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Lindy hop, bailar a la antigua en la ciudad

14 Ene, 2016 Etiquetas: , ,

De fondo una banda de jazz y en la pista una pareja: él con traje y tirantes; ella con falda a la altura de la rodilla y una flor adornando su cabello. Una trompeta convoca el movimiento de su cuerpo; parecen los años cuarenta, pero es pleno siglo XXI. Con ustedes el baile que anda moviendo a la ciudad de México.

TEXTO: ALINA EUNICE LOZADA ROSILLO / FOTOS: CORTESÍA SWING MÉXICO

El sonido agudo de la trompeta en solitario convoca. Le sigue la batería con un ritmo suave y continuo, luego el bajo y el clarinete explotan en una melodía más rápida con el resto de los instrumentos. Iniciado el swing comienza el baile.

En Cracovia 32, un espacio creativo al sur de la ciudad de México, una banda de jazz toca al ritmo del swing para un baile que haría revolotear de nostalgia a nuestros abuelos, sólo que la mayoría de los asistentes ronda los veinte y los treinta años, edad que contrasta con su atuendo: los hombres portan trajes, pantalones con tirantes o corbatín; mientras que las mujeres usan faldas a la altura de la rodilla, flores coquetas en el cabello y sus labios van pintados de un rojo intenso. Estamos a finales del 2015, pero en esta casa la música que se escucha, la ropa que se viste y el baile que se ejecuta tuvieron su mejor momento hace 80 años.

En el patio, acondicionado como una pista de baile, se ven pasos que evocan al Nueva York de los años treinta. Por la música, uno pensaría que ese baile es simplemente swing, pero luego uno de los chicos precisa que se trata del lindy hop, un estilo de swing tan popular que en 1943 la revista Life lo declaró baile nacional en Estados Unidos.

En el interior de la casa, con un impecable vestido rojo, Irlanda, de 30 años, observa a los bailarines mientras descansa y cuenta «estoy aquí porque esta es la época que me hubiera gustado vivir, me gusta la música, la estética, el baile, todo». Jesús, de 33 años, describe: «el lindy hop simplemente me divierte, por ejemplo no es sexoso como la salsa, ni pasional como el tango, más bien implica un contacto amistoso que ya no se ve». A sus 25 años, Lidia, quien esta noche ha bailado una canción tras otra, me cuenta mientras se echa aire con la mano que primero conoció el rockabilly y ahí supo de este baile que le pareció más divertido y que practica desde hace un año.

Ellos forman parte de la comunidad de bailarines de lindy hop que cada miércoles por la noche se reúne en el llamado Miércoles vintage, un evento abierto donde los bailarines, estudiantes y expertos, suelen contar con la presencia de una banda de jazz. Esta comunidad se ha conformado a partir del trabajo de la escuela de baile Swing México, que junto con la escuela Swing Forever México, ha comenzado a difundir el lindy hop entre los capitalinos.

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Fue en 2010 cuando se dieron los primeros pasos de lindy hop en la ciudad de México, pero en realidad el baile surgió durante la década de los años 30 en los salones de baile del Harlem, el barrio negro ubicado al norte de Manhattan en Nueva York. Y aunque tuvo un gran auge en los 40, desapareció con la llegada del rock and roll al principio de los años cincuenta.

Su contexto fue de los más importantes en la historia de la música. Era el Nueva York de los grandes salones de baile, epicentros de la vida nocturna cuya escena musical ya era dominada por los negros al ritmo del jazz. En esos años, el Savoy Ballroom y el Cotton Club se volvieron salones legendarios por la calidad de sus músicos y por permitir las primeras convivencias interraciales de bailarines y músicos. Allí lo único importante era expresar el gozo y la libertad a través del baile. También fue en esos salones donde se popularizó la música de las Big Band Jazz, integradas por alrededor de quince músicos y dirigidas por quienes se convirtieron en leyendas musicales como Fletcher Henderson, Benny Goodman, Chick Webb, Duke Ellington, Louis Armstrong o Count Basie.

El origen del lindy hop fue una resistencia, una catarsis a un contexto marcado por la pobreza urbana que dejó la crisis de 1929 en Estados Unidos; por la tensión entre las pandillas de gangsters surgida a raíz de la prohibición del alcohol; y por la dura segregación racial entre negros y blancos.

Un periodo que en la actualidad nadie quisiera vivir. Pero lo cierto es que al sonar la trompeta y las percusiones de la banda más de un bailarín de lindy hop disfrutará imaginarse bailando frenéticamente en un enorme ballroom [salón de baile] de los años 30 con doña Ella Fitzgerald cantando «It Don’t Mean a Thing If It Ain’t Got That Swing» o al ritmo de «Sing sing sing» del maestro Benny Goodman, la canción más representativa de la época.

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El «revival» del lindy hop, como se conoce a la recuperación del baile, se dio en los años 80 cuando unos bailarines suecos  localizaron a los lindyhoopers originales, como Frankie Manning y Norma Miller, quienes a sus más de 70 años sacudieron el esqueleto para enseñar los pasos a bailarines de Estados Unidos y Europa. Desde entonces cada año se organiza un evento que nació con el ímpetu de difundir el lindy hop, y que congrega a bailarines de todo el mundo: el Herräng Camp Dance, en Suecia.

Fue en su edición de 2011 donde las hermanas Ruchis y Paola Avilés tomaron el micrófono frente a artistas y bailarines, y prácticamente suplicaron: «por favor, alguien que quiera ir a México a enseñar el baile, allá no se conoce el lindy hop».

Luego de algunas pláticas, Tim Collins, bailarín y productor de 32 años, decidió tomarles la palabra. Ahora los tres conforman la escuela de baile Swing México. «A primera vista puede parecer que este baile es de viejitos y se entiende porque es de una época anterior al rock and roll, pero creemos que quienes vienen hacen conexión con la música y por eso ha gustado; el swing es un ritmo juguetón, en el que al bailar se transmite alegría, los jóvenes sobre todo, son quienes han captado eso y no es casualidad: el swing, desde su origen, fue una música muy juvenil. Además esto les representa una propuesta diferente para divertirse y salir a bailar», me comenta Ruchis, arquitecta de 30 años que conjuntó su gusto por los espacios con el lindy hop para remodelar la casa de Cracovia 32 y adaptarla para el baile y el arte circense.

Tim Collins, por su parte, ha bailado durante 16 años ese estilo de swing en Estados Unidos y ha tenido presentaciones en diferentes partes del mundo acompañando al movimiento revival. Él sabe que el lindy hop en México apenas está en un nivel básico en comparación con otros países, sin embargo, con la comunidad de bailarines que se va conformando, está seguro de que el baile ahora sí tendrá futuro en la ciudad. Y es que en los años 40, cuando llegó el swing a México, el ritmo fue opacado por el mambo, el danzón o el cha cha chá.

Durante décadas el lindy hop fue inexistente en la ciudad de México, quizá por eso Ruchis recuerda bien la impresión al verlo por primera vez en el invierno de 2006 cuando, con Paola, acudió al Clärchens Ballhause en Berlín, un ballroom de los años veinte en el que se dan clases de baile de salón. Esa tarde noche la calidez de la luz amarilla del interior contrastaba con el frío y la blancura de la nieve afuera.  «Abrimos la puerta y sentí calor, tenía ante mí a unos cincuenta personas bailando. Para mí fue un shock, yo no tenía idea de lo que se trataba pero me enganchó, además la estética del lugar, totalmente antigua, fue algo que no conocía y que ya no quise soltar».

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Pero las hermanas Avilés no han sido las únicas encantadas por este baile. Cada noche de jueves el jazz retumba en el restaurante Be Bops de la colonia Roma. Allí los alumnos de lindy hop se extienden en la pista y aprenden uno a uno los pasos básicos. Los maestros son Roxy y Peter Molina, dos bailarines que han tomado el espacio público a favor del lindy hop. Ellos conforman la escuela de baile Swing Forever México, que también ha dado clases en la Ciudadela, en la explanada de la delegación Azcapotzalco y en San Miguel de Allende.

«A nosotros nos conocen como saloneros porque desde siempre hemos ido a los salones de la ciudad a bailar. En algún momento comencé a bailar rock and roll porque me gustaba, pero de pronto su estructura me pareció muy cerrada. Al buscar sobre las raíces de ese baile llegué al lindy hop, que es como su abuelo. Inmediatamente me enganchó la música porque te invita a moverte y al conocerla la disfrutas, sobre todo porque te lleva a realizar muchos movimientos divertidos», me cuenta Roxy Molina entre la música y el baile de los lindyhoopers.

Para la comunidad de bailarines de ambas escuelas la pista de baile puede tomar diversas formas: una casa, la calle, un parque, un establecimiento comercial o un escenario. En esa pista se puede ver a parejas tomadas de ambas manos sacudiendo al mismo tiempo su pierna derecha y luego la izquierda; otras marcando el ritmo con sus piernas mientras se mueven adelante y atrás. De pronto, como en código, todos podrían formar un círculo y comenzar a aplaudir al ritmo de la música para que una pareja entre girando al centro y se mueva extremadamente rápido, entonces la falda de la mujer se elevaría con los giros y el hombre la tomaría con firmeza para guiar o dejarse guiar por los pasos de su pareja.

La complicidad ha sido parte importante del crecimiento de ese estilo en la ciudad, pues constantemente los lindyhoopers cuentan con la música en vivo de bandas de jazz que con su trabajo homenajean y reinterpretan la música de las big band de antaño. Entre ellas están la Calacas Jazz Band, The swinging 5, Magnolia Jazz Band, Louise Phelan Jazz Quintet, Infussión Jazz Band y la Swing Mexico Jazz Band. Su presencia representa un lujo que los bailarines valoran tener en la ciudad y más porque sus participaciones suelen ser de cooperación voluntaria.

Sobre el gusto creciente por el lindy hop, Paola Avilés es concreta al explicarlo «es un gozo, el swing implica estar en movimiento todo el tiempo, un cambio constante en el baile y lo que pasa en torno a sus bailarines». Y es que para quienes han descubierto este baile no se trata de vivir en el pasado, sino de guiñarle el ojo, coquetear con él, para que al tomarlo del brazo haga girar al presente con esa ligereza que fluye al bailar al ritmo del swing.



Alina Eunice Lozada Rosillo
Alina Eunice Lozada Rosillo

Periodista independiente. Ha publicado crónicas sobre la Ciudad de México, gastronomía, cultura popular y economía solidaria en medios como Variopinto, Picnic, Mexicanísimo y La Coperacha. Actualmente es gestora editorial de Desacatos, revista de Antropología Social del CIESAS.





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