Recomendamos

Las comandantas de Guerrero, fragmento de «Aunque perdamos la vida»

02 Ago, 2016 Etiquetas: , ,

En Aunque perdamos la vida. Viaje al corazón de las autodefensas el periodista David Espino da cuenta del desarrollo de las autodefensas en Guerrero, sus antecedentes e implicaciones en la región. El autor nos presenta las historias de las personas que conformaron este movimiento que surgió como respuesta a la violencia que azotó a sus comunidades. En este capítulo, que el sello Grijalbo comparte con los lectores de Kaja Negra, se aborda la historia de las mujeres que tomaron las armas y decidieron hacer el miedo a un lado en busca de la seguridad y tranquilidad que perdieron.

TEXTO: DAVID ESPINO

9

Un día antes de ir a San Luis la Loma regresé a Xaltianguis. Había ido con Bruno* durante el tiempo que anduve tras él, un mes antes. Aquella ocasión pernoctamos con una familia adinerada que nos ofreció su casa, la víspera de la visita del gobernador. Bruno se quedó en el piso de arriba con Zarco y Negro. En la parte de abajo, junto con Manuel Vázquez y un ex alcalde de Acatepec que seguía a Bruno desde Chilpancingo, me quedé yo, recostado en una hamaca sin poder conciliar el sueño del todo. Ese día me percaté de la efusividad que Bruno despierta en la gente. Xaltianguis, además de ser un pueblo clasemediero, de pequeños empresarios, profesores y burócratas, de agricultores y ganaderos, es racista, como muchos lugares de la Costa Grande, donde no hay presencia de comunidades indígenas; al contrario, en la zona serrana los genes caucásicos se notan en la piel blanca y en los ojos de color de los pobladores.

En la zona cafetalera de Atoyac, por ejemplo, en la mera sierra, el desprecio hacia los indígenas es marcado desde el adjetivo de chante para referirse a ellos hasta la sobreexplotación de la que son objeto en los cafetales donde se alquilan para la pizca del café. Sólo que esta vez en Xaltianguis la situación fue distinta. Me llamó la atención cómo había crecido el liderazgo de Bruno entre estos mestizos desde aquel 12 de junio de 2013 cuando entró por primera vez con sus autodefensas echando balazos hasta que orilló a una célula criminal con la que se enfrentó en el panteón. La autodefensa mató a tres, detuvo a dos y otros tres lograron escapar entre los tiros.

El antropólogo Abel Barrera Hernández tiene una explicación: «Su discurso es bastante mestizo», me dirá cuando hable con él sobre la personalidad de Bruno. Los varones le mostraban su respeto incondicional y las mujeres le flirteaban de algún modo. El grupo de mujeres que lo seguía se hizo cada más numeroso y activo, tanto que luego de un mes de que visitara el pueblo ellas se organizaron para conformarse como el grupo femenino de autodefensas. Y a propósito de esto formularon un neologismo: «cabrunas». Una fusión de dos palabras, el adjetivo cabronas y el nombre propio de Bruno, de allí el término. Cabrunas para las mujeres y cabrunos para los varones.

—¡Póngase cabrunas! —escuché en distintas ocasiones que se decían entre ellas.

En esa nueva tipología decidió entrar Amir Zapata Jiménez, una mujer de más de 30 años, oriunda de Xaltianguis, madre soltera y una de las que reclutó a sus paisanas para enlistarse en la autodefensa. Estuvo con Bruno en el acto de juramentación del presidente de la Coparmex, Jaime Nava Romero; estuvo en la reunión con el gobernador al día siguiente, en la casa oficial, cuando los recibió y donde se acordó que visitaría el pueblo; estuvo en el Distrito Federal cuando lo mandaron llamar a la Secretaría de Gobernación, un par de días después del incidente en El Pericón.

Antes de que se conformaran como autodefensa, Amir discutió la situación con Bruno. Le dijo que consideraba pertinente que anduvieran armadas. Él respondió que no, que era mejor que se armaran de valor, que ésa era la mejor arma ante cualquier delincuente. Ella le insistió sin conseguir disuadirlo. Esa convicción me la expresó.

—Yo le dije: «Deberíamos de andar armadas. ‘No’, dijo él, sin dar lugar a discusiones». Pero sigo pensando que era buena idea.

Cuando me lo confió, antes de que se supiera en la prensa sobre el proyecto, me pidió una opinión. Yo no supe qué decirle y así se lo expresé.

—Estamos formando una policía comunitaria de mujeres —me dijo un 11 de agosto en la noche, vía telefónica.

—No sé, pero a ver, platícame más…

—Claro, no con la misma responsabilidad de los hombres pero sí con el mismo manifiesto y dándoles el apoyo total. Es para reforzar el movimiento.

—¿Y cuándo?

—A la brevedad posible. Creo que esto será algo fuerte, aunque por ahora sólo en Xaltianguis.

Por eso estaba de regreso en Xaltianguis, buscando a las mujeres que habían decidido armarse, unas de valor y otras —al final sí, desde luego que sí— con armas de verdad, aunque algunas aún con miedo. Aquel martes 30 de julio en que Bruno estuvo con el gobernador y todo su gabinete no salieron a relucir tantas historias de muerte como esta vez que llegué con Pedro Pardo y un colega enviado de la revista Forbes, Nathaniel Parish. Historias que se cuentan como anecdotario popular. La vez que mataron a cuatro chicos y a un hombre mayor en una cancha de futbol; la vez en que el Ejército se balaceó con un grupo de sicarios que vivían en el pueblo y mataron a ocho, después de más de cuatro horas de tiroteo y correderas por el pueblo; la vez que sicarios vestidos de militar fueron por un campesino luego de una pelea de gallos y éste apareció días después en un predio, muerto, en estado de descomposición; la vez que mataron a una familia completa cerca del panteón; la vez que secuestraron al tendero, al farmacéutico, al hijo del director de la escuela…

La policía femenina, como ahora les dicen los varones con cierto respeto, es un ejército de viudas, huérfanas, madres sin sus hijos, chicas sin sus primos, o sin sus tíos, que la delincuencia les mató. Todas tuvieron motivos de sangre para enrolarse.

_____

Aquí la vida empieza muy de mañana. A las cinco, aún de madrugada, los ganaderos van a ordeñar sus vacas, y a las seis los burócratas que trabajan en el puerto se alistan para trasladarse hasta la ciudad. Son 45 minutos de camino y no querrán llegar tarde. A la misma hora, los campesinos, aunque cada vez son menos, van a labrar sus tierras y las señoras amas de casa se quedan preparando el almuerzo. Más tarde, a las siete, otras mujeres se levantan a vestir a los hijos para ir a la escuela. Van al kínder o a la primaria; a los chicos de secundaria sólo los apremian para que no lleguen tarde.

Unas 100 mujeres también se visten de playera azul marino con una leyenda en la espalda que dice «Policía Ciudadana». Se enfundan jeans o bermudas, se ponen su gorra gris y se alistan para vigilar los accesos de las escuelas. Las que tienen hijos estudiando van rápido a dejarlos y se dirigen a la comandancia general para pasar revista. Y si bien no todas usan armas no es porque Bruno se haya opuesto sino porque no saben dispararlas. Otras ni siquiera habían agarrado una pistola hasta antes del 18 de agosto, cuando se sumaron a la autodefensa surgida dos meses atrás.

—Ya aprenderán a usarlas —me dice el comandante Miguel Ángel Jiménez Blanco cuando platicamos en la comandancia de la autodefensa.

La policía femenina, como ahora les dicen los varones con cierto respeto, es un ejército de viudas, huérfanas, madres sin sus hijos, chicas sin sus primos, o sin sus tíos, que la delincuencia les mató. Todas tuvieron motivos de sangre para enrolarse.

En la comandancia general donde están las celdas para los infractores y donde pasan revista las mujeres, un efectivo me dice que brotaron para dar seguridad a la gente; porque ya no confiaban en la policía municipal. En el lugar hay unos ocho detenidos de diferentes edades que hacen trabajo comunitario, la forma de castigo o reeducación a la que son sometidos los infractores, de acuerdo con los usos y costumbres de los pueblos indígenas, trasladados por Bruno a estas zonas mestizas del estado. Acarrean arena y aplanan un terreno en lo alto del área, bajo un árbol, donde se reúnen los consejeros y los coordinadores de la organización para discutir y deliberar asuntos internos.

_____

Celsa Zarco Téllez, comandanta de la autodefensa femenil, dice que está cansada de recordar cómo perdió a su familia. Trato de entenderla. Una vez que se supo que un centenar de mujeres de un pueblito de Acapulco se estaba armando para irse a la autodefensa, la noticia se regó en los medios del país y el mundo y ha dado muchas entrevistas.

—No sé, muchas, como unas 15 —recuerda cuando le pregunto las veces que ha sido requerida por reporteros.

Hasta una «mentada Denise Maerker» le hizo una entrevista un día, dice.

Y ahora que junto con Nathaniel le decimos que queremos que nos platique su historia, cómo es que además de ser ama de casa y carnicera en el mercadito del pueblo se decidió a entrarle a las autodefensas, Celsa arruga la cara.

—Ya estoy cansada de recordar —se excusa.

Está parada atrás de la barra de azulejos más bien cochambrosa, con un mechudo de tiras de plástico en la mano. Espanta las moscas a los trozos de carne de res y de puerco que de vez en vez pesa y vende mientras platicamos. Dice que nadie se sentía seguro antes de que llegara la autodefensa. Dice que los secuestros y las violaciones eran recurrentes y la policía municipal ni se paraba por ahí.

Antes de llegar a su carnicería, un local pequeño rodeado de puestos de comida y frutas de temporada, un grupo de 10 mujeres no bien se enteraron de que tres periodistas andaban en el lugar salieron a nuestro encuentro para contarnos las anécdotas que los marcaron como comunidad: el 2 de mayo de 2010 hubo cinco asesinatos. Eran cuatro chicos y un hombre de unos cincuenta y tantos años de nombre Jesús Almazán que estaban viendo una final de futbol femenil en la cancha del pueblo. Hasta allá llegaron unos hombres armados, unos dicen que echando bala, otros que iban por don Jesús, quien repelió la agresión pero las balas se le acabaron. Mató a dos. Los sicarios eran más y lo mataron a él y a otros cuatro que nada tenían que ver.

Afuera de la casa donde cayeron los muertos una anciana nos mira con recelo. Luego, cuando reconoce al viejo que nos guía, don Abundio, un vecino del pueblo que nos asignó el comandante Miguel para acompañarnos, sale a recibirnos.

—¡Jesús!, nomás escuchaba los balazos. Fueron muchos; miren, hasta aquí en mi casa vinieron a dar. Dios quiso que yo no estuviera afuera, si no sí me matan, pues —dice cuando nos sentamos en su pretil, bajo un almendro adulto y frondoso.

El viejo repone que sí, que estuvo muy fea la cosa, que fue un milagro que no le pasara nada.

—Pero, a ver —dice la anciana—, ya estamos aquí. Que sea lo que Dios diga.

El patio donde están esparcidas las cruces de madera en memoria de los difuntos está bien regado y barrido, y el calor del mediodía ni se siente. En ellas apenas se lee: Samuel, José de Jesús, Jesús Almazán; hay otro nombre ilegible, y una cruz más que sólo tiene el madero vertical: la parte horizontal y el nombre inscrito se desprendieron con el tiempo.

Uno de estos muertos era esposo de Brenda Castillo Hipólito, profesora de primaria y ahora jefa de una unidad de las autodefensas. La conoceré en la tarde, en la comandancia, como conoceré también a Angélica Romero Manrique, una guardia que se distingue de sus demás compañeras por su bravura y cuyo marido se siente orgulloso de ella «aunque descuide la casa». Brenda tiene apenas 28 años, y cuando le pregunte qué hace en la bola me aclarará que es viuda y que en ese asesinato sumario del que todo mundo habla estuvo su esposo. Recordará que aquel domingo él fue a ver el futbol, y que como a las ocho de la noche le llevaron el aviso.

—Sé fuerte —le dijeron, y luego le dieron la noticia que la derrumbó.

Eso y sus dos hijas de seis y nueve años que le quedaron huérfanas de padre fueron el motivo para que se animara a entrarle.

—Pensaba en ellas, en la vida que les iba a dejar —dirá.

Portada David Espino

Portada del libro publicado por Grijalbo.

Mientras hablemos, de pronto dará la espalda a un grupo de hombres que tendrán rato observándonos. La notaré nerviosa. Le preguntaré qué pasa. Ella responderá que uno de aquellos varones es hermano de uno de los presos que tienen en la comandancia y tiene miedo de que tome venganza. Fuera de ese tipo de congojas, la notaré convencida.

—Antes no éramos libres de salir ni al balcón. Allá en mi escuela donde doy clases, en el pueblo Las Marías, asaltaban la camioneta pasajera y unos muchachillos iban empistolados a extorsionar a los maestros. Pero eso se acabó, fueron los comunitarios y huyeron —me seguirá contando.

La casa de la anciana, en cuyo alero descansamos don Abundio, Pedro, Nathaniel y yo, es de adobe y techo de teja. En esta parte de Xaltianguis es común ver este tipo de construcciones. Incluso hay callejas sin pavimentar y charcos de aguas negras. Un arroyo que arrastra drenaje y pececillos de colores que se niegan a morir en la polución se cruza por un puente. En el centro del poblado es otra cosa: allí casi todas las casas son de concreto y de dos pisos; algunas incluso tienen bardas altas y portones con interfón y pinos de granja asomando en lo alto.

Por allí también está el mercado donde las comerciantes y los clientes nos hablaron del asesinato sumario y de los demás crímenes que estuvieron ocurriendo hasta antes de que apareciera la autodefensa de la UPOEG. Recordaron que el mismo año de la matanza en la cancha de futbol, 2010, asesinaron a Asunción Pineda Almazán. Y unos días después a Ricardo Flores Bello, el 23 de mayo. Ricardo era dueño de un predio que rentó para que se hicieran peleas de gallos, las mismas que se hacen cada año durante la Feria de San Isidro Labrador, el santo patrono del lugar. Este episodio lo contó su hijo.

—¡Vayan a llamarlo, chamacos! ¡Vayan a llamarlo! —pidieron las mujeres a unos chicos que pateaban una pelota a esa hora por la calle del mercado.

Los chiquillos salieron corriendo mientras la pelota rodaba a toda velocidad delante de ellos; luego regresaron gritando, como informando a todos y a ninguno a la vez, sin perder de vista el baló

—¡Ahí viene! ¡Ahí viene…!

Los pistoleros llegaron como a las seis y quince, lo recuerda bien su hijo, un treintón regordete y moreno que nos pidió que no anotáramos su nombre. No es que él haya estado allí, pero se lo dijeron quienes presenciaron el crimen. Lo primero que pensaron fue que eran guachos que iban a revisar el permiso para hacer peleas de gallos, porque iban vestidos con uniformes militares. Don Ricardo, que sólo había rentado el lugar, no se preocupó. La sorpresa fue que llegaron directo a él.

—Todos al suelo, hijos de su chingada madre —entraron gritando.

Y en cuanto vieron a don Ricardo, fueron por él.

—Por ti venimos —le dijeron y le dieron un culatazo con un cuerno de chivo en la cabeza.

—Si me van a matar, mátenme —se engalló don Ricardo.

Pero no lo mataron. Lo subieron a una de las camionetas en las que iban. A los dos días le hablaron a su hijo para avisarle que habían matado a su padre y el lugar donde lo habían dejado. Él mismo se lo reclamó a los soldados el 24 de julio de 2013, cuando los militares amenazaron con desarmar a la autodefensa y la población bloqueó la carretera federal para impedirlo. Les gritó que el día que levantaron a su padre fue a pedirles ayuda, y aunque le dijeron que luego iban, nunca lo hicieron.

Más tarde, en 2011, mataron a Óscar Basilio Manzo, a su esposa Mariana Almazán, y a Yareli Basilio Almazán, de 12 años, hija de ambos. Cuentan que la niña quedó viva. Una vez que la camioneta que manejaba su papá perdió el control y fue a dar a un estero, a unos cinco metros de la carretera, hasta allá fueron a rematarla de un balazo en la cabeza. Y en 2012 mataron al esposo de doña Mago, una vecina del lugar. A él lo levantaron y pidieron rescate a cambio de dejarlo libre. Como pudo, la mujer pagó 80 mil pesos, pero con todo y eso se lo mataron.

Cuando recuerdan estas historias las mujeres se miran unas a otras, conmocionadas. En septiembre de 2012 también secuestraron a Josúe Orozco González, un chico de 21 años que estudiaba educación física en Acapulco. Era hijo del director de la primaria Ruffo Figueroa. Se lo levantaron y le pidieron dos millones de pesos por él. Unos dicen que los entregó, aunque a los ocho días hallaron muerto a Josúe en un cerro aledaño. Y en diciembre un sicario les disparó desde una moto a los hermanos Eduardo y Giovanni Sánchez Sandoval. Primero mató a Eduardo; Giovanni trató de escapar y se metió a una tienda para esconderse. El sicario fue por él y lo mató adentro.

Las mujeres empiezan a hablar casi al mismo tiempo. Que en febrero de 2011 asaltaron en pleno día la sucursal de Bansefi. Que mediante anónimos los narcos mandaban a la gente para que no salieran a determinadas horas del día. Que imponían toques de queda. Que antes, como a las siete de la noche, ya no había nadie en las calles y los comercios estaban cerrados. Que los sicarios ordenaban que cuando vieran camionetas de tales características se tirarán al suelo con las manos en la nuca y no regresaran a verlos.

Andando con don Abundio por las calles calurosas del pueblo, noté que Xantianguis es un pueblo envejecido; no es que haya pocos chicos, sino que se nota la predominancia de los adultos y los ancianos; aunque muchas familias se han desplazado, huyendo de la violencia, como los Noh Colli, unos migrantes yucatecos que tenían muchos años viviendo en el pueblo pero que terminaron por abandonarlo cuando arreció la violencia. Su casa está allí, vacía, como si el tiempo no hubiera pasado. El jardín de rosas de la señora Colli todavía se ve vivo, reverdecido por los temporales de lluvias que acá son abundantes. Con las cortinas aún puestas, pero emblanquecidas por el sol.

En otro lugar no muy lejos de allí está la casa de los Almazán, con cientos de marcas de tiros en sus paredes. Los cristales aún quebrados por los proyectiles y con los portones agujerados. En esta casa donde parece que tampoco ha pasado el tiempo se dio una balacera que duró varias horas entre narcotraficantes y soldados. En el enfrentamiento, en octubre de 2012, murieron ocho civiles del bando de los criminales y un mayor del Ejército fue herido, recuerda el viejo Abundio.

—Fue una balacera que duró más de cinco horas. Empezó en la mañana y terminó entrada la tarde. Los que habitaban la casa eran cuatro. Ellos eran del pueblo y los conocíamos; sabíamos que andaban en malos pasos y a veces hasta se propasaban con nuestra misma gente. Eso les acarreó enemistades y rencor. Cuando llegaron los del Ejército se vieron rodeados pero aguantaron el tiroteo; luego les llegaron refuerzos quién sabe de dónde y la balacera y la persecución se regó por el pueblo. Todos nos encerramos. Recuerdo que nomás oíamos gritos, disparos, ráfagas. «Ahí vienen, ahí vienen», gritaban. Y más disparos.

_____

Cerca del mercado donde hablamos con la comandanta también vive Daniel Muñoz García, un gay cincuentón que no fue admitido, por su preferencia sexual, entre las autodefensa de varones, aunque sí en las de mujeres

Celsa tiene 43, es robusta, de lentes y bien vestida. Sus fotos con zapatillas y bermudas entalladas y un fusil de bajo calibre en las manos han aparecido en páginas web de sitios de información nacional. Cuando platicamos con ella sobre su decisión nos aclara que no la motivó la venganza, a pesar de haber perdido a tres miembros de su familia a manos de los narcos.

—No —dice—. Nunca busqué venganza. Busqué paz y tranquilidad para los que vienen atrás de nosotros.

Entre septiembre de 2010 y julio de 2011 mataron a su tío, a su hermano y a un cuñado. Al primero le cortaron la cabeza. A su hermano mayor, que fue la única figura paterna que conoció, ante el abandono de su padre, lo asesinaron el 27 de diciembre de 2010, cuando era comisario del pueblo. Y a su cuñado lo mataron en julio de 2011 luego de ser secuestrado.

—Él le decía a mi hermana que no pagara rescate de nada si algún día lo secuestraban. Llegó ese día, y no sé si fue porque él les dijo a los secuestradores que no pidieran nada porque nada les darían, lo mataron sin pedir dinero. Lo hallaron después, muerto, en el río del poblado Kilómetro 48.

—¿Y cuándo se decidió por formar parte de las autodefensas?

—Yo decía: «Esto tiene que terminar hasta que la gente se arme de valor», porque ya ni a los niños queríamos llevar a la escuela. Luego de que matan a mis familiares siguieron pasando cosas, cosas feas, y todo lo que pasaba me lastimaba porque yo ya había pasado por eso. Entonces apareció la comunitaria de la UPOEGy pensé que era la oportunidad. Primero fueron mis hijos los mayores los que se metieron. En realidad dije: «Yo voy primero, yo voy primero». Pero no, mis dos hijos mayores y una de mis hijas son policías ciudadanas ahora.

—Y su marido, ¿cómo reaccionó?

—Al principio se puso celoso, pero ahora me comprende. Él es consejero de la UPOEGen el pueblo.

—Usted es la comandante, ¿cómo la eligieron?, ¿quién lo decidió?

—La gente que asistió a la asamblea me respaldó y pues no pude decir que no.

Pedro le toma fotografía; Nathaniel, además de tomar notas, también hace fotografías. Los comerciantes vecinos sólo oyen. Algunos consumidores se paran por momentos a ver la escena. Una niña curiosa se detiene y cuando Pedro la enfoca con su Canon se esconde entre los demás locales de comida y licuados. Celsa sigue: «Ya se recuperó la tranquilidad. He visto que los muchachos van a las canchas a jugar, y yo digo: ‘Qué bueno’».

La convicción que muestra Celsa no es fortuita; tiene mucho que ver con sus creencias.

—Tenemos fe en Dios de que él nos va a dar fuerza para recuperar la paz, porque ya no había.

Cerca del mercado donde hablamos con la comandanta también vive Daniel Muñoz García, un gay cincuentón que no fue admitido, por su preferencia sexual, entre las autodefensa de varones, aunque sí en las de mujeres. Él mismo me lo contará en la tarde, durante la reunión de su grupo en la comandancia para participar en una actividad de difusión. Tiene una cicatriz grande en el brazo derecho, y cuando habla tartamudea y a menudo repite las palabras. Dirá que él se metió porque le mataron a dos sobrinas y a un hermano, y que aunque tiene miedo no se echa para atrás.

—Estaba bien feo, sí, sí; estaba bien feo —dirá cuando recuerde que le mataron a sus familiares.

Por la tarde, durante una ronda de vigilancia en las calles con sus compañeras, reconvendrá a una mujer que, le dijeron, había hablado mal de su inclusión en las filas de la autodefensa.

—Ahora, por chismosa, la vamos a meter presa, la vamos a meter presa —amenazará, y todas reirán por la ocurrencia.

_____

En la comisaría despacha Alberto Castillo Castillo, un hombre güero de más de 50 años que acogió bien al movimiento. Lo que es más, lo apoya. Algo que me llamó la atención, porque muchos comisarios se han portado disciplinados, más bien sumisos, frente al fenómeno armado y ante el poder que emana desde los ayuntamientos. En Temalacatzingo, Olinalá, por ejemplo, el presidente municipal Eusebio González Rodríguez presionó al comisario de tal modo que éste terminó por no apoyar el alzamiento que surgió en diciembre de 2012 comandado por una mujer: Citlali Pérez Vázquez. Lo mismo ocurre en Tlapa, en Alpoyeca, en Huamuxtitlán, y en muchos de los 37 municipios con presencia de estos grupos armados y de la CRAC.

—Llegó el momento de alzar la voz —dice el comisario cuando le pregunto sobre las autodefensas en su pueblo—. Los comunitarios entraron porque el pueblo se los pidió.

—Pero usted no es ajeno…

—¿Y cómo? Aquí se hace lo que dice el pueblo. Ya era hora, ¿no?

—¿Y cuál es la diferencia de antes y ahora?

—Ha habido un cambio positivo. La gente ya sale a la calle y hay más actividad comercial.

Luego aclara que no están en contra del gobierno, que lo que quieren es paz y seguridad. Lo dice con un énfasis especial, como si quisiera convencernos. «Tenemos una ventaja sobre el gobierno —dice—. Nosotros aquí conocemos a los que andan mal y podemos ir por ellos y reeducarlos.» Lo otro es que todos se conocen y cuando llega gente de fuera luego luego la identifican. «Efecto cucaracha», le llama, y pasó cuando en Río Verde, poblado de la sierra de Chilpancingo, entró el Ejército y sacó a un grupo delincuencial que secuestraba y extorsionaba.

—Se vinieron para acá. Acá se refugiaron y empezaron a secuestrar; secuestraron a Ofelio en febrero de 2013. La diferencia es que acá no entró el Ejército; acá fueron los comunitarios quienes los sacaron.

_____

Son las cuatro de la tarde. Las mujeres se concentran en la comandancia de la Policía Ciudadana. El comandante Miguel las llama a una reunión para alertarlas sobre la intención del gobierno de desarmar a las policías comunitarias del estado. Recuerda el caso de Nestora Salgado García, comandanta de la autodefensa de Olinalá y cómo la detuvieron y la metieron presa en el penal de Nayarit. Les indica qué hacer en caso de que llegue a ir la Marina y los soldados.

La reunión transcurre muy cerca del lugar donde están las celdas con los detenidos porque el terreno que se está habilitando aún no queda listo. Desde allí, unas 50 mujeres policías comentan entre ellas la situación. Otras voluntarias llevan comida para los policías y los reos. Agua de fruta y pollo en guajillo. Por ahora todo se mueve por cooperación, me dijo Celsa cuando le pregunté cómo estaban funcionando.

—El gobierno tiene miedo de las autodefensas, pero no le tiene miedo al narco —dice una de las policías presentes mientras los varones comen.

—Ajá. Quieren desarmarnos, y luego, ¿con qué nos vamos a defender? ¿Con los sartenes? —dice otra.

Se alarman entre ellas. Temen que si las desarman haya muchos muertos por represalias de quienes han detenido.

En la escalera de concreto para subir a la zona de las celdas, dos mujeres recargadas en la pared miran un anuncio. «Se busca, por intento de homicidio, secuestro, violación de menores y asociación delictuosa. Alias ‘El Takete’», dice y una foto de un chico moreno se mira más abajo.

—Ésos son los que prefiere el gobierno —dice una

—Sí, los prefiere a ellos —responde su compañera.

El comandante Miguel llama a la cordura. Pide atención, da instrucciones. Ir casa por casa para informar de la situación y pedir a los habitantes que pongan en sus fachadas banderas blancas «para demostrarle al gobierno que lo que queremos es la paz». Luego las forma. Tarda en captar su atención. Daniel ríe con sus mohines de loca. «No me quisieron en la policía de los hombres, pero yo le dije a Miguel: ‘En ésta sí, en ésta sí’», me dijo cuando vio que entrevistaba a Brenda, la viuda de 28 años, jefa de una unidad.

Dos mujeres de más de 50 años bajan para participar en la formación. Una de ellas se queja de sus reumas. Cojea. La otra dice que una uña enterrada le lastima al andar. Con todo y eso se forman y luego marchan a distintos puntos del pueblo a cumplir la última labor del día.

 

* Bruno Plácido es uno de los protagonistas de las autodefensas en Guerrero. Su influencia impactó en la política municipal y estatal. En su historia, David  Espino encuentra uno de los ejes para narrar el desarrollo del movimiento y del grupo que él lideró hasta que perdió el control.

 

Imagen de portada: Michoacán Mujer mexicana by Pedro. Flickr-[CC BY 2.0].


David Espino
David Espino
Nació en un caserío de la sierra de Atoyac, municipio de Guerrero, México. Comenzó su carrera como periodista en 1992. Sus crónicas se han publicado en El Nacional, de Venezuela; La Razón, de España; El Tiempo, de Colombia; Cosecha Roja, de Argentina; Esquire Latinoamérica; Vice News; y Newsweek. En México ha publicado en El Universal, Milenio, El Sur, La Jornada Guerrero y Replicante; en el blog Nuestra Aparente Rendición y en las revistas Punto de Partida y Domingo. En la actualidad es freelance para diversos medios del país y el extranjero. Es autor de Acapulco Dealer [2012], un libro de crónicas sobre la narcoviolencia.




Artículo Anterior

¿Qué historias quiere contar el cine mexicano?

Siguiente Artículo

Movilidad y aire en la Ciudad: entre la corrupción y las leyes





También te recomendamos


Más historias

¿Qué historias quiere contar el cine mexicano?

¿Cuál es el papel que tiene el cine mexicano en el contexto actual? La respuesta implica reflexionar, considerar distintos...

28 Jul, 2016