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Malviajando en un cubo de concreto

16 Jul, 2015 Etiquetas: ,

Este es el relato de un hombre que se pone loco, eufórico, cada vez que conoce un nuevo género derivado de la música electrónica mientras se encierra con sus cuates en un antro clandestino de la ciudad.

TEXTO Y FOTO: CÉSAR PALMA

Recomendación: lee estas líneas acompañado de audífonos.

Es un golpe en la cabeza, no en el pecho ni en el abdomen, como la batucada o el reggeaton, esto es seco, es frío. Un sonido hecho a máquina, la representación musical de fábricas, almacenes, naves industriales, tornos, la dureza del trabajo. No hay tiempo para pensar en los pasos ni en la coreografía; es impredecible la línea musical, no se baila con mucho estilo. Se van tirando puños y pies al aire. Es como estar en un video acelerado al doble. Te tira la música si no te pones chingón. O te vas a cansar si no haces nada. Quedarte sin bailar es resistirte a la sacudida, como el mazo golpeando el yunque. Hay quienes apenas escuchan algo del set que trae el DJ y se van enseguida. Acá abajo de la casa, en el sótano, está la madriza. Es techno hardcore, un putazo en la cabeza. No es música ligera. Tal vez frenética, como el punk o el thrash, pero con un carácter menos poético y político. No hay lírica, aunque sí gritos, gemidos, todo distorsionado para que no entiendas nada. Tal vez un “fuck it, fuck, fuck, fuck, fuck. fuck it”. Pero también salen rastros de géneros o piezas reconocibles, como para hacer descansar al escucha, hacerle sentir en el lugar común, en la música de la radio, de la superficie, al menos por un instante. Después viene el putazo otra vez. Una y otra vez, pero no cansa si estás bailando, porque el beat sube la adrenalina, la euforia, aunque todo depende de cada persona. Algunos vienen, se asoman al pequeño cuarto y se van. Otros observan desde fuera, tratando de descifrar el sentido y el orden de la fiesta, sin entender mucho pues todo está oscuro, salvo las imágenes del proyector que se embarran sobre rostro de los DJ’s; se ven pocas personas, seis tal vez, sin hablar; no pueden distinguir en la penumbra el rostro de nadie; no escuchan ningún ruido aunque choquen las cervezas y haya palmas que van cachando el ritmo.

Espacios de silencio indican que ha terminado la pista. Entonces los gritos y los aplausos llenan los pocos metros del cubo oscuro donde estamos: una habitación larga, pero angosta, enterrada seis metros, o más, bajo tierra. Es el sótano de una casa. Aquí el sonido se ahoga, se sofoca y sólo puede trepar por la escalera de caracol o buscar eco en un pasillo más angosto que termina en una pared blanca donde hay un sofá con cinco personas alcoholizadas que ya no responden a las frecuencias de la música: sólo se miran y construyen una charla con los ojos y el movimiento de las manos. No necesitan más porque si quisieran charlar podrían subir a la planta de arriba, donde la música no corre ni a la mitad de la velocidad que aquí, allá donde el volumen permite escuchar las pisadas, el choque de los tragos y las groserías que van de la barra al escenario y visceversa.

La música no sale de esta casa. Por fuera es insospechado el furor del interior, el fumadero de marihuana que hay, los litros rebajados de pulque que se venden y el asco que es el baño, porque no deja de chorrear el céspol desde hace una hora. Es una casa, no es un bar, ni un foro de conciertos. Desde la calle no se encuentra con facilidad, no hay letreros, no hay personas fumando afuera porque lo puedes hacer adentro. Y sólo hay un tipo, vestido con pantalón de militar y un inmovilizador eléctrico, que apenas se asoma para ver quien desea entrar. Abre la puerta unos centímetros, por donde saca la cabeza y te observa. Baja la mirada hasta la mochila o bolsa, examina tus trapos y con un movimiento de cabeza te pide que pases. Cierra la puerta. Adentro revisa tus pertenencias y  te muestra las escaleras.

Una vez arriba se evidencian las diferencias entre la gente del sótano y los de la planta baja. No comparten la misma estética: los de arriba se cubren bajo el negro, se ciñen los pantalones, su pelo levita desaliñado con los rasgos de una época muerta (así implique sombrero, zapatos de piel, pantalones de cuero) pero inmensamente viva en este sitio: la música de finales de los setenta y muerta en los ochenta, el post-punk, la darkwave, el hardcore. Se ve desfilar a Sid Vicious, a un Ian Curtis y a Robert Smith. Ellos, menos eufóricos que la gente de abajo, deambulan más relajados, procurando su apariencia. No bailan con la misma intensidad del sótano porque se les escurriría el maquillaje y estropearían el blazer o simplemente porque la música no busca eso. Aquí se puede conversar, descansar sin ir en contraflujo de la música. Hacen círculos, bailan en pareja, se tiran sobre los sofás y hablan de música. No se agitan y ríen.

Abajo, en el sótano, el set ha sido cambiado. Es el turno de un DJ rubio, cabello corto. Se coloca un audífono e inicia intenso, sin presentaciones, como haciendo el relevo necesario en una carrera. Corre a la par otra proyección de imágenes. La música y el video se conjugan perfectamente. Comienza el estrés. Se proyectan escenas conocidas en todo el país: narcotráfico, hombres armados, civiles, militares y policías federales. Es el conflicto armado de Michoacán, las autodefensas, el crimen y las fuerzas del orden. Hay sangre, hombres heridos, autobuses incendiándose, movimientos inestables de cámara, los registros que hacen los medios locales y corresponsales internacionales. El DJ va musicalizando lo que sucede en Apatzingán, los enfrentamientos con la Familia Michoacana y el despliegue policiaco. El ritmo se intensifica por mera coincidencia cuando aparece un militar. El espectáculo no parece haber sido planificado: a momentos las imágenes se desfasan de la pieza y pierden el compás de la música. Pero la atmósfera se ha completado, imagen y sonido van de la mano. La euforia es total en el cuarto oscuro. Las personas saltan dispersando la cerveza por todo el lugar. Este hombre nos hace brincar con su repertorio. Una mezcla de sonidos metálicos, originados en alguna fábrica; tiene alarmas de holocausto nuclear; de base usa un bajo vibrante; como equilibrio un teclado apenas distinguible. Se está en la guerra o dentro de la turbina de un avión. No se puede escuchar ni la propia voz. Sólo ves al DJ sacudiendo la cabeza de arriba a abajo y la sombra de sus brazos que se atraviesan en la dirección del proyector. Pierdes la noción del tiempo con el beat que se repite una y otra vez, de la forma que no soportan los detractores de la música electrónica. Las piezas pueden durar cinco o diez minutos y no lo sabes. Olvidas que sólo estás en un sótano de la colonia Roma. Olvidas todo eso hasta que algo o alguien te saca del lugar. A mí, mi primo me toca por la espalda y me dice: “Ya vámonos, pinche César, andas bien trasher”.



César Palma
César Palma
Editor de fotografía en Kaja Negra. Si alguien tiene que fotografiar al presidente, al papa o a mi abuela, ése quiero ser yo. En Twitter: @LittleChurch_ Correo: cesar@kajanegra.com




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