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La utopía sonora de Roger Waters

03 Oct, 2016 Etiquetas: , ,

Arropados por los acordes rockeros de la música de Roger Waters, los asistentes a sus conciertos en el Foro Sol y en el Zócalo de la Ciudad de México abrazaron el utópico añoro de dejar de lado el mal gobierno.

TEXTO: EMILIANO PÉREZ PERALTA 

So ya
Thought ya
Might like to go to the show.
To feel the warm thrill of confusion
That space cadet glow.
Tell me is something eluding you sunshine?
Is this not what you expected to see?
If you wanna to find out what’s behind these cold eyes?
You’ll just have to claw your way through this
Disguise
[In the flesh?/The Wall]

Escenografía Urbana

Desde la noche anterior, previo al espectáculo, la constante lluvia ha convertido cada centímetro de chapopote en efímeros espejos urbanos que muestran los portentosos techos citadinos atestados de nubes que permanecen, amenazantes, sobre las zonas cercanas al Foro Sol. Entre las calles aledañas al inmueble las ambulancias berrean sin descanso, mientras el fétido aroma que brota del afluente entubado del Río Churubusco embalsama la fría y moribunda tarde. El caos vial crece conforme la noche florece; los focos de los autos refulgen e iluminan decenas de improvisados puestos que se instalan en los principales accesos al foro de conciertos y ofertan playeras estampadas, tazas decoradas, colguijes y demás parafernalia que funge como testimonio para aquellos que esperan ansiosos el inicio del concierto.

Los rostros desencajados, siempre cansados, de aquellos que caminan rumbo al hogar después de la jornada laboral diaria acentúan la contrastante congoja que ronda como sombra las calles llenas de coladeras inservibles a causa de la basura. Un indigente tiende la mano y clama por algunas monedas, mientras en el otro brazo sostiene una cobija ennegrecida y húmeda; un grupo de bomberos relega los incendios y realiza labores de desazolve; una mujer llora, aterrada, rodeada por un grupo de personas que le escuchan describir al hombre que acaba de despojarla de su bolsa; los desvencijados microbuses avanzan despacio sobre Viaducto con los vidrios empañados… Todos ellos, imperiosos elementos decorativos, escenografía urbana que parece erigirse especialmente para a acompañar los acordes de las guitarras que, en unos minutos, desde el interior del Foro Sol surgirán.

La Histórica Plaza

A medio día, la plancha del Zócalo se exhibe, orgullosa, ocupada a una tercera parte de su capacidad. En primera fila, frente a las vigas que dan forma al descomunal escenario y las pantallas aún apagadas, sonríen aquellos seres que desde la noche anterior hicieron guardia con la convicción de ser los primeros en acceder al concierto gratuito que Roger Waters ofrecerá en la mítica plaza mexica. Por momentos, el sol asoma y parece imponerse a los temerarios nubarrones que viajan desde las montañas que circundan al valle, pero de nuevo se oculta.

A las seis de la tarde, dos horas antes del inicio del concierto, las calles de Madero, 20 de Noviembre, Pino Suárez y 16 de Septiembre, fungen como afluentes que transportan crecidas muchedumbres rumbo al océano demográfico en que se ha convertido la histórica Plaza de la Constitución. Los principales puntos de acceso a la plancha escupen nutridos grupos de personas que se apretujan y amenazan con desbordarse con la misma intensidad que aquellas lluvias que inundaron diferentes partes de la metrópoli en días recientes. Cada palmo del circuito que rodea la plancha comienza a ser rápidamente ocupado. Una hora antes del inicio del concierto, Protección Civil bloquea los accesos y anuncia, a través del sonido local, que el Zócalo se encuentra a su máxima capacidad y por ello debe restringirse el ingreso. Sin embargo, y a pesar de las decenas de policías que apoyan con las tareas, la muchedumbre se apoltrona y pronto, en más de una ocasión, se gesta el siempre onírico portazo y las vallas se derriban.  

La Catedral vigila la espalda del escenario wateriano y el Antiguo Edifico del Ayuntamiento le mira de frente, mientras Palacio Nacional y el Viejo Portal de Mercaderes custodian sus costados. Minutos antes de las ocho de la noche las pantallas iluminan los rostros de los casi 200 mil asistentes; los gritos emergen y sacuden las paredes coloniales. A las ocho el primer acorde; también la primera gota de lluvia que, inclemente, nos acompañará durante la noche.

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Foto: Miltón Martínez / Secretaría de Cultura CDMX. Flickr-[CC BY-NC-SA 2.0]

El lado oscuro de la Luna

En ambas fechas, en ambos escenarios, como ideado para formar parte de la escenografía, el perpetuamente contaminado cielo capitalino carece de estrellas; los nubarrones se han impuesto. Sin embargo, las ingentes pantallas del escenario resplandecen mientras exhiben la rocosa superficie lunar que poco a poco da paso, acompañada por los beats de «Speak to Me» y «Breathe [In the Air]», a un paisaje cósmico nutrido de estrellas que alientan los gritos excitados de la masa.

El oscurantismo de cada una de las piezas musicales que mitificaron a Pink Floyd se acentúa mientras las percusiones detonan «Set the Controls of the Heart of the Sun» e, inmediatamente, el angustiante sonido del bajo a cargo de Roger Waters da forma a «One of These Days», cuyos acordes de guitarra, irremediablemente, evidencian la portentosa guitarra heredada por el ausente David Gilmour.

Sin embargo, para una agrupación que se erigió como el eslabón más representativo —para algunos el más pretencioso— del rock mundial, la magnificencia de los acordes musicales y la contundencia de la composición letrista no basta: es necesario acompañarlo con asombrosas imágenes que nacen en los diodos de las pantallas y asaltan cada uno de los sentidos del asistente para llevarlo a la locura. Entonces, enormes relojes que recuerdan La Persistencia de la Memoria de Dalí se muestran y con ello las piezas «Time» y «The Great Gig in the Sky» fungen como preludio a uno de los puntos más álgidos de la noche: el sonido de las cajas registradoras de «Money».

El recital se convierte —en los fríos graderíos del Foro Sol y sobre la roca volcánica de la plancha del Zócalo— en un ir y venir entre la alegría, la nostalgia, la desesperanza y la impaciencia; un subir y bajar emocional que acompaña los crecientes decibeles de una instalación de audio, envidia de cualquier consolidada agrupación de la baraja nacional; el sonido como pieza de una compleja y exacta maquinaria que nos lleva magistralmente en picada hasta el nostálgico saxofón de «Us and Them» y la temeraria «Fearless», que concluirá con el fonograma futbolero y el mensaje en las pantallas «You Never Walk Alone».

Elogio a la locura

Roger Waters perdió en la mesa los derechos sobre el nombre de Pink Floyd, apoteosis de la escena musical junto a David Gilmour, Rick Wright, Nick Mason y, por supuesto, Syd Barrett. A este último, dicen los que se adentran en los polvorientos anales de la maquinaria pinkfloydiana, está dedicado en gran parte el disco Wish You Were Here.

El elogio llegado hasta los escenarios mexicanos comienza con el extenso intro de guitarra de «Shine On You Crazy Diamond», interpretado por un hombre postrado en una silla de ruedas [Greg Galeazzi] a quien las cámaras siguen como parte de un proyecto llamado Musicorps Wounded Warrior Band, compuesto por veteranos de guerra con discapacidades y respaldado por Waters. Junto a su guitarra, las subsecuentes estrofas suenan a súplica: Recuerda cuando eras joven/Brillabas como el sol /[…] Ahora hay una mirada en tus ojos/Como agujeros negros en el cielo/Quedaste atrapado en el fuego cruzado/De la niñez y el estrellato/[…] Sigue brillando, loco diamante…

Al final de la pieza, los sintetizadores se imponen de nuevo y guían el eterno homenaje a través de la apropiación sensorial con el sonido de «Welcome to the Machine» y «Have a Cigar»; antesala a la pieza más coreada del evento, «Wish you were here», que nace en las cuerdas bucales de Waters y se crece con los soberbios acompañamientos corales de las vocalistas de la banda Lucius, mientras la ausente luna en los cielos defeños se muestra, sólo por unos minutos, en las pantallas que brillan tanto como el loco diamante.

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Foto: Miltón Martínez / Secretaría de Cultura CDMX. Flickr-[CC BY-NC-SA 2.0]

Los animales y la amenaza del Muro

Los icónicos cerdos voladores en los conciertos de Roger Waters emergen acompañados de las piezas «Pigs on the wing», «Dogs» y «Pigs [Three Different Ones]». En el Foro Sol el enorme cerdo flota a varios metros de altura y es ovacionado por la mayoría de los asistentes al mostrar un mensaje que se ha vuelto constante del escenario social mexicano contemporáneo: «Nos faltan 43». El aplaudido cerdo, durante la segunda fecha de conciertos se ausentará y para la tercera fecha se negará a volar. Sin embargo, su efímera aparición agrada y, entonces, el aplauso no se contiene, tampoco los gritos de «asesino» y «fue el Estado». Son muchos los que no concuerdan con el ideario conceptual en los conciertos de Waters, quien se asume como portavoz de los conflictos sociales más vívidos de todos aquellos territorios que visita, y que ha hecho de estas expresiones políticas un elemento infaltable en su espectáculo. En esta ocasión, por ejemplo, la pantalla se nutre con iconografías que muestran el rostro del enemigo público número uno de los mexicanos, aquel que amenaza con instalar un muro para proteger a su patria del peligro de la raza cósmica: Donald Trump. «Trump, eres un pendejo», se lee en enormes letras que cubren todo el escenario, y el recinto enardece. El momento político crece con el sonido de «The Happiest Days of Our Lives», «Another Brick in the Wall», «Mother» y «Run Like Hell».

En el vertiginoso subir y bajar de las emociones, la propuesta del espectáculo recae en una bien conceptualizada amalgama entre el audio y el video que sacude todos los sentidos. Por ello, a pesar del momento de candor propiciado por las imágenes de Trump, el cerdo que clama por justicia, las momentáneas imágenes de oníricas lejanas galaxias y el escenario convertido en fábrica de la cual emergen portentosas y humeantes chimeneas, de nuevo el ímpetu cae con celeridad gracias al sonido de «Brain Damage» y el fastuoso espectáculo de luces que durante «Eclipse» concurren para erigir el icónico y colorido prisma del álbum The Dark Side of the Moon.

El momento político crece con el sonido de «The Happiest Days of Our Lives», «Another Brick in the Wall», «Mother» y «Run Like Hell».

The Show Must Go On

Protegido por el candor del aplauso popular, Roger Waters extrae una hoja de papel doblada que guarda en el bolsillo del pantalón y la extiende. Las cámaras lo convierten en el punto común para cada mirada que asiste al evento. Carraspea un poco. Waters se anima y charla en la lengua castigada, la vergonzante lengua al norte del río Bravo traída trágicamente por las huestes virulentas de Cortés y la cálida euforia le respalda. En cada una de las tres presentaciones sucede lo mismo.

Diserta acerca del creciente número de desaparecidos en México, cuestiona las políticas gubernamentales emprendidas por el gobierno en turno e incluso sugiere al representante del Ejecutivo: «Escuche a su gente. Los ojos del mundo están observando». Con ello el grito fácil de la masa se impone, el lugar común, el de la exigencia momentánea, del reclamo que cae en el simplista «Pendejo» y discurre por el afamado #RenunciaYa. En sus líneas Waters convoca a terminar con los privilegios como primer objetivo a la revolución; sin embargo, en el Foro Sol el sonido llega tarde, un tanto diferido entre las primeras filas de los 4 mil pesos y la última fila de los 369 pesos, cargo incluido; en el Zócalo, el grito y la conmoción dura menos.

Tras la lectura del mensaje, la letra de «Vera» se presenta oportuna y cuestiona en tono melancólico: ¿Alguien de aquí recuerda a Vera Lynn?/ Recuerdan cómo dijo que/ un día nos encontraríamos otra vez. Tras el, «Bring the Boys Back Home» resuena como continuación de la exigencia política y alcanza su clímax con la siempre contundente «Comfortably Numb», que marca el fin del espectáculo.

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Foto: Miltón Martínez / Secretaría de Cultura CDMX. Flickr-[CC BY-NC-SA 2.0]

Outside the Wall

Tras el espectáculo el público desvaría. Las luces de los aforos se encienden y los chiflidos continúan, el descontento se eleva y parece, sólo por unos minutos, que la gente está dispuesta, tras ser sacudida por las palabras waterianas y las piezas del mítico Pink Floyd, a ejercer aquel derecho que han rechazado durante generaciones: el del derecho a la ciudad, el de la posibilidad de transformarse, de cambiar, de construir aquel territorio en el que habitan, de crear urbanidad y ejercer su derecho al grito, al reclamo, a la transformación harto anhelada… Sin embargo, enclaustrados en el Foro Sol, somos más de 50 mil; en el Zócalo cerca de 200 mil —la ínfima parte de 120 millones— que por hoy, arropados por los acordes rockeros, abrazamos el utópico añoro de ser ciudadanos y dejar de lado el mal gobierno. El Foro Sol y el Zócalo arden, pero el resto de la ciudad duerme.

 

Imagen de portada: ROGER WATERS ZOCALO. Fotografía Milton Martínez / Secretaría de Cultura CDMX. 
Flickr-[CC BY-NC-SA 2.0]


Emiliano Pérez Peralta
Emiliano Pérez Peralta
Geógrafo. Caminante eterno. Pessoa le guía: "No soy nada/ Nunca seré nada/ No puedo querer ser nada/ Aparte eso, tengo en mí todos los sueños del mundo". Escribe y sobrevive. En Twitter lo encuentran como: @Emilixxx.




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