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La vida bajo el lente de la 35mm

30 Ago, 2018 Etiquetas: , , ,

En esta entrega de Can Cerbero, los autores quisieron hablar sobre documentales que los han trastocado. El del músico australiano Nick Cave, el del gimnasio de box del ex pugilista Richard Lord y el escrito por James Baldwin; tres historias audiovisuales que nos hablan de la vida, la música y la literatura.

TEXTO: CAN CERBERO

Nick Cave: dos documentales
[Texto de Enrique I. Castillo]

A fines del Siglo XX dejé de ser un ser humano…

Esto es lo que dice Nick Cave, mientras lo vemos levantarse de la cama, la mañana de su día 20,000 sobre la Tierra. Una película en la que todo está arreglado para que los espectadores podamos hacernos una idea de lo que es un día en la vida de este músico australiano. Quiero decir, los escenarios están arreglados, pero lo que sucede dentro de ellos no, de ahí que pueda considerarse este filme como un documental.

En 2014, Iain Forsyth y Jane Pollard se dieron a la tarea de filmar 20,000 days on Earth, en el que muestran lo que es la vida diaria de este ser enigmático, al tiempo que nos adentran en sus procesos creativos, tanto en música como en su faceta de narrador.

Las canciones de Nick Cave & The Bad Seeds suelen ser cruentas, lúgubres, pero también cargadas de sentimientos. Lo mismo pueden hablar de asesinatos, de hombres que sienten el amor como si fuera una herida sangrante o de la tristeza que queda tras la ruptura de una relación. Cave ha logrado crear un universo en el que esas canciones coexisten, en el que todo pasa tal y como él lo desea. Parte de esto puede verse a lo largo del documental. Escenas dentro del estudio de grabación en las que los integrantes de The Bad Seeds tocan sus instrumentos, buscan sonidos sin aparente coherencia entre ellos mismos, pero con un solo fin: crear una canción. Nick Cave al piano persigue una melodía, amparado por una fotografía de Elvis Presley, colocada cerca del instrumento.

Mayormente, me siento como un caníbal. Ya saben, uno de las caricaturas con labios grandes y cabello gracioso y el hueso atravesado en la nariz, siempre buscando a alguien para cocinar en una olla. Pueden preguntarle a mi esposa, Susie, ella les dirá. Porque generalmente es ella la que es cocinada. Porque hay un entendimiento entre nosotros. Un pacto. En el que cada momento secreto y sagrado, que existe entre marido y mujer, es canibalizado. Masticado y escupido en la forma de una canción; inflamado y distorsionado y monstruoso.

A lo largo de este documental, los realizadores ponen a Nick Cave en diferentes situaciones. Como si se tratara de un animal peligroso, del que quisieran aprender sus costumbres, lo sueltan. Después se trata tan solo de dejar que la cámara filme. Y esperar.

Lo vemos hablar con su terapeuta sobre temas que van desde su infancia, por qué solía vestirse de mujer y su padre leyéndole el primer capítulo de Lolita de Nabokov. O lo vemos conducir su auto a través de la lluviosa y fría Brighton, la ciudad inglesa en la que reside, mientras conversa con personajes, que aparecen como si fueran fantasmas y que han sido importantes a lo largo de su vida, como su excompañero en la banda, Blixa Bargeld o Kylie Minogue, con quien grabó a dúo una de sus canciones más reconocidas. O la impresión que le causó Susie, la primera vez que la vio.

Más adelante somos testigos de la transformación. Nick sube al escenario y se vuelve un ser imponente. Aterrador. Gusta de controlar a su audiencia, sobre todo a aquellas personas que tiene más cerca, al infundirles temor. Canibaliza también ese momento.

Para mí, hay una especie de psicodrama entre la gente en la primera fila que se vuelve muy importante en el proceso narrativo de las canciones. Obtengo una gran cantidad de energía al elegir a una persona en particular y aterrorizarla.

Iain Forsyth y Jane Pollard logran así recrear un día en la vida de Nick Cave. En una sola jornada es posible adentrarse en su carrera musical, su vida y en su memoria.

Al final de ese, su día 20,000 en la Tierra, Nick Cave vuelve a casa, y ve televisión con sus mellizos mientras comen pizza.

Dos años después, en 2016, Cave estaba en la grabación de su disco más reciente, Skeleton tree, cuando uno de sus hijos, Arthur, murió al caer de un acantilado. A manera de registro de ambos sucesos se graba el documental One more time with feeling. El director Andrew Dominik [con quien Cave ya había colaborado, en el soundtrack y una intervención actoral, en la película El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford] optó por filmar en blanco y negro, lo que ayudó a acentuar el dramatismo de las escenas.

A lo largo de la película hay una atmósfera de desconcierto. Nick Cave se ve afectado. Ausente. Olvida las letras de sus canciones. Olvida las notas que debe tocar en el piano. Su voz no es la misma. Ahora es una menos afinada, con cierta carga de dolor. Más pura.

La mayor parte del filme no se menciona la muerte ni el nombre de Arthur, pero es justo esa ausencia la que tiene más peso. Cada vez que el australiano duda, se queda a la mitad de una idea o su mirada parece perderse, es cuando se vuelve más tangible la pérdida de su hijo. Porque el mundo de Nick Cave, el de su esposa Susie y el de su otro hijo, Earl, pende de esa ausencia y pareciera que de un momento a otro va a caerse.

En un momento, Susie y Nick muestran un cuadro pintado por Arthur, que hizo cuando tenía cinco o seis años, y es del lugar donde murió. Es la primera vez que escuchamos en el documental el nombre de Arthur y el hecho de su muerte. Y es como si un hilo fantasma entretejiera lo que presenciamos al otro lado de la cámara: una pintura que anuncia el lugar de un hecho catastrófico; un disco plagado de letras que hablan sobre añoranza, el enorme peso de lo que ya se ha ido y mundos en recomposición, como si profetizara, a su vez, la muerte de Arthur. Susie y Nick están frente a la cámara, perdidos, a punto del llanto, y de caer también por el acantilado.

Susie y yo apartamos la vista un desgraciado momento. Y eso se reflejó despiadadamente en todo lo demás. La fe en lo bueno de las cosas, en el mundo y en nosotros se esfumó. Pero, al cabo de un tiempo, Susie y yo decidimos ser felices. Como si la felicidad fuera un acto de venganza, un gesto desafiante. Preocuparnos el uno del otro y de los demás. Y ser cuidadosos con nosotros y con quienes nos rodean.

De entrada, pareciera que One more time with feeling es un documental hecho para los fans de Nick Cave, pero también es un testimonio del dolor que implica la pérdida de un hijo, de lo difícil que es sobreponerse y buscar un reacomodo dentro del mundo.

Boxing Gym
[Luis Aguilar]

Hay diferentes tipos de documentalistas. Están quienes se encierran en una biblioteca para nutrirse de datos, otros que viajan al sitio que quieren mostrar para entender a detalle lo que requieren o quienes se meten al corazón y viven el tema para compartirnos su visión.

En el documental Boxing Gym [2010], el director Frederick Wiseman [Crazy horse, 2011], abre las puertas del gimnasio de box del ex pugilista Richard Lord, un recinto que demuestra que a pesar de lo intenso y duro que es entrenar este deporte, las relaciones humanas formadas en su interior están alejadas de la agresividad y violencia.

Cada movimiento es pensado; tirar un golpe debe ser tan estudiado como el disparo de un cazador contra su presa, con la diferencia de que sobre el ring no se cuenta con la paciencia requerida para la cacería. El fin del entrenamiento no es mandar a la lona al rival, sino encontrar la sincronía exacta entre velocidad, resistencia, fuerza y ritmo; es darse cuenta que la inteligencia de este tipo de individuos está en mente y cuerpo, descubrir capacidades que creían no tener.

Ante un deporte tan estricto, que cuenta con una variedad de literatura y películas en su haber, se requería una mirada individual, alejada de ideologías generalizadas, y Wiseman lo consigue. A través de acciones, como él mismo llama, desmanipuladas montadas sobre los no-escenarios, que no es otra más que postrar la cámara y dejar ser a los individuos haciendo lo suyo, nos muestra la vida de un gimnasio ubicado en Texas a lo largo de casi seis semanas.

Un gimnasio donde madres solteras, directores de empresas, mojados, oficinistas, hombres de la tercera edad o niños cargando con los sueños frustrados del padre, se mezclan con intenciones de practicar un deporte que desde el primer instante exige humildad; ahí dentro todos son iguales y son azotados por la intensidad para mejorar día tras día.

Con las mismas ganas que un pugilista revienta jabs, una y otra vez, sobre el rostro de su rival hasta fracturar la nariz, la obsesión y necesidad de Frederick Wiseman por construir una cosmogonía social a partir de las relaciones hombre-institución, lo han hecho merecedor del apodo Honoré de Balzac norteamericano. Sobrenombre nada sencillo de portar si se toma en cuenta la figura con quien se le compara.

Boxing Gym no cuenta con un personaje con el que el espectador se identifique; mediante las experiencias de los participantes, quienes son captados siendo ellos mismos en cualquier día dentro del gimnasio, uno comprende las perspectivas del sujeto, su necesidad por no dejar de entrenar. El suspenso se ubica en la vida y sus contratiempos que le impiden al individuo vendarse las manos, sentir los amarres de los guantes sobre sus muñecas y mover la cintura esquivando golpes imaginarios.

El ritmo de Boxing Gym, Wiseman lo encuentra al editar el material recopilado; por más velocidad y fuerza que se imprima al saltar la cuerda o golpear la pera fija, el espectador que nunca ha pisado un gimnasio de box, jamás sabrá lo requerido para soportar tres minutos haciendo ejercicios para mejorar la defensa o tirarle golpes a un costal.

Wiseman escribe, dirige y produce sus filmes, que son mostrados en cadena abierta de Estados Unidos. No por ser documentales requieren de menor trabajo o dinero. Si bien no hace uso de efectos especiales, sí necesita, al menos de un camarógrafo para llevar a buen puerto sus proyectos. Forjarse un nombre en el cine documental es igual de complicado que en cualquier género cinematográfico.

No es sencillo realizar un documental sobre el entrenamiento de box, principalmente si no está sostenido sobre un pugilista reconocido en sus momentos cúspides, ya sea de fama u olvido; tampoco cuando no tiene intenciones de mostrar movimientos que ayuden a mejor la técnica de quien practique este deporte, y mucho menos cuando rivaliza con un sinfín de películas que toman al boxeo como un argumento de superación personal.

El camino trazado por Wiseman es claro, a pesar de carecer de un clímax y conclusión definidos, su estilo sobrio nos habla de su ética al filmar. No dirigirá a su conveniencia para promocionar, en este caso, el gimnasio ni el deporte. Es un testigo oculto que mientras la vida ocurre, opta por mostrar individuos e instituciones coexistiendo entre sí.

El momento en que Wiseman sabe si sus tomas y edición funcionaron, es cuando estrena sus filmes; justo como un boxeador sobre el ring, en la soledad de la pelea, que es la culminación de meses de entrenamiento, sabrá si su preparación fue suficiente para derrotar a su rival.

La historia que James Baldwin no pudo contar
[Gonzalo Trinidad Valtierra]

Nunca en la historia de la humanidad ha existido una sociedad tan rica, segura, bien alimentada y vigilada como los Estados Unidos; sin embargo, viven en constante terror. Más o menos estas son las palabras que recuerdo; las caché al vuelo mientras veía el documental I am not your negro, dirigido por Raoul Peck, cineasta haitiano que comenzó a hacer películas desde 1982, pero que, hasta hace poco, figuró entre los mejores documentalistas del Festival de Toronto, en 2016.

¿A qué le temen los ciudadanos del país más rico y seguro de la historia? A los negros, sin duda. Enemigo abstracto que crearon ellos mismos para justificar su miedo a los otros, a lo diferente. Para centrar su odio, así como lo harían ya entrado el siglo XXI con los musulmanes y los terroristas. Enemigos abstractos: la cura de una sociedad aburrida, esquizofrénica y hastiada del consumo que ha empobrecido al resto del mundo, especialmente a África, parte de Asia y América del Sur. No en vano poseen el ejército más poderoso del mundo, así como la economía más activa y un modelo de sociedad que exalta el individualismo y el liberalismo extremo.

Pero me estoy adelantando; y quizá, hasta juzgando severamente a una sociedad que también ha dado escritores de la talla de James Baldwin. Novelista y ensayista de primera fila entre los creadores de su generación. La historia de Baldwin es la de un muchacho negro homosexual que eligió el exilio en Francia durante un tiempo, pues en su país era odiado por los blancos e incluso por los negros que veían en él a un hombre que practicaba otros valores y virtudes que no eran las suyas. Su faceta de ensayista, temeraria, rebelde y crítica, está más cercana a la de George Orwell, pues nunca deja de pensar su realidad en término políticos. Para Baldwin hacer literatura, sin importar el género, es hacer política, sin sacrificar nunca la creación por el panfleto. La realidad que nos narra es la de un país sumergido en el racismo, guerras, exterminio, encarcelamiento masivo y desaparición o asesinato de disidentes [Martin Luther King, Malcolm X y Medgar Evers fueron los casos más famosos.

I am not your negro abreva de un proyecto narrativo que James Baldwin no pudo concluir [Remember this house]. Pretendía escribir la historia de los Estados Unidos, la historia de la esclavitud, el racismo y el extermino de los hombres y mujeres que fueron traídos a este continente contra su voluntad, y cómo esta institución que tiene como base la humillación del ser humano resultó fundamental en la construcción de la nación más poderosa de la historia. Remember this house sería su obra totalizadora, la historia de América que no pudo contar; la síntesis de los temas que atribularon su mente toda la vida, desde que era un niño. La literatura de James Baldwin brota de la experiencia y la reflexión, no tanto de la imaginación.

Pasa lo mismo con James Baldwin en Estados Unidos que con José Revueltas en México. Son incómodos, contestatarios, críticos y tan lúcidos que por momentos el lector puede llegar a pensar que en sus obras hay algo de profecía. De hecho, son poco leídos, salvo en casos excepcionales y por lectores que buscan, por encima de todo, empaparse de la pasta humana que brota de lo más bajo y deleznable de las sociedades. La academia los exalta, pero los despoja de su fuerza. Las instituciones cooptan su legado, tratando de matizar sus obras al compararlas con las de escritores mucho más cómodos para el sistema. Pero en sus palabras hay fuego. Y es precisamente ese fuego el que contagia el documental de Raoul Peck.

Un amigo me comentaba que en algunos viajes al gabacho se llevó la sorpresa de encontrar una sección de literatura creada por autores negros. Este hecho despierta la curiosidad, por un lado, parece que el mercado se impone; por otro, el hecho de abrir una sección de literatura negra, sería como si en México las librerías tuvieran secciones de literatura indígena. Sea cual fuera nuestra postura, siempre se agradece que los libros estén a la mano del lector. Y no como ocurre aquí, que para encontrar un libro de Baldwin hay que ser muy paciente y tener mucha suerte.

Si bien es cierto que el filme resulta acotado, pues James Baldwin fue una figura compleja, también acierta al presentar una visión panorámica del racismo en Estados Unidos en el siglo XX y el siglo XXI; de manera que el problema no luce como una nota al pie en un libro de historia, sino una situación actual, cuyas implicaciones políticas corren en lo profundo de la mentalidad blanca de los norteamericanos. Lo mismo se podría decir de los negros, quienes no están exentos de las aberraciones racistas de su sociedad. Las notas de Baldwin, en voz de Samuel L. Jackson, están perfectamente sincronizadas con el material documental que el director seleccionó. Por ese lado, no podría salvo elogiar la factura del documental.

La violencia que James Baldwin vivió desde niño, no era un relato ficticio o una violencia edulcorada, sino peligro de muerte permanente. Esto parece sorprender a los blancos de derecha que critican la postura cada vez más radical de los defensores de la dignidad del ser humano, en este caso de los negros norteamericanos. No fueron pocos los enfrentamientos que Baldwin sostuvo con intelectuales, académicos y políticos. En cada uno de ellos se impusieron los argumentos del novelista de Harlem, pues estaban impregnados de experiencia y dolor.

En este sentido el documental acierta por completo; indigna al espectador, contagia el fuego de Baldwin, su lucidez y la calma profética con la que se desenvuelve. Bajo esa calma arde el corazón del novelista. Los ojos grandes de Baldwin llenan la pantalla y uno se pregunta, ¿cuánto puede soportar un hombre antes de incendiarse? La respuesta yace oculta en sus ensayos y novelas. Por lo pronto, I am not your negro es un excelente punto de partida para adentrarse en uno de los aspectos más complejos de la humanidad, el odio a los otros.

Imagen de portada: Film on film by Holger Thie. Flickr-[CC BY 2.0].


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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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