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La muerte de mi padre

05 Abr, 2018 Etiquetas: , ,

La lectura de La conciencia de Zeno permitió que el autor de esta entrega de CanCerbero se encontrará con algunos de sus pensamientos más profundos. Las palabras de Italo Svevo llegaron a decirle que «hace falta una caída del padre para evaporar mi fuerza».

TEXTO: LUIS AGUILAR

Al único hombre que amo, mi padre.

 

La figura del padre está destinada a vivir en eterna equivocación a ojos del hijo varón; por su parte, el hijo tiene como encomienda juzgar las acciones del progenitor, que normalmente considerará erróneas. No hay puntos medios, ni acuerdos, y si un hombre no lo hace, habrá que dudar de él por no atreverse a cuestionar las leyes. Al final, esta batalla no es más que una sinrazón en constante repetición.

En esto pensaba cuando me aventuré a leer La conciencia de Zeno, que no son sino las confesiones de un burgués y, a través de éstas, su autor, Italo Svevo —seudónimo usado por Ettore Schmitz [Trieste, 1861-Livenza, 1928]— analiza los elementos de la sociedad donde se desenvuelve.

No sé si haya sido el ritmo, el tono, quizás un humor que por más que intenté jamás logró conectarme o tal vez el que se me habló desde un sector económico que me decía nada. Sea cual sea la razón, no logré terminar esta lectura. A pesar de esto, donde sí me encontré fue en el capítulo La muerte de mi padre. Aquí Svevo confiesa con dolor el tiempo que perdió con su progenitor, fuera por orgullo o por intentar obtener la aprobación de éste. Habla sobre sus pensamientos en los últimos días de vida su padre; el estar pegado a él, quien para ese momento, más bien era un moribundo.

La transformación de un hombre irónico, distante, con la juventud a su favor, esa que nos hace sentir eternos, hacia una persona con inseguridades, miedos, capaz de dudar de cada decisión que ha tomado, es evidente al avanzar la lectura.

El fue el primero en desconfiar de mi energía y, en mi opinión, demasiado pronto…él me había engendrado, lo que contribuía a aumentar mi desconfianza respecto a él.

Svevo remarca las diferencias de pensamiento a las cuales, además de la edad, se suma el que un padre ve a su hijo como alguien que invariablemente errará y debe soportarlo en sus caídas, de ser posible, evitarlas.

Mi deseo de salud me había impulsado a estudiar el cuerpo humano. En cambio, él [mi padre] había sabido eliminar de su recuerdo la menor idea relativa a esa máquina espantosa. Según él, el corazón no latía y no había necesidad de recordar válvulas, venas ni metabolismo para explicar cómo vivía su organismo. Nada de movimiento porque la experiencia enseñaba que lo que se movía acababa deteniéndose.

Me encontré en las letras de Svevo porque he detestado a mi padre como a nadie; he sentido el impulso de acabar las discusiones sin salida con golpes, sólo porque él tiene la llave que abre mis dolores más profundos. Ni siquiera la indiferencia de una amada ha sido tan dolorosa como la de mi padre y su capacidad para menospreciar los que yo considero son mis logros.

Aunque la relación con mi padre, que para mi fortuna aún vive, tiene puntos de encuentro con la de Svevo y su progenitor, me sorprendió ver el desplome de la hombría; el consumo del valor ante la cercanía de la muerte en su casa que tiene como único objetivo llevarse al hombre que alguna vez Svevo vio como enemigo.

El llanto empaña nuestras culpas y permite acusar, sin objeciones, al destino. Lloraba porque perdía al padre para el cual había vivido siempre. Poco importaba que le hubiera hecho compañía… El éxito que anhelaba debía ser mi motivo de orgullo ante él, que siempre había dudado de mí, pero también su consuelo.

Desconozco lo que es estar pegado a la cama de mi padre mientras él se recupera. La verdad es que cada día pido por su salud. Tal vez ahí se mide una parte de la hombría de una persona, en su capacidad de aguante y reacción ante ver al padre acabado, perdiendo paulatinamente su fuerza.

El último recuerdo que tuvo Svevo de su padre, aquel que  lo carcomía, fue desagradable, por decir lo menos.

El último acto del padre fue levantar muy en alto la mano y abofetear a su hijo.

Lo que más avergonzaba a Svevo era que ese último acto no fuera sólo para él, porque  lo vivió con el enfermero que cuidaba a su padre, y éste lo compartió con los habitantes del poblado donde vivía, un lugar donde las noticias circulaban tan veloces como las corrientes de aire y eran tan destructivas como el viento enfurecido.

La muerte de su padre volvió a Svevo una persona contemplativa, menos irónica; sumida en sus estudios filosóficos, principalmente los religiosos, como lo muestra la frase con que cierra el capítulo:

La religión verdadera es precisamente la que no hay que profesar en alta voz para recibir el consuelo del que a veces -raras veces- no se puede prescindir.

Quizá haya escritores que no me atrapen por completo, pero que con unas cuantas letras me hagan parte de ellos. Tal vez Svevo sólo vino a decirme que hace falta una caída del padre para evaporar mi fuerza.

 

Imagen de portada: Father & Son Shadows by R~P~M. Flickr-[CC BY-NC-ND 2.0]


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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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