Recomendamos

La noche del Sr. Cave

03 Oct, 2018 Etiquetas: , ,

El enigmático Nick Cave se adueñó del escenario en la Ciudad de México y llevó a los asistentes a un viaje sonoro que permitió conectarlos con sus sentimientos y emociones más íntimas. Enrique Castillo nos lo relata en esta crónica.

TEXTO: ENRIQUE I. CASTILLO

«You fell from the sky/ crash landed in a field/ near the river Adur…» fueron las palabras que emergieron de la garganta de Nick Cave la noche del 2 de octubre. Con esta canción, «Jesus Alone» abrió su concierto unos minutos después de las nueve de la noche. Pero unos minutos que al público nos parecieron eternos. Ya ansiábamos ver al enigmático Cave y su banda, los Bad Seeds.

Vistió un traje negro, la camisa abierta que dejaba al descubierto su pecho, que estilizaba aún más su delgada figura. Nick Cave apareció imponente en el escenario. Parecía abarcarlo todo. Con la mirada dura, al frente, se preparaba para hacer suya a la audiencia. Comenzaba ese ritual en el que, él mismo lo ha dicho, gusta de provocar y aterrorizar a las personas en las primeras filas, para de ellas obtener energía y así llevar el desarrollo del concierto. Obtuvo toda la energía que quiso pero no a causa del temor que pudo haber infundido, sino del apasionamiento del público mexicano.

«Magneto» fue la segunda canción de la noche. Una de mis favoritas de su más reciente disco, Skeleton Tree. Después, el repertorio cubrió canciones que grabó en los años noventa [«Dou you love me?», «Loverman», «Red Right Hand», «The weeping song»] que cimbraron a los fans que cantaban –cantábamos– junto con Cave cada una de ellas.

El viaje nos llevó también a los inicios del grupo. Cave dice I wanna tell you about a girl y ya sabemos lo que se viene encima: la infaltable «From her to eternity», del disco debut de la banda de 1984, en la voz y gritos de Nick junto con el estruendo de los instrumentos; Warren Ellis parece torturar su violín hasta extraerle notas desgarradoras. También de esa década, tocaron «Tupelo», canción dedicada a esa población de Mississippi, Where no bird can fly, no fish can swin… until The King is born, cantó Cave, en referencia a que es la ciudad donde nació Elvis Presley.

Para sorpresa de muchos, incluyeron una canción poco conocida de la banda y que, hasta donde yo sé, es raro que toquen en vivo. Algunos la conocerán, otros no, advirtió el propio Cave. Cantó «I can hear the grass grow/ I can hear the melting snow/ I can hear your breath against my ear/ I might just disappear/ …Well, wouldn’t that be nice?» y de inmediato me transporté varios años atrás, cuando yo mismo pensaba que no estaría nada mal tan solo desparecer y ya.

Cave es uno de los artistas que más han impactado mi vida, sin embargo, no habría sido mi intención acercarme tanto al escenario para verlo de cerca. Si no hubiera sido por Grace, quien insistió en que llegáramos temprano para encontrar buen lugar, y luego irnos colando conforme la marea humana se movía, no habría podido tenerlo a tan poca distancia. Entre siete y diez cabezas se interponían entre el músico australiano y nosotros. Pero era casi imposible acercarse más. A pesar de estar casi sofocadas, las personas se rehusaban a ceder unos centímetros siquiera.

En su ir y venir sobre el escenario, Cave se acercaba al público, estirando las manos, usando los brazos de la audiencia como apoyo se inclinaba hasta donde era posible, consciente de que no lo dejarían caer. En una de esas ocasiones estiré mi brazo tanto como pude. No logré alcanzarlo pero la cercanía me permitió tomar un par de fotografías que resultaron de mi agrado. No usé mucho más el celular, me resulta una necedad usarlo en conciertos, impide el disfrute de cada instante en que la banda está tocando. Aunque, claro, no es una opinión compartida por todos. Un buen rato tuve el codo derecho de otro espectador en mis costillas, que usaba a modo de soporte para tener una grabación menos movida del concierto.

Había que tomarse un respiro, bajar las revoluciones al concierto. Para ello, Nick se refirió a la fecha, 2 de octubre, y lo que implica. Pidió que lo acompañáramos en los coros de «Into my arms» y que así invocáramos a los muertos y sus espíritus, para que estuvieran, aunque fuera por un momento, de nuevo entre nosotros. No sólo lo acompañamos en los coros. El rato de reposo se extendió con «Distant Sky», canción también del Skeleton Tree. En sus presentaciones en Europa, la canta a dueto Else Trop, cuya dulce y melancólica voz le da un aire emotivo a todo el concierto. Esta ocasión el dueto tuvo que ser virtual, ya que la cantante danesa apareció en una grabación en la pantalla que servía de escenografía a la banda.

Si algo sabe hacer Nick Cave es ganarse al público, manejarlo a su antojo. Cual semidiós bajó a caminar entre sus adoradores mortales. A un gesto suyo, la marea humana se abrió. Sin perder el aplomo se adentró en esa multitud que quería abrazarlo o aunque fuera tocarlo. Alcancé a ver el rictus del hombre de seguridad que lo acompañaba. No se veía muy confiado de salir ileso. Adivinaba la faena que estaba por venir. Por su gesto, podría decir que en su interior elevó una plegaría antes de sumergirse entre la masa.

Conté, de nuevo, los cuerpos que me separaban de Nick Cave. Otra vez eran unas diez personas, bien compactadas. Sin modo de acercarme más, lo vi pasar, con no poco pesar, en su camino al centro del Pepsi Center, donde se subió a un pequeño escenario, para que los de atrás también pudieran verlo de cerca.

Igual de adverso sería su regreso al escenario principal. Advertí que no usaría el mismo camino. Los de seguridad le indicaban el lugar de llegada con una lámpara. Esto era justo del lado donde Grace y yo estábamos, junto con no sé cuantas más personas. Por alguna extraña razón, quienes estaban a nuestro alrededor me llegaban a la altura del pecho. Mi campo de visibilidad era amplio, así que le dije a Grace que Nick tomaba una dirección muy cercana a la nuestra. Los que me escucharon estuvieron atentos, no creían del todo lo que yo decía. Hasta que por fin el movimiento de la marea anunciaba la cercanía del ídolo.

A unos cuantos centímetros, no tuvimos sino que estirar la mano y ya lo teníamos al alcance. Me sorprendió notar que es más bajo de estatura que yo. Eso no evita que por su mera personalidad se imponga aun abajo del escenario. Ya no había diez cuerpos entre él y nosotros. Resulta superfluo querer tener tan cerca a tus ídolos, lo sé, pero en ese momento era lo único que me importaba. Por varios segundos, dejé mi mano sobre su brazo.

No beber ni una cerveza ni nada de agua desde un par de horas antes sirvió para no sentir la necesidad de alejarme del espacio ganado y poder ver así de cerca al Sr. Cave. Me sentía ya satisfecho del concierto pero todavía faltaba el cierre. Otra rola antañera, «The mercy seat» anunciaba que el fin era inminente. Mi gozo fue mayor cuando también incluyeron un viejo gospel arreglado al estilo de Nick Cave and the Bad Seeds: «City of refuge».

Estaba encima el final de esa noche, de ese ritual en el que Nick Cave obtuvo su sustento de nuestra energía. La marea humana comenzaba a dispersarse. Rostros sudados, contentos, ebrios de música y de alcohol [también de cigarro aunque en el lugar se prohíbe fumar], desfilaban en procesión hacia la salida. La gente cantaba todavía. Íbamos satisfechos porque, además, el Sr. Cave prometió regresar.

 

Imagen de portada: Nick Cave & The Bad Seeds by Takahiro Ryono. Flickr-[CC BY 2.0]


Enrique I. Castillo
Enrique I. Castillo
Ocioso que ha publicado cuentos en las revistas Los Bastardos de la Uva y Molino de letras, y en el periódico El Financiero. Además de un texto en el libro Los 43.



Leave a Reply


Artículo Anterior

La pulquería es picardía

Siguiente Artículo

Y pus no: 2 de octubre no se olvida





También te recomendamos


Más historias

La pulquería es picardía

El Quijote es una pulquería que se ubica a 15 minutos de Ciudad Universitaria, en este lugar el pulque no lo sirven en cacariza,...

01 Oct, 2018