que se cuela la luz del afuera.

 

Ciudad de México, junio de 2018.

 

 

[1] Berardi, Franco «Bifo», La Sublevación, Surplus ediciones, México, 2014. P. 122-123.

[2] Ginsberg, Allen, Aullido, traducción de Rodrigo Olivarria, Editorial Sexto piso, México, 2011. P. 153.

[3] Eagleton, Terry, El sentido de la vida, Editorial Paidós, Barcelona, 2017. P. 48.

 

Foto de portada: Japan Continues to Rebuild Six Months After Tsunami by Surian Soosay - Flickr [CC BY 2.0].


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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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