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Los días con Marcela

07 May, 2016 Etiquetas: , ,

El encuentro casual de una pareja de amigos de la infancia se volvió un torrente de recuerdos y dramáticas confesiones, que marcaron el inicio de una nueva historia. Inesperada. Y que exigió la entrega máxima. 

TEXTO: ENRIQUE I. CASTILLO / ILUSTRACIONES: MARCO VERAZALUCE

I

Tenía años sin ver a Marcela. Nos dejamos de frecuentar cuando ambos teníamos quince y otros quince habían pasado ya. Yo no la reconocí pero sí la noté. Aun con el raudal de gente que corría por la calle Madero no pude evitar verla. Llevaba un vestido amarillo corto que dejaba ver sus largas y blancas piernas. Tenía puestas unas grandes gafas oscuras y su cabello, castaño claro, lo llevaba peinado en cola de caballo. El día era más bien caluroso, no había nubes y bajo aquel sol Marcela me resultó como una aparición.

Si ella no me hubiera reconocido yo no habría tenido la decisión para hablarle. Cuando me llamó por mi nombre, y dijo dónde nos conocimos, me extrañó que se acordara de mí. Aunque fuimos compañeros de grupo un par de años no éramos amigos cercanos. Empezábamos a charlar de las cosas de las que dos conocidos hablan después de no verse en mucho tiempo cuando dijo que estaba cansada de caminar. Aunque por mi cabeza pasó la idea de invitarla a una cantina o algún lugar donde pudiéramos seguir hablando, de mi boca no salieron palabras, fue ella la que sugirió que tomáramos algo en un restaurante cercano.

Marcela perfil. Los dias con. Ilustracion M VerazalucePrefirió una mesa que estaba al fondo del lugar. Yo veía la carta, y por encima de ésta intenté encontrarme con sus ojos, pero ella no se quitó las gafas. No recuerdo con exactitud, pero lo más probable es que yo le hablara de cosas insustanciales. Después se acercó la mesera y tomó la orden. Marcela dejó la carta y dirigió su rostro hacia mí. Supuse que me veía porque por más que intenté fijar mi mirada para encontrar sus ojos no pude atravesar esos lentes. No decía nada, sólo me observaba. Enseguida se los quitó. La sorpresa fue mayúscula y mi reacción sólo puedo definirla como estúpida. Le faltaba el ojo izquierdo, sólo quedaba una cuenca al lado de su ojo derecho. No recuerdo cuánto tiempo estuve observándola, sólo recuerdo que ella rió escandalosamente. Poco después llegó la mesera con nuestras bebidas y al voltear a verla me encontré con su rictus, en el que se percibía una mezcla de miedo y asco. Cuando fue consciente de su reacción pude verla avergonzada pero no dijo nada. Pasado el lapsus, vi de lleno el rostro de Marcela, si no fuera por el ojo faltante habría sido de una completa simetría. No volvió a ponerse los lentes. Dejó que la contemplara unos instantes más y después me preguntó si quería saber por qué le faltaba un ojo. Yo quería decirle que no pero con la cabeza asentí.

Al padre de Marcela le había ido bien en algunos negocios. Pronto, para asombro de muchos, logró hacerse de una pequeña fortuna. Aunque la expresión «pequeña fortuna» sonara vacua, era la más acertada, aclaró Marcela. El dinero que tenían no era mucho pero les permitía vivir más que holgadamente. Su padre le compró un departamento en una zona que si bien no era la más exclusiva sí estaba de moda, y le pasaba una suma cada mes. De la misma forma, en una racha de malas decisiones, perdió casi todo, aunque la idea de que eran una familia adinerada no se borró tan rápido.

A Marcela la secuestraron una tarde cuando se dirigía a encontrarse con un grupo de amigos. Varias personas presenciaron el rapto pero, como es usual, su sentido común las instó a no intervenir. Querían una cantidad que su padre ya no tenía. Pedir prestado no era opción, los amigos que hizo conforme aumentó su capital desparecieron a la par de éste. Acudió con las autoridades, pero lo mismo habría sido si no lo hubiera hecho. Estaba solo. Los captores no creyeron que no tuviera los medios. Las llamadas eran cada vez más agresivas. Violaron varias veces a Marcela, alguna incluso cuando su padre estaba al teléfono, para que escuchara y entendiera que aquello iba en serio, o eso dijeron. La cantidad que pudo juntar no era ni la mitad de lo que exigían. Después de varias semanas de cautiverio, y una pequeña investigación, corroboraron que las finanzas del padre ya no andaban bien. Decidieron aceptar lo que ofrecía, pero en venganza harían algo peor que matarle a la hija. Ya la habían violado pero convinieron que no era suficiente. La mañana del día que la iban a dejar libre le inyectaron morfina, poca, porque la intención era que sintiera dolor. Con lentitud, clavaron un cuchillo en su ojo. Le tomaron un foto. La enviaron al correo electrónico del padre, quien antes de saber el lugar en que dejarían libre a su hija, vio aquella imagen y deseó estar muerto. Lo último que recuerda Marcela es el dolor que se intensificaba y que le hizo perder el conocimiento. Despertó en un hospital. Ahí le informaron que fue necesario remover el ojo por completo, el daño sufrido era irreversible.

Me quedé en silencio. ¿Qué decir o preguntar que no cayera en el lugar común? La violencia, de tan cotidiana, ha dejado de sorprender, se ha integrado al ambiente. Una violencia fría y sin rostro, porque entre tanto muerto se pierden las identidades, todo se vuelve una cifra: tantos muertos hoy y tantos ayer. Cuestión de sumar casos y restar vidas. Con los secuestros la situación no es muy diferente. Sólo se me ocurrían preguntas insensatas. Intenté un par de veces decir algo pero no lo hice. Sentí cómo el odio crecía dentro de mí. Nunca había odiado a nadie en mi vida y en ese momento el rencor que sentía no iba dirigido contra nadie en especial, era contra sus secuestradores, más bien contra una imagen abstracta de ellos, porque no lograron identificarlos. Un odio sin destinatario específico, pero que crecía y era real. Un sentimiento por demás inútil, que tendría que buscar la forma de tragar [y que no he logrado] porque nunca he tenido complejo de héroe. No iba a salir a buscar hasta dar con los raptores para hacerlos pagar con su sangre. No soy de ese tipo, a mí la violencia sí me desconcierta y paraliza.

—¿No dices nada? —rompió el silencio Marcela.

—Mejor así. No se me ocurre nada que decir.

—Aunque tengo un solo ojo puedo ver que tu rostro refleja un montón de dudas.  Pregunta lo primero que te venga a la mente –dijo ella, e hizo una mueca que parecía una sonrisa.

—¿Por qué no usas un ojo artificial o un parche?

Después de reír, de nuevo con esa risa suya tan franca y estruendosa y que tiene mucho de lenitiva, me dijo que no le gustaba usar ojo artificial, porque no sólo el ojo sino todo su semblante se volvía artificial, por eso optó por usar lentes todo el tiempo. Un parche ni pensarlo, lo había intentado pero se veía ridícula, dijo, y que además en días de calor, como aquel, era bastante incómodo traer uno, le hacía sudar por dentro de la cuenca. El imaginarla con un parche no dejó de ser una idea divertida, y esto me hizo reír. Las risas aligeraron todo.

Charlamos sobre otras cosas: sus últimas vacaciones; de las terapias que tomó: nunca llegó a más de cuatro sesiones consecutivas; de cómo su padre logró recuperarse un poco en los negocios; que le insistía en contratarle seguridad personal, que ella rehusó; de cómo su madre casi se volvió loca a causa del secuestro; de que a veces la trataba como si fuera de cristal; de que a Marcela, desde niña, no le gustó la leche sola pero sí el café con leche. En fin, la conversación iba de una cosa a otra. Fue imposible no sentir las miradas de las personas en las mesas contiguas, y si yo las sentía es seguro que ella lo hacía más, pero no le dio importancia y mi incomodidad pasó pronto.

Marcela. Los días con. Ilustracion M Verazaluce

II

Las primeras noches que pasé con ella me resultaron difíciles. Por momentos quería cerrar los ojos, olvidarme de su ojo muerto, imaginar que estaba en otro lado. Ella no lo permitió, me obligaba a verla y acercaba su rostro al mío. Al mismo tiempo podía ver su hermoso ojo verde y al lado el vacío, el abismo. Era como observar la vida y la muerte a la vez. También como sentir más la vida porque estaba al lado de la muerte. Había cierto equilibrio en todo eso. La primera vez que pidió que pasara mi verga enhiesta por la cuenca en su rostro me horroricé con la idea y no lo hice. Tampoco pregunté nada, sentí que hacerlo habría sido inútil. Insistió en subsecuentes ocasiones y al final accedí, pero me advirtió que no intentara meterla nunca ni eyaculara ahí, sólo quería que la acariciara en esa extraña forma. No tardé mucho en acostumbrarme y ver sus peticiones como algo normal.

Con bastante frecuencia tiene una pesadilla, parece ser la misma. Sólo una ocasión ha hablado al respecto. Dijo que no recordaba lo que pasaba en el sueño, que tal vez nada sucedía y sólo estaba una presencia, no una persona, sino el miedo mismo. Un miedo cáustico lo llamó, como si con su sola manifestación pudiera infringirle el daño y causarle el mismo dolor que el cuchillo en su ojo. Después de que tiene la pesadilla despierta aterida, parece ausente y agitada por dentro. Le lleva un buen rato reaccionar, atarse de nuevo a esta realidad. Cuando lo logra no dice nada, sólo se disculpa, me abraza y finge que vuelve a dormir. Yo también.

Las ocasiones que hemos estado en el Centro, y al salir de alguna cantina en la madrugada, ha insistido en ir al espacio que está en la esquina de Venustiano Carranza e Isabel la Católica, una especie de plaza pequeña. Una vez ahí, hace lo mismo siempre, como si fuera un procedimiento aprendido y que debe realizar en orden: se agacha, su mano baja mi cierre y busca mi pene, se lo lleva a la boca, después lo acerca a donde debería estar su ojo y otra vez a su boca. No es común que haya gente a esas horas, pero cuando ha advertido la presencia de alguien se excita más, o eso es lo que me ha dicho. En esas ocasiones he querido preguntarle qué se siente no tener ojo, si le queda alguna sensación de lo que una vez estuvo ahí o si ya nunca siente nada, si el mundo es muy diferente visto con un solo ojo, si todo es más absurdo o si, por el contrario, el mundo cobra sentido. Verla así, en cuclillas, me hace pensar en eso.

Los dias con. Ilustracion M VerazaluceTuve que aceptar que amo a Marcela. Se lo confesé una tarde mientras caminábamos en aquella misma calle en la que nos reencontramos. Ella sonrió y dijo que ya lo sabía, que mi rostro, antes que mis palabras, lo había expresado, como es usual. También me dijo que pasarla bien, reír, tener atisbos de felicidad y disfrutar el sexo, son cosas que pueden hacerse con muchas personas y muy pocas veces tiene algo que ver el amor. El amor, el de verdad, implica sacrificios, de ahí nadie sale indemne, concluyó de forma perentoria.

Puso su brazo bajo el mío y caminamos sin decir nada. Me condujo hasta una heladería y pedimos dos de piñón. Nos sentamos a comerlos. Tuve la sensación de que volvía a observarme en silencio, pero siempre es difícil saberlo porque en raras ocasiones se quita los lentes en público. Al cabo de un rato dijo algo sobre el amor y lo que significaba. Para entonces yo ya no escuchaba del todo lo que decía. Tal vez hablaba del amor y sus inconvenientes. Lo más seguro es que me cuestionara sobre mi falta de sensatez al decir que la amaba. Yo ya no distinguía sus palabras. Pensé: me he vaciado. También: no hay marcha atrás. Sentí que para amar a Marcela me había dejado caer en el abismo. Entonces fue cuando en mi cabeza comenzó a esbozarse una idea. No recuerdo si me despedí o si sólo salí del lugar sin decir nada.

Caminé sin saber a dónde ir. Comprendí que aún había algo más que podía hacer, pero tenía miedo de hacerlo. Anduve un buen trecho, di vueltas por las calles al azar y en algún momento percibí que, debajo de las voces de los paseantes y los gritos de los vendedores, esas calles susurraban algo. Sus voces eran como una caricia, pero una caricia hecha con una navaja. Decían algo de resistir y algo de la felicidad, pero las palabras que más mencionaron fueron sacrificio y equilibrio.

Necesitaba un trago. Vi que estaba cerca de la cantina del Tío Pepe. Fui hasta ella, directo a esa enorme y bella barra, y pedí un whisky y enseguida otro. Tomé varios más. Con el correr de los tragos mi mente fue llenándose sólo de la imagen de Marcela. En realidad lo que más tenía presente era su ojo faltante. Era como si con esa cuenca pudiera verme, como si su ojo izquierdo no estuviera muerto y sólo se hubiera transmutado para así ver a través de mí, a través de todo.

Sacrificio y equilibrio. Estas palabras volvieron a emerger de algún sitio, tal vez de entre las botellas que estaban atrás de la barra. Al escucharlas de nuevo el miedo que sentí en un principio despareció del todo. Por fin tuve claridad en lo que iba a hacer. Vacié mi vaso y me dirigí a casa.

Ahora estoy aquí, frente al espejo del baño. Me he observado por varios minutos. En realidad me despido de mí, es un adiós al que he sido hasta ahora. Estoy por conocer al que seré en adelante. He despejado toda duda de mi cabeza. Lo sé porque la mano con la que sostengo el cuchillo no tiembla.

Técnica de las imágenes: pluma y sharpie sobre papel.


Enrique I. Castillo
Enrique I. Castillo

Ocioso que ha publicado cuentos en las revistas Los Bastardos de la Uva y Molino de letras, y en el periódico El Financiero. Además de un texto en el libro Los 43.





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