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La toma política de la ayahuasca

05 Sep, 2017 Etiquetas: , ,

Un viaje a las profundidades del Putumayo, en Colombia, da cuenta del uso político-ritual de la ayahuasca, una bebida sagrada y milenaria usada con fines terapéuticos y espirituales por los pueblos de la Amazonia desde hace más de cinco siglos. Un recorrido que nos lleva a la densidad de la selva y al cerco de la guerrilla. Una historia que Yaconic comparte con Kaja Negra.

TEXTO: RENATO FARRERA / FOTOS: JAVIER MATEOS

Durante muchos años Javier asistió con terapeutas para procesar el suicidio de su madre, pero el dolor evadía el análisis de los psicólogos. El sufrimiento ya se había somatizado con arranques de asma y ataques de pánico. Sin embargo, lo que no habían logrado tres psicólogos y seis años de terapia en San Antonio, Texas, la ayahuasca lo logró en solo una sesión.

«La primera vez que tomé ayahuasca tuve la visión de una bola negra en la boca del estómago. Era una bola densa, pesada. Empecé a vomitar. Estuve vomite y vomite y vomite».

El taita pasaba por ahí y se acercó a Javier. Le dijo, con su acento colombiano, que siguiera vomitando. «Sígale, que usté está entero». Javier podía ver cómo la bola negra subía de su estómago a la garganta, hasta que empezó a salir. Al final, cuando quedaba solo un poco, hizo buches con agua y sacó todo. El taita se volvió a acercar para preguntarle si estaba bien.

A Javier «le cayó el veinte de putazo: Me di cuenta de la razón de mi tristeza, de mi sufrimiento. Me llevé las manos a la cabeza y estuve unos segundos así hasta que me dije: ‘No mames… ¡eres un tonto!’… la tristeza estaba ahí como una manera de recordar a mi madre. Librarme de ese sentimiento era como si fuera a olvidarla. Me di cuenta que ella sufrió mucho. Había sido víctima de otras personas que a su vez también habían sido víctimas. Y yo tenía que romper con eso».

«Cuando uno siente dolor se da cuenta que es el ego el que pelea para que no lo olvides —me dice Javier mientras sus manos se mueven sobre su pecho, a la altura de su corazón, dejando expuestos los tatuajes de sus brazos como vestigios de una mitología incomprendida—. Se aferra a ti, es necio y sabe cómo manipularte. Por eso hay que escuchar al corazón, más corazón y menos mente».

Taita es un vocablo que se usa en algunas regiones de Latinoamérica para señalar al padre espiritual o protector en los rituales de ayahuasca. El taita que guió a Javier se llama Andrés Córdoba. Actualmente Javier continúa su discipulado en el yagé bajo la tutela de Andrés y lo ha seguido por Estados Unidos, México y Suramérica.

El taita funkmetalero

Andrés Córdoba tiene una mirada penetrante. Mide alrededor de un metro con sesenta centímetros y tiene el cabello negro y largo, como su barba. Nació hace aproximadamente 40 años en el ejido de San Juan de Pasto, un pequeño municipio del departamento de Nariño en el sudoeste de Colombia. Como su madre trabajaba, lo llevó a vivir a Colón, donde fue educado por una «madre de crianza».

Cuando Andrés tenía 12 años se mudó con su familia a Cali buscando nuevas oportunidades. En la adolescencia comenzó a tocar la ocarina y las flautas en una banda de metal folclórico. A esa edad también era un buscapleitos y ya lo habían intentado matar dos veces:

La primera mientras caminaba por la calle y lo rodearon siete personas, que lo apuñalaron. Andrés alcanzó a meterse a un bar pero ya estaba lastimado. La gente le hablaba para que no se quedara dormido y apenas logró llegar al hospital. La segunda ocasión caminaba por un callejón atrás de un mall con un amigo, cuando detectó que se acercaba una moto con dos personas. Las matanzas en moto eran un clásico de ejecución en la Colombia de los ochenta, así que cuando los vio, Andrés se mantuvo alerta. La moto se acercó y el copiloto hizo un gesto extraño. Andrés reaccionó de inmediato, empujó a su amigo y se tiró del otro lado en una fracción de segundo. El eco de la pólvora dejó su ruido sordo y Andrés intentó incorporarse. Sintió la herida: la bala lo había atravesado.

Después de estos dos incidentes y tres intentos de suicidio, se internó en la selva para tomar yagé con los Cofanes, un pueblo ancestral que habita al noroccidente de la Amazonía, en la frontera entre Colombia y Ecuador, y que utiliza la ceremonia de la ayahuasca para acceder a sabiduría ancestral.

Los abuelos Cofanes se dieron cuenta que Andrés tenía un don y lo invitaron a participar en sus rituales. Andrés comenzó ayudando a llevar el sahumerio y el agua, y con algunos quehaceres en el templo. Después se metió al discipulado. En este, los aprendices toman ayahuasca diario, durante mucho tiempo. Los abuelos Cofanes le apodaban “El duende” porque la ayahuasca le provocaba unas catarsis que lo revolcaban. Por eso y por su apariencia física.

Cuando finalizó el discipulado, los Cofanes lo certificaron como médico tradicional. Entonces Andrés decidió llevar el yagé a la ciudad, a las zonas pobres. Comenzó en el barrio de Yira Castro —la comuna donde había crecido—, una pequeña localidad al suroeste de Cali en la que abundan las pandillas. Algunos taitas le habían advertido sobre los riesgos de la misión. Y es que cuando llega un líder espiritual a tratar de rehabilitar personas que están en las pandillas, cierto núcleo de poder se ve atacado. Pero Andrés sabía que era en los barrios pobres donde hacía más falta el yagé, pues ahí es donde está la violencia, el alcoholismo, la drogadicción; donde las personas pierden la fortaleza del espíritu.

Javier viajó a Colombia cuando se enteró que Andrés Córdoba tenía un grupo que buscaba rehabilitar a los jóvenes adictos y alejarlos de la delincuencia con el uso de la ayahuasca.

La toma política del yagé

En otro de sus viajes, y luego de aterrizar en Medellín, Javier se trasladó al alto Putumayo, al pueblo de Colón, en un grupo conformado por colombianos, venezolanos, ecuatorianos y algunos estadunidenses. En el Putumayo los Andes se juntan con el Amazonas. El clima es húmedo y frío; el aliento de la selva se extiende entre las arboledas y deja su tacto helado. Cada veinte minutos la lluvia cae en forma de una ligera llovizna y el fango se acumula por doquier. El grupo de Javier se encontraría con el taita Andrés Córdoba para participar en una toma política de yagé.

En la región amazónica y cada vez más fuera de esta, las ceremonias de ayahuasca tienen fines terapéuticos y espirituales, pero existe una diferencia entre el tipo de ritual. Por un lado se encuentran las tomas normales, abiertas al público, que son guiadas por un taita, con sus cantos. También existen las llamadas tomas de discipulado, solo abiertas a las personas más cercanas al taita. Estas tienen una connotación más fuerte: los discípulos superan el malestar físico durante la ingesta y adquieren cierta facilidad de palabra. Se dice que el discípulo habla directo del corazón, pero quien realmente se expresa es el Espíritu Santo.

Por otro lado, las tomas políticas son ceremonias muy especiales, reservadas para un grupo selecto. En estas se juntan las familias más importantes de los pueblos: delegados políticos, gobernadores, taitas… es decir, personas que tienen una fuerza política y que están en «puestos clave». En la toma política se toma el yagé para «hablar con el corazón y dejar fuera el ego». «El ego habla, el alma escucha», dicen los taitas. Las tomas políticas son un vehículo tradicional para tomar decisiones, arreglar temas comunales y mantener viva la memoria de los pueblos.

Desde hace mucho tiempo las comunidades indígenas del Putumayo han sido violentadas por empresas internacionales que buscan tomar ventaja de los recursos de la zona. Movidas por intereses geopolíticos, se lanzan para apropiarse de asentamientos energéticos: yacimientos petroleros, minas de metales preciosos y mantos acuíferos, principalmente.

Pero la ambición de los grandes capitales no es la única amenaza para las comunidades. El gobierno, en su intento por hacer despliegues contra la guerrilla, ha legitimado el uso de glifosato [un herbicida de amplio espectro] para exterminar las plantaciones de coca, contaminando huertos, agua y ganado.

La toma en la que participaría Javier, en el grupo que conducía el taita Andrés Córdoba, se organizó para hacer frente a las transnacionales. La ceremonia se llevaría a cabo en el cabildo [el equivalente al palacio municipal]. Las tomas políticas generalmente buscan realizarse en malocas: una estructura circular, sagrada, que representa el centro del universo y donde viven los antepasados.

La rasca, la pinta, la borrachera

Una vez en Colón, el grupo de Javier se hospedó en un hostal a la espera del taita Andrés Córdoba. Pero este no llegó solo, con él se encontraba otro taita, Richard, un joven de 26 años que ya era conocido como curandero en todo el bajo Putumayo. De mirada reacia, Richard vivía alejado de todo, y solo era posible llegar a su casa en lancha.

Ya con los dos taitas a bordo, la siguiente parada fue la casa de uno de los ahijados [hijo espiritual] de Andrés, William, que se encontraba en el pueblo de Santiago, cerca de donde sería la toma. El grupo comería cuy [una especie de roedor doméstico característico de la región] rostizado con arroz blanco y papas al vapor. Javier comió la piel y dejó las entrañas, pero estas fueron alcanzadas en la mesa por Richard, so pretexto de no desperdiciar nada y de que se debe comer bien antes de una toma.

En las ciudades existe una falsa creencia sobre los preparativos para la toma de ayahuasca. Se pide que semanas antes los participantes hagan una dieta especial, sin carnes rojas, picante o alcohol. Deben de tomar zumo de frutas un día antes. [En algunas ceremonias se pide ir en ayunas]. Pero en Colombia si uno se va a purgar «hay que estar fuertes».

A las seis de la tarde comenzó a bajar el sol. Andrés les comunicó que la toma ya no sería en el cabildo, sino en la casa del gobernador. El grupo abordó un par de taxis y se dirigió a las afueras del pueblo. Luego caminaron entre la selva, el lodo y la humedad, y se metió por una vereda hasta que llegó a una colina. Ahí, en lo alto, estaba la casa del gobernador, pero al acercarse no escucharon ningún ruido.

Todavía debían pasar un alambre de púas cercano, caminar colina arriba, entre la maleza. Ahí, en medio de la oscuridad, había una luz: esa era la casa del gobernador.

Al cabo de cuarenta minutos de caminar con las piernas metidas en el lodo hasta las rodillas, el grupo llegó a una casa muy antigua, la del padre difunto del gobernador. Javier no veía casi nada, pero podía escuchar el murmullo de las personas.

Caminaron dirigidos por algunos focos tenues a un cuarto donde había un ropero antiguo de madera y bancas hinchadas por la humedad. Luego pasaron al cuarto de un fogón construido con ladrillo al ras del piso. El fuego era alimentado con madera húmeda, por lo que el humo lo llenaba todo. El agua de lluvia se había colado entre las goteras dejando charcos en el piso y los focos de la casa apenas alumbraban a las personas, que parecían espectros que se desvanecían. El gobernador se puso de pie y sus botas de plástico chapotearon en el agua. La gente empezó a meter las bancas al área del fuego y otros cargaron la mesa donde estaba el yagé.

En las ceremonias de la ciudad se acostumbra diluir el yagé con agua para hacerlo menos denso. Pero el taita Richard no lo disolvió: ofreció la medicina sin rebajarla. Javier tomó la copa y dio un sorbo amargo y espeso. Era un sabor a tierra y árbol. Sintió como si pasara aceite; un trago de lodo resbalando por su garganta.

Una vez que todos los asistentes tomaron ayahuasca se quedaron contemplando el fuego, en silencio, esperando que la bebida incendiara su espíritu. El taita Richard, con un penacho de plumas de guacamayo en la cabeza y un collar de dientes de tigre que colgaba de su pecho, comenzó a «echar rezo».

El yagé hace primero una limpieza física y después espiritual. Cuando limpia el cuerpo «de energías negativas» llega «la rasca». Al desintoxicar el cuerpo, desintoxica el alma. «La rasca» pega fuerte. Las personas gritaban, se tiraban al piso y pataleaban. Otras tantas corrían fuera de la casa, al baño, a vomitar o para buscar aire fresco. A Javier «la rasca» le llegó con un dolor de estómago. Corrió a unas letrinas y vomitó durante veinte minutos, sin descanso. Después llegó la diarrea. Cuando estaba sentado en la fosa séptica se dio cuenta de que algo andaba mal.

Me tengo que mover de aquí, necesito salirme, estoy perdiendo mucho líquido, pensó, y con la poca fuerza que tenía salió a vomitar a la tierra. Al regresarse dio cuenta que había muy poca agua. Tenía sed, frío y tenía que resolver alguna de las dos, así que fue al cuarto de al lado del fogón a buscar su sleeping bag. Cuando entró, la habitación ya había sido devorada por las sombras.

Después de la limpieza física llega «la pinta», las visiones. La visión es una proyección interna; pueden ser episodios de vida reprimidos que de pronto emergen a la conciencia. También, la conciencia puede abrirse hacia «canales de energía» que normalmente no se ven, como geometría, fractales o mándalas.

La ayahuasca no es un alucinógeno, no modifica la realidad, le da forma.

Durante «la pinta» los delegados comenzaron a hablar sin parar sobre la historia de los pueblos y los vicios del «hombre blanco». Hablaron toda la noche. De resistencia, de revolución, del papel del indígena en el mundo actual. Hablaron de la conquista, de cómo les quitaron la tierra a los indígenas. Describieron el materialismo del mestizo y del «hombre blanco», de cómo este trajo la avaricia, y de la creencia que tiene de ser superior a la naturaleza.

La plática, frenética, se intercalaba con cuentos, fábulas y leyendas. Los indígenas mantienen vivos sus conocimientos mediante la oralidad. Todo lo decían llenos de pasión, de coraje, como una forma de subversión o un acto revolucionario ante el exterminio.

Javier se quedó acostado en aquel cuarto oscuro, escuchando y sufriendo.

Después de un rato, mientras permanecía envuelto en el sleeping bag, escuchó que lo llamaban. Los calambres le perforaban los huesos. «Dios mío, ayúdame, me siento muy mal… tengo mucho frío», murmuraba.

Había perdido muchos líquidos y para ese momento comenzó a hiperventilar. Después llegaron las lágrimas. Desesperado, quería que el frío se alejara, pero este «frío» era el yagé, que estaba sacando todo su dolor.

«¿Qué pasó ahijado, cómo está?», le dijo Andrés cuando lo encontró envuelto en el sleeping bag. «Échele ganas que usté es un guerrero. Los guerreros vienen y se forjan en el Putumayo. Usté aguante, usté aguante».

Después, el taita se puso de pie y salió rumbo al área del fogón.

Javier estuvo acostado por alrededor de dos horas hasta que se sintió mejor. Poco a poco le regresó la fuerza. Logró sentarse y entró en la tercera etapa de la ayahuasca: «la borrachera». Ocurre una vez que pasa el efecto de «la pinta». La gente se siente ebria y se manifiesta la sabiduría del yagé.

A las cuatro de la mañana Andrés llamó a Javier para que se pusiera a su lado. Le susurró: «Va a tocar aguantarnos aquí, no podremos llegar al bajo Putumayo. Mañana la guerrilla va a tomar la ciudad de Puerto Asís».

La guerrilla selva adentro

Gran parte de las rutas que usan las FARC en el trasiego de la cocaína cruza territorio indígena. La guerrilla reconoce a los médicos tradicionales y a los indígenas y los dejan en paz. Dado que hay intereses de compañías por explotar los recursos de esos territorios, las comunidades indígenas y las FARC tienen un interés en común: alejar a las transnacionales de la selva. Pero los motivos son diferentes: los pueblos para evitar el exterminio y el respeto por sus tierras, las FARC para tener los caminos despejados. No hay fricción entre ellos porque el indígena no se dedica a sembrar la planta de coca y si lo hace es para uso ceremonial.

El taita Richard había recibido la advertencia que le susurró a Javier a través de una red de contactos. Seguir con el viaje como lo tenían programado era exponerse demasiado. La última vez que tomaron los caminos se quedaron tres meses en paro. Nadie entraba, nadie salía.

Dos días después, mientras continuaban su recorrido, Javier leería en un periódico en Sibundoy que la guerrilla había detonado un artefacto en un oleoducto en la vereda el Luzón, provocando un incendio que obligó a cerrar las carreteras.

Los viajeros del tiempo

Para los indígenas de la Amazonia, la gente, como los animales, son espíritus, energía. Y esas energías tienen ciclos. Los nativos saben que con la Conquista hubo mucho sufrimiento, y muchas muertes acabaron con sus tradiciones, su cosmovisión y su sabiduría. Esto creó una división entre el indígena y el «hombre blanco», y se creó un rencor muy fuerte. Sin embargo, dicen, un ciclo se está cumpliendo.

Esta es la razón por la que «el hombre blanco» regresa nuevamente a la búsqueda de la ayahuasca; ha pasado tanto tiempo que esos mismos espíritus que murieron en la Conquista están regresando a reconocer las tradiciones originarias: las plantas sagradas. Y regresan en forma de mestizos. Por eso, las personas que están atraídas por el yagé son llamados «los viajeros del tiempo».

Como Javier, durante la toma política en el alto Putumayo.



Colaboración especial
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