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La rebeldía de no hacer nada

19 Nov, 2015 Etiquetas: , ,
Una divagación motivada por Escritos para desocupados de Vivian Abenshushan.
TEXTO: LIZBETH HERNÁNDEZ

La escena ocurre dentro de una unidad de Metrobús, a un cruce de la estación Altavista: cuerpos de mujeres se apretujan. La suma de los alientos cobra fuerza. Las ventanas están abiertas. No basta. El calor incrementa. Afuera el escenario no es muy distinto: automóviles que no pueden moverse ni para atrás ni para adelante. La luz del semáforo pasa del verde al rojo y parece no tener sentido. De pronto se escuchan unos gritos: «¡Chofer, chofer, una joven se desmayó, haga algo!». Las mujeres voltean, esquivan brazos de las más altas, hay quienes estiran el cuello para alcanzar a ver. «¿En dónde está esa chica?», «¿alguien tiene alcohol, perfume, algo que ayude?». De entre las cabezas aparecen unas manos con un frasco de gel antibacterial. Se pasa hasta llegar a su destino. El chofer abre la puerta del costado derecho, baja los escalones y se dirige a un automovilista: «¡oye, déjame pasar, tengo una emergencia aquí!». Pasan algunos minutos y nada. «Háganse de ladito para que respire, necesita aire». Alguien cede su asiento a la joven, pero ella dice que bajará en la siguiente estación. La unidad del Metrobús avanza. Por fin. Ya en Altavista se abren las puertas. La joven es prácticamente escupida. «Alguien ayude a la chica, se puso mal», se escucha. Una mujer a mi lado dice: «y así es diario, bueno, no siempre hay desmayadas, pero cómo no va a pasar si uno sale cansado de estar todo el día en la friega y regresar a la casa es esta chinga». No le digo nada, pero pienso: el trabajo, la ciudad, viajar así en el transporte público, es decir, esta dinámica de vida, nos fulmina. Qué ganas de no hacer nada. Sí, no hacer nada, ir a paso lento. Lento. Desocuparse.

Descubrí Escritos para desocupados en internet y lo descargué poco después de renunciar a mi empleo en un diario. Una frase de Bernardette Devil me gusta como resumen de aquel momento: «Para obtener lo que nos importa, tal vez sea necesario perder todo lo demás». No recuerdo en dónde leí esas líneas pero se me grabaron. Muchas personas me preguntaron: «¿y qué vas a hacer?, ¿no piensas quedarte sin hacer nada o sí?» La verdad eso me seducía: no hacer nada. Desocuparme. Lo hice parcialmente. Inicié una vida freelance.

Leí de a poco Escritos para desocupados. Al principio fue inevitable encontrar puntos en común con su autora, Vivian Abenshushan, ella también había trabajado en un medio [una revista cultural], ella hablaba de la frustración autoimpuesta y el conformismo, dos tópicos que estaban muy presentes en mi mente aquellos días, ella hablaba del ocio. Eso me gustaba.

Como decía, leí poco a poco los ensayos que conforman este libro. Me detenía a pensar en las preguntas con las que abre [pongo aquí algunas]: «¿Siente usted que trabaja cada vez más y tiene cada vez menos (tiempo, dinero, deseo, ímpetu)? ¿Es usted un trabajador autónomo (un free lance) y cada mes su vida pende de un hilito? ¿Ha pensado que las horas que tarda en desplazarse al trabajo y en regresar a su casa podría emplearlas en hacer el amor? ¿Tiene seguridad social? ¿Sospecha usted que aun si trabajara los domingos nunca tendrá una vivienda propia? ¿Cuántas horas de su tiempo libre dedica a mirar la televisión? ¿A no hacer nada? ¿Se pregunta si tiene remedio todo esto? ¿Qué puede hacer? ¡Pare de sufrir! mate a su jefe: renuncie…»

Seguí sin prisa la lectura de estos Escritos que van de considerar la rebeldía de hacer eso que para muchos puede parecer una locura, para otros una pose, un sueño guajiro, una decisión de vida o que ni siquiera lo contemplan: renunciar,  a pensar en el ocio, en la velocidad [en el tic tac que nos acelera, en esa dinámica que nos hace sentir urgencia por lo rápido. El ya, ya, ya que puede aplicar no sólo al trabajo, sino a la vida cotidiana], en el sistema económico que nos rige, en nuestros hábitos de consumo, de producción o de creación.

Tenía que ser así, una lectura lenta, porque de este modo pude divagar, reflexionar, contradecir o criticar lo que la autora expone. Algunas preguntas que rondaron mi mente esos días: ¿De qué manera concebimos el trabajo? ¿Quién puede permitirse no trabajar? ¿Y si resignificamos el trabajo y proponemos nuestras propias dinámicas lejos de la explotación? ¿Qué podemos aprender de quienes realizan proyectos autogestivos, colectivos y concebidos desde una visión horizontal y no vertical? ¿Le importaría esto a quienes veo en la calle, en el Metro, en el Metrobús o a quienes ni se asoman más allá de sus colonias en donde no les faltan servicios básicos y les sobran lujos? ¿Cómo las dinámicas y prácticas laborales al interior de las empresas de medios impactan en el modo en que los periodistas abordamos las historias? ¿Qué tan necesario es que los periodistas podamos hacer pausas antes de maquilar textos que no explican nada y sólo replican acríticamente frases de funcionarios o boletines? ¿Qué es crear en este contexto? ¿Qué es el cuerpo en estas dinámicas de velocidad, prisa, trabajo? ¿Y cómo darle la vuelta a eso si no nos gusta, si no nos representa o si nos hace colapsar? He rondado algunas ideas y propuestas para responderme o dudar más. Así con esto en mente también fue que viví la renovación de Kaja Negra.

Decidí no detenerme a hablar de las características literarias del ensayo [contraensayo como Abenshushan lo llama también] que es Escritos para desocupados, porque de eso ya habló con bastante puntualidad Francisco Serratos en la revista de crítica literaria Gaceta Frontal: «El ensayo para Abenshushan es una estética contestataria y el ensayista, para sentarse a escribir, primero necesita sacudirse la verborrea teórica, salir a la calle y pasear, perder el tiempo, pensar tirado en la cama, desatender los deadlines de las editoriales y suplementos culturales. En suma, recuperar el contacto con el mundo, pero no como un flâneur que bosteza frente a la multitud, sino como una forma propia de escritura». Y la propia Vivian Abenshushan habla de este y otros aspectos aquí.

Opté por divagar sobre el libro de Abenshushan, que al mismo tiempo es parte de un proyecto que trasciende al libro-objeto, explora otros lenguajes y es una postura contra el copyright, porque creo eso: divagar, es una de las invitaciones principales de Escritos. Un ensayo [o contraensayo] también es una calle que recorrer, un pensamiento que contrastar, un pretexto para el ocio, que como dice Abenshushan «es fecundo» o puede ser la pauta no hacer nada, al menos por un ratito, para crear después.

Imagen de portada: Escritos para desocupados  de Vivian Abenshushan-CC BY-NC-SA 3.0 


Lizbeth Hernández
Lizbeth Hernández

Directora de Kaja Negra. Periodista e investigadora freelance. Los temas que más le interesan son: movimientos sociales, derechos humanos, feminismos, agenda lgbt+, arte y cultura pop. Escribe sus ideas y apuntes en Medium. Se la vive entre la sabrosura y el desasosiego. En Twitter e Instagram: @abismada_
Correo: lizbeth@kajanegra.com





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