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Los demonios se soltaron

06 Jul, 2017 Etiquetas: , ,

La rutina se puede romper fácilmente. Ella, él, tan habituados a sus actividades, lo supieron un día que inició como cualquier otro y que terminó apenas con el asomo de algo que los sacaría de la relativa tranquilidad en que vivían en el oriente de la Ciudad de México. La rutina y sus personajes nos atrapan en este relato de Emiliano Pérez Cruz.

TEXTO: EMILIANO PÉREZ CRUZ

Día tras día subes al camión y nada sucede. A las 5:30 am, con tu hijo, están en la parada: el transporte trae asientos vacíos; el chofer responde de buen modo a tu saludo; las jovencitas de secundaria huelen a fresca ducha; los que vienen del más profundo Oriente roncan y abrazan su mochila para ahuyentar el frío del amanecer.

Tú y el chamaco arrellanan, se arranan, se amodorran y parecen un par más del profundo Oriente. Ni los vendedores ambulantes se atreven a esta hora de la madrugada. Pero tu deber es acompañar al chamaco, todos los días, hasta la secundaria donde cursa el tercer grado. Tu cuota en las tareas que como familia se reparten. Tu esposa continúa el sueño por todos. Cuando retornes, dos horas después, aprovecharán para dormir una hora más, previo asalto a los cuerpos orita que el niño está en clase. Que te esperes, te digo… Oh, uno y ya… Ay, me jalaste el cabello, no me he lavado los dientes, no te lleves todas las cobijas, me haces cosquillas. Tú tranquila y yo, nervioso; no tardes o te lo vas a perder. Bueno, pero enseguida nos apuramos al quehacer porque la mañana se va así de volada, hazte para acá. No hagas mucho escándalo porque todo se oye, en la mañanita es cuando mejor duermo, hazte tantito para acá. Oh, estás muy ancho o qué: mejor abrázame, me pican tus barbas, quita los pies, están bien helados; con calma oye, ¿qué prisa tienes? Oh, todavía me emociono, estás tibiecita, afuera hace mucho frío. ¡Quita tus manotas, me vas a enfermar!, ponlas aquí para que se calienten, bárbaro: te van a dar reumas.

Ambos trabajan en la misma empresa: ella en la oficina, tú en el taller. En la mañana, cada uno a lo que le corresponde; él a esperar al camión del gasss, el gasss; al de la basura, que arma tremolina entre los perros con su insistente campanero; también acude a la carnicería, a la verdulería, caza al de los garrafones con el agua potable, hace las reparaciones: de la puerta del clóset a la que se le desprendió una bisagra; del lavabo, del que extrajo un inmenso tapón de barbas, cabello, restos de la depilación axilar: no juegues, por eso no se iba el agua…

Ella: pone a orear las sábanas en el quicio de la ventana; sacude, barre, tiende la cama, lava los trastes, trapea la cocina: No juegues, me siento lacia-lacia por hacerle caso a tu calentura, y me falta guisar: limpia la verdura mientras frío la sopa.

Salen rumbo a la chamba, son pareja que aún concita comentarios del vecindario, entre envidiosos y cábuleros: ¿A dónde tan de la manita, par de tórtolos? No se olviden del chamaco. No, Gaudelia, ya no tarda en llegar, ai le echa un ojito por favor… Ojitos los de la Gau al vecino, y él: como si la virgen le hablara, pinchi hipócrita, como todos los hombres…

Pero este día como que los demonios se soltaron: ella alcanzó a escuchar el comentario y, muy bajita la mano, le propinó soberbio pellizco retorcido y reclamó: Por qué tan venenosa la Romualda, ¿algo te sabe con la Gau y yo de pendeja? Él apenas reclamó con un ¿pus qué te pasa? Y ella: verás en la noche que lleguemos, y se fue jetona todo el camino; él, con actitud del que nada debe, nada teme, pero incómodo ante la actitud de ella y su mutismo hasta la chamba.

Luego, camión nocturno; subieron tres dizque vendedores de los que ruegan: no me rechaces mi mercancía, está fresca, no caducada, chécala sin compromiso y llévate dos por siete pesos o tres por cinco; pero no me desprecies, para llevar algo a mi familia y no se hagan pendejos ni armen irigotes porque se los carga la chingada: depositen celulares y monedas en la bolsa de mi compañero y no se quieran pasar de vivos porque se sueltan los plomazos, ni se hagan los dormidos porque es pior; ándale, papá; mamita: afloja o hasta te cogemos; rapidito o se los carga la veeerrr, ¡cierra las puertas chofer, no levantes pasaje!, todos como si nada, jijos de la chingada, rapidito-rapidito… Entregaron el celular, recién comprado en incómodos y voraces paguitos semanales.

Y todo por culpa del jefe: lo corrieron por ofrecer servicios de impresión de la competencia, a cambio de un 30 por ciento de comisión, y logró que la empresa casi se fuera a pique; les presentaron al nuevo mandamás y se estrenó en el puesto con una auditoría interna, pidió la «voluntaria colaboración» de los empleados y trabajadores, «si quieren conservar el empleo: el que no, puede irse y el sábado estará lista su liquidación». Tres días salieron dos horas más tarde, apenas para alcanzar la última corrida del metro y expuestos a los atracos nocturnos.

Al llegar, peleaste con el vecino: puso cubetas llenas de cemento fraguado para impedir que estacionen autos frente a su casa; lo cotorreaste: pus si usted ni coche tiene, don Ángel, y le salió el demonio, te dio la desconocida de tu vida: Cosa que a usted anda valiéndole madres, qué se mete en lo que no le importa.

Por si algo faltara, murió Mando, el taxista de los servicios especiales para el vecindario, amigo de toda la vida, víctima de cáncer estomacal. De la vecindad donde habitaba entraba y salía gente vestida de negro, lloriqueante. A querer o no pasaron a dar el pésame. La viuda se desmayó en dos ocasiones, abrazado a ella mientras plañía: ¡Se nos fue, se nos fue este hombre desconsiderado; se nos fue, se nos fue!, ¿pasa usté a creer? ¡Se nos fue!

Salieron discretamente y llegaron por fin a casa sólo para toparse con que la carencia de agua llegó a su punto máximo en la colonia: ni gota de agua, ni para bajarle al tanque del guáter: habrá que ir al Oso por un garrafón o esto se convertirá en un hervidero pestilente: tócale al chamaco para que te acompañe, ha de estar roncando pero ni modo que te vayas solo a estas horas…

No tocaste, abriste la puerta: el chamaco estaba con la novia en casa, ambos con el uniforme de la escuela, las mochilas en un rincón; de inmediato pensaste: éstos ya se comieron el pastel. Es que… Érika ya no se quiere ir a su casa… Que su mamá la corrió y nos venimos para acá y pues… la regla no le ha bajado… y yo creo que…

El chamaco y la chamaca se vuelven hacia la puerta: ¡Que queeé! Ella, la madre del chamaco estaba ahí, en el quicio, los brazos en jarras, echando miradas asesinas a la muchacha; pálida, reiterativa: ¡Que queeé! Y tú, conciliador: espérate, deja que nos expliquen qué pasa, ya es tarde y esta muchachita debiera estar con su familia, ¿dónde vives, qué no se preocupan por ti, por saber dónde andas metida a tan altas horas de la noche?

Ay, si serás, clama ella con la ira a punto de reventar, avasalladora, dispuesta a lanzarse sobre los chamacos y abofetearlos, ¿qué se creen que esto es un hotel; qué te crees, que te mandas solo; qué se piensan: que los tiempos están para echarse compromisos, cuando ni sus calzones saben lavar? Agarra tu mochila, échatela al lomo y vamos a tu casa, pero así de rapidito… Quieres intervenir. Tú te callas, ordena ella y ya se pone el abrigo y abre la puerta rumbo a la calle… Hoy los demonios se soltaron. Y lo que falta.

Imagen de portada: Real people. Ruta Neza-Palacio-Izcalli-Plaza Aragón by Krynowek Eine. 
Flickr-[CC BY-NC-ND 2.0]


Emiliano Pérez Cruz
Emiliano Pérez Cruz
Escritor y periodista. En 1979 fue nombrado por el Edomex cronista honorífico de Ciudad Nezahualcóyotl. Su más reciente libro de relatos: Ya somos muchos en este zoológico, Fondo Editorial Estado de México, 2013. En Twitter: @perecru




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