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El artista adolescente que confundía el mundo con un cómic

06 Abr, 2014 Etiquetas: ,

¿Cómo es la adolescencia según la literatura? El escritor Sergio González Rodríguez hace un esbozo al respecto, a propósito de su nuevo libro: El artista adolescente que confundía el mundo con un cómic.

TEXTO: SERGIO GONZÁLEZ RODRÍGUEZ / VIDEO: RAMIRO RUÍZ

[Videoentrevista]

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Literatura y adolescencia

El concepto convencional de adolescencia en la literatura se ha identificado con las novelas de aprendizaje o formación, donde el protagonista entra en el mundo y las vicisitudes de tal trayecto colaboran a transformar su carácter en lo moral y en lo intelectual, en lo estético y en lo ético. Relatan un trance consciente de la adolescencia-juventud a la vida adulta.

En tal línea narrativa y en la literatura universal, prefiero Wilhelm Meister de J.W. Goethe, Rojo y Negro de Stendhal, El retrato del artista adolescente de James Joyce y El guardián entre el centeno de J.D. Salinger (que en México influyó a escritores como José Agustín y su estupenda novela de adolescencia, De perfil).

La adolescencia en la literatura ha privilegiado el relato novelístico por una razón obvia: así como la novela en general atañe al hallazgo y esplendor del sujeto moderno y su aventura individual ante la realidad, el relato de formación se centra en presentar la etapa incipiente en tal sujeto.

La idea del individuo que debe nacer, crecer, reproducirse y morir, donde resuena el vitalismo inmerso en la experimentación de sus actos frente a los demás y la sociedad misma, acompañó a las novelas de formación.

La influencia de tal idea ha persistido desde el siglo XVIII hasta el siglo XXI, pues se trata de uno de los patrones narrativos más persistentes, que se reproduce en la novelística actual, en las películas, en las telenovelas. Y suele ser consustancial a las historias más fieles al modelo realista-costumbrista y su ambición de representar desde la peripecia y lo verosímil.

De allí que las propuestas más interesantes en el presente respecto de la narrativa de formación presenten dos grandes líneas.

Por una parte, existe la vertiente que ejerce una potencia paródica (a veces desde la postura admirativa, a veces desde la ironía) respecto de la fuente originaria. Este es el caso de Las tribulaciones del estudiante Törless de Robert Musil; que resuenan La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa y Educando a los topos de Guillermo Fadanelli.

Por otra parte, está el punto de fuga de la fuente originaria que se dispara en una dirección imprevista. Así acontece con En el camino de Jack Kerouac, que resulta trascendida por Los detectives salvajes de Roberto Bolaño y ésta a su vez se ve desviada por El círculo de los escritores asesinos de Diego Trelles Paz. Cuando se comparan estas tres novelas, lo primero que salta es que, al parecer, nada tienen en común una de la otra.

Enseguida, se distingue su voluntad centrífuga, su traición a la parodia por la parodia, su desdén por las representaciones realista-costumbristas, su desmesura en lo increíble o disparatado o desmadrado. Por lo tanto, lo anecdótico o veraz carece de sentido al optarse por el orden-desorden de la imaginación literaria. La clave de tales relatos se halla en su tino frente a los retos de la forma, el entrecruzamiento de las historias, los diversos niveles de lectura.

De acuerdo con el saber biológico-psicológico, la adolescencia se presenta entre los 10 y los 12 años y se prolonga hasta los 20, y debido a que se trata de una etapa cuya tracto implica la identidad en todos los sentidos del propio sujeto que la padece, la adolescencia implica el dispositivo de transformación más importante en la existencia de cualquier persona. De allí surge el deseo de prolongar la adolescencia hasta lo último.

La lucidez de ésta frente al propio devenir marca su presente y su futuro. Nunca como en la adolescencia la certeza de la realidad y la potencia de la imaginación aparecen en su mayor riqueza. Las emociones y las abstracciones se despliegan para construir una trama que terminará por definir la personalidad: inteligencia (esfera cognitiva), temperamento (aspectos relacionales) y carácter (dimensión efectivo-emotiva).

En lo personal, tengo dos preferencias literarias en cuanto a la adolescencia como tema, entendidas más allá de su vínculo simple con la pubertad. Me refiero a que las transformaciones de la persona por vía de la experiencia anómala o el saber, me llevan a elegir La metamorfosis de Franz Kafka y Bouvard y Pécuchet de Gustave Flaubert como mis novelas superiores relativas a la formación.

Dichas novelas son como un perpetuo sábado, al que asocio con la adolescencia: el día para uno, pues el domingo suele pertenecer a la familia y de lunes a viernes el tiempo es para la escuela. El día de las fantasías realizadas o irrealizables, o de las aventuras, proyectos, invenciones o desvaríos estimulantes. El día de las autoafirmaciones y tentativas, de las pláticas prospectivas con amigas y amigos, de los planes hechos y deshechos, de la mirada hacia abajo y hacia arriba, de la nostalgia del porvenir, ese vicio inherente a quienes tienen (o deberían tener) una vida por delante y el tiempo les sobra hasta para llenar el cuarto de cada quien con la sustancia del tedio, la desconfianza, la soberbia.

En su espléndido ensayo El sentimiento de inmortalidad de la juventud, William Hazzlitt defiende esa aptitud de contemplar el mundo como un universo abierto a la promesa, la contemplación, la plenitud. Este aprendizaje, al final, trasciende el tiempo. La continua adolescencia de quien cree descubrir todo lo que es y no es, e intuye lo que puede ser y no será, y logra equilibrar los arrebatos con la serenidad.

Para mí, tal es la adolescencia. Comprendo que, para otros, el abismo los imante, y la mera palabra adolescencia los torture con sentimientos decepcionados, de incredulidad, de escepticismo, de amargura, de mezquindad. Prefiero releer esta frase de Thomas Browne: “La vida es una llama pura, y vivimos por un sol invisible dentro de nosotros”. Lo siento por aquellos que pasaron de la niñez a la vida adulta sin comprender la adolescencia. Les está negada la literatura.



Sergio González Rodríguez
Sergio González Rodríguez

Sergio González Rodríguez [1950-2017] fue finalista del Premio Anagrama de Ensayo con El centauro en el paisaje [1992] y en 1995 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. Escribió el reportaje Huesos en el desierto, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Leerte Ulyses en 2003 en Alemania. Es autor de las novelas La pandilla cósmica [2005] y El vuelo [2008]. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. También fue reconocido con el XLII Premio Anagrama de Ensayo por la obra Campo de guerra.





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