Recomendamos

Sólo los jefes habitan la Victoria

07 Dic, 2017 Etiquetas: , ,

Demasiado ímpetu literario estorba en las relaciones con los hombres de carne y hueso. Esta afirmación puede hacer tras visitar La Victoria, Gonzalo Trinidad, quien en esta entrega de Can Cerbero nos lleva a recorrer una pulquería en cuyos muros los genios son retratados por un pincel inexperto, pero con chispa.

TEXTO: GONZALO TRINIDAD VALTIERRA / FOTOS: BAUDILIO MATUTE

De inmediato la esquina nos advierte su importancia: forrada de azulejos, pulquería la Victoria, en Miranda y Cuauhtémoc, a unas calles del metro La Villa-Basílica, con su Diosa Mayahuel dando la bienvenida. No es difícil encontrarla. Las puertas batientes, el altar a la Virgen, los vitroleros enfriados con hielo, el molcajete, las fotos de pulcatas extintas [Sobre la marcha, El panal de las abejas, Los paseos de Santa Anita, ¿Aguantas l’otra?, Las delicias del atorón, La alegría…], los parroquianos con bigote aguamielero y bastón obligatorio —porque los años hacen de las suyas—, la rocola y, por supuesto, los murales.

Para el hombre de a pie, sin pretensiones eruditas, sin estudios formales y con poco interés en las minucias del mundo literario, es como cualquier abrevadero. Excelente por su delicioso pulque, bajo el cuidado de don Demetrio Ponce. Pero aquellos que por falta de una vida más emocionante han decidido transitar el paisaje literario de esta tierra, escrutan la pulcata como un libro en clave. Y entonces las paredes de la Victoria entran en juego.

Se despliega con una sencillez engañosa, pero el mural es en verdad un código. En primer plano se encuentra el padre de la literatura mexicana, Juan Rulfo, ofreciéndote amistosamente un vaso. A su derecha, como no queriendo traicionar su atavío prehispánico, Nellie Campobello convertida en Diosa, con un niño [promesa de las letras mexicanas] en su pecho. A la izquierda del maestro Rulfo un hombre taciturno contempla a los convidados desde el vagón de tren, se trata de Fernando del Paso. José Revueltas está presente, transmutado en maguey rojo, semejante a un fuego sagrado en el flanco derecho del mural. Y al otro extremo, un paisaje ferroviario con su estación solitaria nos conduce a Jorge Ibargüengoitia. Al fondo, en último plano, las montañas azules, López Velarde, y circundando a nuestros héroes un halo divino, el espíritu de nuestra musa: Sor Juana.

Nos sirven otro pulque, cortesía de Emmanuel Ridderström, cliente frecuente de la Victoria y guía de nuestra expedición a las barrancas de la embriaguez. La plática discurre, gracias a los tarros, mientras la luz de la tarde se filtra por las ventanas. Atmósfera de fiesta: Chava Flores, Tin Tan, Pedro Infante, Javier Solís… la rocola sólo nos queda a deber Los Xochimilcas. Una mujer de cabello blanco, sentada a nuestras espaldas, corea las canciones. El hombre que la acompaña apoya los brazos en el bastón de madera y no para de reír. Cuando la vida se desparrama, se puede saborear hasta en la sonrisa ajena. Sospecho que se trata de los clientes que sostienen La Victoria, desde hace cuarenta o cincuenta años.

Las novelas monstruosas se cuelan a nuestra plática [Porque parece mentira la verdad nunca se sabe y 2666], pedantes, inciertas, temerarias, pues los muros de la pulcata han sido muy claros: sólo los jefes habitan la Victoria. Y a pesar de la advertencia, se dispensan los comentarios pertinentes que todo amante de la literatura oculta bajo la manga. Si pudiéramos leer, ya no un libro hasta sus últimas consecuencias, sino a un hombre, una vida —la más gris—, llegaríamos más lejos que con todos los pesos pesados de la literatura. Y entonces me percato de que nos hemos quedado solos en la mesa. Donde momentos antes otros seres humanos se encontraban bebiendo en nuestra compañía, ahora sólo hay aire. Demasiado ímpetu literario estorba en las relaciones con los hombres de carne y hueso.

Y a pesar de eso, continuamos. Porque nada sabe tan bien como una plática acompañada de pulque, exprimido de la teta de la Diosa Mayahuel. Tantos como el alma aguante. Antes de que la vida se desmorone, siguiendo el curso inmutable de la existencia. Algo así como lo que ocurre con el montículo de hielo en el orinal, para allá vamos, pienso mientras cavo un orificio con el chorro de orina. Qué más da, somos millones los mediocres. Pero mientras queden muros donde los genios sean retratados por un pincel inexperto, pero con chispa, podremos retacar los cementerios sin pena ni gloria.



CanCerbero
Can Cerbero

Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres.

Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar





Artículo Anterior

Narrar la descomposición del mundo

Siguiente Artículo

Nombres para cruces rosas





También te recomendamos


Más historias

Narrar la descomposición del mundo

La violencia es el signo de nuestro tiempo. Abrir los sentidos y pensarla no es fácil. Nos rebasa, nos desmorona. El escritor...

30 Nov, 2017