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La Titina

13 May, 2013 Etiquetas: ,

Recuerdo la fotografía: ella se encontraba inclinada en el parabús, con sus tetas gigantes lanzadas al vacío y su trasero sirviendo como contrapeso.

TEXTO: XOCHIKETZALLI ROSAS

Recuerdo la fotografía: ella se encontraba inclinada en el parabús, con sus tetas gigantes lanzadas al vacío y su trasero sirviendo como contra peso. Desbordaba su escote como manantial: con bravura, con naturalidad. No pude desmontarla de mi mirada. Ni un parpadeo en los minutos eternos en que no dejé de observarla hasta que el semáforo cambió a verde.

Nos separaban diez enormes carriles con algunos autos esperando el disparo de la luz para salir despavoridos con dirección a Aragón. Ella estaba parada sobre 15 centímetros de unos tacones negros, con las piernas barnizadas por sus medias de red y cubierta por las olas de su vestido púrpura como sus labios y sus ojos. Yo la analizaba en contra esquina con un par de cervezas en el cogote y con las vibraciones de la enfermedad contagiosa que había sido Anthrax, una banda estadounidense de thrash metal.

La Calzada de los Misterios nos separaba y unía.

A la distancia no alcazaba a descifrar su edad, pero seguro era una mujer madura: su cuerpo embarnecido, el grosor de sus piernas, brazos y caderas me hablaban de los caminos recorridos; yo, en cambio, era el wey que acaba de independizarse, que se había mudado al DF para economizar tiempo y dinero, que disfrutaba de la farra y de los conciertos nocturnos.

Eran las dos de la mañana. El viento apenas movía sus rizos negros, pero jugaba con los vellos de sus brazos, erizándole el cuero. De pronto se acomodaba las tetas, sacándolas del brasier y del vestido, dejándolas a la intemperie; sus robustas y pequeñas manos le eran insuficientes para sostener sus pechos; entonces se impulsaba para subirlas y dejarlas caer con precisión en el nudo que sus brazos habían formado para sostenerlas.

La luz verde me guió directo a donde se encontraba aquella mujer. En mi interior, mi corazón galopaba y mi mente tamboreaba con “The Devil That You Know”.  Conforme me fui acercando vislumbré en la piel blanca de sus pechos una rueda caoba, saltada. Alenté mis pasos, quería capturar el pezón botado por el frío y por aquellos mordiscos que los primeros clientes ya le habían propinado. Sus tetas parecían suaves y, aunque estaban colgadas, me resultaron firmes, pesadas; con el volumen y fuerza para una rusa majestuosa. Vi mi pene duro embarrándose en ellas, sumergiéndose en el caudal del manantial que emanaban. Quise mirarle el rostro, pero un peso sobre mis párpados me impidió quitarle los ojos del pecho; fueron segundos los que tardé en cruzar aquellos diez carriles y ella permaneció intacta, como si yo hubiera sido el ruido que dejaban los autos a gran velocidad.

No pude dejar de observarla, incluso cuando ya la había dejado atrás. Tampoco de imaginar el momento en que la tuviera verdaderamente cerca. Sus tetotas frente a mí, con mis manos como moldes para cumplir sus exigencias, para apretarla contra mí y con mi lengua deslizándose entre sus pliegues, humedeciendo de a poco los pezones hasta rebotarlos y pasar del durazno terciopelo al caoba de los chupetones que le daría. Sumergirme en su madurez, en su podredumbre. Darle la cogida que ni su cliente más experimentado le había dado.

Pero ella no me miró.

Ni esa primera vez que nos encontramos, ni las otras tantas que la volví a mirar en Calzada de los Misterios, a unas cuadras de donde vivía, a donde imaginaba que la invitaba para ahorrarnos lo del hotel y el acostón fuera más bara, no sé, igual hasta gratis. Cada que pasaba por ahí la buscaba, justo en la esquina de aquella madrugada otoñal de septiembre.

La Titina,  la llamé.

Le puse el nombre de la pulquería que cada noche le aguardaba las espaldas en la esquina de aquel parabús.

“La Titina” le proporcionaba algunos clientes embriagados del pulque de sabores que se despachaban desde el mediodía, hora en que abría sus dos puertas, y que ella empezaba a atender pasadas las diez de la noche con sus carnes al aire.

Ella merecía ese nombre: La Titina, porque me resultaba tan misteriosa como la pulquería de la que provenía su mote, en la que desde la camada de luchadores y boxeadores de Tepito y la Peralvillo, incluido El Púas Olivares, hasta mi abuelo, mi tío y mi padre se habían echado unos tragos. Quizá todos habían disfrutado de sus placeres y de sus tetotas, pensé, y me excitó la imagen. Mi Titina en las piernas del Púas Olivares, mientras él le rociaba el pulque de mango entre los pechos y con ansia y rapidez lengüeteaba la bebida antes de que le llegara al ombligo, no sin antes embarrarle la saliva caliente alrededor de los pezones, morderla y pellizcarla. Cada que la recreaba en “La Titina” con todos los luchadores, mi padre y mi abuelo, mi verga llegaba a las nubes.

Por eso no había mujer que me cogiera sin que antes yo pasara a ver a La Titina.

La primera vez que llevé a mi vieja al cuarto, pasamos por su esquina. Le advertí de su presencia: “En el parabús está la mujer de las chichotas que te conté”, a ella era la única que le había hablado de La Titina. La mataba la curiosidad.

Así que esa noche la provoqué para que la viera. Así fue: la observó con detenimiento, incluso notó un lunar cerca del pezón derecho que yo nunca había visto. Y después de encuerarla con la mirada se sonrieron, como cómplices.

A ella, a mi vieja, La Titina no le pareció fea y dijo que estaba bien conservada para su edad. No vislumbré ni un gesto de celos de su parte, razón suficiente para que cada vez que cogiéramos me permitiera recordar las tetas de La Titina antes de bañarla con mi semen.

Siempre planeé el momento en que yo tomaría el lugar del Púas Olivares, y sería el que me la cachondeara.

Iba decidido. Me vestí con la primera garra que encontré, al fin y al cabo en chinga nos encueraríamos. Eran las diez de la noche y ella ya estaba en el parabús con las tetas al aire. Con el semáforo en verde cruce la calle para interceptarla de frente, pero un Fairmont negro me ganó la jugada. El auto se detuvo frente a mi Titina, ella le embarró las chichis, soltó una carcajada. Yo la miré contrariado, quise golpear al cabrón que se la llevaría.

Y por primera vez La Titina me miró. Me guiñó el ojo, como a mi vieja, nos volvimos cómplices, lo sé, pero desde entonces ella no se volvió a parar en sus 15 centímetros de tacón en el parabús a las afueras de aquella pulquería.

Imagen de portada: High Heels by dat'-Flickr-(CC BY-ND 2.0).


Xochiketzalli Rosas
Xochiketzalli Rosas
Coordinadora editorial de Kaja Negra. ¿Que si escribo? No, imagino que lo hago. En Twitter: @xochketz Correo: ketzalli@kajanegra.com




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