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La señora Graham, fragmento de «Reportero»

20 Oct, 2016 Etiquetas: , ,

Compartimos un fragmento de Reportero del periodista David Remnick, que el sello Debate comparte con los lectores de Kaja Negra. Este libro ofrece una selección de los mejores textos del director de The New Yorker en los últimos 20 años de trabajo periodístico, donde disecciona el alma de literatos y políticos. Así ocurre con Katharine Graham, la presidenta de The Washington Post Company, de quien hace un retrato íntimo con fino cincel.

TEXTO: DAVID REMNICK

Cuando era un joven periodista, estuve a punto de matar a la matriarca de la conspiración de los medios liberales. Corría 1988, y recientemente me habían destinado a la oficina de The Washington Post en Moscú. En una primavera de sobrecarga periodística por lo demás feliz, una época en que un mero estornudo del Kremlin merecía la atención de las portadas, resultó que al Post y su publicación hermana, Newsweek, le había caído un chollo: una entrevista con el secretario general del Partido Comunista. Katharine Graham, la presidenta de The Washington Post Company, y un avión cargado de directivos llegarían pronto a la ciudad para llevarla a cabo.

Esto no era del todo positivo. Entrañaba grandes riesgos, o eso se decía. La señora Graham —uno siempre se refería a ella como señora Graham, incluso en privado y a gran distancia— no viajaba a la manera del raj británico, pero tampoco llegaría con un billete de Eurail. Habría que prestar atención. El coste del fracaso era incalculable. Las leyendas sobre los corresponsales y sus distintas capacidades para lidiar con una visita real eran innumerables. Estaba el corresponsal del Post en Latinoamérica que deambuló por el continente varias semanas antes, reservando habitaciones de hotel y peluquerías, además de organizar entrevistas con jefes de Estado desde Caracas hasta Tierra del Fuego. Tuvo bastante éxito. Pero también hubo cierto corresponsal en África que cavó su tumba profesional organizando un safari en globo sobre Masai Mara al amanecer. Justo cuando el sol empezaba a relucir en la sabana y el globo se elevaba por encima de una manada de jirafas que estaban pastando, cuentan que la señora Graham se volvió hacia el corresponsal y, arrastrando las palabras, anunció: «No he venido hasta aquí para ser una puta turista». Dicen que el corresponsal acabó trabajando de catador de recetas en la sección de gastronomía. Tal vez fuera cierto. En Moscú, nosotros no teníamos el tiempo ni el lujo de corroborar esas leyendas. Nadie quería pasarse el resto de su carrera probando alubias.

Como ocurre con cualquier visita real, hay que solventar numerosos problemas logísticos. En mi condición de empleado de menor rango en la oficina, me adjudicaron la tarea de buscar peluquería. Huelga decir que en Moscú escaseaban los lujos por aquel entonces, pero sí señalaré que, más que buscar peluquera, creé una. En una de las embajadas encontré a una joven que, según decían, era propietaria de un secador y un cepillo. La llamé y le expuse la situación. Con gravedad, como si estuviéramos negociando el Tratado de Gante, le regalé una copia anotada de Vogue, una foto oficial de la señora Graham y cien dólares.

«De acuerdo», dijo ella.

Aquella fue mi aportación más destacada a la entrevista con el secretario general del Partido Comunista. El día señalado, me enfundé el traje azul bueno, puse en marcha el Volvo de la empresa y, orgulloso, llevé a la peluquera a la suite que la señora Graham tenía en el Hotel Nacional. Por lo visto, la entrevista fue bien. Apareció, acompañada de una fotografía, en la edición de Pravda del día siguiente. Me pareció que la señora Graham estaba bastante atractiva. Se apreciaba una cabellera frondosa y bien peinada. Me sentí cerca de la historia.

Días después, me encargaron que les enseñara a ella y a su amiga íntima, Meg Greenfield, directora de la página editorial del Post, la ciudad que a la sazón era conocida como Leningrado. Siguiendo el ejemplo de mi triunfal compañero, el corresponsal en Latinoamérica, intenté programar cada minuto de los dos días que me habían asignado. El entretenimiento de la primera noche fue una elección sencilla: el Ballet Kírov en el Teatro Mariinski. Para la segunda, me decanté por la opción divertida y de poca categoría: el circo. A la señora Graham no parecieron importarle los repugnantes bancos ni los payasos casi graciosos. Estaba de buen humor. La entrevista había sido estimulante. El secretario general había «revelado» sus planes para una misión espacial conjunta a Marte de Estados Unidos y la Unión Soviética y abrimos la edición con esa noticia mundial. En un momento dado, la señora Graham pidió un helado. Fui a buscárselo yo. Pero en el intermedio pareció cansarse. Mientras montaban jaulas y redes enormes en la pista, dijo: «Creo que es hora de irnos».

Me entró el pánico. El conductor de la limusina había recibido instrucciones estrictas —y un soborno considerable— para que esperara fuera por si había una emergencia. Sin embargo, tratándose de Rusia, no podía asegurar que en aquel momento no estuviera convirtiendo el dinero en algún líquido refrescante en un cabaret local. «Claro, podemos irnos —respondí—, pero en el segundo acto hay unos animales fantásticos». Empecé a describir al oso Misha, que llevaba patines en las patas traseras y jugaba a hockey sobre hielo.

Parpadeando, la señora Graham reiteró: «Creo que es hora de irnos».

Cuando empecé a bajar los escalones, una babushka del tamaño de un autobús —la acomodadora— me miró fijamente y dijo: «Nel’zia». Imposible. No pueden irse.

Normalmente no es aconsejable, o posible, discutir con un autobús soviético, pero mis prioridades estaban claras. Tenía visiones de aquel compañero en el globo, sobre la llanura, flotando hacia la oscuridad periodística, así que hice lo que normalmente uno no puede hacer con una babushka. Insistí. Luego mentí. Le dije que aquella mujer, aquella mujer tan importante, estaba enferma de gravedad y precisaba atención médica inmediata. La babushka se derritió.

«Pero rápido», dijo. A nuestro alrededor se oía el fuerte maullido de grandes felinos y niños pequeños.

Conmigo a la cabeza, los tres descendimos por una rampa y pasamos frente a lo que parecía una caja del tamaño de un ataúd con unos listones abiertos. Dejé atrás la caja sin incidentes. Meg Greenfield también. Entonces empezó a bordearla la señora Graham. De repente, asomó una garra enorme que intentó atrapar la inocente pantorrilla de la presidenta de The Washington Post Company.

A día de hoy no sabría decir qué bestia era —un leopardo, un puma, un jaguar—, pero todavía puedo ver sus garras a menos de un centímetro de las medias y la carne de mi propietaria. Ella también las vio, notó su calor y echó a correr en dirección a la salida. Al menos el coche estaba esperándonos y el chófer iba sobrio. Pero ¿y qué? Me harían volver a la sede central. Tendría suerte si podía cubrir el softball escolar en el condado de Prince William. 

Sin embargo, la señora Graham se echó a reír. Estaba sonrojada, encantada. «¡Dios mío! —dijo cubriéndose las perlas con las yemas de los dedos—. ¡Esto sí que es un circo! ¡He estado apunto de morir!».

Pero quienes trabajaban en la sala de redacción del Post conocían un dato infinitamente tranquilizador sobre la señora Graham: que en los momentos más importantes de su vida profesional hacía lo correcto. Llevó adelante la publicación de los Papeles del Pentágono y respaldó a sus periodistas y directores durante el Watergate.

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Ni que decir tiene, durante años deleité a quienes quisieran escucharme con la anécdota de Katharine Graham. La historia, por supuesto, no revelaba nada sobre ella. Durante ese viaje a Leningrado, el único momento que apuntó a algo misterioso y humano se produjo cuando nos encontrábamos en una sala de cartografía del Museo Hermitage. La señora Graham vio un mapa de los mares Egeo y Negro y empezó a hablar de un crucero que había realizado en el verano de 1963, poco después de la muerte de su marido. Muchos años después, el tema del crucero parecía causarle un intenso dolor, un dolor que iba más allá de la pérdida de su marido. «No debería haber ido», dijo. Y nada más. Fue un momento fugaz difícil de explicar, pero muy real. Por supuesto, era mejor no insistir.

Para casi todos los periodistas y directores del Post, incluso los que osaban llamarla Kay, era la mujer que extendía nuestros cheques, una Reina Madre con una voz sardónica que nos sonaba a dinero. Pero quienes trabajaban en la sala de redacción del Post conocían un dato infinitamente tranquilizador sobre la señora Graham: que en los momentos más importantes de su vida profesional hacía lo correcto. Llevó adelante la publicación de los Papeles del Pentágono y respaldó a sus periodistas y directores durante el Watergate, cuando la supervivencia de The Post Company corría peligro y el periódico era el único que estaba dando cobertura a la noticia. Al hacerlo, ella y su director, Ben Bradlee, sacaron al Post del mar de la mediocridad y lo convirtieron en algo espléndido que rivalizaba con The New York Times. Pero hasta eso resultaba difícil de entender. ¿Cómo era posible que una mujer que se crió en tan exquisitos privilegios, cuyo círculo de amigos, entre ellos Robert McNamara, Henry Kissinger, Lyndon Johnson y Nancy Reagan, rara vez se apartaba de las élites más poderosas de Washington y Nueva York, corriera esos riesgos?

Su historia no era fácil de dilucidar. Cuando una joven llamada Deborah Davis publicó en 1979 una biografía titulada Katharine the Great, la señora Graham se opuso con tal firmeza a sus acusaciones e insinuaciones que William Jovanovich, consejero delegado y presidente de Harcourt Brace, ordenó que el libro fuese retirado de las tiendas y que el inventario de más de 20.000 ejemplares fuese reducido a pulpa. «No tengo palabras para expresar lo dolido que estoy por las circunstancias que le han causado una innecesaria molestia e inquietud —escribió Jovanovich en una atemorizada carta a la señora Graham—. Si volvemos a vernos, me gustaría confiarle ciertas ideas sobre lo que he llegado a considerar una especie de “chantaje editorial” en el que la gente dice que si uno rechaza un trabajo […] está reprimiendo la libertad de expresión y limitando la verdad.»

Pocos dijeron que Katharine the Great fuese un libro de primer orden, o tan siquiera de calidad —su redacción era monótona y estaba salpicada de material muy sospechoso e incluso paranoico—, pero había que preguntarse si el señor Jovanovich habría hecho lo mismo con cualquier otra persona. Existen numerosas biografías espantosas en este mundo y se marchitan en estanterías mohosas, ignoradas pero enteras. Jovanovich cedió y luego trituró. La señora Graham, por su parte, le escribió: «De todos modos, estaba llena de admiración por lo que hizo y por cómo lo hizo». Para rematar este desagradable episodio, Davis acabó denunciando a su editora por libelo e incumplimiento de contrato en 1982 y recibió una compensación de 100.000 dólares. El libro ha sido reeditado en dos ocasiones por pequeños sellos.

Hasta hace poco, Katharine Graham ha sido prácticamente invisible pese a su infl uencia. Apenas existe en los libros de Woodward y Bernstein y su descripción es distorsionada en casi todos los demás. Una excepción es The Powers That Be, un libro de David Halberstam publicado en 1979 que ofrece un gráfico retrato de grupo de los hombres y las mujeres que están detrás del Post, CBS, Time y Los Angeles Times.

Todo eso cambió con la publicación de Una historia personal, escrito por la propia Katharine Graham. Es un trabajo sorprendente a todos los niveles. Hasta donde yo sé, Katharine Graham no había escrito demasiado desde sus primeros días en el Post, cuando se encargaba de una columna y fue la autora anónima de editoriales como «Acerca de ser un caballo», «Bebidas mezcladas» y «Fiebre moteada». Y, sin embargo, no conozco autobiografía más compleja de una figura del negocio estadounidense y, desde luego, ninguna que brinde esos momentos de debilidad, vergüenza y dolor. Hay mucho material en Una historia personal que satisface las expectativas más obvias —se reproducen todos los episodios conocidos de la historia del Post y asoman rostros conocidos como si de una versión magistral de Grand Hotel se tratara—, pero más interesante resulta el grado en que estas memorias constituyen una descripción de la bochornosa intimidad de Washington y de cómo una mujer poderosa aprendió a vivir su vida allí.

Pese al glamour y a los grandes personajes, Una historia personal es una letanía de humillaciones, de incidentes en los que la biógrafa se culpa a sí misma de falta de criterio, de independencia o de fuerza. Por ejemplo, lo que yo no podía saber en el Hermitage es que, después del suicidio de su marido el 3 de agosto de 1963 y del funeral, la señora Graham volvió a enviar a su hijo mayor, Donald, a realizar sus prácticas en el Times y a los dos pequeños, Bill y Steve, al campamento de verano, y partió inmediatamente hacia Europa a ver a su primogénita —Lally— y a un grupo de amigos muy apropiados para el crucero por el Egeo.

«Puede que aquella decisión fuese acertada para mí —escribe—, pero fue muy equivocada para Bill, Steve e incluso Don, tanto que me pregunto cómo pude tomarla. […] Para mí es el recuerdo más doloroso. Cuesta volver a tomar decisiones y aún más replantearse las que no has tomado. A veces no decidimos realmente, tan solo avanzamos, y eso es lo que yo hice: avanzar a ciegas, sin pensar, hacia una vida nueva y desconocida. […] En realidad [Bill y Steve] perdieron a ambos progenitores a la vez. Hasta ese momento había sido una madre que estaba bastante presente: asistía a las funciones de la escuela, llevaba equipos a actos deportivos e intentaba estar de vuelta por la tarde, cuando los niños regresaban de estudiar. Ahora todo eso prácticamente había desaparecido, aunque trataba de estar con ellos lo máximo posible.» No es uno de esos momentos que cabría esperar en el examen de conciencia de Andrew Carnegie o el coronel McCormick, y mucho menos de Bill Gates o Rupert Murdoch.

La inseguridad de Graham como mujer, como editora y como madre tiene unos orígenes claros y dolorosos, al igual que su actitud arrogante. Sus comienzos aunaron privilegios y privaciones. Aun considerando el estilo de las familias estadounidenses ricas a principios del siglo xx, sus padres, Eugene y Agnes Meyer, parecían exceder la norma de la reticencia emocional. Eugene Meyer era un judío que tal vez habría preferido no serlo. «El dinero, la condición de judío de mi padre y el sexo» eran temas tabú en casa. Katharine, nacida en Nueva York en 1917, fue bautizada cuando tenía diez años para contentar a la parte luterana de la familia; para satisfacer las exigencias de clase, los Meyer tenían un banco propio en la iglesia St. John’s Episcopal, situada en Lafayette Square y conocida como «la iglesia del presidente». [Al parecer, Katharine no supo que era medio judía hasta que estuvo en Vassar.] Meyer inició su carrera financiera invirtiendo seiscientos dólares que su padre le había dado por no fumar hasta que tuviera veintiún años. En 1906, Meyer había ganado varios millones de dólares invirtiendo en valores; en 1915, poseía una fortuna de entre cuarenta y sesenta millones. No obstante, estaba empeñado en dejar huella tanto en la vida pública como en la Bolsa. Llegó a Washington en 1917 como empleado no remunerado de la Administración de Wilson; y, mientras ocupaba varios cargos en la Junta de Industrias Bélicas, la Junta de Préstamos Agrícolas y la Junta de la Reserva Federal, los Meyer trabaron amistad con Bernard Baruch, Oliver Wendell Holmes y Charles Evans Hughes. Poco después empezó a buscar por toda la ciudad un periódico que pudiera comprar.

La madre de Katharine, Agnes Meyer, era descendiente de pastores luteranos. Era una mujer con una ambición incipiente, una ambición que adoptaba sobre todo la forma de amistades ambiciosas y pretensiones intelectuales dolorosamente cómicas. Buscaba con ahínco la compañía de los famosos. Cuando viajaba a París, se codeaba con Brancusi, Rodin, Stein y Satie, y asistió a clases de esgrima con madame Curie. Más tarde, se enamoró de la obra de Thomas Mann y, al parecer, impuso incesantes exigencias de tiempo y paciencia al autor. En una ocasión le preguntaron a Mann si Agnes era alemana, a lo que él respondió: «Sí, mucho. Es una valkiria y algo más, una mezcla de valkiria y Juno».

Las ambiciones de Agnes se veían alimentadas por el resentimiento de su papel como esposa y madre [los Meyer tenían cinco hijos, de los cuales Katharine era la cuarta]. «No había pensado en lo que implicaba el matrimonio para las relaciones con el cónyuge y los hijos —escribe Graham—. Dudo que fuera capaz de hacerlo. En la medida en que tenía capacidad para amar, creo que nos amaba a mi padre y a nosotros, pero era muy compleja, y a veces sumamente infeliz.» En sus memorias, Agnes relataba que se había rebelado contra las responsabilidades del matrimonio; se comportaba, decía, «como si todo el mundo estuviera conchabado para anular mi personalidad y fundirme en un molde universal conocido como “mujer”».

Katharine solo veía a sus padres de vez en cuando. Agnes siempre estaba inmersa en la perenne tarea de escribir libros. Cuando hablaba con su hija, a menudo era con el ritmo hiriente del insulto. Eugene le servía el desayuno en la cama cada mañana; él comía en la mesita de noche. A veces, Katharine veía a sus padres cuando se arreglaban para salir, mientras a Agnes le hacían un masaje y la manicura para el ocio vespertino. Incluso cuando Katharine era editora del Post, escribe David Halberstam en The Powers That Be, tenía la sensación de hallarse a la sombra de su madre. Una vez se tomó el tiempo para presentarle a Agnes a su amigo el arquitecto I. M. Pei. 

Pei estaba hablando y Katharine dijo:

—No lo sabía.

—¿Y qué tiene eso de raro? —preguntó Agnes—. Tú nunca sabes nada.

«No puedo decir que mamá nos quisiera de verdad —escribe—. Hacia el final de su vida, para ella era una triunfadora, y puede que fuera eso lo que ella amaba. Sin embargo, pese a su complejidad, en mis primeros años de infancia me sentí más próxima a mi madre que a la figura, distante y bastante difícil, de mi padre.» Era una niñera leal, Powelly, la que «proporcionaba los abrazos, el consuelo, la sensación de contacto humano e incluso el amor que mi madre no nos daba».

Katharine, en sus propias palabras y en las de otros, era una chica alta y torpe con unos «andares masculinos», pero también era inteligente y asimiló bien las lecciones de su clase social. Asistió a la Madeira School de McLean, en Virginia, una de las pocas escuelas para chicas destinadas a formarlas profesionalmente. Su fundadora, Lucy Madeira Wing, creía que Dios era una mujer e intentaba convertir a las chicas en «fabianas shavianas», un ejército que esgrimía su noblesse oblige.

Cuesta volver a tomar decisiones y aún más replantearse las que no has tomado. A veces no decidimos realmente, tan solo avanzamos, y eso es lo que yo hice: avanzar a ciegas, sin pensar, hacia una vida nueva y desconocida.

En Vassar y en la Universidad de Chicago, Katharine se interesó por la política de izquierdas, que estaba en el aire, pero su buen criterio y la educación recibida le impidieron dar lo que parecían unos pasos extremos. Rechazó la invitación de Norman O. Brown para que se uniera al Partido Comunista. En Inglaterra comió con Harold Laski, pero luego fue a Salzburgo a reunirse con su madre, que los «invitó al Hotel Bristol y compró entradas para el festival de música que se celebraba allí». Cuando un amigo fue a visitar el experimento socialista de Moscú, Katharine, siguiendo el autoritario consejo de su padre, no lo hizo. Apoyaba a Roosevelt, si bien sus valores políticos eran eminentemente conservadores y se enmarcaban en los límites de las clases altas estadounidenses.

Pese al miedo que tenía de acabar sola y ser una mediocridad, Katharine no tardó en conocer a uno de los jóvenes más brillantes de su círculo de Washington: Philip Graham, protegido y empleado de Felix Frankfurter, juez del Tribunal Supremo. Graham provenía de una familia de Florida cuyas perspectivas económicas, aunque en modo alguno desesperadas, eran motivo de algún que otro drama. El padre de Graham había tenido problemas para reunir los fondos necesarios para enviarlo a la Facultad de Derecho de Harvard, pero lo consiguió.

Phil dejó boquiabierta a Katharine al proponerle matrimonio casi al instante, y después insistió en que se mudaran a Florida y vivieran sin dinero de la familia. Su ansiedad como yerno afl oró antes de los votos matrimoniales.

Desde el principio, a Katharine la deslumbraron la inteligencia e ingenio de su marido, su habilidad para animar una habitación: «Empezó a liberarme de mi familia y de los mitos que habían difundido». Pero también estaba resentida. Pese a su aparente irreverencia y liberalidad, Phil Graham no era menos dominante que tantos otros maridos de su época:

Siempre era él quien decidía y yo quien respondía. Desde los primeros días de relación, por ejemplo, creía que teníamos amigos gracias a él y que nos invitaban gracias a él. Hasta pasados unos años no vi el lado negativo de todo aquello y me di cuenta de que, perversamente, al parecer había disfrutado del papel de esposa esclavizada. Por los motivos que sea, me gustaba que me dominaran y ser el instrumento. Pero, aunque Phil me fascinaba, si lo pienso, también estaba un poco resentida por sentir una dependencia tan absoluta de otra persona. […] En aquel momento no meditaba mucho al respecto, si bien era el comienzo de un patrón que ahora entiendo que era poco saludable. De mí se esperaba que tirara del carro; Phil daba indicaciones y yo ponía la diversión en mi vida y en la de los niños. Poco a poco me convertí en la bestia de carga y, es más, acepté mi papel como una especie de ciudadano de segunda clase. Creo que esta definición de papeles se agudizó con el paso del tiempo y yo cada vez era más insegura.

Pese a las constantes flagelaciones de Phil Graham por ser yerno de un clan rico y poderoso, no renunció a las ventajas por mucho tiempo. En 1933, Eugene Meyer había comprado The Washington Post en una subasta por 825.000 dólares, y en 1946 nombró editor a Phil. Los Graham se costeaban la casa, bastante cara, gracias al fideicomiso de Katharine; entretanto, Meyer daba a Phil casi el triple de acciones del Post de las que concedía a su hija. «Phil recibió la participación más grande porque, según me explicó papá, ningún hombre debería hallarse en la posición de trabajar para su mujer. Curiosamente, yo no solo lo acepté, sino que estaba totalmente de acuerdo con esa idea.»

Para imaginar lo trascendentales que fueron las dos decisiones que tomó Katharine Graham en los años setenta —sobre los Papeles del Pentágono y el Watergate— es crucial entender la poca preparación que recibió para tales decisiones por parte de su familia, de su legendario marido y del ambiente en el que había vivido siempre. En la actualidad, el Post suele ser considerado el segundo mejor periódico del país después del Times o, si no el segundo mejor, al menos empatado en ese puesto de honor con The Wall Street Journal y, apurando un poco, con Los Angeles Times. Bajo la dirección de Phil Graham, el Post tenía una respetada página editorial y, por lo demás, era una mediocridad; ni siquiera era el mejor periódico de la ciudad. Los logros más importantes de Phil se produjeron en el mundo de los negocios: comprar y absorber el Times-Herald en 1954, adquirir Newsweek [por cuatro chavos] en 1961 y tomar medidas contra el periódico de la ciudad, el Evening Star [que cerró en 1981].

Cuesta recordar lo avanzado que estaba el Times tras la Segunda Guerra Mundial. Incluso antes de que Adolph Ochs comprara el periódico en 1896, el Times se había ganado su fama de rigor cuando persiguió a Boss Tweed. Con Ochs al timón, el Times institucionalizó la idea de la información no partidista y objetiva. A fin de consolidar este código, Ochs desarrolló la idea de «un periódico de referencia».

Con Philip Graham, el Post no tenía la más mínima posibilidad de aspirar a convertirse en el mejor periódico del país. Simplemente, no le interesaba tanto el ideal del Times como convertir el Post, y puede que incluso a sí mismo, en una pieza clave en Washington. El Post era su instrumento, su medio para hacerse oír. En el verano de 1949 se produjeron altercados racistas en Washington por la integración de una piscina en la ciudad. El periódico envió a un joven periodista llamado Ben Bradlee a cubrir los hechos, pero este a duras penas pudo encontrar la noticia en el periódico: estaba enterrada en las páginas centrales y casi todas las menciones a la raza y la violencia habían sido eliminadas. Bradlee estaba furioso y así lo expresó en unos términos profanos. Graham lo oyó. «Ya basta, Buster», dijo, y arrastró a Bradlee a una reunión con dos autoridades del Departamento del Interior y con Clark Clifford, de la Casa Blanca de Truman. Graham le indicó a Bradlee que relatara lo que había visto y oído y, una vez que hubo terminado, el editor y los tres altos cargos llegaron a un acuerdo: siempre y cuando las piscinas de la ciudad permanecieran cerradas por el momento y fueran integradas al año siguiente, el periódico no publicaría nada más sobre lo ocurrido.

Esa es precisamente la manera equivocada de hacer negocios como editor de un periódico. Pero así lo quería Phil Graham. Y quería muchas cosas. Quería que Estes Kefauver liderara una comisión contra el delito, y así se lo manifestó en repetidas ocasiones hasta que Kefauver lo hizo. En años posteriores quiso moldear la carrera de su amigo el senador Lyndon B. Johnson. Mientras era editor del Post, intimó tanto con LBJ que le escribió discursos y le asesoró en cuestiones de derechos civiles y nombramientos cruciales; incluso tenía poderes notariales y le encontró una casa de compra. Una noche a principios de 1961, mientras cenaban en casa de Joseph Alsop, Graham ofreció continuos consejos políticos al nuevo presidente, John Kennedy. «Phil —dijo este—, cuando seas elegido lacero, te escucharé en temas políticos.» Pero lo cierto es que Kennedy le escuchó. Sin Graham ejerciendo de intermediario en la Convención Demócrata de 1960, es posible que Kennedy nunca hubiera elegido a Johnson como compañero de campaña. Cuando Johnson anunció que sería candidato a la presidencia aquel año, Phil Graham le ayudó a redactar el discurso; incluso «terminó caminando de rodillas durante el último minuto para recuperar una lente de contacto que se le había caído a Johnson». Esta es una postura impropia de un editor de periódicos. James Reston, que por aquel entonces era amigo de los Graham y la figura más eminente en el Times, rechazó repetidas ofertas para irse al Post. Phil Graham, dijo, estaba «demasiado de moda para mí, demasiado involucrado en política. Tenía demasiados sentimientos hacia la gente, incluso la gente del periódico».

Phil Graham no tuvo siempre la entereza de apoyar a sus mejores compañeros. En la era McCarthy, el Post se exculpó bien, sobre todo en los informes de Murrey Marder, pero luego, cuando desde el Chicago Tribune hasta una publicación conservadora de poca monta titulada Plain Talk atacaron al Post tachándolo de Pravda de Washington,Graham mostró peligrosos indicios de capitulación. Hubo un momento en que quiso despedir al respetado redactor editorial Alan Barth, que había osado defender el derecho de Earl Browder, ex secretario general del Partido Comunista en Estados Unidos, a no dar nombres ante un subcomité del Senado. El mentor de Graham, Felix Frankfurter, lo convenció de que no lo despidiera, pero Graham publicó una nota de disculpa en el periódico en la que desautorizaba el editorial original. Graham respaldó a Eisenhower en 1952 y, en servicio a ese apoyo, censuró el trabajo de su máxima estrella, el caricaturista Herblock, en las dos últimas semanas de campaña.

portada-del-libro REPORTERO

Portada del libro publicado por Debate.

A finales de la década de 1950 la salud y el comportamiento de Phil Graham también presentaban problemas cada vez más acuciantes, unos problemas que tal vez se podrían haber resuelto con medicación si no la hubiera rechazado. Era maniacodepresivo. Durante años, Katharine fue testigo de los violentos cambios de humor de su marido, de sus períodos de abuso del alcohol, de su extraña conducta y de sus prolongadas depresiones. Y, sin embargo, sus épocas de lucidez y humor, de alegre inteligencia, eran lo bastante frecuentes para confundirla y demorar cualquier toma de conciencia. Con el tiempo, Katharine se mostraba cada vez más preocupada y menos segura. Las dos presencias más influyentes de su vida —su madre y su marido— padecían claros problemas psicológicos, pero Katharine seguía sintiéndose inferior a ellas. «Mi madre parecía desautorizar muchas de las cosas que hacía, menospreciando sutilmente mis decisiones y actividades con respecto a las suyas, que eran mucho más importantes —escribe—. En cuanto a Phil, al mismo tiempo que me construía, me destruía. Cuando empezó a aparecer con más frecuencia en las escenas periodística y política, fui viéndome cada vez más como su cola de cometa y, cuanto más eclipsada me sentía, más se hacía realidad.» Phil Graham comenzó a referirse a su esposa, que en 1952 había dado a luz ya a cuatro hijos, como Porky; para acentuar la broma, le regaló una cabeza de cerdo que compró en una carnicería francesa. «Otra costumbre suya que afl oró en esos años fue que, cuando estábamos con amigos y yo hablaba, me miraba de tal manera que supiera que estaba alargándome demasiado o aburriendo a la gente. Paulatinamente, dejé de hablar cuando salíamos juntos.» Se sentía «como Trilby con su Svengali»; tenía la sensación de que él la había «creado», de que era totalmente dependiente.

«Ni siquiera ahora soy capaz de dilucidar mis sentimientos al respecto; es difícil separar lo que era una consecuencia de la terrible aflicción de Phil, que no se manifestó hasta más tarde, de lo más básico. La verdad es que lo adoraba y solo veía el lado positivo de lo que estaba haciendo por mí. No relacioné mi falta de confianza en mí misma con su comportamiento hacia mí.»

El final de aquel matrimonio cada vez más doloroso se prolongó y tomó un cariz extremadamente público. En 1962, Phil Graham conoció a Robin Webb, una joven australiana que había trabajado en las oficinas de Newsweek en París, y empezó a aparecer con ella en sucursales del semanario por todo el mundo. Katharine no tardó en enterarse de su relación, cuando levantó el auricular y «oyó a Phil y Robin hablando en unos términos que dejaban clara la situación».

Poco después de que Phil la dejara, Katharine le envió un telegrama desesperado:

Las mascotas son para amarlas, ayudarlas y escucharlas. Tú me tratas como una mascota repito mascota. El momento de felicidad que me diste es de más ayuda que lo que recibe la mayoría de la gente en toda su vida. Gracias. Estoy aquí si me necesitas y te quiero.

Phil respondió con una carta que Katharine califica acertadamente de «bastante extraña»:

Querida Kay,

Una mañana que estabas desesperada intenté ayudarte con palabras. Te conté lo solo que me había sentido cuando visité mi Lejano País y no podía acercarme a ti para ayudarte en tu Lejano País. Y con palabras te acercaste lo suficiente para ayudarme y te toqué, y salimos a pasear y volvimos a vivir.

Ahora me he ido. No a mi Lejano País, sino a mi Destino. Es un Destino hermoso y permaneceré allí cuando sea hermoso y cuando no lo sea. 

No me fui para acudir en tu ayuda. No me fui porque no quisiera ayudarte. Me fui porque era mi Destino. Y ahora, «ayudándote», creo y rezo para poder ayudarte.

Pronto, Phil empezó a contar a sus amigos que iba a divorciarse de su mujer y a casarse con Robin Webb. También comenzó a montar escenas en público: en una ocasión lanzó una diatriba obscena durante un discurso y, en otra, propinó un puñetazo a un agente de policía en un aeropuerto. Una vez, Kennedy envió un avión presidencial para llevarlo de Phoenix a Washington.

Lo que complicó todavía más la situación fue el estatus del Post. Phil no solo era titular de la mayoría de las acciones, sino que también creía que sus esfuerzos como editor le daban derecho a su propiedad. Para hacerse con el periódico, Phil contrató a Edward Bennett Williams, el abogado más temido de Washington. Katharine sabía que había perdido a su marido y su antiguo estilo de vida, pero, a pesar del miedo que tenía a los enfrentamientos y a Williams, estaba decidida a luchar por el periódico.

No fue necesario. En verano de 1963, Phil parecía mejorar —estaba sometiéndose a tratamiento en un centro psiquiátrico de Maryland— e incluso había esperanza de que retomara una vida normal en casa. Una tarde de agosto, Phil y Katharine fueron juntos a su granja, Glen Welby:

Almorzamos con dos bandejas en el porche trasero de Glen Welby, charlando y escuchando discos de música clásica. Después de comer fuimos a dormir la siesta en el dormitorio, que estaba en el piso de arriba. Al rato, Phil se levantó y dijo que quería tumbarse en otra habitación que utilizaba a veces. Minutos después se oyó un disparo atronador dentro de la casa. Me levanté de un salto y eché a correr buscándolo desesperadamente. Cuando abrí la puerta de un cuarto de baño que había en el piso de abajo lo encontré.

Phil Graham tenía cuarenta y ocho años cuando murió. Su viuda se vio obligada a hacer frente a todos los mitos y aislamientos que su matrimonio, su clase y su sexo le habían impuesto. Llegada la madurez y en un estado de aflicción, de repente se halló al timón de un periódico que todavía debía mostrar algún signo de grandeza y de un grupo de hombres que la miraban, en el mejor de los casos, con considerable desconfianza. En las continuas reuniones, tanto en Washington como en Nueva York, era la única mujer en la sala, y no estaba precisamente segura de sí misma. Todavía no había desarrollado la máscara pétrea que más tarde quitaría el sueño a sus ayudantes. Antes de pronunciar un discurso, temblaba aterrorizada; cuando recibía noticias inquietantes, tenía la desafortunada costumbre de romper a llorar. Las presiones eran enormes y su preparación para ellas, escasa. Tuvo que aprender a ser editora y, no solo eso, sino también a ser una editora mucho mejor que su marido. [«Un ámbito que, sorprendentemente, había empezado a tambalearse era la calidad editorial del Post. No me había dado cuenta de que no todo iba bien en el periódico.»]

Rodeada de sus directores y jefes varones, Graham pudo reconocer en sí misma los mismos reflejos de deferencia que había aprendido como hija y esposa. Cuando propuso a los directores de Newsweek que tal vez sería buena idea contratar a Aline Saarinen, del Times, para que editara la contra del libro, la desestimaron, aduciendo que los cierres llegaban demasiado tarde y que las «exigencias físicas» del trabajo serían excesivas. Graham aceptó: Saarinen no recibiría una oferta.

Daba por sentado, como muchas de mi generación, que las mujeres eran intelectualmente inferiores a los hombres, que no éramos capaces de gobernar, liderar o gestionar nada, excepto nuestra casa y a nuestros hijos. Una vez casadas, nos veíamos limitadas a llevar la casa, procurar un ambiente tranquilo, encargarnos de los hijos y apoyar a nuestros maridos. Pronto, esa clase de pensamientos —o, de hecho, esa clase de vida— pasó factura: la mayoría nos volvimos un poco inferiores. Perdimos capacidad para estar al tanto de lo que sucedía en el mundo. En grupo guardábamos silencio casi todo el tiempo, incapaces de participar en conversaciones y debates. Lamentablemente, esta incapacidad a menudo provocaba en las mujeres —como me ocurrió a mí— un discurso difuso, incapacidad para ser concisas, tendencia a divagar, a empezar por el final y continuar hacia atrás, a explicarse en exceso, a hablar demasiado tiempo, a disculparse.

Tradicionalmente, las mujeres también han sufrido —y muchas siguen haciéndolo— un deseo exagerado de complacer, un síndrome tan enraizado en las mujeres de mi generación que inhibió mi comportamiento durante muchos años y, en ciertos sentidos, todavía lo hace. Aunque en aquel momento no me daba cuenta de lo que ocurría, era incapaz de tomar una decisión que pudiera disgustar a quienes me rodeaban. Durante años, cualquier directriz que diera terminaba con las palabras «si te parece bien». Si creía que había disgustado a alguien con mis actos, agonizaba. El resultado era que muchas de nosotras, llegada la madurez, nos sumíamos en el estado que más intentábamos evitar: aburríamos a nuestros maridos, que habían contribuido lo suyo a reducirnos a esa condición, y partían hacia pastos más jóvenes y verdes.

Las circunstancias parecían conjurarse para desafiar a Graham. Algunas empresas consideraban que el Post era una propiedad con tanta rentabilidad potencial y que Graham era una figura tan inapropiada para dirigirlo que le hicieron varias ofertas de compra. Para sorpresa de algunos, repelió las lisonjas de Samuel I. Newhouse [en una ocasión con Theodore Sorensen, un hombre un tanto hipócrita, ejerciendo de agente de Graham] y Times-Mirror Company. Desde el principio tuvo la intención de que el periódico siguiera en manos de la familia y, a la postre, legarlo a sus hijos.

Pero eso no significaba que fuera fuerte en todo. El mundo de Phil Graham había sido el mundo de los poderosos, y su viuda no quería ofender a sus miembros más destacados. En una reunión con LBJ celebrada en 1964 en el dormitorio de este, Graham se sentó en una butaca mientras el presidente yacía en la cama. «Luego hablé en unos términos que había heredado de Phil y de una manera que más tarde jamás se habría producido y que ahora me avergüenza —escribe—. Le dije que tenía la sensación de que creía que mi punto de vista era distinto del de Phil, pero que en general Phil y yo estábamos de acuerdo. Dije que, por mucho que admirara y quisiera al presidente Kennedy, Phil se llevaba mucho mejor con él que yo.

También mencioné que admiraba la legislación que había aprobado, que estaba con él y que quería cerciorarme de que lo sabía.»

En la primera gran historia de su etapa como editora —la guerra de Vietnam—, la actuación del Post fue casi bochornosa. Mientras el Times y los dos servicios de noticias, AP y UPI, enfurecían a la Casa Blanca con una cobertura que mostraba el contraste entre las declaraciones públicas de los generales y la funesta situación sobre el terreno, el Post era incapaz de seguir el ritmo.

En 1967, Katharine escribió una carta a Johnson [no citada en el libro] en la que expresaba una enorme empatía: «Estos tiempos son tan difíciles que sufro por usted. […] El único agradecimiento que parece recibir es un coro ensordecedor de críticas constantes. A diferencia de Phil, a mí me resulta difícil expresar emociones. No puedo emplear los términos elocuentes que él utilizaba. Pero quiero que sepa que soy una de las muchas personas de este país que creen en usted y le apoyan con confianza y devoción».

Su reverencia era institucional y política, no solo personal. Al principio, incluso Richard Nixon recibió el mismo trato. La víspera de la primera moratoria contra la guerra, el Post publicó un despreciable editorial [que tampoco se cita en Una historia personal] que intentaba distanciar al periódico del movimiento contra la guerra. «Si hay algún agente literario inteligente en estos tiempos, uno de ellos registrará el título “La destrucción del presidente” —decía el artículo—, porque cada vez es más obvio que, con el paso de los días, los hombres y el movimiento que acabaron con la autoridad de Lyndon B. Johnson en 1968 van a destruir a Richard M. Nixon en 1969. […] Todavía existe una distinción vital […] entre la expresión de discrepancia amparada por la Constitución […] y los movimientos de masas destinados a destruir al presidente.» A la postre, el debate sobre la guerra propició un cambio en la página editorial —el conservador Russell Wiggins fue sustituido por Philip Geyelin, este más liberal—, pero el Post nunca acabó de distinguirse en lo referente a Vietnam.

La postura institucional de Katharine Graham respecto de la guerra no pasó desapercibida. En 1966, Truman Capote, su vecino en el UN Plaza, donde tenía su apartamento neoyorquino, le organizó su famosa fiesta de disfraces Black and White. [«Tenía un vestido francés, un diseño de Balmain copiado en Bergdorf Goodman —escribe—. Era un sencillo crepé blanco con cuentas de color teja alrededor del cuello y las mangas. La máscara hacía conjunto, y también la diseñó Halston, de Bergdorf, que en aquella época todavía se dedicaba a los sombreros.»] Graham consideró la fiesta una especie de puesta de largo para una «debutante de mediana edad». Pero en la columna de Pete Hamill en el New York Post, de repente era María Antonieta. Hamill intercaló una crónica falsamente vivaz de la fiesta [«¡Y Truman estuvo maravilloso!»] con comentarios sobre la guerra de Vietnam: «El helicóptero aterrizó en un campo cubierto de maleza diez kilómetros al norte de Bon Son».

En 1965, Graham se hizo un favor enorme a sí misma y al periódico contratando a Ben Bradlee, el carismático jefe de Newsweek en Washington y amigo de los Kennedy. Bradlee había sido amigo de Phil, no de ella, pero intentó conseguir el puesto de director general con su habitual mezcla de encanto y vulgaridad [«Daría el izquierdo» por el trabajo, le dijo un día mientras almorzaban] y ella se derritió. Con los años, despidió a un sinfín de directores de Newsweek y el Post, pero en Bradlee había encontrado a alguien que de buen comienzo la satisfizo en todos los aspectos: ímpetu, fuerza, clase social y talento. Y, por insistencia de Bradlee, empezó a gastar el dinero necesario para crear, entre otras cosas, una plantilla internacional de primera línea. Con el apoyo de Graham, Bradlee pronto empezó a despedir a holgazanes y mediocres, racistas y desganados, y se dispuso a rastrear a los mejores talentos de periódicos de altos vuelos de todo el país. El nivel de talento en la sala de redacción empezó a cambiar, al igual que la cultura del lugar. En 1968, los artículos y editoriales sobre Vietnam escritos por Ward Just y otros ayudaron a cambiar el talante reverencial en las páginas del Post, y ese cambio tuvo su efecto en el pensamiento de la editora, un efecto tan fuerte que cuando el Times, gracias a Neil Sheehan y su fuente, Daniel Ellsberg, empezaron a publicar los Papeles del Pentágono el 13 de junio de 1971, Bradlee se sintió herido y, alentado por Graham, pidió a su equipo que buscara una copia de los documentos. El 17 de junio, gracias a su director nacional, Ben Bagdikian, tenía en su haber los papeles.

Graham tenía todos los motivos para rechazar o posponer la publicación de los Papeles del Pentágono. El Times se vio inmediatamente en apuros con la Casa Blanca y los tribunales. The Post Company había salido a bolsa solo dos días antes de conseguir los papeles y la publicación podría haber afectado negativamente al precio de las acciones. Asimismo, Graham era muy sensible a la imagen del Post como periódico neoliberal y, a consecuencia de ello, había elegido un bufete de abogados muy próximo al Partido Republicano; como cabría esperar, sus abogados le aconsejaron que aplazara su publicación o que no publicara nada.

Para un periodista, sobre todo de la actualidad, esta no es una decisión especialmente fastidiosa. Si tienes el material, lo publicas. Pero en la primavera de 1971, el Tribunal Supremo todavía no había declarado su firme apoyo a la libertad de prensa en la medida en que lo haría en el caso de los Papeles del Pentágono; además, el Post todavía no contaba con el estatus económico o la serenidad necesarios para seguir adelante sin trabas o incertezas. Graham estaba jugándose todas las herencias que eran importantes para ella: el periódico, su fortuna y, lo que tal vez fuera más importante, la opinión de los fantasmas que se arremolinaban en torno a ella. Si había un periodista al que admiraba más que a cualquier otro, ese era su amigo James Reston, y era él quien, pese a sus numerosas virtudes, había pronunciado las célebres palabras: «No haré que The New York Times destape asuntos turbios del presidente de Estados Unidos». Pero, al final, Graham tomó su decisión.

«De acuerdo —le dijo a Bradlee por teléfono en plena recepción en su casa mientras el abogado del Post le aconsejaba cautela—. Adelante. Publiquémoslo.» Y, al hacerlo, allanó el terreno para el Watergate y la posición del Post como rival del Times.

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Semana tras semana, las principales figuras de la Administración de Nixon arremetían contra Graham y el Post por las noticias acerca del Watergate. Charles Colson, por ejemplo, intentó tachar la conspiración de ficción, una acusación que, de ser cierta, probablemente habría destruido al periódico para siempre. «La acusación de subvertir todo un proceso político es una fantasía, una obra de ficción que solo rivaliza con Lo que el viento se llevó en tirada y con El lamento de Portnoy en indecencia —aseguraba Colson—. Ahora, el señor Bradlee se ve a sí mismo como líder autoproclamado del […] reducido grupúsculo de elitistas arrogantes que infectan los grandes medios periodísticos de Estados Unidos con su peculiar visión del mundo.» Sin embargo, la cuestión es que, dos días después de realizar esas, Colson habló con Howard Hunt de la necesidad de proporcionar más ayuda económica a los acusados del juicio por el Watergate.

John Ehrlichman, Ronald Ziegler, H. R. Haldeman y el propio Nixon acusaron al Post de deslealtad. Nixon dijo a sus hombres que «trataran al Post con absoluta frialdad» y que proporcionaran «exclusivas» a su rival local, el Star. También prometió «humillar» al Post e intentar retirar las licencias de emisión a la familia Graham. Puede que periodistas y directores sintieran un placer nervioso por la histeria de la Administración, pero la señora Graham no. En plena crisis, escribió a Ehrlichman y le dijo: «Lo que aparece en el Post no es un reflejo de mis sentimientos personales. Asimismo, añadiría que mi orgullo constante y verdadero por el trabajo del periódico en los últimos meses [el período aparentemente en cuestión] no obedece a que haya satisfecho mis caprichos personales, sino a la idea de que los directores y periodistas han cumplido los criterios más elevados de deber y responsabilidad profesionales».

Más o menos por la misma época, durante un vuelo al otro lado del país, se encontró con el senador Bob Dole, a la sazón presidente y principal esbirro del Comité Nacional Republicano. En sus discursos, Dole había acusado al periódico de cobrarse una venganza ideológica contra el presidente.

—Por cierto, senador, yo no he dicho que odiara a Nixon —espetó Graham a Dole.

—¿Sabe qué? —respondió él—. Durante una campaña te ponen unas cosas en las manos y tú te limitas a leerlas. [Dole reconoció lo mismo a un periodista del Times tras la campaña de 1996. Según dijo, no hablaba en serio cuando se pasó semanas vilipendiando al Times por tendencioso].

Indudablemente, Graham había tomado la decisión correcta, y en años posteriores respaldó las investigaciones del Post; pero nunca cesó de mostrar signos de ambivalencia sobre su papel social y político. A medida que se hacía mayor y ganaba en confianza, podía ser imperiosa e incluso aterradora para sus editores y directivos, pero su deseo de complacer, o al menos de llevarse bien con la gente poderosa, nunca se desvaneció del todo. En los primeros días del Watergate, intentó, en términos bastante sumisos, tender un puente personal con el único hombre que superaba incluso a Nixon en su odio público hacia el Post: Spiro Agnew. Volviendo la vista atrás, el gesto «me parece poco digno, teniendo en cuenta los lamentables ataques que estábamos sufriendo por su parte —escribe—. Creo que mi comportamiento fue una combinación de una idea racional, que era mejor hablar con la gente que nos odiaba o no estaba de acuerdo con nosotros que a la inversa; y ese viejo y anticuado lastre mío, el deseo de complacer».

Poco después del Watergate, le preocupaba la «excesiva implicación» y la necesidad del periódico de protegerse de «la tendencia romántica a verse en el papel de un defensor heroico y asediado que amparaba ciertas virtudes en circunstancias sumamente desfavorables». El Watergate, escribe, «había sido una aberración, y pensaba que no podíamos andar buscando conspiraciones y cortinas de humo por todas partes».

Las relaciones personales de Graham con los poderosos y con los que lo habían sido en su día eran, si acaso, todavía más visibles después del Watergate. Robert McNamara, Henry Kissinger, Lawrence Eagleburger, George Shultz, Paul Nitze, Douglas Dillon, McGeorge Bundy, Jack Valenti, Joe Califano: su lista de amigos de las clases dirigentes es extensa y decididamente no partidista. Si ha demostrado frialdad hacia algún presidente desde el Watergate, esos han sido los dos demócratas, Jimmy Carter y Bill Clinton, sobre todo porque eran los más sospechosos de pertenecer a la vieja guardia de Georgetown, el Washington de Katharine Graham.

Ronald Reagan no dudó en aceptar las invitaciones a la casa de la señora Graham tras su elección en 1980 y, al hacerlo, horrorizó a sus vasallos ideológicos, los que [a diferencia de viejos profesionales como Dole] verdaderamente creen en una conspiración de los medios liberales. En una reunión de Religious Roundtable, Howard Phillips, director del Caucus Conservador, advertía con un tono ominoso: «Uno no puede tener siempre a Kay Graham asistiendo a sus fiestas y sonriéndole. Si en junio la clase dirigente de Washington está contenta con Ronald Reagan, usted debería estar descontento con Ronald Reagan». En años posteriores, la señora Graham trabó una amistad especialmente estrecha con Nancy Reagan. Durante la visita realizada en 1988 a Moscú, según recuerdo, la señora Graham dijo que tal vez debía telefonear a Nancy y contarle los esfuerzos que iba a hacer el Kremlin para preparar una cumbre inminente. Los directores que la rodeaban gruñeron de forma prácticamente inaudible, pero creo que fue suficiente para disuadirla de realizar esa llamada.

«No veo nada malo en el hecho de que la gente que ejerce el poder a menudo trate con otras personas en más de un nivel —escribe—. A veces te haces amigo de gente con la que trabajas por algún interés común o simplemente porque tenéis que trabajar juntos. Pero también hay relaciones que empiezan así y acaban convirtiéndose en verdaderas amistades que duran para siempre. Algunas de mis amistades más profundas empezaron con una persona de la administración a la que conocí por mi relación con el periódico.»

Tuvo que aprender a ser editora y, no solo eso, sino también a ser una editora mucho mejor que su marido.

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Leer Una historia personal es comprender lo ridícula que resulta la imagen de Graham como persona de derechas y matriarca de una conspiración de los medios liberales. Su lealtad al capitalismo democrático no es menos firme que la de William F. Buckley Jr., y su fe inherente en que las élites de la clase dirigente harán lo correcto es casi absoluta. Verdaderamente parece creer que el Watergate fue una aberración.

No cabe duda de que la mayoría de los redactores de periódicos como el Post son más liberales que la población en general: una encuesta reciente demostraba que un 89 por ciento de los corresponsales de Washington votaron por Clinton en 1992. Pero esa estadística contrasta con el conservadurismo de casi todos los editores. El Post trató el Watergate como una noticia, no como una cruzada ideológica. Dio un trato similar [aunque con menos éxito] al caso Irán-Contra y los errores éticos de Bill Clinton. Por el contrario, la página editorial de The Wall Street Journal ignoró el Watergate y el escándalo Irán-Contra por considerarlos ideológicamente inconvenientes y persiguió a Whitewater echando espumarajos por la boca.

Si uno compara la perspectiva de los medios liberales [el Post, el Times, etc.] con la de unos medios conservadores cada vez más poderosos [la página editorial del Journal, el Weekly Standard, The American Spectator, etc.], es absurdo decir que las reglas del juego son las mismas.

Katharine Graham ahora tiene setenta y nueve años, y el Post está en manos de su hijo Donald, de cincuenta y uno. Su temperamento, sus intereses y su estilo son bastante diferentes de los de su madre. No recorre el planeta para entrevistar a líderes extranjeros. No vive en Georgetown. La mayoría de sus amigos no son especialmente famosos. Sus intereses políticos más apasionados son locales. Como editor, puede que Don Graham jamás se enfrente a dos crisis tan graves como los Papeles del Pentágono y el Watergate. Pero, si lo hace, las decisiones no deberían resultarle tan difíciles como lo fueron para Katharine Graham. No tiene que inventarse a sí mismo ni tampoco concebir una serie de principios. Hay un ejemplo a seguir.

[1997]

En 1998, Katharine Graham ganó un premio Pulitzer por Una historia personal. Aunque The Washington Post Company estaba ya en manos de su hijo, seguía siendo una voz activa y, junto a Ben Bradlee, que se había jubilado en 1991, constituía una importante presencia simbólica para el periódico. En julio de 2001, cuando la señora Graham asistió a una rueda de prensa en Sun Valley, Idaho, padeció una aparatosa caída y, días después, falleció a causa de las lesiones. Tenía ochenta y cuatro años.

El funeral se ofició en la catedral de San Pedro y San Pablo —conocida por todos los habitantes de Washington D. C. como la Catedral— en una mañana achicharrante y húmeda. Asistieron más de tres mil personas, entre ellas el vicepresidente Dick Cheney, los Clinton, Alan Greenspan, Bill Gates, Warren Buffett, las plantillas del Post y Newsweek, numerosos diplomáticos extranjeros, buena parte de las dos cámaras del Congreso, etcétera. El enorme volumen de poder político, económico y mediático que se agolpaba en la catedral recordaba a una escena de una anticuada novela mediocre ambientada en Washington, a una obra de Irving Wallace o Fletcher Knebel. Los panegiristas fueron los hijos de los Graham, Ben Bradlee, Arthur Schlesinger Jr. y Henry Kissinger; entre los portadores del féretro figuraban Barry Diller, Vernon Jordan y Robert McNamara; y entre los acompañantes, Lloyd Cutler, los de la Renta, Barbara Walters, Mike Nichols, Diane Sawyer y Bob Woodward. Incluso el clérigo que oficiaba el funeral, un sacerdote episcopal, era un «insigne»: el senador John Danforth, de Missouri. Con la catedral llena, cuando la ceremonia estaba a punto de comenzar, se oyeron desde atrás las frenéticas pisadas de dos respetables neoyorquinos que avanzaban con insistencia hacia la parte delantera: el financiero Ron Perelman y su mujer, la actriz Ellen Barkin. Yo-Yo Ma interpretó una alemanda de Bach, y la Orquesta Sinfónica Nacional, junto con el Kennedy Center Opera House Orchestra Brass Ensemble, tocó obras de Respighi, Gabrieli y Haendel. El ataúd de la señora Graham fue transportado por el largo pasillo en una procesión tan decorosa como cualquier funeral de la monarquía.

En años posteriores, propietarios y directores de periódicos han hecho frente a nuevos desafíos. Internet promete aumentar el número de lectores del Post, pero el problema de ganar dinero con la Red al tiempo que el número de ejemplares de los periódicos tradicionales va a la baja sigue siendo un enigma. Los directores se enfrentan ahora a muchas más críticas y transparencia [lo cual es positivo], aunque también a un gobierno dispuesto a acallar, atacar e incluso juzgar a periodistas honestos [lo cual es inequívocamente peligroso]. En Gannett, Knight Ridder, The Tribune Company y los canales de televisión, la exigencia de obtener unos beneficios poco razonables está socavando la calidad del periodismo estadounidense. Durante el Watergate, Katharine Graham no solo estuvo dispuesta a publicar y apoyar a sus periodistas, sino también a protegerlos por todos los medios que tenía a su alcance. Sus valores y su coraje parecen correr cada vez más peligro.

 

Imagen de portada: La mia madre by Joaquín Pérez Briz. Flickr-[CC BY-NC-ND 2.0].


David Remnick

[Estados Unidos, 1958]. Es periodista y escritor. Tras una larga etapa en el The Washington Post, donde entre otras cosas fue corresponsal en Moscú, fue nombrado director de The New Yorker en 1998. En 1999 fue elegido Director del año. También ha obtenido el premio George Polk a la excelencia periodística y un National Magazine Award. Su libro La tumba de Lenin. Los últimos días del Imperio soviético [Debate, 2011] obtuvo el premio Pulitzer. Además ha publicado sendas biografías de Muhammad Ali, Rey del mundo [Debolsillo, 2010] y de Barack Obama, El puente [Debate 2010].





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