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Las voces, fragmentos de «Una historia oral de la infamia»

25 Sep, 2016 Etiquetas: , ,

Estos testimonios del libro Una historia oral de la infamia. Los ataques contra los normalistas de Ayotzinapa, del periodista John Gibler, que el sello editorial Grijalbo comparte con los lectores de Kaja Negra, son ecos de las entrevistas que Gibler hizo a estudiantes, periodistas y otros testigos de los ataques ocurridos durante la noche y madrugada del 26 y el 27 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero.

TEXTO: JOHN GIBLER / FOTO: ARCHIVO KN

José Armando, 20, estudiante de primer año. Es por eso que nosotros venimos a Ayotzinapa, porque somos hijos de campesinos. No tenemos recursos necesarios para irnos a estudiar a otra escuela. Y ésta es una escuela de lucha, donde nos inculcan valores para seguir luchando por tener un buen futuro más adelante, para poder apoyar a nuestras familias. ¿Y qué hace el gobierno? Mata estudiantes.

Carlos Martínez, 21, estudiante de segundo año. Yo pasé a segundo y pues había mucho deseo por entrar a clase por toda esta parte de seguir preparándonos. Teníamos hasta planes en mi academia de segundo sobre la posibilidad de realizar un viaje de estudio, teníamos planeado ir a Chiapas. Me sentía un poquito más tranquilo, porque cuando uno va en primero es mucho muy complicado, porque llegas aquí, tienes que adaptarte a la escuela, tienes que adaptarte a lo académico, tienes que adaptarte al modo de vida, a la situación, al hostigamiento, a la persecución que a veces siempre está presente, o sea nunca se va, y uno tiene que ir poco a poco forjándose la idea, formándose la idea de que esta escuela no es como cualquiera, de que es una escuela muy diferente.

Cuando yo iba en primero, hubo una inundación aquí en Tixtla, toda esta parte de abajo se inundó, casi la mitad del municipio de Tixtla se inundó. Mucha gente perdió todo, sus casas, su patrimonio, su medio de vida. Las lluvias empezaron el 13 de septiembre, recuerdo todavía bien ese día, y duraron, bueno, la lluvia sin parar duró varios días. Inundó todo Tixtla y al momento mucha gente acudió aquí a solicitarnos ayuda, mucha gente nos pidió que los ayudáramos a sacar sus cosas, a sacar sus pertenencias. Había personas enfermas que no podían caminar, ancianos, y necesitaban de nosotros para que los ayudáramos. Y ahí anduvimos nosotros cuando íbamos en primero, en septiembre, con la lluvia, con el agua hasta el cuello, sacando cosas de las casas, carros, ayudando a las personas en un montón de cosas. Y ahí es donde nos fueron enseñando que no sólo se trata de ver por nosotros sino por los demás. Fue una reacción rápida, acepto que quizá no fue organizada pero sí cumplió con la expectativa que era apoyar a la población.

El gobierno federal designó múltiples recursos después, cientos de miles de pesos para rescatar precisamente esa parte, y hasta la fecha muchas de esas personas no han recibido nada. De hecho en una ocasión el ejército estuvo grabando un video donde le pagaron a personas para que se hicieran como que estaban lastimadas o algo, y ellos las iban cargando en el agua, luego se echaban agua en la cara para… bueno eran actores, eran prácticamente actores del ejército. Y fue tanta la indignación de las personas por ver que nada más apantallaban a la hora de ayudar… porque ellos no se metían al agua, no se metían a sacar las cosas, no se metían a sacar a las personas, siempre éramos nosotros. Fue tanta su indignación que cuando se dieron cuenta de que estaban grabando eso, cayeron a donde estaban, encerraron a los militares y no los dejaron salir fuera hasta que pidieran una disculpa pública.

Yo también estuve cuando fue lo del 7 de enero, cuando atropellaron a dos compañeros en Atoyac de Álvarez. Fue un accidente, fue un choque. Estábamos realizando un boteo cuando pasó un camión con una máquina, no sé cómo se le dice, excavadora, que tiene como una manita, y a pesar de que estábamos nosotros ahí, pasó hecho bien recio y muchos compañeros no alcanzaron a moverse, a quitarse de la carretera. Tres compañeros lograron salir con vida y dos fallecieron ahí. Eugenio Tamari Huerta y Fredy Fernando Vázquez Crispin fueron los que fallecieron ahí. Nosotros seguimos a la persona que había atropellado a los compañeros, la seguimos hasta capturarla como unos tres municipios más adelante, en un lugar que se llama El Cayaco. Ahí lo retuvimos hasta que llegó la policía y se lo llevó y actualmente ese tipo está preso por el homicidio de los compañeros.

A veces pareciera que son más malas las experiencias que uno vive aquí que buenas, pero es todo lo contrario.

Alex Rojas, estudiante de primer año. El día 26 de septiembre nosotros estábamos en club de danza cuando nos avisaron que iba a haber una actividad. No nos dijeron exactamente qué actividad iba a ser, y así nosotros, como a las seis de la tarde nos dirigimos al estacionamiento junto con otros compañeros de danza y otros compañeros de otros clubes para subirnos a uno de los autobuses Estrella de Oro, ya que eran dos. Nos subimos. Yo iba en el segundo autobús. Fuimos ahí echando desmadre nosotros, hablando con los compañeros. En ese transcurso de tiempo recuerdo que el compañero con el que iba era uno de con quienes más me llevaba. Ese compañero es del pueblo de Apango. Y ya pues íbamos hablando de que no nos íbamos a separar y que íbamos a andar siempre juntos. Dije que, por cualquier cosa, nos íbamos a venir luego, porque por ahí comentaban que nos dirigíamos allá para traer, me parece, que dos o tres autobuses para trasladarnos el día 2 de octubre a la marcha para conmemorar la matanza estudiantil ahí en la plaza de Tlatelolco. Entonces nosotros quedamos en que si era para secuestrar, nosotros nos íbamos a venir en el primer autobús que se agarrara, para que llegáramos pronto y no hubiera más problemas. Mi compañero, el que iba conmigo, se llama Miguel Ángel Mendoza. Él está desaparecido.

Uriel Alonso Solís, 19, estudiante de segundo año. Primero llegamos al paradero de Huitzuco y llegó el primer autobús. Hablamos con el chofer y nos dijo que sí. Fuimos como cinco los que nos subimos. Llegamos a la central y es cuando dijo que ya no. «No, pues, no, es que no se puede…». Se arrepintió y dijo que ya no. Y nosotros como ya estábamos ahí y no trajimos ni dinero para salir, marcamos a los compas y dijimos: «Saben qué, vénganse. Estamos aquí en la central. El chofer ya se arrepintió. Nos quedamos encerrados en el autobús, pues porque el chofer se bajó. Nos dejó encerrados». Dijeron los compas, «Ah, aguántense, ya vamos». Y es cuando ya vinieron.

José Armando, 20, estudiante de primer año. Sacamos otros tres autobuses y ya veníamos saliendo. Unos le dieron por el sur, un Estrella de Oro y un Estrella Roja y ya nosotros salimos para el norte para ir al Periférico y salimos los tres. Primero iba un Costa Line, después otro Costa Line y el tercero era el Estrella de Oro. Ahí veníamos, yo venía en el tercero cuando de repente, ya cuando íbamos saliendo a la terminal ya así en fila, empiezan a llegar los policías a dispararnos. En ese instante, porque llegaron agresivos así nada más a dispararnos con armas de fuego y nosotros no llevábamos nada, porque pues nosotros somos estudiantes, ya nos bajamos y nos quisimos defender con piedras para hacerlos a un lado y pasar. Yo me bajé. Los del tercer autobús casi no se bajaron, los compañeros se quedaron ahí porque pues sí tenían miedo. Unos cuantos sí nos bajamos, agarramos piedras y les tirábamos para que se orillaran y pasáramos.

Edgar Yair, 18, estudiante de primer año. Los balazos los tiraban al aire primero. A nosotros no nos dieron temor porque nunca… pues nosotros sabíamos que no nos podían disparar porque nosotros somos estudiantes y no pueden hacer eso a personas como nosotros. Seguíamos nuestro paso y en cada esquina que pasábamos, se nos atravesaban patrullas, y cada vez los balazos iban más directo a nosotros. Nosotros con piedras… lo que encontrábamos, pues se lo aventábamos a los policías porque ellos nos estaban tirando balazos. Iban tres autobuses en caravana. Yo iba en el segundo. Nosotros pasábamos por toda la avenida y a los policías tampoco les importaba que había gente, había niños, señoras, había de todo. Y ellos no respetaban que había esa gente. Nosotros cuando íbamos en el camino no nos importaba nada, porque lo que nos importaba era salir de ahí ya.

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Portada del libro publicado por Grijalbo.

Miguel Alcocer, 20, estudiante de primer año. Se bajaron y quisieron quitar la camioneta para salirnos de ahí ya, de Iguala, y fue cuando nomás de repente se oyó el primer disparo y cayó el compañero Aldo. Ya nos tiraban a matar. Ya no eran disparos al aire, sino hacia nosotros. Se escondieron los compañeros entre el primero y el segundo autobús. Íbamos varios en ese primer autobús, parados, y yo ya me iba a bajar con otros diez compañeros cuando un policía municipal nos vio y nos volvió a tirar de frente. Se puso en frente así y nos empezó a tirar. Agarré y me tiré otra vez adentro. A un compañero ahí le pegó, le dio en la pierna y gritó. Yo pensé que lo había matado, que le había dado, porque gritó y cayó. Todos mis compañeros ahí dijeron que ya lo había matado, pero no, al mismo instante luego nos dijo que le ayudáramos. Le ayudamos y lo pasamos hasta allá atrás y le amarramos su pierna. Ahí estábamos. Les hablábamos a nuestros amigos atrás, entre los dos autobuses, que nosotros ahí estábamos adentro. Ellos estaban escondidos también porque los policías nomás veían que uno salía, que se asomaba tantito, y le tiraban. No los dejaban que ni se asomaran nada. En las dos esquinas se ponían y ahí estaban tire y tire a mis compañeros y nosotros ahí adentro. Pensamos que nos iban a ir a traer, que nos iban a llevar a la cárcel. Nosotros ya teníamos esa idea de que nomás a la cárcel íbamos a ir a dar. Y ahí todos tirados, unos compañeros estaban llorando por lo mismo que nos estaban tirando. Luego yo escuchaba que mis compañeros, los que estaban atrás, les decían que éramos de la Normal y que nosotros no traíamos armas y contestaban los policías que a ellos les valía verga. Decían: «Orita a todos se los va a llevar la verga». Y, pues, siento que mis compañeros, los que lloraban, más se agüitaban por eso que decían los policías, y la mera verdad sí sentíamos miedo porque ya le tiraban directo a uno. Y los compañeros gritaban que llamaran a una ambulancia para el compa herido. Un policía les dijo que no supimos a dónde nos fuimos a meter. Dijo: «Sí, a lo mejor a su compañero lo encuentran pero muerto, o a lo mejor nunca lo encuentran». Así nos dijo. Todos mis compañeros les gritaban a los policías que se calmaran. Y todavía ellos hasta nos decían: «¡Tiren sus armas!». Y nosotros ¿qué armas íbamos a tirar si no llevábamos? Como dijo un compañero: «Eso es absurdo, hubiéramos llevado armas para que tan siquiera uno de ellos hubiera caído, y no nomás de nosotros hubieran muerto».

Sergio Ocampo, 58, periodista de Radio UAG y corresponsal de La Jornada en Chilpancingo. Yo estaba por cenar cuando una persona cercana al alcalde me dijo que había balaceras allá. Y entonces otros compañeros me dijeron: «Oye, están balaceando los estudiantes». Yo no lo creía, realmente. Pues a esta hora eran como cuarto para las once. Empecé a indagar y justo una persona cercana al alcalde me dijo: «Sí, hubo una balacera. Si quieres te doy el teléfono del alcalde». Le dije «Ah, pues sí, préstame el teléfono del alcalde». Entonces yo le hablé al alcalde y me dijo: «No, no hay nada. Si estos ayotzinapos de por sí nada más vienen a crear problemas. Estaba el informe de mi mujer, que es la presidenta del DIF», y que ya después se supo que se iba a destapar como candidata a la alcaldía. Entonces él dijo que había como siete mil personas en un momento. Pero que ya después, por los desmanes supuestos de los muchachos, quedaban como cien. Que él se había quedado a bailar ahí. Entonces, yo le insistí pero me dijo: «No, hombre, no hay nada. Todo está tranquilo. No hay ningún herido, no hay ningún muerto. Está en paz aquí Iguala».

Clemente Aguirre, entrenador físico de Avispones. Sabíamos que algo estaba pasando en el centro de Iguala. Estábamos viendo si cenábamos en Iguala o Chilpancingo. Los chavos querían festejar, querían comer tacos. «Vamos a cenar aquí», decían. «No, mejor vamos a Chilpancingo y allí podemos cenar», les dijimos. Y ya en la carretera, como íbamos muy entretenidos con la película de Los ilusionistas, fue muy sorpresivo, muy rápido. Los balazos se escucharon al principio como parte de la película, como cuetes. El camión seguía avanzando. No se detuvo luego luego sino hasta que se salió de la carretera. Lo primero que pensé fue «van a venir, van a venir para acá». Y yo como pude decía «chavos, cállense, no hagan ruido». Empezaban a quejarse. Y sí llegaron y dijeron que abriéramos el camión y que nos bajáramos. Y otro compañero empezó a decir «no, tranquilo, brother, somos un equipo de futbol». Entonces decían:

—¡Bájense, hijos de su puta madre!

—Tranquilo, brother, ¡somos un equipo de futbol!

—¿Qué, no se van a bajar? ¡Que se bajen!

Entonces él sí agarraba la puerta, pero como estaba atorada no la podía abrir. Intentó pero no se pudo abrir. Entonces le tiraron balazos a la puerta. Nosotros no nos movimos, quedamos allí tirados. No hicimos nada más que esperar. No sabía si se iban a subir o no. Pensé «si se suben, hasta aquí llegamos». Pero de bajarnos, no nos íbamos a bajar. Yo no pensaba moverme de donde estaba. Gritaban «¡ya les cargó la verga!». Volvieron a disparar otra vez. No fue mucho, un ratito, no sé, unos diez segundos. Dejaron de disparar y se fueron. Pero nos quedamos un momento, o sea, nadie se movió. Después ya nos empezamos a levantar y a bajarnos por la ventana de la puerta, pues ya no tenía vidrios. Unos se bajaron por una ventanilla por otro lado. Cuando empezamos a bajar del autobús, algunos chavos salieron corriendo. Ellos se quedaron escondidos en la milpa mucho tiempo, hasta que llegaron las ambulancias, como quince de ellos, casi todos los jóvenes se fueron corriendo. Nosotros empezamos a sacar a los heridos. En ese momento agarré mi teléfono y luego luego marqué para que mandaran una ambulancia. Pero no, la ambulancia no llegó nunca. Y yo pensando que a lo mejor regresaban. Pensando que, por si regresaban, que mandaran a la policía, ambulancias, pues algo. No pasaba nada de carros hasta como después de una media hora, pero nadie se quiso detener. Gritamos «¡ayuda!». Pero se pasaban de chismosos y después se arrancaron. Estábamos todos ensangrentados. De heridos graves estaba el chofer, el profe Pedro y Miguel. Los demás, por la adrenalina, no sintieron sus heridas, como Facundo, con las esquirlas en su pecho.

Los policías y ambulancias tardaron como hora y media para llegar. Pues primero… de hecho se paró un carro con unos chilangos que querían ayudar. Yo estaba con el chofer, se paró el carro, y dos chavas que le tomaron la cabeza para que no se ahogara lo cuidaban. Llegó la patrulla y dije «pues, ya la hicimos». Después dijimos «hay que subir a los heridos». Y en ese ratito fuimos y uno de los chilangos me ayudó a subir al profe Pedro que tenía varios balazos. Lo agarramos y lo llevamos y lo sentamos en una de las patrullas. «Allí siéntalo por mientras», y sí nos dio el permiso. Y ya al otro chavo, Miguel, lo sacamos, y ya cuando lo íbamos a subir a otra patrulla fue cuando dijo el policía «ni se les ocurra subirlo a mi carro». Uno de los chavos dijo «pues viene bien herido, ni modo que lo dejemos así, hay que llevarlo al hospital». El policía dijo «no, a mi carro no lo suban. Ya viene la ambulancia». Yo lo estaba agarrando de las piernas y de la pompa, y el otro de los brazos. Lo tuvimos que bajar en el piso, a un lado de la patrulla.

Omar García, 24, estudiante de segundo año. Nosotros llegamos a la clínica Cristina, ahí nos refugiamos un momento hasta que llegaron los militares, irrumpieron, llegaron con el dueño de la clínica. Él iba con ellos, lo llevaban de hecho en sus patrullas. Y bueno, ahí fue donde se armó el desmadre, y grande, pues, por la falta grave de atención en la cual incurrió el ejército porque en vista de que teníamos un herido, de que nos habíamos identificado como estudiantes de Ayotzinapa y un maestro que estaba con nosotros, pues tuvieron que ayudar, definitivamente. Se dieron cuenta de que no éramos delincuentes, que éramos estudiantes, que teníamos un herido grave, tuvieron que haber hecho lo que estuviera a su alcance para atenderlo, y yo creo que tenían mucho a su alcance, o sea, tenían patrullas, tenían autos pues para trasladarlo inmediatamente. A nosotros no nos interesa que nos llegaran amenazando de delincuentes o acusando, lo que queríamos era que se atendiera a nuestro compañero. Si nos iban a hacer un juicio, si se nos iba a extender una averiguación previa o lo que fuera, pues eso es después, pero primero que atiendan al herido. Pero eso no lo hicieron, en lugar de eso nos tomaron nuestros datos, nos fotografiaron a todos y se retiraron amenazándonos con que ahorita venían los policías municipales. Aparte, al pedirnos nuestros datos, nos dijeron bien claro, clarito, porque hasta lo repitieron con el dedo «dennos sus nombres reales, porque si nos dan un nombre falso, nunca los van a encontrar». Y nosotros en ese momento no sabíamos nada. Nosotros creímos que a los compañeros que se habían llevado los íbamos a ir a traer al día siguiente a la cárcel, bajo fianza o como fuera, un proceso legal, jurídico y los sacaríamos porque éramos estudiantes, como en años pasados, como en épocas anteriores donde caen estudiantes, se les saca de la cárcel bajo presión política o como fuera. No sabíamos que se estaba orquestando una desaparición forzada.

Madre de uno de los 43 estudiantes desaparecidos durante una manifestación frente al Batallón 27 en Iguala, 18 de diciembre del 2014. ¡Entréguenos a nuestros hijos! Es lo único que exigimos. Queremos a nuestros hijos con vida. Así como se los llevaron, así los queremos. Recuerden que tienen hijos. Si su hijo estuviera desaparecido, ¿qué haría? ¿Estarían tranquilos? ¿Tendrían paz en su casa? ¿Quieren que superemos el dolor? ¿Cómo quieren que estemos en nuestras casas si no tenemos tranquilidad, si no tenemos paz? Tenemos mucho coraje porque no sabemos dónde están nuestros hijos. ¡Entréguenos a nuestros hijos! Porque los tienen ellos. El gobierno los tiene. Ellos se los llevaron, ellos los desaparecieron, ellos los tienen detenidos. ¡Queremos a nuestros hijos!

De una entrevista con un trabajador municipal del basurero de Cocula, 16 de junio del 2015.

—Después de ese día, ¿usted siguió trabajando en el basurero?

—Sí.

—¿Y no notó nada…?

—No. Nada, nada.

—…extraño? ¿Una gran fogata o…?

—Nada. Nada. Nada.

—¿Cómo a qué horas fueron?

—Fue como al medio día cuando íbamos a vaciar.

—¿Notó algo raro ahí?

—No. La verdad que no notamos nada.

—¿De ese día el 27?

—Sí, el 27.

—¿Y no había nada?

—No había nada.

—¿En la noche había llovido?

—Llovió.

—¿Y llovió fuerte?

—Llovió algo recio. Toda la noche estuvo cayendo agua, estaba lloviendo pues. Se quitó hasta las 6.30 o 7 de la mañana.



John Gibler
John Gibler

Periodista independiente que vive en México desde 2006. Escribe artículos y reportajes sobre política nacional y regional. Se graduó en la London School of Economics. Ha colaborado en diversos medios impresos estadounidenses y mexicanos, tales como Left Turn, Z Magazine, In These Times, Common Dreams, Yes! Magazine, ColorLines, Democracy Now!, Milenio Semanal y Contralínea. Es autor de To Die in México: Dispatches from Inside the Drugs War [City Lights, 2011] y colaboró en el libro País de muertos. Crónicas contra la impunidad [Debate, 2011].





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