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La Visita

10 Oct, 2011 Etiquetas: ,

Es casi la hora de dormir. Tu tía dispuso de una habitación para ti allá en el fondo, en la casa de adobe (tú le pediste que te dejara quedar allá, la casa nueva no te gusta). Te diriges a la recámara, y disfrutas ver las sábanas de manta y las cobijas de lana que aguardan.

TEXTO: MAURA LÓPEZ

Tu mirada queda atrapada en la pared blanca, recién pintada. Te recuestas finalmente. El colchón no es de lo más blando, pero no puedes quejarte, te han dado lo mejor que tienen. Enciendes el viejo televisor blanco y negro y cierras los ojos. No te interesa realmente la programación, sólo quieres espantar el ruido.

Mantienes los ojos cerrados y respiras con fuerza, te gusta llenar los pulmones con este aire limpio y sentirte viva, lejos de las calles pavimentadas, de la gente zombificada y del ruido de la complicada ciudad. Las voces del televisor se van alejando, y de repente ya te encuentras con tu abuela en sus últimos días en el hospital.

“Mira, hija, ve como esos puercos comen tepalcates. ¿No los ves?, pero si están ahí enfrente.” Tus ojos se llenan de lágrimas que se ahogan antes de brotar. Huyes, la dejas en su habitación y vas más atrás, recuerdas las horas gratas que pasaron juntas en este lugar, en la cañada cuidando las vacas, bañándose en el río, asando elotes… Suspiras, un comercial de tenis mágicos que te harán adelgazar y tener un cuerpo de modelo te trae de nuevo a la blanca habitación. Sientes nostalgia por la niñez que ya se fue, que queda sólo en tu memoria.

“Todo tiempo pasado fue peor”, ya lo dijo Juan Pablo Castel en El túnel, de Sabato, piensas y ríes. Debe tener razón, es la memoria selectiva la que te hace evocar sólo los buenos tiempos. En esas andas, pensando cómo la vida cambia en un instante, cuando un escalofrío te recorre el cuerpo. Debiste haber dejado la ventana abierta. Abres los ojos y resulta que no hay ventanas, estás en la pieza del fondo. Miras el techo y cuentas las vigas, en un intento por no pensar. De repente, con el rabillo del ojo, ves pasar rápidamente a alguien por el otro extremo. Te quedas helada, y piensas “No, no, ya estoy viendo cosas, mejor me duermo”. Te metes bajo las cobijas y aprietas con fuerza los ojos. No es posible, te repites, no.

Escuchas el ruido de algo que se cae, pero no quieres ver nada. La televisión continúa con su monólogo. Un trueno te hace brincar, y cesa todo ruido. Se ha ido la luz, deduces. Silencio absoluto. Los fantasmas no existen, qué tonta eres, te ríes de ti misma, y comienzas a dormitar. No dura esta sensación de tranquilidad, pues algo, o alguien, se sube a la cama, y sientes cómo va avanzando hacia ti. Tratas de evocar una oración, pero ninguna palabra llega a tu mente… Tocan la puerta, saltas del susto, despiertas. Es tu tía, que te trae una vela y pregunta si todo está bien. Te levantas, a tientas llegas a la puerta, quitas la viga y le abres. Sientes alivio.

“Si quieres, vente para acá con nosotros, David se puede quedar con su hermanito y te deja su cama, para que no estés solita”, dice. “No quiero dar molestias”, respondes, pero en el fondo agradeces la invitación, esperando que insista. Lo hace, al fin aceptas y te vas con ella. Recorren el enorme pasillo, las velas proyectan sombras disformes, y las flamas tiemblan. “Siempre pasa esto cuando llueve, con el aire o los relámpagos se caen las cuchillas, ya mañana hacemos el reporte y en unos días ya hay luz”, comenta tu tía.

Llegan a la casa nueva, y te acompaña al cuarto de David, que ya está con su hermanito. Te quedas con la vela, encendida, para espantar a los fantasmas. Estás sola de nuevo. Aquí sí hay ventana y escuchas golpecitos en el vidrio. “No otra vez, piensas”, pero te das cuenta de que son las luciérnagas y demás bichos, atraídos por la luz, que quieren entrar. “Ja, los fantasmas no existen, los fantasmas no existen”. El sueño te vence finalmente, y no puedes ver la sombra que se ha plantado al pie de la ventana, y te observa fijamente.

Imagen de portada: Luciérnagas by Chema Concellón-Flickr-(CC BY-NC-ND 2.0).


Redacción Kaja Negra
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