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Malaparte por sí mismo

21 Dic, 2017 Etiquetas: , ,

Curzio Malaparte nos lleva a través de los horrores de este infierno en la Tierra que nos hemos forjado, dice Enrique I. Castillo, quien en esta ocasión nos trae palabras que se desprenden de tres libros de este escritor: «Kaputt», «La piel» y «Madre marchita».

TEXTO: ENRIQUE I. CASTILLO

Hace unas semanas, Can Cerbero dedicó su espacio a los testimonios —más que críticas o reseñas— que los integrantes de este blog pudieron ofrecer sobre tres libros de Curzio Malaparte.

Esas impresiones personales querían invitar a acercarse a Malaparte y encontrar en él a un Virgilio moderno, cuya guía nos lleva a través de los horrores de este infierno en la Tierra que nos hemos forjado. Aunque el camino por el que nos conduce no se dirige hacia el cielo o la salvación, sino que va directo al encuentro con el humano, con los contrastes y las contradicciones de las que estamos hechos.

Este encuentro se da en un escenario: la guerra. Ahí donde el hombre deja de ser hombre, dirán algunos. Yo contestaría que es más bien donde el hombre se nos revela en toda su humanidad. Claro, retomar un libro sólo en partes siempre resultará insuficiente. Sin embargo, consigno aquí apenas un vistazo a los tres de Malaparte. Que sea él quien hable esta ocasión:

 

Kaputt

«No es que teman a la muerte: ningún alemán —hombre, mujer, viejo o niño— teme a la muerte. Ni siquiera tienen miedo de sufrir. En cierto modo puede decirse que aman el dolor, pero tienen miedo de todo lo vivo, de todo lo que es vivo a parte de ellos, y también de todo lo que es distinto de ellos. El mal del que adolecen es misterioso. Tienen miedo sobre todo a los seres débiles, de los desvalidos, de los enfermos, de las mujeres, de los niños. Tienen miedo de los viejos. Su miedo ha despertado en mí una profunda piedad».

«En Smolensko he visto algunos prisioneros rusos comerse los cadáveres de sus compañeros muertos de hambre y de frío. Los soldados alemanes los miraban en silencio, con el aire más amable y respetuoso del mundo. Los alemanes rebosan humanidad, ¿no es cierto? Pero no era culpa suya, no tenían nada que dar de comer a los prisioneros: por esto estaban allí mirándolos con un movimiento de cabeza diciendo: Arme Leute! Los alemanes constituyen un pueblo sentimental, el pueblo más sentimental y civilizado del mundo. Un pueblo civilizado no come cadáveres, se come a los hombres vivos».

 

La piel

«Quizás estuviese escrito que la libertad de Europa tenía que nacer, no de la liberación, sino de la peste. Quizás estuviese escrito que, como la liberación había nacido de los sufrimientos de la esclavitud y de la guerra, la libertad debiese nacer de nuevos y terribles sufrimientos, de la peste traída por la liberación. La libertad cuesta cara, mucho más cara que la esclavitud. Y no se paga ni con oro ni con sangre ni con los más nobles sacrificios, sino con la infamia, la prostitución, la traición, con toda la podredumbre y la abyección del alma humana».

«No puede usted imaginarse siquiera de cuántas cosas es capaz un hombre, de qué heroísmos y de qué infamias para salvar la piel. Ésta, esta asquerosa piel, ¿la ve usted? [Y al decir eso agarraba con dos dedos la piel del dorso de la mano y tiraba de ella]. Un día se sufría de hambre, tortura, sufrimientos, los dolores más terribles, se mataba y se moría, se sufría y se hacía sufrir, para salvar el alma, para salvar el alma propia y la de los demás. Para salvar el alma se era capaz de todas las grandezas y de todas las infamias… Hoy se sufre y se hace sufrir, se mata y se muere, se realizan cosas maravillosas y horrendas, no ya para salvar la propia alma sino para la propia piel».

 

Madre marchita

«Toda la historia de los hombres es una historia de hombres que se matan unos a otros, que mueren violentamente, de asesinos que encienden cigarrillos con las manos temblorosas, de infelices que miran a los ojos a los asesinos que les van a dar muerte. Y no se trata de una historia de asesinos, sino de una historia de infelices. Toda la historia del mundo es una historia de pobres infelices atenazados por el miedo a la muerte, a morir o tener que matar».

«—La muerte de un padre, para un hombre, no tiene importancia. El hijo continúa viviendo como antes, después de la muerte del padre, pero la muerte de la madre es distinta. Un hombre comienza a morir después de la muerte de su madre, nunca antes».

 

 

Imagen de portada: Peter McIntyre, Into Cassino, May 1944 by Archives New Zealand. Flickr-[CC BY 2.0]


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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres.

Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar





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