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La pulquería es picardía

01 Oct, 2018 Etiquetas: , ,

El Quijote es una pulquería que se ubica a 15 minutos de Ciudad Universitaria, en este lugar el pulque no lo sirven en cacariza, tornillo, maceta, reina o catrina, sino en unicel. Los vasos de litro con marcas de dientes en las orillas son reutilizados hasta que algún bebedor los hace trizas. Ahí irremediablemente encontrarás al Papi, quien con su escudero entre brindis te muestra por qué la pulquería es picardía.

TEXTO: GONZALO TRINIDAD VALTIERRA/ FOTOS: BAUDILIO MATUTE

Refúgiate en el Quijote, pulquería encubierta —patio de primera— en el Pedregal de Santo Domingo, a quince minutos de Ciudad Universitaria. Es mejor llegar a pie por la avenida Escuinapa, «donde hay perros del agua» —según el vocablo náhuatl— y todo tipo de antojitos para quien prefiere comer antes de beber.

Cruzamos el umbral, adornado con una diminuta bandera de México. La atmósfera cambia: los rostros de los hombres, antes que cualquier otra cosa, nos llaman por la fuerza de los años; algunos parecen haber echado raíces bajo la mesa. El pulque, que fermenta las ensoñaciones de los bebedores, descansa sobre la barra recién arreglada. La primera vez que entramos la pulquería era diferente, el desorden gobernaba, había gatos entre los tiliches arronzados al fondo del patio, justo detrás de la barra. Ahora hay una manta enorme que promociona la bebida de los dioses y oculta los armatostes.

Perseguimos el pulque como si en cada gota se encontrara nuestro destino. No importa que ya no se acostumbre servirlo en cacariza, tornillo, maceta, reina o catrina. En El Quijote utilizan unicel. Los vasos de litro con marcas de dientes en las orillas son reutilizados hasta que algún bebedor, bastante chato, tiene a bien hacerlos trizas. Total, para qué son los vasos de unicel si no para arrancarles pedacitos con los dientes.

El George es un toro, o un hombre, que anda a rape y porta jersey de fútbol americano. Es el encargado de la pulquería. Se pasea detrás de la barra. Cotorrea con los viejos que juegan cartas; siempre están pegados a la baraja. Se sienta a ver un partido en la tele, cuando lo hay. Es serio, de rostro duro; jugó americano con los legendarios Guerreros Aztecas de la UNAM, cuando todavía existían los Cóndores. Nos cuenta que en aquella época reclutaron a muchos cóndores en la delegación Coyoacán, aunque no aclara precisamente en qué puestos. A ellos, a los guerreros, nos dice, los contrató la Policía Federal, donde trabajó muchos años. Nos tomó por lo menos tres visitas platicar con El George; al principio nos topamos en seco con su aparente mutismo, pero cuando trabas palabra con él, te das cuenta de que es un hombre que disfruta la plática, sobre todo cuando rememora sus épocas como jugador de americano.

Un besote a la mesera que le planta un libador, seguido de un agasajo que la mujer no desprecia, sea por costumbre o porque le da igual. Y en la mesa contigua dos hombres, uno mayor que el otro; el de más edad viste la playera del América y un gorrito, le dicen El Papi. Les convido cacahuates para pelar y la plática sobreviene. En un par de minutos ya estamos brindando; otro minuto y nos mudamos a su mesa. El escudero del Papi está fascinado con la belleza de nuestra compañera, Kathia; se lo hace saber y brinda a su salud. Otro brindis, para que nadie se ofenda, porque la pulquería es picardía, nos dice el Papi.

Cada vez que visitamos El Quijote nos encontramos al Papi y su escudero. Saludos, brindis, más pulmón, casi hasta reventar, y en un rato ya estamos los cuatro o cinco cabuleando. Hablamos de lo jodido que está el trabajo. Siempre ha sido así, agrega El Papi y los demás secundamos su opinión con otro trago. Parecen sorprendidos cuando les comentamos que vamos de pulquería en pulquería escribiendo sobre lo que vemos y escuchamos. ¿Escriben sobre el pulque?, nos pregunta. Sólo si está chingón, le decimos y ordenamos otros tres litros de blanco; no es por despreciar los curados del Quijote, que están a la altura de los mejores que hemos probado, pero nada le gana al blanco.

—Sáqueme de dudas —dice El Papi—. ¿Cuál es la mejor pulcata que han topado?

Preferimos no sacarle nada; pero le decimos que ésta, El Quijote, tiene un excelente pulque de ajo, es decir, de a jodido, el más barato: blanco. Si no sirvieran el elixir en vasos de unicel, se podría beber más a gusto en un jarrito de barro. En seguida pasa por mi mente la idea de cargar con uno por si acaso, pero siempre olvido comprarlo. Además, tiene su encanto beber en vasos de unicel que lavan junto al baño. El cual no pasa de ser una covacha donde unos rigen el cuerpo sentados mientras otros lo hacen de pie, platicando muy a gusto.

De mañana o tarde siempre hay gente inflando; otros más entran con sus billetes en el bolsillo y salen con sus respectivos envases de refresco llenos de pulmón. Jóvenes, ancianos, mujeres, familias, se ve de todo en El Quijote. El ambiente de fin de semana es familiar, como hace muchos años, allá por el siglo XIX, cuando en los tendajones y patios se sentaban familias enteras a beber pulque y comer enchiladas. Vienen de Santo Domingo y las colonias aledañas [Los Reyes, Ajusco, Huayamilpas], donde la vida de barrio aún no ha sido trastocada por los desarrollos inmobiliarios. La fisonomía de Santocho, como se le conoce popularmente a la colonia, no ha permitido que los constructores se adueñen del agua e infesten las calles con edificios para cuarenta o sesenta familias. Se nota que la gente goza comer y beber, abundan las marisquerías, pollerías, taquerías, donde puedes acudir por el bajón después de visitar la pulcata.

En otra ocasión nos topamos al Beni, quien nos contó su historia. Se fue de casa porque su padre le cargaba la mano. Trabaja como albañil, construye escuelas con prefabricados canadienses, en una semana. Viaja por la República con la cuadrilla construyendo escuelas. El mai Hormiga fue su sensei en el arte de la albañilería. De pronto se levanta la playera y nos muestra las cicatrices que adornan su abdomen. Dice que una de ellas se la hicieron por andar de maldoso; llegó a la Cruz Roja con el bofe de fuera, en las manos prácticamente, desangrándose, y de allí lo mandaron a volar, porque no podía pagar la operación. La libró por poquito, y ahora nos cuenta que prefiere el sur del país, el norte no le gusta. Las mujeres, dice, son mujeres en el sur, en Guerrero, Oaxaca, Chiapas, o el sureste, de donde hace poco partió hacia Cayos Arcas para trabajar en la reparación del cuartel de los marinos.

—Chúpale que se me escurre —dice el Beni y nos invita una cubeta de pulmón, para celebrar su cumpleaños. Luego nos habla de su pasión, la música cubana y la salsa—. Oigan esto —nos ofrece el celular que ya está sonando—: es lo mejor del Trío Matamoros.

Ni modo de decir que no cuando nos invita otros pulques, si se ha portado tan derecho con nosotros. Nos ponemos a celebrar con El Beni, a brindar como compadres; en ese momento entran El Papi y su escudero. Nos saludamos y de un momento a otro ya están en la mesa. Veteranos de la desigualdad, cuenta cada uno sus experiencias en el trabajo; como muchos de nosotros, sobreviven de milagro. No hay manera de que no nos sintamos identificados cuando hablan de patrones abusivos y gente, blanca por lo general, que los contrata hasta para mover una mesa o colgar un cuadro. Las historias se siguen una tras otra hasta que le ponemos alto a tanta desesperanza y brindamos por El Beni, que a fin de cuentas cumple años.

—Y porque seguimos vivos, chingada madre.

—Salud, pues.

—Salud.

Recuerdo que la pulquería es picardía, pero quien se sienta y escucha con atención también percibe la desolación y la desigualdad en la experiencia de cada hombre y mujer que puebla este cubil. Con mucha más facilidad que en la cantina uno se empapa de sus historias, quizá porque no hay adornos ni meseros que te tratan de señor; las relaciones son directas en la casa de los dioses, la pulcata. Cuando por fin, después horas de estar empinando el codo, el pulque surte efecto, el cuerpo se relaja, hormiguea, aunque la mente sigue intacta. Nos despedimos y salimos a la calle, fresca, renovada por la noche que se avecina.



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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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