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La resistencia migrante, conversación con Ana Laura López

10 Sep, 2018 Etiquetas: , , , ,

Cada semana llegan al aeropuerto de la Ciudad de México tres vuelos con hasta 130 mexicanos deportados de Estados Unidos sin nadie que los reciba y sin nada que avale su identidad. ¿Qué impacto tiene esto en sus vidas y en sus entornos? Para abordar este hecho que es parte de una crisis migratoria, la poeta Camila Krauss conversó con Ana Laura López, fundadora del Colectivo Deportados Unidos en la Lucha.

TEXTO: CAMILA KRAUSS / FOTOS: SARA ESCOBAR

«Repatriado» es un término inmerecido en tiempos de deportaciones masivas y ante gobiernos rebasados. La crisis migratoria es reflejo de la desigualdad que se vive a nivel mundial, se trate de países explotados y empobrecidos o de países explotadores y voraces.

Las personas migrantes se juegan la vida, se ponen en manos del coyote que les cruzó la garita; en las de un paisano que llegó antes que ellas/ellos y les brindó alojamiento; en las de un empleador que se hace de la vista gorda. Para quienes son deportadas/os la vida sigue siendo una rueda de la fortuna y se hace necesario contar con una red de confianza, sobre todo cuando, obligándoles a volver a sus lugares de origen, pretenden que borren todo lo que han andado.

Ana Laura López, originaria de Jalisco, se fue de México a los 24 años porque su lugar de origen no le ofrecía oportunidades. Vivió 20 años en Chicago, en donde se convirtió en activista binacional, pero cuando quiso regularizar su estatus migratorio fue deportada, y sin haber cometido ningún delito entró a su país teniendo que dejar a sus dos hijos adolescentes en Estados Unidos.

«¿Quién eres y de dónde vienes?» Para quien ha tenido que migrar es una pregunta complicada, a veces hasta humillante. «Soy madre, soy mujer, soy migrante, soy ser humano», responde Ana Laura, contundente desde la oficina de Deportados Unidos en La Lucha, el colectivo que ella fundó.

Ana Laura López, integrante y fundadora del Colectivo Deportados Unidos en la Lucha, durante su participación en la puesta en escena de «Misa fronteriza» junto con Non gratos Teatro. Ciudad de México, 27 de junio de 2018. Foto: Sara Escobar.

Ana Laura gira el carrusel que imprime en una bolsa de manta la silueta de una niña que en vez de estar en un cunero con su familia, está sobre el mapa de Estados Unidos, bardeado con alambres. La imagen alude a los recientes Centros de Detención para niños separados de sus familias.

El olor de la cebolla acitronada de la cocina del restaurante llega hasta la mesa de la oficina ubicada en La Casona, en la calle de Zarco de la colonia Guerrero, en la Ciudad de México. Hay música de fondo y dos niños salvadoreños que juegan debajo de la mesa hacen que no ponga suficiente atención en quién canta allá abajo.

El taller está en un segundo piso. Es un espacio sin muros pintado con tonos cálidos, con un baño y una cocineta, está todo alzado sobre azulejo amarillo. Detrás de la puerta hay algunos carteles, fotos y diseños que quienes aquí trabajan han ocupado para imprimir en sus camisetas. En un mapamundi en inglés, francés y español se lee: «Migrantes reconocemos su esfuerzo y apoyamos su lucha», pensando en ellos, Ana Laura López y yo abrimos este diálogo:

Ana Laura López, ¿qué haces todos los martes desde que estás en la Ciudad de México?

Bueno, todos los días lo que hago es trabajar con el tema de las deportaciones, tratar de visibilizar, tratar de sensibilizar y tratar concientizar a la gente, a la sociedad mexicana que no le ha tocado migrar; a las autoridades y a la población poco informada acerca del tema de las deportaciones.

¿Qué es la puerta N en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México?

La puerta N es una puerta olvidada por mucho tiempo, que nadie volteaba a ver, que nadie sabía qué pasaba por ahí, que –hasta hace tres meses– vio llegar a muchas personas con los sueños rotos y con la vida cortada de tajo. Es la puerta por la que llegaban tres vuelos, los días martes, miércoles y jueves, alrededor de las 11 de la mañana, cada vuelo, con alrededor de 130 personas, todas deportadas de Estados Unidos.

¿Cómo llegaban estas personas ahí? Y, una vez que estaban en el aeropuerto, ¿qué pasaba con ellas?

La constante siempre es la confusión. Tu vida había cambiado, todo lo que habías construido y lo que habías trabajado en Estados Unidos, incluyendo tu propia familia, pues se había quedado, todo se te había arrebatado, y estás regresando a una ciudad y a un país en el que muchos ya ni tienen recuerdos [de ti], y algunos ni siquiera [te] conocen; [ellos] fueron capturados en la frontera, los tuvieron por algunas semanas en un Centro de Detención y luego fueron deportados.

¿Así fue como tú llegaste? ¿Cómo fue tu deportación?

Yo no llegué por la puerta N, la forma de deportar cambia de un caso a otro. A mí me deportaron en septiembre 30 del año 2016. Me deportaron cuando traté de iniciar el trámite para regularizar mi estatus migratorio. Para realizar un trámite de regularización es forzoso salir de Estados Unidos, lo cual, una siempre sabe, es arriesgado; yo pensé que había más cosas a mi favor, porque no tengo ningún tipo de récord criminal. En el aeropuerto me estaba esperando migración, me detuvieron, y en un proceso de unos 20 a 25 minutos me sacaron del país, sin derecho a llamar al Consulado, ni siquiera hicieron el proceso debido de llevarme a un Centro de Detención para que yo hubiera podido llegar por la puerta N. Fue muy rápido y salí bajo una penalización de 20 años para no regresar a Estados Unidos. Cuando llego aquí y conozco a otras personas deportadas es que me entero de la puerta N y sé de la forma en que llegan a la Ciudad de México.

Es bastante reciente. Entonces, ¿cuánto tiempo le tomó a Deportados Brand conformarse? Ha crecido mucho y rapidísimo, cuándo empezó, ¿qué es?

Mira, yo en Chicago a raíz de problemas laborales, empecé a involucrarme, circunstancialmente, en el activismo. Trabajé 10 años para una tienda de segunda y trabajaba con mujeres en la misma situación: todas trabajadoras, todas migrantes. Trabajaba a gusto hasta que vendieron la compañía. Cuando venden la compañía empieza a haber varios problemas, varios abusos laborales, en ese momento yo estaba estudiando inglés y estaba estudiando lo que se conoce como el GD, [el equivalente a la preparatoria abierta aquí en México], mis compañeras [de trabajo] me empiezan a decir: «Oye Anita, ¿qué hacemos?». Empecé a investigar, encontré una organización que se llama Arise Chicago, fui, tomé un taller de derechos laborales; ahí me di cuenta que teníamos derechos, a pesar de ser indocumentadas. Regreso con mis amigas, les comento esto, las invito a tomar un taller de derechos laborales y empezamos a planear una campaña de sindicalización. Lamentablemente la perdimos, salimos despedidas yo y algunas de mis compañeras, y se entabló una demanda entre la Junta Nacional de Relaciones Laborales —la cual sí ganamos, pero simbólicamente—. Empecé a buscar trabajo en otros lados, ya estaba muy fuerte el tema de la Form I-9, que es el programa de verificación de documentos [de forma electrónica] en Estados Unidos y empecé a trabajar, a través de una agencia temporal, en una fábrica de dulces, y lo mismo: muchos abusos laborales, y cuando una ya sabe sus derechos ya no es tan fácil aceptar trabajar bajo ciertas condiciones. Tomé una decisión bastante radical: dejé de trabajar. Por año y medio viví de mis ahorros y me dediqué a prepararme en diferentes cosas: empecé de voluntaria, dando clases de alfabetización en el Centro Romero; en Mujeres Latinas en Acción tomé talleres de emprendimiento y de liderazgo para la mujer latina; a la par, seguí trabajando como voluntaria en Arise Chicago, ellos se empezaron a interesar [yo estaba muy inmersa en el tema] y me empezaron a pagar algunos entrenamientos y talleres en la Universidad de Illinois, [talleres] de organización comunitaria y de desarrollo de liderazgo, me convertí en entrenadora de la Agencia Federal para Regular las Leyes en el Trabajo en Estados Unidos. Estuve a cargo de la Semana Laboral en el Consulado de México en Chicago, estaba viviendo mi sueño americano, excepto eso, que no había podido arreglar mi estatus migratorio y ahí fue cuando me deportaron, cuando quise arreglar mis papeles.

Cuando llegué  a México buscaba una organización como éstas que encontré allá, que te acabo de mencionar, perdón tengo que hacer el recuento para contextualizar, pero es que sólo así, para que se entienda, desde dónde viene esto, esto no surge aquí, ¿no?

En México esperaba encontrar una organización donde pudiera encontrar respuestas de por qué me habían deportado tan arbitrariamente, por qué no se hizo un debido proceso. Lo que encontré era nulo. Eso fue en septiembre 30 del 2016, en los dos meses [siguientes] empecé a ver cómo salía adelante, porque, además del tema de la depresión –que es bastante pesado–, empecé a averiguar qué podía hacer. A través de mis contactos en Chicago es que me dicen: «sabes qué, ve a la SEDEREC [Secretaría de Desarrollo Rural y Equidad par a las Comunidades] y a Secretaría del Trabajo». Fui, tramité el seguro de desempleo, me aceptaron. Hicieron un llamado el día 6 de diciembre de 2016 para una entrega simbólica de este beneficio. Mi sorpresa fue que en esa entrega reunieron a varios migrantes retornados y deportados, empezamos a platicar, me di cuenta que la problemática era muy similar: dificultades para adaptarse, para encontrar trabajo, con las familias separadas; me contaron esta otra parte que yo no había vivido: lo que pasaba en el Centro de Detención, de cómo llegaban a la puerta N y nadie los recibía, que no tenían teléfono porque los agentes les habían roto el teléfono celular o se los habían perdido, o les habían roto identificaciones; las tarjetas con las que supuestamente les pagan en los Centros de Detención, muchas veces están sin fondos, o no pueden cambiar sus dólares. Bueno, cantidad de cosas que me platicaron. Y ahí les propuse que formáramos un grupo. Les dije que podríamos formar un grupo, ese día tomé teléfonos de varios de ellos, les estuve llamando y la primera reunión fue el 16 de diciembre del 2016 y así nació el Colectivo Deportados Unidos en La Lucha.

Otro aspecto de Ana Laura López durante su participación en la puesta en escena de «Misa fronteriza» junto con Non gratos Teatro. Ciudad de México, 27 de junio de 2018. Foto: Sara Escobar.

¿Qué pasa desde el momento en el que nace el colectivo hasta que tienen el primer producto como Deportados Brand?

Deportados Brand no surgió como una venta de playeras, sino como una venta de dulces en la calle. Nos empezamos a reunir afuera del Museo Franz Mayer cada martes; nuestra cita era a las cinco de la tarde. Primero era un grupo donde nos escuchábamos, que sirvió como terapia para todos. Algo que ha caracterizado al Colectivo Deportados Unidos en la Lucha no es el estereotipo [de deportado] del que habla la mayoría: no somos dreamers, no somos protegidos por DACA [el programa Deferred Action For Childhood Arrivals por sus siglas en inglés], no somos jovencitos, no somos gente con un alto nivel educativo, no somos gente que habla un inglés perfecto; la mayoría es gente que trabajó en la construcción, el car wash, la jardinería, restaurantes, o gente que trabajaba general label, eso dificulta las cosas.

Aquí, al llegar, nuestra sorpresa es que después de 35 años ya es difícil encontrar trabajo, pero en México todo mundo vendía dulces, les dije: «¿Saben qué?, vamos a empezar a vender dulces para generar un poquito de ingreso y poder sostenernos», el chiste era motivarnos, lo que quería era que no se sintieran rendidos. Entonces, a estos dulces les mandamos a hacer estas etiquetas que decían «Deportados Unidos en la Lucha», traían nuestra historia, mandé a hacer playeras para identificarnos y unos flyers, y así fue como comenzó. A esa venta le llamé: Deportados Brand 100% Mexicano; realmente era una venta de dulces callejera, salimos a la calle a vender, hablábamos con la gente, yo había creado una página de Facebook. Si no nos querían comprar dulces pues les decía: «al menos regálanos un like para la página», de alguna manera ir difundiendo y así fue como surgió. Con el tiempo, la gente empezó a querer comprar las playeras en vez de los dulces y es donde toma el giro a lo que es hoy un taller de serigrafía.

Empieza el taller de serigrafía, el negocio de hacer las camisetas, y ahora, ¿cuál es la lucha y qué es lo más urgente?

Ha sido todo un reto. Nadie sabíamos serigrafía, nadie sabía diseño, la gente tenía otros oficios, ha sido reinventarnos y aprender de todo. A la par, seguíamos yendo al aeropuerto a recibir a las personas deportadas. Metí un proyecto a la Secretaría del Trabajo, un programa que se llama Fomento al Autoempleo, fue un momento difícil, creo que fuimos de los pioneros en lograr que este apoyo se le diera a personas deportadas porque no reuníamos todos los requisitos para acceder a este programa por diferentes razones, por ejemplo: el tiempo de residencia en la Ciudad de México. Fue difícil, pero ahí está lo que yo quería mostrarle a mis compañeros: la importancia de la organización comunitaria. No es lo mismo que una persona vaya a pedir algo y que no te tomen en cuenta, que si van cinco o van diez, organizados y presentando un proyecto y decir «quiero esto para esto». Se logró que nos dieran el apoyo. Nos compraron el equipo. El equipo fue prestado por un año, hace poquito se cumplió el año y ya nos hicimos de él. Conforme íbamos al aeropuerto iba cambiando más el perfil, cada vez estaba llegando gente con más arraigo a Estados Unidos y desarraigo a México, con toda una vida en Estados Unidos y que ya no tienen mucho contacto con la familia que se ha quedado aquí, algunos con familia que ni siquiera conocen.  El gobierno de México no tiene albergues especializados para recibir a personas deportadas, entonces era complicado el alojamiento, nosotros empezamos a brindar eso y comenzó a quedarse gente en el taller, en ese espacio llegaron a quedarse hasta 14 personas, entre migrantes deportados y migrantes centroamericanos en tránsito. Este espacio [Zarco 222] es muy adecuado para nuestras necesidades y esperamos siga siendo este punto seguro donde la gente pueda venir a estar aquí, siga estando el taller, siga siendo oficina, y también siga brindando alojamiento a algunas personas. Aquí pagamos 10 mil pesos de renta mensuales, es un reto.

¿En este momento cuántas personas están involucradas en el taller de serigrafía y qué productos están haciendo?

La idea es que Deportados Brand pueda seguir funcionando como una empresa social que apoya a las personas deportadas. Antes éramos cinco los dueños del equipo, más el colectivo, porque somos un colectivo, no somos organización, no bajo recursos, no tengo fondos, no puedo ni siquiera recibir donaciones económicas porque no puedo dar comprobantes deducibles de impuestos, nos sostenemos completamente de las ventas de las playeras. La idea es que podamos seguir trabajando de esa manera. Actualmente quedamos como Deportados Brand dos personas más Ramón Luna, que tiene un proyecto propio, se llama Deportamales.

Una playera de las que hace el colectivo. Foto: Cortesía Deportados Brand.

¿Por qué el gobierno y los estados del interior del país, de donde han migrado más mexicanos, deben tener programas para prever este tipo de crisis que no sólo ocurre con el gobierno de Donald Trump sino desde Obama?

Es un tema que el gobierno, convenientemente, ha dejado de lado por mucho tiempo, porque qué mejor que la gente se le fuera y enviara remesas y creo que, aquí en México, la falta de organización de las personas deportadas también había influido en que el tema estuviera olvidado. Viene la administración Trump, aunque tú sabes que con Obama se rompió el récord de deportaciones[2.8 millones de indocumentados], pero con esta administración y con esta marcada discriminación, racismo y odio contra nuestra comunidad en Estados Unidos es donde se están sintiendo los efectos, porque antes a la gente la deportaban y venían y cruzaban de nuevo, y ahora es muy difícil, al gobierno mexicano esto le tomó definitivamente por sorpresa. Lo que ha estado haciendo el Colectivo, y algunos otros grupos que han surgido a raíz de todo esto, es que el gobierno vaya tomando cartas en el asunto; yo creo ya no tiene caso preocuparse por lo que no se hizo antes, eso es perder el tiempo, sino ver qué hacer y que tengamos un gobierno dispuesto a trabajar, a entender y a informarse de lo que pasa con las personas deportadas de todos los perfiles, un gobierno que trabaje binacionalmente; de repente crean programas y se enfocan en los que están allá, pero cuando estamos aquí, las respuestas que nos ha dado el gobierno son: «pues es que lo que ustedes representan es la misma problemática de cualquier mexicano» –lo cual es cierto, los deportados venimos a ser un reflejo de la problemática del mexicano, pero amplificada y con un grado alto de vulnerabilidad–, entonces, yo creo que es un tiempo clave, ahorita, que volteen a ver el tema a nivel federal, lo poco que hay es a nivel local y lo más que llega a haber es en la Ciudad de México, la gente que va a sus estados no tiene la misma posibilidad que puede haber aquí; entonces ¿qué va a pasar? De por sí la Ciudad de México es un caos, con toda esta gente llegando porque es el único lugar donde hay oportunidades pues va a ser peor. Yo creo que el gobierno tiene que ir pensando a corto y mediano plazo, tomando en cuenta que somos gente con capacidades diferentes. No es por hacer menos a la población que no le tocó migrar, pero sí [a quienes lo hicimos] nos cambiaron el chip en cuestión del trabajo, yo creo que se debe aprovechar el cambio de mentalidad que ya trae la gente que migró, es tan valioso que llegue un joven que hable inglés y tenga toda la voluntad de trabajar como lo es alguien de la tercera edad y que en vez de pedir algo quiera seguir trabajando, es lo que el gobierno tiene que aprovechar y moverse rápido para poder apoyar a la gente, que no sean sistemas asistencialistas, que de nada ayudan, pueden perjudicar más, tiene que crear programas de empoderamiento, apoyos económicos que tengan seguimiento para lograr que esos proyectos tengan éxito y creo que México está en una oportunidad tremenda, tremenda de renovarse y de resurgir con todos estos migrantes.

Después de haber tenido que irte, obligada por la falta de oportunidades, ahora, obligada a regresar, ¿cuál es la cultura del trabajo, la tuya, tú cómo la describes, en qué se sostiene, no es ya la de la joven migrante que partió, no es el american dream, no regresaste por elección, qué te define?

Ya es muy diferente. Si me hubiera pasado hace 16 años, como tú lo dijiste, cuando me fui, me fui porque no tenía ningún tipo de oportunidades aquí; allá entendí que era capaz de hacer muchas cosas. ¿Que el lugar influyó? Sí, sí influyó, pero la que estaba haciendo esas cosas era yo, no era Estados Unidos. Desgraciadamente aquí en México te mentalizan de una manera muy negativa y Estados Unidos te abre los ojos de cuántas cosas eres capaz de hacer. Necesitamos, obvio, del apoyo del gobierno en algunas cuestiones, sólo para un arranque, un pequeño arranque, somos gente con muchas cualidades, el idioma, oficios, voluntad.

¿Qué tiene que hacer o qué te gustaría que aportara la sociedad civil, así como las instituciones tienen que hacer su parte, qué está evadiendo la sociedad en cuanto a este tema?

Yo creo que mucho es la sensibilización. Me ha tocado escuchar el caso de los jóvenes que quieren seguir estudiando y veo en las redes expresiones como: «¡si no hay ni espacio para ‘nosotros’ en las universidades por qué van a venir ‘estos’ a quitarnos los espacios!». «De qué méritos gozan… si no han estado aquí, por qué para ellos sí va haber trabajo». Eso es lo que tiene cambiar, mientras sigamos con ese ataque no vamos a salir adelante. Y el hecho de haber migrado a nosotros nos ha hecho más solidarios y ha cambiado la mentalidad. Hasta cuando se va uno empieza esa cultura de solidaridad, si no tienes a alguien que en un principio te eche la mano allá hubiera sido difícil… alguien te prestó para el coyote, alguien te recibió en su casa, alguien te dejó vivir en su casa, alguien te ayudó a conseguir trabajo y seguiste con esa cadenita de solidaridad así es como tanta gente llegamos a Estados Unidos. Ahora, es prácticamente lo que hacemos en Deportados Unidos en la Lucha, por qué, pues yo ya estoy aquí, te puedo ayudar, y yo creo eso es lo que le falta la sociedad. Sólo vamos a crecer así, y le toca al gobierno: tiene que haber educación para todos, tiene que haber salud para todos, vivienda para todos; uniéndonos es como podemos exigirle eso no atacándonos, y es parte de lo que queremos mostrar.

En las luchas personales, hablabas de la depresión, estuviste separada de tus hijos, ahorita te visita por primera vez uno de ellos. ¿Has escuchado del Síndrome de Ulises cuando el migrante está viajando o tratando de adaptarse al otro país, pienso que debe pasar también cuando eres deportado? Las afectaciones psicológicas, toda esta parte emocional, cómo las has transitado?

Sí es complicado. A mí me ha costado más el regreso [a México] que llegar a Estados Unidos. Cuando me fui, me fui con esa ilusión de salir adelante, de crear una nueva vida, de hacer muchas cosas, cuando llegué yo lo que quería era adaptarme, puse todo mi empeño en adaptarme y ser parte y no me costó trabajo, y siempre mantuve vivas muchas de mis creencias, de mi cultura mexicana pero se me hace difícil adaptarme a la cultura mexicana ahora, y es difícil y a mucha gente le cuesta entender, tiene pavor a que la deporten y eso no debería de ser y no es porque no nos guste México. México es hermoso, desgraciadamente el gobierno como ha mantenido al país es lo que hace que una no se adapte, porque dices: «¡Cómo es posible! Sí sí se puede vivir de otra manera!» No entiendes por qué hay tanta desigualdad, ¿por qué hay tantas cosas que se han normalizado? Hay tanto choque emocional, gente que cae en adicciones, lo hemos visto, personas deportadas que caen en adicciones, otros se suicidan, gente que tiene ocho o 10 años de haber sido deportado y tiene problemas emocionales bastante fuertes. A mí, lo que me ha ayudado es mantener esta lucha, mantener esto ha sido mi forma de decir: no me resigno, voy a seguir luchando, no tanto para regresar a Estados Unidos, sino para tener una libre movilidad, por tener el derecho a transitar libremente, pues lo debería tener y ejercer cualquier ser humano. Que mi derecho al libre tránsito no esté condicionado por un nivel de estudios, por un nivel económico. Eso hago, buscar esa igualdad, buscar ese derecho para vernos con nuestras familias y establecernos donde nos sintamos seguros y tranquilos, y eso debería ser el derecho de cualquier persona, y a la vez exigir a los gobiernos que creen las condiciones de igualdad y de seguridad para que no tengamos que pasar por todo esto. Ahora me veo y cuando me pregunto ¿quién soy? Veo que me ha costado tomar el timón de mi vida, creo que es una lucha de todos los días, pero soy la persona que quiero ser, donde estoy parada me siento más viva, más mujer y más madre que nunca.



Camila Krauss
Camila Krauss
[Xalapa, Ver. 1976]. Poeta. Su libro más reciente se titula En las púas de un teclado [Mantarraya Ediciones/LACANTI, 2018]. Crónicas, relatos y artículos de corte periodístico se publicaron en Performance. Interpretación de interpretaciones, Voz de Veracruz y el suplemento del periódico Milenio. Radica en la Ciudad de México.



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