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Los hombres sin miedo

14 Sep, 2017 Etiquetas: , ,

Dentro de los muros de la pulquería el tiempo es otro, apacible, ensimismado, más humano, dice Gonzalo Trinidad, quien nos lleva recorrer una pulquería de ascendencia lacustre en la que es fácil pensar que quizá el miedo no tenga el mismo significado.

TEXTO: GONZALO TRINIDAD VALTIERRA / FOTOS: EDGAR BAUDILIO MATUTE

Por mucho que disfrute la hora feliz —de siete a ocho de la noche— en el Sanborns de los Azulejos, prefiero las horas apacibles en Los hombres sin miedo, pulquería de ascendencia lacustre, pues se encuentra ubicada sobre La Viga, antiguo canal —ahora avenida— que en 1869 comenzaba en el Paseo de la Viga, cruzaba Coyuya, la Garita de la Viga, Santa Anita, el pueblo de Mexicaltzingo, Culhuacán y finalmente desembocaba en el glorioso lago de Xochimilco, en una época en que los sismos y las lluvias afectaban la vida capitalina, lo mismo que ahora en nuestros días de falsas alarmas y alarmas oportunas. La vida, a pesar de todo, sigue siendo la misma. Más atestada, más calurosa, más apresurada, pero vida al fin y al cabo.

Inmediatamente vienen otros nombres de pulcatas a mi mente, El abrevadero de los dinosaurios, donde mi padre invirtió varios años de su juventud politécnica, Aquí se está mejor, ubicada frente a un cementerio, El rincón de los caídos, con sus luces bajas que semejan un funeral. Hay algo fascinante, literario en los nombres de las pulquerías. La Risa, con cien años de tradición ahora extinta, como los ríos y canales de la ciudad. La Fragata, otra pulquería lindera con el antiguo canal de La Viga. O el Templo del amor, cuyo nombre evoca a Eros y el trajín de los ciudadanos sedientos de pulque y, claro, amor.

Sobre la mesa descansan dos libros, además de las manos y los vasos repletos. Uno es Bajo el volcán, de Malcom Lowry, profecía y tragedia más que novela a la manera tradicional de entender una novela. El otro es El hombrecillo de los gansos, de Jakob Wassermann, libro que busqué por mucho tiempo hasta que finalmente llegó a mis manos gracias a Enrique I. Castillo, quien en este momento inclina su vaso de pulque blanco para refrescarse. Dos libros, digo, uno conocido y otro por conocerse. Bajo el Volcán, traducido por Raúl Ortiz y Ortiz, pasa a las manos de Baudilio Matute, autor de las fotografías que acompañan este texto. Qué mejor lugar para intercambiar libros que una pulquería. Lo digo porque a pesar de tratarse de dos novelas enormes, no parecen estorbar, no destacan como un elemento extravagante.

Qué mejor lugar para traficar con libros telúricos, con novelas que semejan aluviones y tormentas, junto a un canal ahogado que alguna vez Manuel Payno retrató, que Guillermo Prieto evocó en sus crónicas, y que hombres iluminados por la idea del progreso soñaron con poblar de barcos de vapor. Tristemente el progreso llegó en forma de avenidas y concreto, arrasando con la vida lacustre del Valle de Anáhuac. Que el tiempo corra vertiginoso al otro lado de las puertas batientes, que la vida con toda su violencia discurra y se sedimente como los ríos después de una lluvia inagotable. Dentro de los muros de la pulquería el tiempo es otro, apacible, ensimismado, más humano. Sobre todo si uno se encuentra con amigos. Quizá el miedo no tenga el mismo significado —ninguna pulcata guarda rastros de temor— al encontrarse resguardado en un establecimiento en donde cada mesa es una isla, y nadie piensa ni remotamente cruzarse en tu camino. Por eso le llamaron Los hombres sin miedo.

El campeonato, Lucero de mis noches, El triunfo, nombres que inoculan la resistencia en el libador de aguamiel. La atmósfera invita a la lectura, o por lo menos a la meditación. Don Enrique, personaje de novela más que mesero, se acerca y nos convida una prueba de algunos de los curados del día. Si en este preciso momento cayera una tormenta y la avenida retornara a la semilla lacustre, estoy seguro que la pulquería flotaría como una embarcación, dispuesta a mudarse con su tripulación hacia el oriente, a donde sea que la corriente la conduzca. Cualquier lugar sería mejor que este cementerio de asfalto cuyos edificios recuerdan lápidas o cascadas de vidrio y acero. Qué falta hace, de vez en cuando, recordar sobre qué suelo vivimos. Aquí viene otro nombre, El Retorno, para una pulquería.



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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar




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