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Los hombres que arrastran clavos, fragmento de «Una historia de violencia»

07 Dic, 2016 Etiquetas: , , ,

En Una historia de violencia. Vivir y morir en Centroamérica, el periodista Óscar Martínez ofrece 14 crónicas que dan cuenta de las dinámicas de violencia y destrucción social que se viven en esta región de América Latina donde los asesinatos son epidemias y la paz parece algo inexistente. Una situación que ha obligado a ciudadanos de Guatemala, Honduras y El Salvador a abandonar sus lugares de origen para buscar nuevas oportunidades y seguridad en Estados Unidos, un país cuyo nuevo presidente ha decidido cerrarles el paso. Este es un fragmento que el sello Debate comparte con lectores de Kaja Negra.

TEXTO: ÓSCAR MARTÍNEZ

En este caos la regla es matar y la imponen los tres ejércitos de internos
que disputan los penales. El Estado, espectador incapaz, observa cómo
muerto se cobra por muerto, y masacre por masacre. Quien controla este
inframundo controla los negocios, pero las cuentas pendientes persiguen a
los internos como perros de caza hasta el fin. Hasta el fin.

«Ahí en Apanteos puede ocurrir una masacre en cualquier momento. Sólo estamos esperando a ver qué pasa. ¿Y saben qué es lo peor? Que con nuestros recursos no podemos evitarlo». Lo dijo en aquella reunión ante los cuatro periodistas que lo rodeábamos. Ya lo había insinuado antes, pero esta vez completó la frase. Y la remató tras la última pregunta, antes de despedirnos, de pie, cerca de la puerta de su despacho: «¿Y eso lo podemos citar?» «Claro, es que de lo que no puedo evitar no puedo ser responsable».

Lo normal es que un funcionario, sobre todo si es de la rama de seguridad del país más violento del continente, enrolle los argumentos, matice, relativice… suavice, ése es el verbo. La usanza es que argumente desconocimiento, que se escabulla, que se excuse… rehúya, ése es el otro verbo.

Aquella tarde en su oficina, Douglas Moreno, el director de centros penales, no hizo uso de los verbos básicos del botiquín de un funcionario. Cuando eso pasa, cuando uno espera lo contrario, las palabras suenan con más fuerza, con más entonación, sobre todo en el caso de una tan potente: ma-sa-cre.

Sí, una masacre en Apanteos. Eso es lo que en aquella charla a inicios de septiembre de 2010 auguró el director del sistema de centros penales para la cárcel de Santa Ana, en el occidente de El Salvador. Una matanza entre los 3 700 internos apiñados en ese espacio diseñado para un máximo de 1 800 seres humanos. Una carnicería en aquel recinto que alberga a 1 900 presos más de los que le caben.

Mi duda era si el pronóstico de Moreno era producto de la inteligencia dentro de centros penales, del conocimiento profundo de lo que tras sus barrotes se cuece o si, por el contrario, era una amenaza perceptible para cualquiera que estuviera cerca de Apanteos. Cualquier familiar, cualquier abogado, cualquier representante de reos, cualquier reo.

El siguiente día me reuní en el centro de San Salvador con alguien muy cercano a los reos comunes del país, «los civiles», los que no son pandilleros ni ex policías ni ex militares. Mi contacto es un ex reo, como casi todos los que aquí afuera representan a los que están allá adentro. Es alguien que les conecta abogados, que conoce a muchas de las familias de los presos, que sabe sus apodos y que tiene sus números de celular, esos que los presos contestan dentro de las cárceles.

Aquel restaurante, aunque se anunciara como tal, de chino sólo tenía las letras y algún adorno en forma de gato. Pedí pollo frito y mi contacto pidió carne frita. Ambos pedimos horchata. Era la tercera reunión que teníamos, pero la primera tras haber escuchado lo que Moreno dijo. Fuimos al grano.

—Entonces, ¿todos están esperando la masacre en Apanteos?

—Pues sí, yo te dije que ahí lo que tienen es una bomba de tiempo que va a estallar de un solo vergazo, pues.

—Pero algo se podrá hacer.

—Separarlos, eso es todo. Si el clavo que tienen allá adentro es que no les ha gustado que lleven a los muchachos de la Mara.

A principios de junio, más de 100 mujeres de la Mara Salvatrucha habían llegado al sector 1 de Apanteos, una cárcel que en teoría es exclusiva para reos comunes, aquellos que no son miembros de ninguna pandilla. Entonces, las alertas se empezaron a encender en los sectores 5, 6, 7 y 8. Uno tras otro, varios reos se desvelaron como miembros activos de la Mara Salvatrucha y otros como simpatizantes: familiares de pandilleros, habitantes de sus barrios, compañeros de historias. Simpatizantes. Aquellos personajes de los que un marero bien podría decir: «Los dejamos caminar con nosotros».

La llegada de las jainas de la MS desató un efecto dominó que ni siquiera la dirección del penal se esperaba. De un día para otro resultó que cinco de los 11 sectores de Apanteos pertenecían a la MS. Hombres que se habían declarado civiles, que sabían que eso determinaría si serían recluidos en un penal de la Mara o en uno como Apanteos, ahora cambiaban el guión.

—Y eso no gustó —me dijo mi informante en el restaurante de las letras chinas.

Me pregunté a quién con exactitud no le gustó, pero en los platos ya no había pollo ni carne frita y en los vasos sólo quedaba la base espesa de la horchata y la conversación tenía que terminar y yo acostumbrarme a la regla de quien pregunta por lo que pasa en las cárceles: hay otra pregunta más importante detrás de tu pregunta. Hay un hecho oculto detrás de ese hecho. Hay una historia que explica esta historia. Hubo otras masacres antes de esta masacre. En resumen: el iceberg tiene base, y tú estás parado en la cima.

No hace falta una investigación para saber que en un sistema apto para 8 080 reos que alberga a 23 048, las condiciones están a un abismo de distancia de ser óptimas.
Apanteos antes de los últimos muertos

Si se hiciera un casting televisivo para interpretar el papel de jefe de custodios de un penal salvadoreño, el jefe Molina tendría altas posibilidades de ganar si se presentara. Recio, compacto, bigotón, de hablar rápido y amañado por su medio. Él no te dice algo: te lo reporta; para él no es que no pase nada: es que no se registró novedad; él no se dirige a Juan o a Pedro: él le habla al custodio o al señor director o al señor periodista. El jefe Molina es el jefe de custodios de Apanteos y en mi primera visita a mediados de septiembre, tuvo la amabilidad de «darme parte» de la organización del «centro penitenciario». A voz alzada, como quien pasa lista al regimiento:

—Sector 1, 176 féminas de la MS; sector 2, enfermos, delitos menores y viejitos; sector 3, reos con derecho a media pena; sector 4, penas largas y delitos graves, como secuestro u homicidio; sector 5, cumplimiento de más de dos tercios de pena; sector 6, fase de admisión y adaptación al centro; sector 7, penas de tres a 13 años; sector 8, penas de tres a 20 años, pero ahí tenemos ahorita a los mareros varones de la MS, a 269; sector 9, penas leves y procesados sin condena; sector 10, procesados sin condena por penas graves y condenados también; sector 11, es un sector especial, ahí tenemos a los internos inadaptados, desafiantes, que representan amenaza. Oiga usted, no a los malos, que aquí todos son malos, sino a los desafiantes.

Del sector 3 al 8 componen la galera, la nave central de cemento y hierro donde cada sector está dividido por muros y rejas, y los internos pueden insultarse o saludarse a través de los barrotes que dividen los bloques de celdas. Los sectores 9 y 10 están separados por poco de la galera y el 1 y el 11 lo están del todo.

La petición estaba cantada:

—Por favor, jefe Molina, déjeme hablar con el representante de los desafiantes, del sector 11.

Se quitó la gorra, se rascó la coronilla, se revolvió en la silla y llamó a su jefe, el director del penal. «Sí, sí, eso quiere… sí, le daré parte, jefe… sí, sí, como usted ordene».

—Lo sacaremos, pero acuérdese de que esta gente es astuta y tiene tiempo para pensar en lo que dirán, y ponen caras visibles, amables, que no siempre son los verdaderos líderes, sino sus representantes.

Si lo que pretendían los del sector 11 era mostrar su cara más amable, habría que ver qué otras fisionomías hay allá adentro. Sale un tipo flaco, fibroso, tatuado desde los hombros hasta las muñecas, y con unas ojeras que le ensombrecen la mitad de su rostro de mapache. Es el representante de los «rebeldes». Representante es un cargo informal que formalmente representa a su sector. Como me dijo un funcionario de cárceles: «Si el representante no avala que entrés al sector, sólo la Unidad del Mantenimiento del Orden de la Policía puede ayudarte».

El representante del sector 11, que prefiere que no publique su nombre, escuchó mi presentación y sin más se lanzó a hablar sobre las «inhumanas» condiciones que hay dentro de las prisiones. Me vi obligado, luego de cinco minutos de cortesía, a detenerlo y explicarle que no quería hablar de eso. No hace falta una investigación para saber que en un sistema apto para 8 080 reos que alberga a 23 048, las condiciones están a un abismo de distancia de ser óptimas. No hace falta quitarle tiempo a un reo para enterarse cuando el mismísimo director de centros penales lo reconoce y los directores de los penales cuentan anécdotas de reos que duermen parados, de olores fétidos hasta lo vomitivo, de reos que cazan gatos para hacer sopa, de enfermedades sin médicos ni medicinas, de extorsiones entre reos, de violaciones perpetradas con penes, botellas, garrotes y cuchillos, de algunos que han perdido la razón entre barrotes… No pocas, muchas anécdotas. «Allá adentro se violan derechos humanos que no han sido inventados», ironizaba un colega que lleva meses inmerso en la dinámica de las cárceles.

El representante del sector 11 endureció el gesto.

—¿Entonces de qué querés hablar?

—Dicen que está por estallar una masacre aquí.

—Ajá, ¿y dicen que es nuestra culpa?

—No, dicen que hay inconformidad con los nuevos internos.

—Entonces la solución es bien fácil: sacá a esos nuevos internos, llevátelos a una de sus cárceles, a una de mareros. Sacá mañana a esos mareros del sector 8 y este penal se arregla. No podemos convivir con ellos, porque extorsionan, amenazan. No vamos a actividades deportivas porque no nos podemos encontrar, no salimos a la enfermería porque no nos podemos encontrar. Ni a programas, cine, nada, porque se nos avientan si nos ven.

—¿Les están disputando a ustedes el control del penal?

—¡No! Ya vas con lo mismo. Si aquí no es por control, es por tranquilidad que queremos que se vayan. Ellos sí quieren control, sacaron a 25 amigos nuestros del sector 8 hace unos días, se les tiraron encima. Acordate de que aquí hay quienes cumplen condena porque mataron a algún mierdoso allá afuera, y acordate de que esos no se tientan para vengarse y acordate de que aquí adentro uno arrastra sus clavos y todo se paga. Entonces, ¿por qué no se los llevan? Si saben que esto es una bomba de tiempo. ¿O ya no se acuerdan de la masacre de 2007?

El coordinador del sector 11 les llama mierdosos a los mareros. El coordinador del sector 11 lleva más de 10 años encerrado. El coordinador del sector 11 sabe que en las cárceles hay tiempo para cobrar las deudas, y lo recuerda de su última masacre.

Quien a masacre mata, a masacre muere

En las cárceles se arrastran clavos. En las cárceles se llevan marcas. Cuando eso pasa —y ha pasado—, uno, o muchos a la vez, pagan con la vida sus clavos, sus marcas. Fue en Apanteos donde ocurrió la última masacre del sistema penitenciario salvadoreño. En enero de 2007.

A las cinco de la tarde del viernes 5 de enero de ese año, los civiles de Apanteos escucharon disparos desde los garitones de vigilancia de los custodios. Disparos cada cinco minutos y rumores de rabia atrás de la pared que separaba los sectores de civiles del sector donde 500 miembros del Barrio 18 cumplían condena. No tenían ni idea de qué ocurría. Eso me contó el representante del sector 11 y además otro reo de otro sector de Apanteos que también estuvo ahí, y también un custodio que disparó desde los garitones.

Los rumores pronto se convirtieron en un retumbo en el sector 7.  «Pum, pum, pum, sin parar», recordó uno de los informantes.  «Las paredes se sacudían. Los pandilleros estaban dándoles desde el otro lado con los catres, sabíamos que las tirarían tarde o temprano».

Los civiles eran menos en los sectores a los que, desde el 7, los pandilleros accederían. Los civiles no eran todos amigos y la actitud común no hubo que consensuarla, se asumió con naturalidad. Algunos se acurrucaron en las esquinas, enrollados, con sus cabezas entre las rodillas, o se sentaron en los catres, como quien hace recuento del día antes de tumbarse a dormir, y los que menos,  «los que sabían de su clavo», caminaban nerviosos afuera de las celdas a las que nunca volvieron a entrar desde que escucharon los disparos. ¡Pum, pum, pum! Durante dos horas. Y la pared cayó.

Uno de mis informantes presos recuerda que entonces todo se ralentizó. El retumbo cesó y un silencio total puso dramatismo a la escena de centenares de pandilleros entrando por el hueco de la pared. «Con cuchillos, corvos, garrotes y al menos dos pistolas». Luego, agujerearon las demás paredes y entonces tuvieron todo el interior para ellos. Pocos fueron los tontos que en los sectores de civiles echaron a correr. ¿Hacia dónde? Hacia un muro y después hacia el otro. «Como hormigas locas».

Los pandilleros caminaban por los sectores en grupos de 30 o más. Cada líder de grupo llevaba un celular con cámara fotográfica. La turba se detenía frente a cada civil que, como niño de escuela en pleno regaño, esperaba con la vista fija en el suelo. Levantaban por los pelos su cara, le apuntaban con el lentecito del celular y preguntaban a quién estaba al otro lado de la línea: «¿Éste?» Si la voz por el auricular respondía que no, la marcha seguía; si la voz respondía que sí, como bien describió mi informante, «le caían todos, como hienas hambrientas a un caballo moribundo. Sólo veías volar los pedazos de carne».

Desde las siete de la noche hasta las nueve de la mañana del día siguiente, la marcha de los 18 recorrió cada sector y levantó la cara de cada civil y devoró a 27 de ellos según la versión oficial. «Fueron más», asegura uno de mis informantes desde una prisión. «Fueron más», asegura otro de mis informantes desde otra prisión. Y es que, según ellos, hubo algunos de los que sólo quedó sangre. Gente convertida en charco. «Como a cuatro, que a saber qué clavo cargaban, los hicieron picadito en los baños, pedacitos que después tiraron a los inodoros».

¿Pero por qué los masacraron? Y mis fuentes respondieron con la misma normalidad, hasta con asombro, como preguntándose por qué más podría ser: «Pues porque arrastraban un clavo». «Un clavote». Ese clavo era otra masacre. La del penal de Mariona en 2004.

En agosto de 2004, en Mariona había miembros del Barrio 18 y civiles, muchos de estos últimos agrupados en la otrora organización criminal líder dentro de los penales: La Raza. Todo empezó, según tres reos que estuvieron en aquel momento, porque los dieciocheros compraron a los custodios unos polines que unos albañiles que realizaban obras en el penal habían olvidado. Y dentro de un penal, un polín en manos de un reo es un arma. Punto. El Viejo Posada, heredero de la tradición de civiles amos y señores del sistema penal, heredero a la fuerza de nombres míticos como Trejo, Guandique o Bruno, le pidió a una de sus manos derechas, a Racumín, que llevara un mensaje a los 18: «Entreguen esos polines o vamos a jugar pelota con sus cabezas».

Nunca los entregaron. El Viejo Posada ordenó que repartieran las armas a su ejército: corvos y pedazos de catres afilados. En silencio, con ayuda de los custodios que les dejaron el paso libre, ingresaron a los sectores 1 y 2, donde los dieciocheros ya los esperaban con sus polines. Empezó el cuerpo a cuerpo. Murieron civiles y dieciocheros, nadie sabe con exactitud cuál bando fue el más golpeado, pero se estima que fue el de los civiles, porque el Viejo Posada, como explica uno de mis informantes que peleó de su lado, «se entregó a los custodios para que no lo mataran los dieciocheros. Se entregó cagado y meado, y les dio la pistola .38 que andaba». Tras «la molleja» —como se llama a los motines en el diccionario de la prisión—, las autoridades contaron 32 cadáveres. «Más, más, como 37, si contás a los picados en los baños». Al parecer, el subregistro de las masacres carcelarias se va por los inodoros.

A muchos de los participantes en la masacre los trasladaron de penal, y muchos, pandilleros y civiles, coincidieron en Apanteos. De ahí la revancha de 2007. Ojo por ojo, masacre por masacre. En el sistema penitenciario flota una memoria infalible. Los clavos se cargan. Las marcas se llevan. Los dieciocheros que en 2007 estaban en Apanteos nunca olvidaron que tras el muro había deudores. Y esperaron lo que hizo falta para leerles la sentencia: «Aquí hay algunos que llevan sangre de homeboy en las manos, y ya saben a qué venimos». Las hienas sobre el caballo moribundo. «Fue una cacería de brujas», recuerda uno de los informantes.

Y la máxima se repite: hay una historia que explica esta historia. Hubo otras masacres antes de esta masacre. El iceberg tiene base y, para llegar a ella, tienes que descender desde la cima.

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Portada del libro publicado por Debate.

«No somos los MS, son los dieciocheros el problema»

Era ya el gesto común con el que el jefe Molina reaccionaba ante mis peticiones: la gorra fuera, el frotamiento en la coronilla y los murmullos: «A ver, a ver, qué cosas, señor periodista».

En esa ocasión le pedí que sacara al representante del sector al que todos quieren fuera de Apanteos, el 8, de los supuestos MS. El jefe Molina llamó por el radio a un custodio y le preguntó si era posible sacar al representante del sector 8 «sin que haya trifulca». El custodio le contestó que sí, porque a los 15 minutos se sentó frente a mí en una banca lejos de cualquier otra persona un señor bajito y curtido, llegando a los 40 malvividos años, con estereotipo de albañil y ni pizca de marero. Aparte de pedir que ocultara su nombre, no prestó más dificultades para hablar y fue al meollo.

—El problema aquí es que los del 9 y el 10 son de la 18.

—Y ustedes de la ms.

—Lo que pasa es que si vivís donde hay MS, ya dicen que sos de la MS y llevás clavo y te quieren trabonear. Y uno lo que quiere es pagar su viejita, nada más. Yo no quiero ser raíz de aquí.

—¿Vos sos MS?

—Lo que pasa es que uno vive donde ellos viven, ahí los ve, y uno tiene parientes, y puede tener alguna simpatía, pero el problema no es ese… el problema no somos nosotros los ms, son los 18 que se andan llevando con los de la banda de los Trasladados, que los dominan desde el 11.

Luego me enteraría de que su hijo y hermano son MS, que él está preso por un delito cometido junto con dos miembros activos de la MS, presos en un penal dispuesto para ese grupo. Sin embargo, el pequeño albañil había agregado un nuevo nombre al mapa de poderes que esos muros guardan: la banda de los Trasladados.

Éste es un grupo formado a mediados de la década, pasada cuando los civiles se dieron cuenta de que eso de la separación de presos en cárceles de pandilleros y no pandilleros era más media mentira que media verdad. La masacre de 2004, que tanto debilitó a La Raza —que ahora sólo manda en pocos sectores de Mariona—, y la masacre de 2007 en Apanteos fueron definitorias para la creación de este grupo. Los asesinados en 2007 eran trasladados, removidos de una prisión a otra, de Mariona a Gotera y de Gotera a Apanteos, donde se volvieron a topar, con un solo muro de por medio, con sus enemigos del Barrio 18 que sí seguían organizados. En cambio ellos, debilitados por tanto ir y venir, apenas si conocían a algunos de los civiles de su nuevo penal. Eso derivó en que tuvieran que esperar como caballos moribundos el momento de las hienas.

Con la memoria fresca de sus muertos, fueron los civiles de Apanteos los que dieron impulso a la banda de los Trasladados luego de la masacre. La lógica fue sencilla: hablemos con nuestra gente con liderazgo en los diferentes penales de civiles que, visto lo visto en Apanteos, están llenos también de pandilleros. Digámosles que adoctrinen, que junten gente, que creemos códigos y que allá donde nos manden seamos los Trasladados y que allá donde arrastremos nuestros clavos con mareros, nuestras marcas con el Barrio, no nos encuentren solos. Y entonces hubo unidad y se corrió la voz y dominaron el negocio del tráfico de drogas dentro de sus penales y hubo un líder con varios nombres: Miguel Ángel Navarro. El Ex PNC. El Animal. Pero de él hablaremos casi al final.

Antes de que se llevaran al enjuto encargado del sector 8, le hice la misma pregunta que días atrás había hecho al representante de sus enemigos, el del sector 11:

—¿Por qué querés dominar el penal? ¿Cuál es el negocio?

Sonrió desafiante.

—Ninguno, ninguno, sólo queremos cumplir la viejita en paz.

Las revelaciones del Gusano

Las entrañas de los penales plantean este problema: que cuando hablan con el mundo exterior todos quieren cumplir la viejita en paz, la culpa es del otro, de la MS, del Barrio 18, de los Trasladados, pero nunca de uno mismo.

Los líderes de sectores sólo quieren hablar de las infrahumanas condiciones, pero nunca de sus disputas por poder. Y es cierto, las condiciones son infrahumanas, inmundas, injustas, pero en esa inmundicia, las disputas son por poder.

Fui de director en director, de contacto exterior en contacto exterior, de custodio en custodio, hasta encontrar a quien buscaba, un perfil poco usual. A este preso le llamaremos el Gusano. Lleva más de ocho años encarcelado en cinco prisiones, algunas de pandilleros de la MS, otras de civiles y otras de civiles y miembros del Barrio 18. Él no pertenece a ningún grupo. Si tuviera que pelear de un bando, pelearía del lado de los Trasladados, del Barrio 18 o, si no queda de otra, de la MS, en ese orden. Es un sobreviviente, y ésos saben acoplarse. Él sí quiere cumplir su viejita en paz y conoce la clave: un perfil bajo, a ras de piso, un gusano arrastrándose silencioso en un mundo de fieras. Viéndolo todo.

Lo primero que le pedí es que hiciera el mapa de poderes, aquel que oficialmente dibujó el jefe Molina cuando lo conocí. Esto es lo que el Gusano, agazapado, desdentado y famélico, dibujó con sus palabras:

—Lo importante es saber que en Apanteos, en el sector 11 están los Trasladados con algunos de La Máquina y de la Mao Mao [pandillas antiguas, creadas en El Salvador, y que no tienen presencia nacional]. Los Trasladados controlan otros sectores, como el 5 y 6; en el 9 y el 10 están los 18 y algunos de La Mirada [pandilla con nexos con la 18 que nació en la ciudad de La Mirada, en el condado de Los Ángeles, California. Tienen fuerte presencia en el oriente de El Salvador], que no tienen clavo con los del 11; y en el 8 están los MS que tienen a algunos infiltrados en los otros sectores. Se putean cuando se ven, no pueden coincidir. Los del 8 están contra los demás y andan buscando cómo encontrarse.

—¿Por qué? ¿Qué quieren?

—Hacer negocios en paz y que los demás no los hagan. Tenés que saber que aquí todo está conectado, un penal es una pieza dentro del sistema. Sirve para hacer presión, sirve para hacer motines generales, sirve para que los líderes cobren rentas, aunque sea de a poquito, a los demás sectores o a los que como yo no pintamos nada. Sirve para negociar allá arriba. Si no tenés poder, nadie te escucha y mientras más penales tengás, más te van a escuchar.

—¿Y quién es el líder?

—Mirá, si buscás al líder de Apanteos, pues ahí está, es el Cobra, del 11, pero si querés saber quién es el líder líder, preguntá por el Animal, que está en Zacatecoluca. Él es el que dice estornuden y todos estornudan. Desde aquella cárcel ladran los más perrones, y en las demás muerden sus perros.

Todas las voces, la del director de centros penales, la del representante de los Trasladados de Apanteos, la del representante de los ms de Apanteos, la del jefe Molina, la del Gusano, apuntaban a un inminente enfrentamiento en esa prisión. Todos lo sabían. Hasta la voz más sometida dentro de los barrotes. Sin embargo, el Gusano ayudaba a comprender cuán grande es el iceberg y cuán poco deja ver. La masacre venidera no tenía que ver con pleitos de «me caés mal», tenía que ver con estructuras, con dominós donde las piezas son penitenciarías y el premio es el control de centrales del crimen. Desde una cárcel, la de máxima seguridad, llegaban las órdenes, unas del Animal y otras probablemente del Diablito de Hollywood, el señalado como jefe nacional de la ms, y en Apanteos sus perros escuchaban y se preparaban. Unos infiltrando los sectores de los otros. Los otros dándose cada vez más cuenta de la estrategia y murmullando cómo enfrentar el embate. Y el sistema viendo, incapaz de meter mano, lo que se venía.

Las entrañas de los penales plantean este problema: que cuando hablan con el mundo exterior todos quieren cumplir la viejita en paz, la culpa es del otro, de la MS, del Barrio 18, de los Trasladados, pero nunca de uno mismo.
«¡Perame, que aquí se nos armó!»

Desde que el director de centros penales, Douglas Moreno, comentó aquello de que se veía venir una masacre, empecé a tener contacto con Orlando Molina, un hombre serio, con voz de mando, que es el director del penal de Apanteos desde hace poco más de un año.

El 24 de noviembre a las 12 del mediodía marqué al celular del director. Contestó. Parecía estar en medio de una obra de la construcción. Sonó como si en esa obra utilizaran mucha lámina, pues todo tronaba, un tronido metálico.

—Señor director, dicen que se desató la batalla.

—Es… Dad… Otín…

Estruendo de fondo.

—Señor director, ¿qué pasa?

—¡Perame —gritó—, que aquí se nos armó!

Colgó.

A las 11 de la mañana los del sector 8, los salvatruchos y acólitos, dijeron basta. Desde hacía tres días, todos los sectores habían iniciado una recomposición del penal. Agarraban por las solapas a aquellos que creían eran mareros o esbirros del 8 y se presentaban ante los custodios: ¿se los llevan a donde pertenecen o los matamos? Así, los civiles habían vuelto a tomar control de casi todos sus sectores. Cerca de 100 reos fueron apiñados en el sector 8, escupidos por los demás sectores. Ese día 24, a las 11 de la mañana, el sector 6 hizo lo suyo y exigió lo mismo: ¿se llevan a estos 25 o los matamos? Se los llevaron y en el sector 8 no cabía la gente. Ni la rabia.

El director ingresó al sector 8 cuando sus custodios le informaron que ahí se preparaba una ofensiva contra el sector 6. «Es que nos están sacando a toda la gente de los sectores y eso no puede ser», le gritó el hombre, ese con aspecto de albañil con el que semanas antes yo había hablado. Cuando el enjuto reo dijo eso, sus compañeros de sector ya invadían el tejado de la galera para acceder a los lugares de los que habían sido expulsados.

El director se movilizó al sector 6 a escuchar el argumento de los civiles. Era muy sencillo: «No podemos convivir con los ms, eso es todo», confirmó el coordinador. El director abandonó el sector 6 para pensar con calma cómo actuar. En ese momento le llamé. Las láminas tronaron. Los ms invadieron el sector 6. El primero en caer fue ese hombre, el último reo en hablar con el director. Un objeto contundente le destrozó el cráneo a Luis Antonio Molina Ruiz, de 41 años, condenado por un delito menor, usurpación. El sector 8 contra el 6 y parte del 7 iniciaron la esperada batalla. Hacía mucho que se arrastraban clavos en Apanteos.

Minutos después, en el sector 8 murió de una puñalada en el corazón Víctor Kennedy Menéndez, de 25 años. «Ellos dos eran civiles, vinculados a los Trasladados. Al del 6 lo mataron por bocón, porque algún infiltrado de la Mara escuchó lo que le dijo al director; al del 8 lo mataron porque era infiltrado de los civiles entre los mareros, y ése fue el momento de pagar su clavo», me diría el Gusano cinco días después de los asesinatos.

Los custodios habían logrado desalojar gran parte del sector 6 antes de que los pandilleros terminaran de invadirlo. El director sabía que algo explotaría luego de hablar con Molina Ruiz, y ordenó evacuar a los civiles hacia otros sectores. Molina Ruiz no tuvo ni tiempo de decidir. Como dijo el director: «Fue yéndome yo y matándolo a él». El resto, los 22 heridos por arma blanca, eran civiles que no evacuaron cuando se les indicó. Por eso fueron golpeados, puyados, magullados por los mareros —y amigos de mareros, que para este caso da lo mismo— que se replegaron gracias a que no habían logrado entrar todos y a que los custodios, disparos de por medio, consiguieron parar una masacre que ahora quizá se recordará por al menos 24 cadáveres.

La masacre no fue más lejos por cuestión de unos segundos, por la poca rapidez del grupo de salvatruchos, por su ineficiente letalidad al atacar a los heridos. «Pero el clavo queda ahí, y este sistema a huevo te vuelve a juntar. En el futuro será», me dijo el Gusano.

Tal vez cuando el penal de Gotera —donde trasladaron a más de 200 pandilleros y amigos— se llene y esa gente vuelva a recalar en penales de civiles. Tal vez cuando los que quedaron en Apanteos se topen con aquellos a los que atacaron. Tal vez en un descuido. El clavo ahí queda.

En este sistema, las masacres se pueden prever como las tormentas: se espesa el horizonte, parece que va a llover. Lo de detenerlas es otro cuento.
El nuevo clavo

El 30 de noviembre, un hombre de 36 años apareció apuñalado en la cárcel de Zacatecoluca, la de máxima seguridad. Su nombre era Miguel Ángel Navarro. Su apodo: el Animal.

Los noticiarios dedicaron notas de alrededor de 30 segundos, los periódicos notas de media página o menos. Decían que fue apuñalado, que purgaba condena por robo agravado y asociaciones ilícitas, y que quizá se debió a una riña entre pandilleros.

Nadie se percató de que apareció muerto en la celda de su vocero y mano derecha, Iván Buenaventura Alegría, mejor conocido como el Violador de Merliot, sentenciado a 107 años de prisión en 2001, por agresiones contra ocho mujeres. Nadie descartó lo de riña entre pandilleros bajo el argumento de que esa celda estaba en la planta baja del sector 3 de la cárcel, donde están los civiles dividiendo a los sectores 1 y 2 de los salvatruchos del 4 de los del Barrio 18. Nadie ató cabos y pensó que quizá esto tuvo algo que ver con lo de Apanteos. Nadie relacionó que un clavo arrastra otros clavos, que el Animal era el jefe de los Trasladados, el hombre que cuando ordenaba estornudar, todos los civiles estornudaban. El hombre que, como interpretan dos fuentes del sistema penitenciario, dio la orden a los civiles de su ex penal, el de Apanteos, de que sacaran a los MS de sus sectores.

En abril del año pasado, nueve penales civiles iniciaron una rebeldía liderada por Apanteos, a la que luego se sumaron seis penales de pandilleros. Se dijo que era por las infrahumanas condiciones en las que los tenían adentro. Mis fuentes, desde aquel hombre con el que me reuní en el restaurante chino, pasando por el Gusano, hasta un ex custodio de Zacatecoluca [despedido apenas en diciembre], aseguran que hubo otro motivo: en abril, las autoridades penitenciarias trasladaron al Animal de Apanteos a Zacatecoluca. El iceberg nunca es lo que su punta dice, o al menos no es sólo eso.

El director de Apanteos me recibió por última vez el miércoles 1° de diciembre, un día después de que el Animal apareciera con más de 72 perforaciones en su cara, cuello, pecho y espalda. Orlando Molina sonríe muy pocas veces, pero cuando uno se acerca a la pregunta que él cree correcta, sonríe.

—Mataron al Animal, director. Pareciera que los altos mandos terminaron de dirimir en Zacatecoluca lo que se inició aquí entre el sector de ms y los de civiles.

Sonrió.

—¿Usted cree? Son complicadas las cuestiones de penales y reos en este país, ¿verdad?

Es discreto y de ese tema no quiso hablar más. Sin embargo, el Gusano aseguró que entre pasillos y barrotes sólo se barajan dos opciones: una, que lo mataron los ms en venganza por lo de Apanteos. Dos, que lo mataron otros civiles, aspirantes a líderes de los Trasladados, inconformes con que pusiera a la banda en contra de la Mara. El ex custodio de Zacatecoluca, que llegó para encontrar el cuerpo ensangrentado, agregó: «Un interno que temía por su vida, por cercanía con el Animal, aseguró que fue Abraham Bernabé Mendoza, el Patrón, que le disputaba el liderazgo… Supuestamente del sector donde están los MS alguien dio alguna orden a los del sector 3, al Patrón». Quizá las dos hipótesis del Gusano forman una sola verdad.

Al Animal lo mataron luego de que alguien tapara las dos cámaras del patio donde los reos salen en grupos de 12 durante 40 minutos al día. Lo mataron entre las 11 y las 11:20 de la mañana. Sólo hay 11 sospechosos.

—Director, por poco ocurre una masacre anunciada en Apanteos.

—Sí, sabíamos que algo ocurriría, pero no en ese momento.

Los funcionarios lo reconocen con toda naturalidad. En este sistema, las masacres se pueden prever como las tormentas: se espesa el horizonte, parece que va a llover. Lo de detenerlas es otro cuento. Depende del momento en que se desatan.

El director hizo una pausa y abandonó su sobrepoblado penal para ver más allá:

—Porque el problema no es que aquí iba a pasar o no, el problema es el sistema, que está deteriorado. Éste fue sólo un problema de los que habrá más.

—¿Más masacres?

—Tal vez. Ése no es el punto. Sufrimos las secuelas de años y años de abandono. Problemas de administración, capacitación, vigilancia, depuración, infraestructura, finanzas. ¿Por dónde quiere empezar? Todo esto tiene consecuencias prácticas. El sistema agrupó a los pandilleros para que no se mataran. Ahora, ya no le caben en sus cárceles de pandilleros. En las de occidente ya los mismos pandilleros no aceptan a más de los suyos. O sea que los devolvieron a cárceles de civiles, y éstos se agruparon también. Ahora hay más grupos y todos buscan lo mismo: poder, poder, poder. Las preguntas son: ¿cuántos grupos más se formarán? ¿Qué harás con ellos? Si ya no te caben separados, ¿los vas a juntar?

—Supongo que eso harán. Si no caben, no caben.

—Pues sí, supongo que sí.

En Apanteos hay 240 mareros o seguidores en el sector 6. Otros 250, los que más participaron en la trifulca, fueron trasladados al penal de Gotera. En Apanteos casi todos los sectores siguen en tensión con el 6. Los militares llegaron a custodiar perímetro, pero eso es de los muros para afuera. Hacia adentro, como dijo el director, «se sigue balanceando, negociando, porque tensión siempre habrá».

En este sistema, entre los reos, corre una memoria infalible que combinada con la sobrepoblación es una bomba de tiempo permanente.

Bien dijo el Gusano: «Los clavos de uno aquí adentro no desaparecen. Los clavos sólo se arrastran».

Hoy, esos hombres arrastran otro clavo.

Imagen de portada: Escaping While Hearing Your Own Subtly Unique Voice [...] by Surian Soosay. Flickr-[CC BY 2.0].


Óscar Martínez

Escribe para ElFaro.net, el primer periódico digital en Latinoamérica. Los migrantes que no importan fue originalmente publicado en 2010 por Icaria y «Selva Negra», un proyecto de El Faro que investiga la violencia de pandillas en Latinoamérica. Actualmente, Martínez escribe crónicas y artículos para el mismo sitio. En 2008 Martínez recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez, y en 2009, el Premio de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas en El Salvador.





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