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La Sociedad de Científicos Anónimos, la ciencia puede difundirse de otro modo

07 May, 2018 Etiquetas: , ,

Ocurre por lo general en un café. Personas de distintos lugares de la Ciudad de México, e incluso de otros sitios, llegan a la cita. Beben café, cerveza o comen algún bocadillo y se disponen a hablar de ciencia. Los temas son variados: de la genética a la biología alucinógena. Al final, todos salen con ánimo de volver a reunirse, de seguir siendo parte de la Sociedad de Científicos Anónimos. Para conocer más de esta iniciativa conversamos con sus creadores: Andrés Cota y Natalia Jardón.

TEXTO: CÉSAR PALMA / FOTOS EN INTERIORES: CORTESÍA SOCIEDAD DE CIENTÍFICOS ANÓNIMOS

Por un instante me sentí como algún científico del siglo XVII hablando de ciencia en uno de esos cafés que abundaban en la Europa engolosinada con la Ilustración. Estaba rodeado de una treintena de personas sentadas en sillas y mesas comunes bebiendo café, cerveza y otra coctelería. En un espacio sin mucha iluminación, sin pizarrón, sin solemnidad, sin todo el estiramiento que suele haber en la academia. Sólo escuchando una conferencia convocada a través de Facebook.

La ciencia no te hace dormir en estas reuniones aunque se prolonguen hasta cerca de la media noche. Todo está debidamente cuidado en este ejercicio de divulgación científica, que comenzó hace dos años con una decena de personas y hoy en día reúne a una treintena en cafés, bares o restaurantes. Se trata de un evento ágil y entretenido. Quienes participan no quieren que sea una logia o algo hermético. Mientras más gente de diferentes estratos y formaciones acuda, mejor. Es lo que me confiesan Andrés Cota y Natalia Jardón [en dos entrevistas de forma independiente] cuando hablamos sobre este proyecto, que busca contribuir a la cultura científica de este país: la Sociedad de Científicos Anónimos.

Reunión de la Sociedad de Científicos Anónimos en Bandini, espacio cultural que se encuentra en la zona centro de la Ciudad de México.

Todo empezó con dos científicos que se encontraron

Natalia y Andrés se conocieron en Londres, cuando estudiaban la maestría en Comunicación de la Ciencia en el Imperial College, en 2008. Ambos tenían un gusto genuino por la ciencia y no querían que éste derivara en una vida monástica de laboratorio o en un ascenso burocrático dentro de las instituciones, el cual suele venir acompañado de la publicación de artículos para garantizar estímulos económicos, cumplir la normatividad de cada institución o simplemente pasar muchos años de la vida invertidos en un área específica.

Años después, estos dos jóvenes —treintañeros de la primera mitad de la década— plantearon una iniciativa de divulgación científica en la que cada uno aportar su experiencia y habilidades para buscar aportar algo a México, un país en el que el rezago de la ciencia, en general, es considerable. Un dato sirve para dar mejor dimensión a esto: los países miembros de la OCDE [Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos] invierten en promedio el equivalente al 2.39% del PIB de su economía a la ciencia, mientras que México sólo destina el 0.57%.

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Natalia habla poco, con voz bajita. Gira los ojos al hacer memoria y termina sus respuestas de manera puntual sin extenderse más. Ella estudió la carrera de Genética Humana en la University College London. Una elección que en algún punto entró en conflicto con otros de sus intereses de aquella época como el cine, la escritura y el arte en general. Al final ganó la ciencia, aunque hoy en día no se dedica profesionalmente a ella, pues trabaja en una organización enfocada a la transparencia, economía y políticas públicas.

Natalia, a pesar de no dedicarse profesionalmente a la ciencia, respeta mucho la labor de los científicos. Esa gente [los científicos] tienen una forma muy particular de pensar, tienen su propia creatividad, pueden mantener durante años una disciplina rígida sobre un asunto para alcanzar una respuesta; ella no, me cuenta. De ningún modo se imaginaba dentro de un laboratorio, un lugar que le podría quedar pequeño dada su incesante necesidad de abordar varios proyectos.

No hubiera podido trabajar en la ciencia que desarrolla un investigador; de hecho, desde que estaba en la licenciatura se dio cuenta de ello: observaba a sus compañeros con admiración por su talento para plantear preguntas, entender temas, aprender conceptos, experimentar en el laboratorio. Habilidades que ella consideró no tener del todo o al menos no se sentía interesada en desarrollarlas a ese nivel.

En cambio, en la divulgación se sentía cómoda y todavía más en la escritura. De algún modo, comunicar la ciencia le permitía alimentar su curiosidad sin limitar su libertad para saltar de un tema a otro. Sin embargo, reconoce que la ciencia cambió su forma de ver el mundo a través de una especie de visión Darwiniana, donde observa cómo se adaptan las personas a situaciones de todo tipo y algunos tienen éxito mientras otros no.

Por eso, la Sociedad es un espacio ideal para canalizar sus impulsos por aprender de un tema y de otro más. Ella, aunque no exclusivamente, define los temas que habrá de abordar la Sociedad; intercambia comentarios con Andrés —y de hecho, también con su madre u otras personas— para formar el menú de charlas de cada noche: robots que juegan con la humanidad; homo obesus-alimentación, genética y cuerpos en expansión; perros ferales en la Ciudad de México; destellos cósmicos.

Cuando le pregunto cómo se le ocurren tan diversos temas y, sobre todo, cómo consiguen a los especialistas —yo me imagino una red extensa de contactos, todo un ecosistema de científicos—. Ella me explica su método con simpleza: investiga en Google, manda mails a los científicos que detecta como especialistas del tema, revisa sus currículos, navega en páginas de los institutos o escuelas para conocer más de su trayectoria; les plantea la idea del proyecto, en algunos casos hace comentarios y sugerencias a los ponentes sobre su presentación y les indica el tipo de charla que realizarán: informal, entretenida y no para especialistas.

Natalia dice que todos los invitados han aceptado con mucho gusto y han dirigido ponencias exitosamente frente a un público muy heterogéneo; esto último es algo que no se obtiene con facilidad, asegura, a pesar de que a los académicos les fascina ser escuchados sobre su labor de investigación.

Los especialistas están acostumbrados a dirigirse a cierto tipo de público, manejan lenguaje especializado y son muy detallados, me cuenta Natalia. Esto le provoca un poco de ansiedad, pues espera que en cada noche de la Sociedad todo se cumpla en tiempo y forma, que los asistentes no se aburran, que el diálogo fluya de un lado a otro. Para lograrlo, Natalia asume la responsabilidad de agilizar el paso de la palabra entre los asistentes.

Algunas de las personalidades que han tomado la palabra en esta sociedad provienen de diversos campos también. Por ejemplo, Alejandra Ortiz Medrano, bióloga, divulgadora y ganadora del Premio Nacional de Divulgación Científica en dos ocasiones, presentó la charla Ig Nobel – Premiando lo más ¿absurdo? de la ciencia; Diego Valenci Korosi, doctor en Ciencias Ambientales por la Universidad de Wollongong, especialista en hongos alucinógenos habló de Biología alucinógena – Hongos en la mexicanidad; y así, vienen académicos de la UNAM como del IPN, la UAM y otros centros de estudios. Todos con credenciales e investigaciones publicadas que reafirman su autoridad en el área en cuestión.

También, cada noche, Natalia bebe una copa de vino mientras observa contenta cómo toman forma las reuniones.

Los temas de la Sociedad de Científicos Anónimos son variados, de genética a biología alucinógena o biomímesis, como lo muestra esta convoctaoria.

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Desde niño, Andrés conoció dos facetas de la ciencia. La primera gracias a la formación de sus padres —científicos—  quienes guiaron sus intereses hacia la Biología; Andrés tuvo pocas restricciones cuando se trataba de coleccionar animales, acercarse a un laboratorio, a un museo o  a un libro de ciencia.

La segunda, también fue a través de sus padres [profesores e investigadores]. Ellos le permitieron conocer esa parte que no le fascina del todo: publicar cierta cantidad de artículos, en una lógica de cantidad más que de calidad. Y aunque Andrés se asume como escritor, no podría desarrollar ese tipo de escritura, la cual no va acorde a sus intereses creativos: un híbrido entre ciencia, crónica personal e incluso la ficción.

Del mismo modo que Natalia, Andrés tampoco estaba interesado en soportar el rigor de una investigación científica, me cuenta en la entrevista que sostenemos. Durante su tesis de licenciatura intentó llevar a cabo una revisión taxonómica de serpientes, animales que le fascinan, pero sólo encontró una aridez extrema. «No mames, esta no es mi vida, sentado y contar escamas», recuerda con una risotada.

Andrés lleva la entrevista de un punto a otro. En ocasiones superpone una idea sobre otra, amplía el punto anterior, pero recula y me pide disculpas por salirse de la pregunta inicial. Le digo que no hay problema, pues ese Andrés es el que uno ve en las reuniones de la Sociedad. Es el anfitrión que también levanta la mano, pregunta, opina, replica y se desenvuelve como locutor y espectador.

En ese momento surgió la pregunta que dio origen a la Sociedad de Científicos Anónimos: ¿Por qué no hacer un café de ciencia?

Retomamos el hilo de la charla. Andrés buscaba no estar en el laboratorio, sino comunicar la ciencia a más personas de forma escrita; a esa conclusión llegó tras experimentar con el documental en la maestría. Creía que se dedicaría a la producción de este formato, pero reconoció que le faltaba expertise en los aspectos visuales. Esto no sucedió con las crónicas, a modo de diario de viaje, que escribió durante su estancia en Londres, pues se sentía cómodo con la escritura. De hecho, al terminar la maestría, y después de instalarse en Berlín, Andrés supo que quería vivir de la escritura. Allá inició una novela que habría de terminar siete años después.

Cuando regresó a México comenzó con energía a abrirse camino en el difícil campo de la divulgación de la ciencia escrita. Andrés quería proponer un nuevo enfoque en la divulgación, el cual considera anticuado, desde que se dirigen a los lectores con las mismas fórmulas narrativas y donde el círculo de divulgadores es hermético: los mismos autores hablándole a los mismos lectores de siempre. «Qué bueno que haya revistas y lectores de esas revistas, pero debemos buscar otros públicos», confiesa.

Buscó espacios por aquí y por allá. Se abrió camino para llegar a nuevas audiencias. En sus inicios, aprovechó algunas plataformas como Pijama Surf y Vice, pero las ganas de crear nuevas brechas para la divulgación no cesaron. En uno de esos impulsos surgió el Ideógrafo, una plataforma que echó a andar junto con Natalia para publicar textos de ciencia. Este proyecto se nutrió durante meses con diversas colaboraciones, pero poco a poco el contenido dejó de ser frecuente hasta que dejaron de publicar. En ese momento surgió la pregunta que dio origen a la Sociedad de Científicos Anónimos: ¿Por qué no hacer un café de ciencia?

Andrés Cota y Natalia Jardón creadores de la Sociedad de Científicos Anónimos.

El futuro de los científicos no tan anónimos

Las conferencias comienzan en el café a las ocho y media, según el cartel y la invitación que comparten a travé de sus redes sociales, pero en realidad inician después de las nueve. Las personas llegan a la cita, que generalmente es los jueves, caminando, en metro, en bici, auto o moto, dependiendo del lugar. En una ocasión, cuando se presentó una charla sobre ajolotes, una joven se había desplazado desde Cuautitlán Izcalli, Estado de México, hasta Coyoacán [al sur de la Ciudad de México], pese a que no alcanzaría el metro de regreso, escuchó la conferencia hasta el final. Y lo mismo sucede con gente que viajaba del extremo oriente, en las profundidades de Iztapalapa; o gente de Xochimilco o Indios Verdes.

Todo ese entusiasmo por asistir, irónicamente, ha sorprendido a Natalia. Me dice: «Yo no me desplazaría tanta distancia para ir a un lugar. Hablo de mí. Pero me sorprende, qué bueno».

Las ganas de estar ahí se perciben en todas las personas: jóvenes estudiantes, adultos con experiencia en la academia, oficinistas, comensales que estaban ahí sin saber en qué estaban metidos e incluso niños. Todos con una formación científica distinta, pero con el mismo gusto por la ciencia y con esa mirada de interés sobre el tema.

No se trata de una clase, aunque tenga un poco de ese formato: diapositivas al fondo y la intervención del experto citando fuentes, remitiéndose a pasajes, aclarando conceptos y reafirmando posturas. En la mayoría de las charlas primero está la exposición del tema y después vienen el segmento de preguntas, el cual se prolonga por horas. Los que están de pie esperan los minutos que sean necesarios para cuestionar u obtener alguna certeza del científico; se recargan sobre las paredes, distribuyen el peso sobre un pie y el otro, hasta que porfin pueden tomar la palabra.

Las dudas y puntos de vista de los asistentes de la Sociedad son tan variadas como ellos mismos; suelen ser generales, de temas que casi todos reconocen: «¿Los pitbulls son genéticamente más agresivos?»; otras surgen de las teorías no científicas, de conspiración: «¿Qué opinan sobre el proyecto HAARP y la posibilidad de que haya provocado el temblor [del 19 de septiembre]?»; y están las preguntas de expertos que no se pueden seguir si no estás empapado del tema: «¿Qué pasa si el marcador genético tiene…. bla bla bla?».

Todas las dudas se despejan y se discute cualquier comentario. En general la mayoría son escuchados con atención y una opinión es válida como cualquier otra. Cuando hay desacuerdos no parece algo muy relevante. La polémica se toma con naturalidad, no se insiste en conciliar o refutar las distintas formas de pensar. Al menos lo que procuran los ponentes es presentar sus datos y que cada quien saque sus propias conclusiones. Lo mismo hacen Andrés y Natalia.

A pesar de la buena participación, este formato no convence del todo a Andrés, él piensa mucho en el espacio donde se desarrollan las charlas. Le gustaría que la actividad integrara más a las personas, en un especie de círculo y no el científico en un lado y el auditorio en otro. Le gustaría probar sitios distintos, le pregunto cuáles, y no me comenta alguno en específico, pero sí habla de uno donde las personas puedan interactuar, escuchar y platicar mejor.

Cartel para acudir a una reunión de la SCA.

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¿Cómo eligieron los lugares?, pregunto a Andrés. «¿Dónde podemos hacer algo ameno, desenfadado, pero no serio? ¿Cómo lo tropicalizas? Le pones mezcal», me responde  y describe a la Sociedad como un «caldo del conocimiento» donde convergen personas con todo tipo de formaciones. No hay necesidad de ver al científico como si estuviera en un pedestal, dictando cátedra desde arriba hacia las personas, comenta. Le gusta ver a los investigadores fuera de su contexto, en un espacio más relajado.

Andrés no sabe a dónde llegará este proyecto, pues enfrenta el reto de los recursos económicos, pero se mantiene optimista hacia el futuro. Próximamente iniciarán colaboraciones con No-Fm Radio y explorarán algunas formas obtener becas y fondos públicos.

A Natalia le gustaría llevar este formato con niños, a quienes considera fundamentales para mejorar la cultura científica en México. Todavía no sabe cómo lo hará, pero está dentro de sus planes.

¿Cuál es el estado general de la divulgación científica en México?, les pregunto y pido que lo comparen con los países que tuvieron oportunidad de conocer.

Natalia no cree que en México se haga mala ciencia o que no exista. La única diferencia que ve está representada en esta metáfora: «imagina que a ellos les dan un costal de cacahuates y a nosotros sólo unos cuantos, y aún así se hacen cosas de mucho nivel». Cree que se deben divulgar los descubrimientos mexicanos, porque hay muchas investigaciones interesantes y que son reconocidas a nivel mundial.

Andrés cree que la diferencia más importante es que en el viejo continente hay un acuerdo general sobre la importancia de la ciencia. «Toda empresa tiene su oficina de comunicación de la ciencia, aunque sea una sola persona o todo un equipo. Aquí con mucho trabajo se reconoce esa labor, aunque comienzan a surgir los intentos», reflexiona.

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Natalia y Andrés terminan las reuniones con una agradecimiento al científico invitado y al público asistente. Rematan extendiendo una invitación para la siguiente reunión, desconectan el proyector, quitan el audio, dan los últimos tragos a su bebida. Intercambian algunas palabras con los ponentes e invitados, resuelven dudas y agradecen personalmente. Esperan un poco hasta que el lugar esté casi vacío. Se despiden del personal del bar o café. Dejan a atrás esta sociedad de ciencia y se sumergen a la otra sociedad que buscan cambiar.

 

Imagen de portada: Microscopio de tres cuerpos para las observaciones simultáneas by Fondo Antiguo 
de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla. Flickr-[CC BY 2.0]


César Palma
César Palma
Editor de fotografía en Kaja Negra. Si alguien tiene que fotografiar al presidente, al papa o a mi abuela, ése quiero ser yo. En Twitter: @LittleChurch_ Correo: cesar@kajanegra.com



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