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La música del silencio

06 Abr, 2015 Etiquetas: ,

Las manos también expresan palabras, y en esta historia Nidia las utiliza no sólo para comunicarse con personas sordas, sino para crear música que éstas puedan escuchar.

TEXTO: XOCHIKETZALLI ROSAS / FOTOS: CÉSAR PALMA

Por primera vez escuché el silencio; lo sentí estallar en mi interior, estruendoso, quebrando con lenta violencia mis entrañas. No es nada, pensé. Es todo. Un gesto certero.

Lo escuché a través de sus manos.

Ahí estaba ella, de pie frente a un grupo de personas considerablemente pequeño. Todos la mirábamos sin escuchar lo que ella sí podía desde los audífonos que tapaban sus oídos. Movía sus delgados dedos y brazos con suavidad, apresurados y lentos, mientras que su cuerpo se desplazaba con el ritmo que le marcaban sus gestos: arrugados, oprimidos, liberados.

Quise entenderlo como todos aquellos que la miraban desencajados y portaban una camisa azul turquesa cuyo estampado rezaba: “26 de septiembre. Marcha por los derechos de las personas sordas”. Así que sólo permanecí callada, observando, porque desconozco la Lengua de Señas Mexicana. Y de pronto la sentí: la tristeza y desesperación que esculpían sus movimientos. Una furia atrapada en los puños expulsada con aspavientos como un grito de dolor.

Quiero entender mi vida sin ti
no quiero escuchar consuelos de
nadie,
quiero gritar, correr hacia ti, no
quiero entender que al morir me mataste
quiero vivir… pensando en ti.

“Mi vida sin ti”, de La oreja de Van Gogh, fue la canción que Nidia interpretó aquella mañana calurosa del Día internacional de las personas sordas, me dijo al finalizar su canto. Antes, ni un sonido emitió. Sus labios permanecieron sellados.

Nidia. Foto César Palma

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El contingente que salió del Ángel de la Independencia llegó al Hemiciclo a Juárez vibrando, con los brazos apuntando hacia el cielo, agitando las manos y los globos blanco y azul, como todo el trayecto; clamando con la voz de sus manos por sus derechos:

“A la información, a la educación, a los servicios de salud, a la no discriminación.”

Ahí, Nidia Díaz Aroche entrevistaba a la comunidad, en Lengua de Señas Mexicana, frente a la cámara de televisión para el noticiario ADN que se transmite por el Canal Judicial y que ella conduce. Se movía entre la multitud. Hablaba en los dos idiomas: preguntaba con señas a su interlocutor, mientras que su voz traducía el cuestionamiento, lo mismo la respuesta. Miraba las manos y el rostro, atenta, como si quisiera capturar la esencia del mensaje que recibía para poder interpretarlo íntegro, claro, certero.

Mientras tanto, el resto de la comunidad de sordos se preparaba para el concierto que se daría como una de las celebraciones de su día, mismo que se conmemora –desde 1958– la última semana de septiembre. Festividad que surgió respaldada por la Federación Mundial de Sordos (WFD, por sus siglas en inglés), y estableció la fecha para conmemorar el primer Congreso Mundial de la WFD en septiembre de 1951.

“Un día de carácter reivindicativo, donde las comunidades sordas de las distintas regiones y países visibilizan su realidad ante el mundo, donde expresan sus demandas en cuestión de derechos y en el cual se pone de relieve la riqueza de la cultura sorda”, consigna en su página online la Confederación Estatal de Personas Sordas de España.

Yo caminaba entre todos tratando de descifrar lo que platicaban, intentando encontrar a alguien que me tradujera. Miraba sus expresiones para entender un poco. Sonreían, la mayoría. Se tomaban fotografías. Y ni se inmutaban por la insistente voz, a pocos metros de distancia, que se agravaba a través del megáfono: era un grupo de antorchistas externando sus demandas, mientras realizaban una clase de zumba al aire libre.

Así, como encerrados en una burbuja, iniciaron el concierto. Pasaron una a una las intérpretes, porque la mayoría eran mujeres, si acaso dos hombres. Éramos pocos los que escuchábamos lo que provenía del altavoz y a nuestro alrededor: el tránsito creado por los mirones de los automóviles, el canto de los pájaros en los árboles, los niños jugueteando en la Alameda. Ellas, por su parte, expulsaban el silencio cuando los dedos formaban una figura.

Cuando el grupo de antorchistas se marchó, crucé al otro lado de la acera para ver el silencio aleteando en el ambiente. Aquel grupo de personas platicaban, se reían a carcajadas y cantaban, y nadie las escuchaba.

Nidia fue de las últimas en cantar. Primero sola, después con una de sus compañeras y un joven de la comunidad. “Vivir mi vida”, de Marc Anthony, la interpretaron dos veces porque a todos les gustó. De pronto me miré susurrando la letra, cuando alcancé a escuchar la voz de la joven oyente que acompañaba a Nidia; también me vi con las manos hacia el cielo, sacudiéndolas.

Todos estábamos aplaudiendo.

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Dentro del silencio

“Agua” fue la primera palabra que Nidia externó a través de sus manos; aún era una bebé. Porque su lengua materna fueron las señas. Aprendió a hablar hasta los cinco años, cuando entró a preescolar. Fue hasta entonces que el primer sonido convertido en palabra proveniente de su boca que escuchó fue “mamá”. Aunque sus padres sabían que Nidia no tenía ningún problema con la audición, o que le impidiera hablar, ellos sólo le pudieron enseñar el lenguaje con el que se comunicaban: son sordos.

“Me costó mucho trabajo aprender a interactuar con los oyentes, porque la mayor parte del tiempo convivía con sordos. A los cinco años me di cuenta de que las cosas eran distintas. En mi casa era: ‘dame vaso’; acá es ‘dame un vaso’. La estructura gramatical es diferente. Fue un descontrol tremendo”, relata la mujer rubia que se prepara frente a un espejo para salir al aire en el noticiario.

En la escuela se aisló. Miraba a todos sus compañeros “hablando como periquitos” y ella no les entendía nada. En las clases siempre que se quería expresar usaba las manos; todos se burlaban de ella. Una maestra, recuerda, le decía que le amarraría las manos: “tú no debes usarlas, aquí nadie te va a entender así”. Por eso se sentía aliviada al regresar a casa: ya no tenía que hablar.

Siempre extrañaba el silencio de su hogar. El silencio que tanto ama.

Al sentirse incomprendida, generó un rechazo hacia la comunidad de oyentes. Le costó mucho trabajo poder expresarse a la par de los que sí hablaban. No la veían como una persona distinta, sino como un bicho raro, relata.

Pero no era su culpa haber nacido oyente.

En su familia se ha presentado en seis generaciones la discapacidad auditiva. La genética, justo con ella, se brincó una. Toda su familia materna la tiene. Mientras que a los tres años su padre por culpa de la meningitis perdió la audición.

Fue difícil, reflexiona, que la discapacidad no se presentara en ella. Si alguien le pregunta con quién se siente mejor, responderá que con la comunidad de sordos; se siente extraña con los oyentes a pesar de que escucha y habla.

“A mí me enseñaron la percepción del mundo de una forma dentro de mi casa, y luego al salir a la calle la percepción de las cosas es muy distinta; sí viví en una confusión muy tremenda en toda mi adolescencia. En la comunidad de oyentes se dan los albures, el sarcasmo. En la comunidad de sordos es puntual y concreto: estás gorda, estás fea. Y no se ofenden porque así son las cosas”.

—¿Deseabas ser sorda? —le pregunto, mientras su estilista termina de plancharle el cabello.

—No. No deseé ser sorda. Me dije: qué bueno que sí escucho porque tengo la oportunidad de ver dos mundos —responde contundente, sin dejar de mover las manos.

Justo aquel choque le ayudó a tener la habilidad para poder desarrollarse en las dos lenguas. Sabe muy bien cómo expresarse en español oralmente y por escrito, así como lengua de señas.

Le ayudó conversar con sus padres y contarles lo que le ocurría en la escuela. Ellos le compartieron, a su vez, que habían padecido lo mismo de alguna forma, porque como niños sordos, al tenerse que integrar a una escuela de niños oyentes, eran víctimas de burlas y maltrato; por eso aquellas charlas siempre la animaban y no la dejaban caer:

“Nosotros no escuchamos, hija, pero sí podemos hablar con las manos, nosotros nos expresamos a través de las manos. No somos sordomudos, somos sordos, mudo es aquel que no se puede expresar, pero nosotros sí podemos. Que no te estereotipen. Tú eres hija de padres sordos y de personas que tienen la misma capacidad que los demás. Lo único que nos limita es que no podemos escuchar. Tú eres especial, porque eres un puente entre dos mundos”, le explicaba su padre moviendo las manos con precisión para que a Nidia le retumbaran las palabras en la cabeza cada vez que se sintiera incomprendida.

Así tuvo que aprender a convivir, a integrarse. Todo fue un proceso muy largo, incluso doloroso, narra, pero fue lo que la motivó a que encontrara en sus manos un medio para poder expresarse mejor, “luché por integrarme, por ser parte de una comunidad a la que, por no tener una discapacidad, pertenezco”.

Un puente entre dos mundos

Tenía siete años cuando se dio cuenta que era una intérprete. Lo descubrió de una manera burda: acompañando a su madre a la carnicería y al médico, o en una llamada telefónica, con una súplica latente: explícame, qué dice. Traduciendo, primero, después explicando el sentido y significado de lo que cada interlocutor expresaba.

Se convirtió en la intérprete de su familia.

Cuando pasaron los años, ya en la adolescencia, Nidia miró el rezago, las limitaciones de su comunidad. No soportó ver que sus amigos sordos no podían conseguir trabajo por no poder comunicarse, así como no poder contar con otros servicios y derechos. Y de pronto algo le estalló en el interior: “Es algo en lo yo tengo que interactuar. Me cuestionaba todo el tiempo: qué debo hacer, cómo puedo ayudar a mi comunidad y también a la que no pertenezco, pero en la que estoy dentro, a que se integren. Y de ahí se me prendió el foco: esto es lo mío, ser un puente de comunicación”.

Nidia reconoce que fue complicado entender los conceptos: “La lengua de señas es más concreta, pero es más compleja, también, porque hay cosas que no puedes expresar; para empezar no existen las señas. Por ejemplo, en el ámbito médico o jurídico no existen y eso te limita. Sin embargo, como intérprete tienes que buscar la manera de que se reciba claro el mensaje, porque si soy literal siguiendo comas, puntos, palabras, no queda claro”.

Ella no fue a una escuela donde le enseñaran la lengua de señas, aprendió por la convivencia con la comunidad, con sus padres. Con el paso de los años se volvió autodidacta. La experiencia la fue fortaleciendo y dándole seguridad, que complementó con conocimientos adicionales.

“Interpretar no sólo tiene que ver con el lenguaje de señas. Tienes que conocer la cultura, las costumbres. Existe la Lengua de Señas Mexicana, pero también existe la Lengua de Señas Maya; otro contexto, otra cultura dentro de la comunidad de personas sordas”, explica.

Pero en realidad parece que sí, que Nidia se graduó con honores en la carrera de lengua de señas. Cuando la miras mover sus manos y su rostro en una plática o en el noticiario, encuentras figuras perfectas: los dedos finamente extendidos o doblados, deletreando con firmeza y rapidez; siempre seguidos de un gesto o del desplazamiento de su cuerpo. Y en una milésima de segundo verla cerrar los ojos, como si escarbara en su memoria, y de inmediato verla reproducir el sinónimo, la palabra que se acerque a lo que dice el orador.

“Cuando es una traducción simultánea terminas con el cerebro todo frito (suelta la carcajada mientras que sus manos describen la imagen cerca de su cabeza). Es muy desgastante dar una interpretación donde el mensaje no se desvincule, no se tergiverse. Por eso, es doble el reconocimiento para la labor de los intérpretes que no tienen nada que ver con la comunidad de sordos”.

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Pisó el aula de clases de la entonces escuela Rosendo Yeta, ubicada en la iglesia de San Hipólito –que después cambiaría su nombre a Centro Clotet– , con apenas 21 años de edad. Los ligeros nervios que la acompañaron se disiparon cuando miró a sus alumnos: personas sordas de diferentes edades y estratos sociales. Era su primer labor como intérprete “profesional”.

Pasó seis años alfabetizando a su comunidad y llegó a ser la profesora titular de grupo en el área. Su conocimiento ahí aumentó, no sólo de la lengua, sino de las necesidades y carencias, sobre todo de la manera en que podía contribuir a resolver los problemas.

Su aprendizaje más grande estaba por llegar.

La genética del lenguaje

“Tengo un niño sordo de 10 años”, me interrumpe Nidia de sopetón cuando la cuestiono sobre cómo generar consciencia en la comunidad de oyentes. Su maquillista la ha dejado perfecta para que en 30 minutos interprete en vivo el noticiario del viernes 12 septiembre.

“La herencia familiar volvió a reincidir”, le dijo el genetista.

Pero su semblante no luce entristecido: una luz atraviesa su imperturbable sonrisa que la caracteriza cuando lanza aquellas palabras.

Cuando nació Brayan se desconectó por completo de sus actividades en la comunidad de sordos. Se dedicó en absoluto a su hijo. Apenas el pequeño tenía un año cuando se le presentó la discapacidad auditiva: una infección en los oídos y perdió la audición. El diagnóstico: sordo profundo.

Esos años los recuerda con mucha felicidad, como los momentos más bonitos que ha vivido, me dice. No tuvo que aprender a ser mamá de un niño sordo, sólo tuvo que aplicar todo lo que ya sabía. Por esa razón se dedicó a él, quería sacarlo adelante, enseñarle la lengua de señas y a su vez la lengua oral.

“Mi hijo ocupa las dos vertientes, porque yo quise que tuviera las oportunidades que yo no tuve. Quise darle esa ventaja desde muy pequeño”, cuenta orgullosa.

Y recuerda no sólo su infancia, el no haber recibido las dos maneras de comunicarse desde un inicio; también recuerda aquellos casos de sordos que no pueden salir de su casa, que no tienen autonomía por ser retenidos o encerrados por su familia; por ignorancia. Ella no quiso aquel destino para su hijo y le mostró los dos mundos.

—Tener un hijo sordo fue una bendición —sentencia.

Una discapacidad que no se ve

Al cumplir Brayan tres años, Nidia decidió realizar otras actividades y se incorporó al DIF del DF. Ahí realizó diferentes labores propias de la institución durante cuatro años, hasta que de nuevo se encontró inmersa en actividades para incluir a la comunidad de sordos. Interpretaba el material audiovisual de los programas del gobierno: cómo tramitar un divorcio, una custodia. Pasaron otros tres años.

Así inicio de su carrera como intérprete para medios audiovisuales. Con esa experiencia se integró al Canal Judicial de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN). Con el interés en hacer más por la comunidad de sordos, Nidia buscó una alternativa, quería generar conciencia. Llegó con una propuesta formal, delineada en la atención a la comunidad.

Me parece que su programación es muy buena, de mucho contenido, pero no es accesible. Entonces lo que yo vine a proponer es que se le dé accesibilidad a la comunidad, les dijo. “Afortunadamente les interesó y se dio el noticiario: Acceso Directo Noticias (ADN) en Lengua de Señas Mexicana”.

Nidia se convirtió en la titular, aunque hay una joven que la suple cuando ella tiene otras actividades dentro de la corte, dentro del primer noticiero en América Latina sin barreras para las personas con discapacidad auditiva con el que Nidia quería cubrir un objetivo primordial: el compromiso de la SCJN con la protección de los derechos humanos, la no discriminación y el derecho a la información.

“Como no se ve la discapacidad, se cree que somos una minoría y, por lo tanto, no hay mucha apertura. Por eso, desde mi trinchera, lo que quiero es generar más espacios no sólo en la parte de noticias o de comunicación, sino también en el ámbito cultural, para que se pueden abrir cursos, talleres, conferencias”.

Aquel proyecto, en un principio, se había pensado para integrar un recuadro donde apareciera el intérprete, como en otros noticiarios; “pero al ser un lenguaje visual se necesita un espacio más grande, entonces lo que propuse es que fuera full de pantalla, que la imagen fuera detrás del intérprete”, relata Nidia minutos antes de entrar al set.

Luego de varias pruebas quedó listo el formato del programa que se transmite 30 minutos –de 14:30 a 15:00– de lunes a viernes. El primer programa se transmitió el 28 de noviembre de 2011.


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Mientras caminamos del camerino al set, Nidia nos explica –a mi compañero fotógrafo y a mí– que las instalaciones llevan un par de meses en República del Salvador número 56. Al entrar, de inmediato se coloca frente a la cámara; a sus espaldas hay una pantalla donde pasan rápido las imágenes de los acontecimientos.

Tres, dos, uno, al aire; la cuenta regresiva pasa lenta. Una breve cortinilla de música y Nidia echa manos a la obra. En cuestión de segundos ya saluda a su audiencia, se presenta (con la seña que la caracteriza: con una figura en los dedos que desplaza sobre su mejilla y sonríe). “Corte da la bienvenida a los nuevos consejeros de la judicatura”, dicen sus manos, y en la pantalla se ve el pleno, una ceremonia solemne. Así cada una de las noticias van pasando, y en el fondo se escucha la voz que va traduciendo lo que sus manos van formando. La voz que todos escuchan al salir de sus pantallas de televisión, pienso, es la que traduce lo que ella dice, y no al revés.

“Trabajar en televisión nos permite llegar a las personas que no pueden salir de su casa. Aquí lamentablemente es televisión de paga, no llegamos a toda la población como quisiéramos, pero aquí también estamos en un proceso para pasar a televisión abierta”, explica con un gesto de tristeza en el rostro, la primera vez que la vi sin su sonrisa perpetua.

Por ser un lenguaje jurídico, más especializado, “muy rebuscado”, reconoce Nidia, como intérprete tuvo que ponerse a estudiar. No sólo era pararse frente a la cámara, hacer señas y listo. Aprendió el contexto y el lenguaje jurídico, porque incluso “hay mucha terminología en latín” y tuvo que conocerla para poder interpretar y no tergiversar.

En el canal la guiaron y ayudaron para que su formación sea constante. Sobre todo con términos para los que no existen las señas, Nidia no las inventa, las explica de la manera más coloquial y cercana posible para que la comunidad la entienda.

Así, planeó que el noticiario también fuera lúdico e integró la sección “La seña del día”, donde Nidia da la explicación de un término jurídico.

“Porque el derecho a la información, más que un derecho constitucional es un derecho humano. Para mí todo esto ha sido un crecimiento profesional, claro, pero sobre todo lo veo como que mi comunidad creció y se le abrió un espacio en una institución muy hermética”, sentenció Nidia cuando ya se había vestido toda de negro para salir al aire.

Quizá por eso, recuerdo, el reportaje “El sonido de la seña”, transmitido por el Canal Judicial, ganó el Octavo Premio Rostros de la Discriminación Gilberto Rincón Gallardo en 2012 que otorga el CONAPRED, así como la mención especial al noticiario ADN con apenas un año de vida.

Premiación en la que vi por vez primera a Nidia. La primera que la vi cantando con sus manos.

Las melodías de sus manos

Ya no recuerdo la canción que interpretó al terminar la premiación en el Museo de Memoria y Tolerancia. Pero sí recuerdo sus manos y sus gestos. Cómo se desplazó en el escenario, cómo la música le explotó en las entrañas y salió expulsada por sus brazos y manos. Un nudo se me hizo en la garganta, aquella vez; los ojos se me llenaron de lágrimas. Yo escuchaba lo que sus manos repetían, pero la música del silencio fue la que me impactó.

—¿Cómo se da lo del canto?

—Empecé a cantar en lengua de señas desde niña —y sonríe de inmediato.

A su padre le gustaban The Beatles, porque percibía algunos sonidos. Y siempre que alcanzaba a escucharlos recurría a Nidia:

“Oye, qué dice esa canción, veo que toda la gente llora, se emociona, pero no entiendo”.

Ella le respondía interpretando las canciones que apenas, al igual que él, entendía por el idioma.

Y de nuevo le explotó una chispa: “esto me gusta”.

—La vida te va llevando, mostrando facetas donde también puedes incluir esta parte de la lengua de señas.

—Se cumplió tu sueño de ser actriz —la interrumpo con lo que me había dicho minutos atrás. Ella vuelve a sonreír y asiente.

Cuando canto canalizo las emociones. Llevo al éxtasis las emociones de la tristeza, la felicidad, la ira. Las llevo a lo más grande del sentimiento

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En un principio fue un juego, una forma de liberarse. En la adolescencia lo empezó a hacer de manera más formal y a los 20 años de edad su padre le pagó un curso de Arte dramático que duró dos años con la actriz Patricia Reyes Spíndola.

Con la exigencia y dureza de aquella maestra, Nidia aprendió a liberar y contener emociones. E inició, ahora, la carrera de cantante de Lenguas de Señas Mexicana. Primero participó en el concurso “Talentos mexicanos” que se llevaba a cabo en el programa Teletón en Televisa. En aquel programa televisivo querían interpretar en señas las canciones de los niños que ahí participaban. Ella les envió un video casero que había hecho de la canción “Viento” de Caifanes y la subió a YouTube. De inmediato recibió llamado.

Dos años estuvo interpretando aquel canto: “La Bikina”, “Ángel”, “Te presumo”, entre otras más.

—Fue una experiencia bonita trabajar con niños con otras discapacidades, es una experiencia que te enriquece de muchas formas.

Y desde entonces canta a donde la inviten, siempre buscando espacios.

Como Canto en el Silencio en el Antiguo Colegio de San Ildefonso en 2013, interpretando Lengua de Señas Mexicana de la canción “Manías” de Thalia, donde también participaron sus compañeras del grupo “Canto al silencio”. O su participación en el Festival de la canción en Lengua de Señas Mexicana en Guadalajara, Jalisco, organizado por la Asociación de educación incluyente desde 2011, donde Nidia se ha presentado cada año, porque “la música y el arte traspasan las fronteras e idiomas. No hay barreras”.

—¿Cómo logras expresar las letras de las canciones?

—Cuando canto canalizo las emociones. Llevo al éxtasis las emociones de la tristeza, la felicidad, la ira. Las llevo a lo más grande del sentimiento, aparte de la expresión gestual y corporal, me pongo en la situación, para sacarlo y transmitirlo. Es como actuar —dice y menea la cabeza, reconfirmando el cumplimiento de su sueño de la infancia.

Este año ganó el primer lugar como solista oyente en el Tercer Festival de la Canción en Lengua de Señas Mexicana, donde se calificó la expresión gestual y corporal, la gramática en la interpretación de la letra de la canción, el vestuario y caracterización, con la misma canción que interpretó en el Día internacional de las personas sordas.

Además del tercer lugar en la categoría de grupos, de la misma competencia realizado en Guadalajara, Jalisco, con su agrupación Melodías de nuestras manos con la canción “Vivir mi vida” de Marc Anthony. También, obtuvo en octubre de este año el tercer lugar en “La ilusión del canto Lengua de Señas Mexicana”.

—Quiero incluir a la comunidad en diferentes actividades, no solamente en la información que, claro, es muy importante, pero también la parte cultural, de entretenimiento; porque lamentablemente muy pocos espacios son inclusivos. Encontrar las alternativas, espacios donde se permita presentar este tipo de eventos. Como un concierto para sordos.



Xochiketzalli Rosas
Xochiketzalli Rosas

Coordinadora editorial de Kaja Negra. ¿Que si escribo? No, imagino que lo hago. En Twitter: @xochketz Correo: ketzalli@kajanegra.com





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