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La mirada cambia

26 Oct, 2017 Etiquetas: , ,

Hay cosas que no cambian, dolores que permanecen intactos en el alma, relata la autora invitada en esta entrega de #CanCerbero y remata: pero la mirada sí, el dolor se escruta desde otros sitios. Y así, esta reflexión nos lleva por los caminos de las lecturas y la música, mientras un recuerdo de la niñez la permea.

TEXTO: AYDEÉ BRAVO

Heredé de mi padre el amor por la lectura, la escritura y la música, el gusto por las horas de reflexión y borrachera, la fe trepidante en lo divino y la firme convicción de ser una perdedora. De mi madre heredé la sensibilidad fiera, la cabellera rebelde y ensortijada, el egoísmo y la necedad que profeso, una litiasis renal crónica y esta melancolía tierna que es la compañía más fiel que he conocido hasta ahora. Por mi cuenta fabriqué el denso miedo y la tendencia a la soledad. No sé más allá de mi genealogía que la que llega hasta mi abuela materna. No sé qué es tener un abuelo. Mis padres no saben qué es tener un padre. Yo sí lo sé. Es el dolor infinito de no ser el que se espera que seas y la certeza de que nunca lo serás.

Estos días de lluvia me recuerdan aquel olor, esa escena. Mi madre salpicando gotas de agua sobre el suelo de tierra para después barrer la capa primera de polvo y basura. Era sublime percibir el olor que se desprendía de dicha actividad, yo tendría unos nueve años. Entonces los ojos no me ardían todo el tiempo, yo los cerraba y dejaba que el aroma inundara mis sentidos, porque no era sólo el olfato, era el gusto, los vellos que se erizaban sobre la piel, el sonido de la escoba llevándose lo malo, lo que había sembrado el día anterior. El olor a tierra húmeda significaba la oportunidad de inicio, de olvido de las penas, aunque fuese sólo durante ese instante que no pertenecía al tiempo.

Ahora mis padres están separados, mamá se ha ido como ha hecho tantas veces y volverá, como ha hecho tantas veces. Ella se fragmenta y nos fragmenta a su paso, aún cuando estemos lejos uno del otro. Hay cosas que no cambian, dolores que permanecen intactos en el alma, sin importar cuántas horas de terapia se inviertan en el intento de superarlos, sin importar cuántas tabletas antidepresivas disparen serotonina al cerebro. Si todo es química no conozco otra más poderosa que las experiencias de la niñez.

 

Pero la mirada cambia, el dolor se escruta desde otros sitios. Ahora puedo subirme a la montaña y observar desde allí, o bajar a la fosa y hacer una vista de hormiga. También puedo pararme a un lado y escuchar de cerca lo que dicen las voces, porque ya no hay llanto que las apague. El tiempo le dota a uno de la capacidad para percibir la belleza en lugares y situaciones en que antes era imposible hacerlo. Es una maravilla. Tal vez estar vivo no sea una estupidez tan absoluta.

A papá le gustaba escuchar a Beethoven y Tchaikovsky, también a Ray Conniff. Me tomaba de las manos y me hacía bailar. Yo quería casarme con él. Después de una de las huidas de mamá, hace años, no volví a verlo escuchar música. A papá también le gustaba leer a Dostoievsky, a Tolstoi, a Truman Capote, a Rulfo, a Camus y a muchos más que no recuerdo. De una novela de Dumas, El Conde de Montecristo, tomó uno de los nombres que me dio; de la Biblia tomó el otro. Si yo significo para él los nombres que eligió para mí, sería la mujer «victoriosamente acariciada». No sé a qué autores lee ahora. Tampoco sé si ha vuelto a escuchar música.

El tiempo le dota a uno de la capacidad para percibir la belleza en lugares y situaciones en que antes era imposible hacerlo.

Él dice que me ama. Mamá me contó que la golpeó algunas veces estando embarazada porque no quería que yo naciera. «Es que no sabía que podría amarte tanto», me dijo cuando le pregunté por qué lo hizo. «Perdóname, flaquita».

Yo creo que debió imprimir más fuerza en sus golpes.

Imagen de portada:Cuando yo era niño...Cuando yo sea grande... by real_orlon. Flickr-[CC BY-NC-ND 2.0]


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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres.

Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar





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