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Las múltiples caras de los linchamientos

01 Dic, 2015 Etiquetas: ,

Durante 2015 se han registrado más de 60 casos de linchamiento en México. ¿Cómo analizar esta forma de violencia colectiva? ¿Qué nos dice del país? En esta conversación la politóloga Elisa Godínez, quien realiza una tesis doctoral sobre el tema, nos da pautas para abordar la problemática más allá del escándalo, la coyuntura y los prejuicios.

TEXTO: LIZBETH HERNÁNDEZ / INFOGRAFÍA: CÉSAR PALMA/ ILUSTRACIÓN: JIMENA RIVERA

El hecho ocurrió el 19 de octubre pasado en Ajalpan, Puebla. Esa noche, José Abraham y Rey David Copado Molina fueron acusados de querer robar a una menor de edad, que eran secuestradores y violadores, se dijo en un primer momento. Según reportes periodísticos, la policía municipal intentó llevar a ambos hombres, quienes se habían identificado como encuestadores, al Ministerio Público «pero alrededor de mil pobladores [se han manejado otras cifras] los golpearon y los incineraron públicamente en la plaza principal». Los lincharon.

La noticia se difundió ampliamente. En los medios se dió cuenta de las acciones que emprendió el gobierno poblano. La reportera Elvia Cruz, de CNN, reportó que dos días después de los hechos militares, policías federales y estatales llegaron a Ajalpan. Las autoridades, dijeron, estarían en el lugar hasta que «se restablezca el orden público y se pueda garantizar la seguridad de las personas, sus bienes y derechos, y no excederá de 180 días naturales». Para ese día, 22 de octubre, ya había cinco personas detenidas y el gobierno estatal responsabilizaba al municipal del «hecho de barbarie».

A la par de que se daba a conocer información se viralizaron reacciones en torno al linchamiento. Hubo críticas. Condenas. Y más del seguimiento del caso: se habló de los efectos posteriores al linchamiento. En Ajalpan la población estaba dividida entre quienes reprobaban el acto y quienes decían «hicimos revolución, sólo así voltearon a vernos». Del otro lado, los afectados [encuestadores y hermanos de José Abraham y Rey David Copado] marcharon el 7 de noviembre en la ciudad de México para pedir justicia.

El asunto, que permanece inconcluso, se mantuvo en la agenda pública. Cabe mencionar que en los días cercanos a los hechos en Ajalpan se registraron otros dos intentos de linchamiento en Puebla: uno en San Cristóbal Tepaxtlaco y otro en La Resurrección.

Había que ir más allá de la coyuntura.

Sí, lo sucedido en Ajalpan puso de nueva cuenta a los linchamientos en la luz pública, pero otros datos como los que se desprenden de Linchamientos en México: recuento de un periodo largo [1988-2014], un trabajo elaborado por Raúl Rodríguez Guillén y Norma Ilse Veloz Ávila, profesores e investigadores de la UAM-Azcapotzalco, según el cual en este periodo de tiempo se han registrado al menos 366 casos de linchamiento en sus variantes de tentativa [amagos, amenazas, puede haber golpes, insultos]  y consumación [cuando se da muerte a las personas], dan otra dimensión de la situación en el país.

Los investigadores de la UAM siguen actualizando su recuento, y han reportado que en lo que va de este año suman ya 63 casos [contando tentativas y consumaciones]. Puebla, Estado de México y el Distrito Federal son los lugares que más hechos registran. Incluso el 29 de octubre fue presentado un punto de acuerdo en la Cámara de Diputados para exhortar a los gobiernos de estas entidades y a la CNDH a que atiendan la problemática.

¿Cómo explicar esto?

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Una definición básica de linchamiento se encuentra en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española que dice «Linchar: Ejecutar sin proceso y tumultuariamente a un sospechoso o a un reo». El término «linchar» deriva del apellido de un juez de Virginia en el siglo XVIII, [también se le identifica como un coronel de la guerra de independencia estadounidense] llamado Charles Lynch quien «ordenó ejecutar a un grupo de supuestos pro británicos que se resistían a que Inglaterra perdiese su poder sobre lo que, hasta entonces, era una colonia». El libro The Many Faces of Judge Lynch: Extralegal Violence and Punishment in America sirve para ahondar en esta historia.

Sin embargo, el linchamiento implica un análisis más complejo. En México, Raúl Rodríguez Guillén, profesor e investigador de la UAM, coautor del reporte citado previamente, es una de las personas que se ha dedicado al estudio de esta forma de violencia. Para él, los linchamientos son una forma de violencia que encuentran su causa en la crisis de autoridad que se vive en el país ya que «muestran el hartazgo de la sociedad frente a la autoridad que no actúa o que lo hace de manera incorrecta».

Otra mirada es la de la politóloga Elisa Godínez, quien elabora su tesis doctoral sobre el tema en ciencias antropológicas por la UAM. Días después del ocurrido en Ajalpan, Elisa escribió un artículo que se publicó en Horizontal, en el que abordó aspectos que deben tomarse en cuenta para analizar los linchamientos:

«Casos como Ajalpan nos obligan a admitir que, más allá de condenas e incluso de las interpretaciones sociológicas o antropológicas —que son necesarias y sobre las que el debate es interminable, por ejemplo: ¿son los linchamientos el producto de un déficit de ciudadanía o de un proceso de construcción estatal inacabado?, ¿son el resultado de la contraposición de sistemas normativos?, ¿son un medio de control social, un producto de un Estado fallido?—, lo que se requiere con urgencia son herramientas metodológicas para identificar y caracterizar tres aspectos del fenómeno: 1) el contexto social, cultural, político y de conflicto de los lugares en donde ocurre, 2) el actor colectivo que lo protagoniza (¿es una colectividad espontánea o una colectividad que comparte previamente una identidad?), y 3) los antecedentes (si los hubiera) de la práctica en el lugar.»

Elisa apuntó otro dato que no puede quedar desapercibido: no hay un registro oficial, a nivel dependencias gubernamentales, que dé cuenta de los casos de linchamiento en México. Incluso cuando la CNDH se pronunció ante lo ocurrido en Ajalpan citó a medios informativos para consignar que hasta ese momento, 21 de octubre, se tenía registro de 9 linchamientos consumados.

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La conversación con Elisa Godínez es vía telefónica. Le explico la intención de esta entrevista: hablar de nociones clave para abordar los linchamientos. El papel del Estado mexicano y el de los medios al informar, son un par de ellos.

¿Cómo entender un linchamiento más allá de una aproximación teórica?, pregunto a Elisa. Ella habla de una forma de violencia colectiva en donde de manera pública: «un colectivo de personas actúa violentamente contra unos pocos que se supone han cometido una falta o un delito y han agraviado. El sentido del agravio lo pongo así porque generalmente en México los casos de linchamiento tienen que ver, la mayoría de ellos, con supuestos delitos: contra la propiedad, robos, o contra la integridad, secuestros, etcétera, pero en otras latitudes, o incluso en México, aunque son menos los casos, también son actos de violencia contra alguna o algunas personas, que se cree estarían representando algún tipo de amenaza contra la comunidad».

Elisa explica por qué utiliza el concepto de agravio: «el agravio puede ser el agravio social, de inseguridad, que puede ser también un supuesto, es decir donde lo que permea es una idea de “nos va a hacer daño” y “alguien no está poniendo el orden que tenía que poner”».

—Sobre esto último va la siguiente pregunta: ¿Cómo has visto el papel que ha jugado el Estado mexicano a nivel local, estatal y federal en los casos de linchamiento que has seguido? ¿Cuál tendría que ser el papel del Estado para que estos casos no sigan ocurriendo?

—En la mayoría de los casos de linchamiento en tiempos recientes la responsabilidad del Estado es principalmente por omisión, especialmente, pero no únicamente. ¿A qué me refiero? Bueno, el Estado es omiso para garantizar o para cumplir con su obligación de brindar seguridad de la población. [En los lugares donde se han dado linchamientos] la gente percibe que no hay justicia, dicen: los agarramos pero a los tres días los sueltan. La gente no sabe o no tiene tan claro que tiene que presentar una denuncia, que hay que notificar… es decir, no tiene claridad de todo el procedimiento que sigue a la detención. Y a veces aunque se siga todo este proceso de todas maneras los delincuentes salen libres. De ahí que la gente lo entienda y lo perciba como parte del agravio.

Elisa hace una pausa y lleva la respuesta a otro punto: «Más allá de esto, lo que propongo es revisar o ver cada evento de linchamiento como un proceso. Es conveniente analizar un linchamiento en distintas etapas, aunque no estén definidas, de lo que se trata es de ver cómo se suscitan. Hay una dinámica básica, digamos: alguien supo, alguien agarró o alguien alertó que estaba pasando: un asalto, un intento de violación, algo, a lo mejor en ese momento no lo sabe por completo, hay situaciones en las que [incluso] se tocan las campanas en los pueblos. O si al camión se suben los asaltantes y de entre los pasajeros alguien toma la decisión de agarrar a uno de los delincuentes, aventarlo al piso y empezar a patearlo. Estoy siendo un poco brusca, pero lo que quiero decir es que hay un momento primero en donde se empieza a socializar lo que está pasando y hay un tipo de comunicación, hay una suerte de acuerdo tácito tras la alerta o cuando agarran al supuesto delincuente y lo empiezan a golpear o a amenazar. En este momento es cuando en muchos casos la policía no llega. O cuando sí llega a veces la gente dice “no te lo voy a dar”. Otras veces ocurre que la policía llega pero macaneando. Esto enardece más a la gente, se dan disturbios. En otras casos la policía llega con un funcionario que tiene capacidad de negociación. Es decir, hay distintas posibilidades, no todos los linchamientos ocurren igual. Por eso, uno tiene que hacer una revisión de cada caso, para ver cómo están los niveles de participación u omisión de los gobiernos, por ejemplo cuando no llegan tendríamos que saber por qué no llegaron».

[…] no uso el concepto justicia popular, lo conozco como una manera de nombrar a estos casos. No lo uso pero tampoco lo descarto, pero a qué voy con esto: a que un castigo físico no puede ser justicia.

La explicación sigue:

—También hay diferentes modos en cómo el Estado puede o no, o decide o no, actuar ante un linchamiento. Un ejemplo: en 2004 en San Juan Ixtayopan lincharon a 3 policías de la PF, eso se transmitió en vivo. Fue un problema político enorme. En los años posteriores las autoridades del DF se tomaron muy en serio los linchamientos, tan en serio que cada vez que había una amenaza, el titular de la SSP iba a los lugares, negociaba con la gente para desactivar el asunto. A lo que voy es a una cosa muy clara: tan les afectó… que el GDF se sensibilizó, hubo un evidente cambio en la manera de atender estos casos. ¿Qué pasaría si los demás gobiernos locales tomaran decisiones en los momentos importantes, si se lo tomaran en serio? Es decir, poner a funcionarios de nivel a atender una crisis así. Pero, como vemos, no se lo toman en serio. O hay pugnas políticas atrás: el gobierno federal quiere fregarse al local o viceversa. Son cosas que se tienen que ver en cada caso concreto. Lo que quiero dejar claro es que sí hay posibilidades de evitar linchamientos si los gobiernos se toman en serio los casos y los atienden, si no se los dejan sólo a los policías.

—Pasemos a otro punto: ¿cómo comprender las nociones de castigo, justicia, justicia popular al abordar los linchamientos?

—Yo no uso el concepto justicia popular, lo conozco como una manera de nombrar a estos casos. No lo uso pero tampoco lo descarto, pero a qué voy con esto: a que un castigo físico no puede ser justicia. En mi percepción habría que revisar qué es lo que dice la gente, porque desde acá [academia, medios] podemos poner las etiquetas que más nos gusten, pero nos está faltando ver qué está pasando con la gente. La gente ni siquiera usa el término, toma una decisión abrupta y castiga lo que ellos consideran que vendría a sustituir eso que sí se supone que es la justicia del Estado porque no la ven, porque no llega. De hecho, si mucho se me apura, no es que la gente, al menos en los casos a los que yo me estoy refiriendo [2006-20012], la gente no desafía al Estado en términos de «mira, te estoy arrebatando el monopolio de la violencia», no, la gente incluso llega al linchamiento y recurre al linchamiento como una forma de protesta hacia el Estado. No es un desafío, lo que ellos quisieran es la intervención del Estado, que realmente estuviera vigilando. Cuando vas y entrevistas a personas que han estado en lugares donde han ocurrido linchamientos, o lo que hay en prensa, es este reclamo de «es que siempre los sueltan», «es que a nosotros no nos hacen caso», «es que acá no llega la policía», «es que nos ponen trabas en el MP», es decir, todo el discurso es una exigencia de que la justicia del Estado se aplique. Ellos están enojados con el Estado porque no actúa, lo que quieren es que el Estado actúe. Ese es su grito. La saña contra el supuesto delincuente también es una saña directa contra el Estado, porque no está cumpliendo.

[…] la gente incluso llega al linchamiento como una forma de protesta hacia el Estado. No es un desafío, lo que ellos quisieran es la intervención del Estado, que realmente estuviera vigilando.

En su artículo en Horizontal Elisa indicó que, con base a los registros a los que ha tenido acceso, «no es en las zonas con mayores índices de criminalidad donde suceden los linchamientos». Eso motiva esta pregunta:

—Si los casos de linchamiento no se dan necesariamente en zonas de alta criminalidad, ¿cómo plantear lo que está pasando?

—Efectivamente, los linchamientos no necesariamente ocurren en los lugares donde hay mayores índices de violencia. Lo que pensaría es que hay que ir un poco más allá de las mediciones oficiales sobre la delincuencia o la inseguridad y pensar en la manera en la que la gente cotidianamente padece, vive y percibe la inseguridad, y eso ya nos da una pauta diferente. Por ejemplo, en zonas como los pueblos que hay en el DF, no es en Milpa Alta en donde más inseguridad se registra, no si la comparas con Cuautepec Barrio Alto o Tepito o con la Unidad Ermita-Zaragoza en Iztapalapa. Habría que revisar cómo es la relación cotidiana de estas poblaciones con la justicia estatal y por supuesto con el Estado, con las instituciones del Estado. En mi investigación hablo de estatalidad, no me gusta el término, pero la estatalidad es cómo vives tú el Estado todos los días. No es cierto que no exista. Tú vives el Estado todos los días, desde el momento en que sales de casa. Cuando a alguien le preguntas, ¿cuál es su relación con el Estado? te dicen: no, yo ni sé, yo ni trabajo en, pero uno lo vive, lo padece. Es decir, todos tendríamos que hacer el ejercicio de cómo padecemos al Estado todos los días. Cómo se padece el Estado en los lugares donde se han dado linchamientos, cómo se padece la policía, la falta de justicia. Agreguemos la retahíla de aspectos cotidianos sobre cómo la gente padece la falta o este exceso de Estado, que también es otra: la policía no llega cuando tiene que llegar pero bien que está extorsionando. Es decir, lo que tenemos que ver es cómo la gente de estos lugares vive cotidianamente donde el Estado abusa pero también donde los desprotege y cómo esto genera sentimientos de miedo, sentimientos de peligro permanente, de inseguridad; no sólo es la inseguridad medible.  

—¿Qué puedes decir de los elementos de clase, raza y comunidad que usamos, a veces sin ser conscientes, al referirnos, analizar o explicarnos los linchamientos?

—En México los linchamientos no son una práctica normativa de pueblos originarios. Eso significa que no es cierto, por ponerlo en un ejemplo, que el pueblo zapoteco tenga entre sus prácticas al linchamiento como una práctica aceptada. No hay evidencia de que los linchamientos sean una práctica asumida por estos pueblos. Esto lo digo porque es muy común que a la gente le encante usar el argumento de que «ah, es que son sus usos y costumbres», o «es que así es la justicia indígena», eso no es cierto.  Ahora, hablando un poco de la cuestión de clase, sí, los linchamientos ocurren en espacios socioeconómicamente más depauperados. Pasa en espacios que yo llamo, yo, Elisa, llamo los márgenes del Estado. No es mi concepto, pero yo lo retomo, obviamente es un concepto que abarca más que la cuestión de clase, que sí está relacionada porque los márgenes del Estado no sólo son los márgenes físicos o geográficos, son sobretodo márgenes simbólicos. ¿A qué me refiero? Por ejemplo, Ajalpan. ¿Qué es Ajalpan? No es el pueblo más pobre, es un pueblo maquilador, con una actividad económica importante, está cerca de una ciudad más grande que es Tehuacán. ¿Qué pasa ahí? Convengamos que no es propiamente marginal en el sentido más estricto, pero sí está en la idea de los márgenes porque está en la periferia de una ciudad mayor y porque eso de algún modo los coloca en una condición, del acceso a ciertos derechos del Estado más disminuidos que si estuviera en otro lado. Otro ejemplo, en la zona metropolitana del Valle de México esta situación tiene que ver con exclusión. Las colonias que están entre el DF y el Estado de México, como Ecatepec, como Tecamac, que son dormitorios de la ciudad y que han venido sufriendo una serie de transformaciones en los últimos años porque han crecido desordenadamente y eso implica que todo el acceso a los servicios es de manera precaria. Todo ha sido con base en lucha, ha sido con base en acuerdos informales y cuestiones ilegales. La cuestión marginal tiene que ver con esto: en estar entre lo legal y lo ilegal.

[…] los linchamientos no necesariamente ocurren en los lugares donde hay mayores índices de violencia. Lo que pensaría es que hay que ir un poco más allá de las mediciones oficiales sobre la delincuencia o la inseguridad y pensar en la manera en la que la gente cotidianamente padece, vive y percibe la inseguridad, y eso ya nos da una pauta diferente.

»Otras cuestiones de clase que se conectan son la violencia material, la precariedad laboral, la violencia que sufren en términos de género, las violencias intrafamiliares, el maltrato. Seguramente habrá otras zonas que se parezcan, pero en muchos de estos pueblos están permanentemente presionados con los megaproyectos, carreteras, de agua. Es decir, hay una lista larga de condiciones por las que se puede caracterizar a estas zonas como los márgenes del Estado […] que no es lo mismo que vivimos quienes estamos en una colonia de clase media o media baja. ¿Pero por qué nosotros no recurrimos a un linchamiento? Es una gran pregunta. Es complicada de responder. ¿Qué hace que una voz estalle? El hartazgo existe y se manifiesta de manera diferente. Un ejemplo: alguien en un alto en Observatorio ve un asalto y le disparara a uno de los asaltantes. No se puede comparar este acto con un linchamiento, pero lo que busco decir es que hay un impulso que hace que alguien tome este tipo de decisiones. Eso sí, en este ejemplo del asalto, quien dispara al asaltante puede decir algo semejante a quien vive un linchamiento: «estamos hartos», «la policía no hace nada». Al final no estoy diciendo que sean iguales los discursos pero ahí se tocan.

—¿Han variado las formas de violencia en los linchamientos en los últimos años?

—Es un poco difícil para mí responder. No me quise concentrar en eso porque me afecta mucho, porque no me siento lo suficientemente fuerte para procesar esa información, porque el tema ya es suficientemente duro para mí y no me gusta clavarme en la textura de si lo quemaron. Aunque entiendo que haya quien pueda hacer ese análisis. Lo que puedo decir es que casi siempre hay, o es muy común, que el castigo físico implique golpes a mano, patadas. Hay linchamientos más escénicos que otros, en los que son más escénicos hay algunos casos que tienen que ver, a mi juicio, con los que son, si se puede decir, más violentos, donde los queman. Quemar ya es muy fuerte, es ya el límite de las cosas. Es muy duro. No ocurre en todos los casos, no es verdad que todos los linchamientos acaben en quemar a la gente.

—Vayamos a otro aspecto para cerrar la conversación: hablemos del modo en que se presenta la información en los medios sobre estos casos, considerando, claro, que mucho de lo que se sabe de los linchamientos es, precisamente, a través de los reportes periodísticos, pero ¿cómo ves el trato informativo?

—Es un tema que tiene muchísimas vetas. Resumo lo que veo más. Primero: mientras no tengamos registros oficiales, nuestra única fuente de información es la prensa. Naturalmente hay una serie de consideraciones más amplias. Lo que veo es que al reportar los linchamientos quien llega es casi siempre el reportero de la nota roja, entonces no hay mucha conciencia o interés en hacer una crítica social. Nada más van y reportan, escriben la crónica y ya, pero no es y ya porque cuando uno lee las crónicas ve algunas muy buenas que le dan mucha voz a la gente. Eso es material importantísimo para nosotros. Pero también, quizá no es deliberado, pero en muchas de estas crónicas salen a lucir cualquier cantidad de prejuicios y también problemáticas para narrar la violencia. ¿Qué problemas le veo yo? Yo no soy reportera, y seguramente los reporteros van a decir y a ti qué te importa si no eres periodista, pero lo que veo es que estamos muy mal en general, tanto como prensa como lectores, pues no hay en los medios una intención de reflexionar el tratamiento y la narración de las violencias. En esas crónicas aparecen prejuicios, estigmatizaciones, formas de racismo, clasismo, revictimización. Al usar la prensa como una de mis fuentes principales tengo que hacer un ejercicio muy crítico porque lo que noto es que desafortunadamente se contribuye a la normalización de la violencia, se contribuye a no verla críticamente. El linchamiento es un tipo de violencia muy susceptible, es muy narrable, un reportero hace su chamba, pero en esa narración puede haber una suerte de apología y/o de estigmatización porque en estas narraciones donde ponen «y la turba iracunda se acercó…», no digo que no haya que decirlo, en efecto es una cosa fuertísima, pero no sé si esa sea la manera adecuada. Lo que sí veo es que antes de que internet estuviera tan instalado en nuestras vidas, antes no había acceso inmediato a información audiovisual sobre linchamientos, no eran tan visibles como ahora que cualquiera sube un video con cualquier teléfono. Eso se vuelve tremendo.

No hay evidencia de que los linchamientos sean una práctica asumida por estos pueblos. Esto lo digo porque es muy común que a la gente le encante usar el argumento de que «ah, es que son sus usos y costumbres», o «es que así es la justicia indígena», eso no es cierto.

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Sobre el papel de los medios al reportar casos de linchamientos hay una caso emblemático. Ocurrió en San Juan Ixtayopan, en la delegación Tláhuac, en 2004. Ese día tres agentes de la Policía Federal Preventiva fueron quemados vivos, les acusaron de querer robar niños, cuando, lo que hacían, de acuerdo con los reportes de prensa, eran investigaciones sobre narcomenudeo. Los hechos se transmitieron en directo en espacios noticiosos. «Fue lamentable, eso no se puede permitir en la televisión porque, curiosamente, esto ocurrió antes de esta cosa terrible llamada guerra contra el narco, que nos colocó ante una serie de imágenes y una serie de decisiones editoriales en medios… esto fue antes, yo recuerdo haberlo visto espantada, ahí tendría que haber habido una decisión editorial: lo grabas, pero no lo pasas en vivo, ya son decisiones éticas de cada medio. ¿Aporta o no aporta? Si no da más información, si no está explicando, entonces está haciendo una apología de la violencia», dice Elisa y deja sobre la mesa otro apunte: «No es sólo el tratamiento de la violencia en los medios, sino también cómo la gente usa la cuestión mediática como estrategia para hacer visible algo».

[…] no hay en los medios una intención de reflexionar el tratamiento y la narración de las violencias. En esas crónicas aparecen prejuicios, estigmatizaciones, formas de racismo, clasismo, revictimización.

Para cerrar y volviendo a Ajalpan y a cómo se informa sobre los linchamientos en los medios, Elisa apunta: «López-Dóriga dio la nota y dijo “por respeto no vamos a mostrar las imágenes”. Me quedé pensando, no es que le crea algo a Televisa pero, creo que está bien en algún sentido, pero me llamó la atención, es la primera vez que veo algo así en muchos años. Habría que preguntar por qué. ¿Porque Televisa ya está sensibilizada?, ¿porque López-Dóriga quiere hacer que es muy civilizado?, ¿porque el caso de algún modo tenía o tiene un tinte más importante?, ¿porque las víctimas eran trabajadores de encuestadoras y las encuestadoras son un sector que tiene mucho peso? Me quedo con esas preguntas porque Televisa en estos años se ha regodeado en la pornografía de la violencia. Me llama la atención, para pensar si los medios contribuyen o no, ayudan o no, afectan o no, en una situación como esta».

Terminamos la conversación sabiendo que el tema no está agotado. Que, como ella misma ha señalado: «El camino hacia una solución implica reconocer y atender el daño y la fragmentación que permanecen en las comunidades después del acontecimiento de violencia […] y, sobre todo, comprender que mientras la justicia del Estado continúe siendo excluyente y omisa, los linchamientos no van a cesar».



Lizbeth Hernández
Lizbeth Hernández
Directora de Kaja Negra. Periodista e investigadora freelance. Los temas que más le interesan son: movimientos sociales, derechos humanos, feminismos, agenda lgbt+, arte y cultura pop. Escribe sus ideas y apuntes en Medium. Se la vive entre la sabrosura y el desasosiego. En Twitter e Instagram: @abismada_ Correo: lizbeth@kajanegra.com




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